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Relatos Ardientes

Solo iban a ser fotos hasta que llegó el hermano

Me llamo Camila, tengo treinta y tres años y siempre fui consciente de las curvas que la genética me había regalado. Pechos grandes y naturales, cintura marcada, caderas anchas y unos muslos que llenaban cualquier pantalón que me probara. Nunca había usado mi cuerpo de esta manera. Hasta esa noche en el hotel Aragón.

Todo empezó con un mensaje directo en Instagram. Un chico llamado Tomás, veintiséis años, perfil con buena estética y bastantes seguidores, me escribió diciendo que era creador de OnlyFans y que mi cuerpo era «exactamente el tipo que paga muy bien en plataformas». Al principio cerré la conversación sin responder. Tres días después, cuando llegó el aviso del banco recordándome que tenía dos cuotas atrasadas, volví a abrirla.

—¿Cuánto pagas por una sesión? —pregunté sin rodeos.

Me ofreció una cifra que me golpeó en el pecho como un puñetazo. El triple de mi sueldo. Tragué saliva, miré los recibos sobre la mesa y le contesté.

—Acepto. Pero solo fotos. Nada de sexo. Estoy nerviosa y no quiero llegar a más.

—Tranquila, Camila —escribió—. Lo que tú decidas.

Quedamos en el hotel Aragón, en la zona céntrica. Una habitación en el cuarto piso, discreta, con buena luz natural por la mañana, según él. Yo elegí ir de noche. Si iba a hacer esto, prefería que la oscuridad me cubriera al salir.

Llegué a las nueve y media con un vestido negro ajustado que me había puesto delante del espejo cuatro veces antes de salir de mi casa. Marcaba las curvas que él quería ver. En el ascensor me temblaban las manos.

Toqué la puerta. Tomás abrió en pantalón corto, sin remera, con un trípode ya armado en una esquina y una cámara profesional sobre la cama.

—Joder, Camila… eres mucho más sexy en persona —dijo, mirándome sin disimular.

Me invitó a sentarme. Me ofreció una copa que no acepté. Quería tener la cabeza clara. Encendió la cámara grande y un celular adicional sobre el trípode.

—Vamos despacio. Quítate el vestido cuando estés lista.

Lo hice con las manos torpes. El cierre lateral se atascó dos veces. Cuando la tela cayó al suelo y mis pechos quedaron sostenidos solo por un sostén de encaje negro, lo escuché soltar un gemido bajo.

—Esos pechos son una obra. Pesan, ¿verdad? Se nota.

Me hizo girar, posar, levantar los brazos. Me indicó que me arrodillara sobre la cama y mirara hacia atrás por encima del hombro. La cámara grababa mientras él iba y venía, ajustando ángulos, dirigiéndome con voz suave, como un fotógrafo profesional cualquiera.

—Quítate el sostén.

Lo hice. Mis pechos cayeron libres, pesados, redondos, con los pezones ya endurecidos por el frío del aire acondicionado. Tomás se acercó con una cámara más pequeña.

—Sostenlos. Aprétalos. Muéstrame lo que tienes.

Obedecí. Cada gesto que él me pedía, lo hacía sin pensar. Se sentía como un trance. La luz de los focos LED, el silencio espeso de la habitación, el clic constante de la cámara. Mi mente quería resistir, pero mi cuerpo había entrado en un modo extraño, casi hipnótico.

—Ahora la tanga.

Me detuve.

—Tomás. Dijimos solo fotos. Nada más.

Él bajó la cámara y se sentó en el borde de la cama, a un metro de mí. Su sonrisa era paciente, pero los ojos no.

—Camila, eres preciosa. Y entiendo. Pero la cifra que te ofrecí es por contenido fuerte. Si solo hago fotos en ropa interior, te pago una sexta parte. ¿Quieres irte ahora con eso, o quieres todo?

Me quedé en silencio. Pensé en las cuotas atrasadas. En el último aviso del banco. En la cuenta de luz que ya estaba en mora. Bajé la mirada, puse las manos en los costados de la tanga negra y me la fui quitando despacio, viéndola caer hasta los tobillos.

Él volvió a levantar la cámara.

—Ábrete. Quiero un primer plano.

Me recosté contra las almohadas y separé las piernas. Ya estaba mojada.

No tendría que estarlo, pensé. Pero lo estoy.

Tomás dejó la cámara grande grabando en el trípode y se acercó a la cama con el celular en la mano. Lo apoyó en una mesita, encuadrado, y se subió a la cama de rodillas.

—Voy a tocarte un poco. Para las fotos. Si me dices que pare, paro.

No le dije que parara.

Sus dedos recorrieron mis muslos, subieron, separaron mis labios. Me miró a los ojos y bajó la cabeza. Sentí su lengua antes de procesar lo que estaba pasando. Me lamió despacio al principio, después con hambre. Sus dedos se metieron dentro de mí mientras su boca trabajaba sobre el clítoris. Yo respiraba entrecortado, con una mano en su pelo y la otra apretando la sábana.

—Estás empapada —dijo entre lamidas—. Tu cuerpo quiere esto aunque tú hagas como que no.

Me corrí. Fuerte. Mordí la almohada para no gritar. Cuando bajé del temblor, él se levantó y se quitó el pantalón corto. Su erección era gruesa, recta, más grande que cualquier otra con la que me hubiera acostado antes.

