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Relatos Ardientes

La doble vida que no le cuento a mi novia

Empecé a salir con Lucía hace poco más de dos meses. Es una mujer increíble: inteligente, cariñosa, con esa forma de reírse que hace que todo lo demás desaparezca por un momento. La quiero de verdad. Lo digo sin rodeos y sin que sirva de excusa para lo que viene después. La quiero y quiero que esto funcione entre nosotros.

Pero hay algo que ella no sabe.

No sé exactamente cómo definir lo que soy. Los hombres no me atraen en sentido amplio — sus caras, sus cuerpos, su presencia cotidiana — pero hay algo en los penes que me tiene obsesionado desde que era adolescente. Lo que más disfruto en el sexo es la sensación de tener uno en la boca. La textura, el peso, la temperatura, esa forma en que cambia cuando lo trabajas bien. Y que me penetren. Eso también. Las mujeres trans me gustan de una manera diferente y más completa, porque en ellas encuentro todo junto sin ninguna contradicción interna. Pero con hombres es otra cosa: específica, física, casi mecánica. No es amor. Ni siquiera es atracción hacia ellos como personas. Es deseo puro dirigido a algo concreto.

Sé que suena extraño. Lo entiendo. Durante años intenté ponerle un nombre que no me incomodara, una categoría que lo explicara sin dejar demasiadas preguntas sin respuesta. No lo encontré. Al final dejé de buscarlo.

Antes de conocer a Lucía ya llevaba dos años teniendo encuentros con hombres de manera irregular. Empezó casi por accidente en una aplicación de citas que abrí sin demasiada convicción, más por curiosidad que por un plan. Descubrí que lo que quería estaba ahí, disponible, sin complicaciones emocionales. Dos de esos encuentros se volvieron regulares con el tiempo.

El primero es Marcos. Tiene cuarenta y tantos años, está casado, tiene hijos y lleva una vida que desde fuera parece completamente ordinaria. Trabaja en una empresa de distribución, tiene un coche familiar y pasa los fines de semana haciendo cosas de familia. Nadie que lo conociera sospecharía que dos o tres veces al mes queda conmigo en un apartamento de alquiler temporal cerca de su trabajo.

Nos vimos la primera vez por la aplicación. Me escribió con mucha cautela, midiendo cada palabra, como si desactivara una alarma que llevara mucho tiempo armada. Le tomó varios días de mensajes llegar a decir con claridad lo que quería. Cuando lo dijo, yo ya lo había sabido desde el primer mensaje. Quedamos un martes por la tarde. No hubo charla previa, ni café, ni rodeos de ningún tipo. Cerramos la puerta del apartamento y él se quedó de pie en el centro del salón como si esperara que alguien le diera instrucciones.

Yo le desabroché el cinturón.

Desde entonces nos vemos con regularidad. Su mujer, según me ha contado en las pocas veces que hemos hablado de ello, no entiende esa parte de él. O no quiere entenderla. El caso es que hay cosas que en su matrimonio no tienen cabida, y yo soy una de esas cosas. Con Marcos no hablamos mucho. No hace falta. Sé lo que le gusta y él sabe lo que yo busco. Es una transacción honesta en ese sentido — aunque honesta es la última palabra que debería usar cuando hay tanto que se está ocultando en otros sitios.

Hay algo que me cuesta reconocer de Marcos: me cae bien. No como amante, no en el sentido de que haya una conexión especial. Sino que como persona, en los diez minutos que charlamos después, me parece alguien atrapado en una situación complicada haciendo lo que puede. Soy consciente de que eso es una proyección. Que me cae bien porque me parece mi espejo.

El segundo es Diego. Diego tiene veintiocho años, es abiertamente bisexual y le importa muy poco lo que piense la gente al respecto. Trabaja de diseñador gráfico, vive solo en un apartamento con demasiadas plantas y una colección de libros que nunca va a terminar de leer, y tiene esa facilidad para hablar de sexo con total naturalidad que a mí me resulta casi envidiable. Él no esconde nada. Por la mañana puede salir de casa de una chica y esa misma tarde quedar conmigo. Lo menciona sin vergüenza ni fanfarronería, como quien comenta cualquier cosa que hizo durante el día.

Con Diego me veo una vez por semana, los miércoles, casi siempre después de que él salga del estudio. Tiene una polla enorme. No lo digo como halago ni como exageración retórica: es objetivamente grande, y la primera vez que la vi tardé un momento en saber bien cómo abordarla. Llevó un par de encuentros acostumbrarme. Ahora sé exactamente lo que hago: cómo colocar la cabeza, qué presión aplicar, cuándo parar y cuándo seguir. Y sé lo que pasa después, cuando se pone detrás de mí y me agarra de la cadera con las dos manos.

Lo que Diego me produce en el cuerpo no tiene equivalente en ninguna otra experiencia que haya tenido. Puedo correrme sin tocarme. Sin ningún estímulo adicional. Hay algo en la sensación de tenerlo dentro que activa una parte de mí que normalmente funciona en silencio. No sé describirlo con precisión y he dejado de intentarlo. No es solo físico, aunque es sobre todo físico. Es como si algo que normalmente está a media potencia de repente se encendiera del todo.

Hay miércoles en que salgo de su apartamento con las piernas flojas y la cabeza completamente en blanco, como si el resto del mundo hubiera desaparecido durante un rato. Esa especie de quietud que viene después es la que más me cuesta olvidar.

***

Lucía no sabe nada de esto.

Le digo que salgo a entrenar los miércoles por la tarde. Le digo que Marcos es un compañero de trabajo con el que a veces tomo algo después de una reunión larga. Son mentiras pequeñas, del tipo que se construyen con facilidad y se sostienen solas durante un tiempo. El problema de las mentiras pequeñas es que se acumulan y que, acumuladas, tienen un peso propio que empieza a notarse.

El sexo con Lucía es bueno. Quiero dejarlo claro porque sería deshonesto — más deshonesto aún — decir lo contrario. Ella es muy entregada, muy presente cuando estamos juntos. Le gusta el sexo y lo disfruta sin fingir. Me busca con ganas y hay noches en que me sorprende la intensidad de lo que hay entre nosotros. Follamos con frecuencia y hay momentos en que me olvido de todo lo demás. Pero hay una diferencia que no puedo ignorar por mucho que quiera.

Con Lucía tengo siempre un papel activo. Con ella soy quien conduce, quien toma la iniciativa, quien está encima. Y eso me gusta, me satisface en cierto nivel, y no miento cuando lo digo. Pero no es lo mismo que estar de rodillas delante de Diego con las manos en la nuca mientras él decide el ritmo. No es la misma clase de placer. Son dos experiencias tan distintas que casi no siento que estén relacionadas entre sí, como si le pasaran a versiones diferentes de mí.

Lucía quiere una relación convencional. Me lo dijo desde el principio, con esa claridad que tiene para algunas cosas: nada de terceras personas, nada de prácticas que se salgan de lo que ella considera normal. No es una postura moralista, es simplemente lo que ella necesita para estar bien. Y yo la respeto. La respeto tanto que ni siquiera le he planteado la conversación.

¿Qué le diría? ¿Que me gusta que me la metan? ¿Que dos o tres veces al mes veo a un hombre con familia al que no le importo más allá de lo que hago con la boca? ¿Que los miércoles me veo con un chico joven que me folla con una contundencia que me deja sin fuerzas para pensar en nada más durante el resto del día?

No puedo tener esa conversación. No sé si es cobardía o consideración. Probablemente sea las dos cosas mezcladas de una forma que no me conviene analizar demasiado.

***

Hay noches en que me quedo mirando el techo después de que Lucía se duerme y me pregunto cuánto tiempo puedo mantener esto sin que algo se rompa. No solo por miedo a que me descubra — aunque ese miedo también existe y no es pequeño — sino porque sé que lo que hago está mal. No en un sentido moral abstracto: está mal porque estoy engañando a alguien que confía en mí completamente. Y esa confianza tiene peso real. La noto cada vez que ella me mira sin sospechar nada y yo pienso en dónde estaba cuarenta y ocho horas antes.

Y sin embargo, cuando llega el miércoles y Diego abre la puerta y da un paso atrás para dejarme entrar, toda esa culpa se queda en algún lugar fuera del apartamento.

Con Marcos hay una especie de complicidad silenciosa entre personas que llevan vidas que no son del todo las suyas. No hablamos de nuestras parejas, pero su presencia está ahí de fondo. Los dos sabemos que al salir por esa puerta volvemos a otra cosa, a otra versión de nosotros mismos que nadie más ve. Eso crea una distancia emocional que, paradójicamente, hace que todo sea más manejable. No me produce placer pensar que él también miente en su casa. Pero tampoco me genera la angustia que a veces me produce lo mío.

Con Diego no hay esa complicidad melancólica. Con Diego todo es directo, sin capas, sin nostalgia de fondo. Él hace lo que quiere, yo hago lo que quiero, y los dos salimos satisfechos. Hay algo liberador en eso que al mismo tiempo me resulta un poco incómodo, porque me recuerda cuánto esfuerzo me cuesta a mí tener esa misma honestidad con las personas que me importan de verdad.

***

A veces me pregunto si lo que siento por Lucía resistiría que ella supiera la verdad completa. Si lo contara todo — no la versión suavizada, sino los detalles, los miércoles, las horas en el apartamento con Marcos — ¿seguiría queriéndome? Probablemente no. Y si lo hiciera, tampoco sería por las razones correctas.

Lo que soy no encaja limpiamente en ninguna categoría que conozca. No soy gay: las mujeres me atraen, Lucía me atrae, y la idea de no tenerla cerca me produce tristeza genuina. Tampoco soy bisexual en el sentido en que lo es Diego, porque a mí los hombres no me atraen como personas sino por algo específico y físico que tiene más que ver con el deseo que con la atracción. Es una distinción sutil que probablemente solo tenga sentido para mí.

No sé cómo se llama eso. Durante mucho tiempo pensé que ponerle un nombre haría que fuera más fácil de manejar. Ahora ya no lo creo. El nombre no cambia nada de lo que pasa los miércoles en el apartamento de Diego, ni de lo que pasa cuando Marcos me escribe a mediodía diciendo que tiene unas horas libres y que si puedo.

Siempre puedo.

***

La última vez que estuve con Diego fue hace cuatro días. Me dijo después, mientras recuperábamos el aliento tendidos en la cama, que le gustaba cómo lo miraba cuando me estaba penetrando. Lo dijo con calma, como una observación sin ningún peso especial. Hay algo en esa clase de conversación postsexo — directa, sin afecto forzado, sin sentimentalismo de ningún tipo — que me parece más honesta que muchas otras cosas que hago en mi vida.

Me fui a casa. Lucía había preparado cena. Me preguntó cómo había ido el entrenamiento. Le dije que bien, que estaba cansado.

Cenamos juntos, hablamos de cosas sin importancia, y después nos sentamos en el sofá con una serie que ninguno de los dos siguió del todo. En algún momento me puso la cabeza en el hombro. Yo le pasé el brazo por encima sin pensar. Ella se acomodó y suspiró de esa manera que tiene cuando está bien.

Y yo me quedé ahí, completamente quieto, sin saber qué hacer con todo eso.

No sé cuánto tiempo más puedo sostener esto. No porque el deseo vaya a desaparecer — sé que no desaparece así — sino porque cada vez que estoy con Lucía después de haber estado con alguno de los dos, el peso de lo que no le cuento crece un poco más. Se acumula silenciosamente, como se acumulan todas las cosas que decidimos no decir.

Y no sé qué hacer con ese peso. Todavía no.

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Comentarios (7)

Kanabis

excelente!!! me engancho desde la primera linea

RodriMDQ

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como termina esto

ElGatoPardo

jajaja cuantos somos asi y nunca lo decimos... tremendo el relato

Diegote_77

Lo lei de un tiron. Pocas veces algo me atrapa tanto desde el principio, se siente muy autentico

vale_2103

Ay dios, me recordo a alguien que conoci hace tiempo. Esos secretos que uno carga pesan mucho. Muy bueno

PatoRosario

genail!! segui escribiendo asi

NocheEnPaz

Me gusto que no sea explicito, se siente mas real. Esperando el proximo

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