—Ahora vamos a grabar la parte que paga el dinero —dijo con la voz cambiada—. Ven.

—Tomás… eso ya es otra cosa.

Se acercó. Me tomó la barbilla con una mano, sin violencia, pero con firmeza.

—Camila. Estás desnuda. Te corriste en mi boca. La cámara está grabando todo desde hace media hora. Si paras ahora, te llevas lo de las fotos, no más. ¿Quieres el dinero completo, o no?

Asentí sin abrir la boca. Me dio la vuelta y me puso de rodillas frente al cabezal de la cama. Yo apoyé las manos en la pared, con los pechos colgando hacia abajo, las caderas hacia atrás. Lo escuché abrir un sobre, ponerse el preservativo. Después sentí la punta de su miembro empujando entre mis piernas.

Entró de un solo movimiento. Grité contra la pared. Me llenó por completo, hasta el fondo, sin compasión.

—Mírate. Ya estás empujando para atrás. Sabía que eras de las nuestras desde la primera foto que vi tuya.

Me embistió fuerte, agarrándome de las caderas. Mis pechos se balanceaban con cada golpe, chocando contra la pared. Cada estocada me arrancaba un gemido que ya no controlaba. Sentía el calor subiéndome por la columna, las piernas temblando.

—Estás apretadísima. Y mojada como una cascada. Esta cámara va a registrar a la mejor.

Me corrí otra vez. Y otra. Estaba perdiendo la cuenta. Él me sacó, me hizo darme vuelta, me puso boca arriba con las piernas sobre sus hombros y volvió a entrar. Me follaba mirándome a los ojos, sin parpadear, mientras una gota de sudor le caía por la barbilla y me golpeaba el pecho.

Y entonces alguien tocó la puerta.

***

Tomás no se sobresaltó. Salió de mí, agarró el pantalón corto que tenía a los pies de la cama, se lo puso a medias y abrió.

Entró un hombre. Treinta y ocho años aproximadamente, más alto que Tomás, más ancho, con una barba bien recortada y los ojos del mismo color. Era su hermano mayor, Mateo.

—Te dije que valía la pena venir —dijo Tomás—. Te dije que era de verdad.

Mateo me miró desde el umbral. Yo seguía sobre la cama, desnuda, con el pelo pegado por el sudor, el maquillaje corrido, los muslos abiertos por inercia. Quise cubrirme y no encontré con qué. Mateo cerró la puerta detrás de él y empezó a desabrocharse el cinturón sin apartar la mirada.

—Esto no estaba en el plan —le dije a Tomás.

—No, pero te conviene —contestó—. Si grabamos los dos, te pago el doble. Tú decides.

El doble.

El doble cubría las dos cuotas, la cuenta de luz y todavía me sobraba.

Mateo se desnudó sin apuro. Tenía un cuerpo trabajado, distinto al de su hermano, con una cicatriz fina en el costado del abdomen. Su erección no era tan larga, pero era más gruesa. Se acercó al borde de la cama y me agarró un tobillo.

—Buena chica —dijo, con una voz mucho más grave que la de Tomás—. Vas a ser muy buena con nosotros.

No dije nada. Asentí.

Me levantaron de la cama. Tomás se sentó en una silla con el celular y empezó a grabar de cerca. Mateo me hizo poner de cuatro patas sobre la alfombra, frente a la cámara grande. Su erección golpeó mi cara antes de que abriera la boca. Cuando lo hice, él me agarró la nuca y empujó hasta el fondo. Tosí. Me ahogué un segundo. Me dejó tomar aire y volvió a empujar.

—Así. Mírame mientras me la chupas. La cámara te quiere mirar.

Mientras Mateo me usaba la boca, Tomás se puso detrás. Se colocó un preservativo nuevo y me penetró con la misma facilidad de antes. Era surrealista. Estaba siendo tomada por dos hombres a la vez, en el suelo de una habitación de hotel, mientras tres cámaras me grababan desde ángulos distintos.

Soy yo. Esto está pasando. Soy yo.

Cambiaron de posición varias veces. Me pusieron sobre la cama, boca arriba, con Mateo entre mis piernas y Tomás en mi boca. Después me sentaron a horcajadas sobre Mateo y Tomás me besó los pechos, los apretó, los chupó como si llevara meses esperando. Me doblaron, me giraron, me usaron como una muñeca de tamaño real que respondía con gemidos auténticos.

Me corrí tantas veces que la última fue una contracción que me dejó sin fuerzas. Grité contra el pecho de Mateo. Él me sostuvo la espalda con una mano abierta y firme.

Al final me pusieron de rodillas en el centro de la cama, los dos de pie sobre el colchón frente a mí. Se masturbaron al mismo tiempo, mirándome la cara, hasta que se vinieron casi en simultáneo. Tomás primero, sobre mis pechos. Mateo después, sobre mis labios y mi mentón.

La habitación olía a sexo, a sudor, a perfume gastado. Tomás bajó la cámara grande. La pantalla del celular en el trípode parpadeaba en rojo: seguía grabando.

—Bienvenida, Camila —dijo—. Mañana te transfiero todo. Y te llamo para la próxima.

***

Me limpié con una toalla, me vestí con manos que ya no temblaban. Salí del hotel a las dos y media de la mañana. Tomé un taxi. En el camino, abrí la app del banco y vi la transferencia entrando en tiempo real.

Dormí ocho horas seguidas. La culpa me estaba esperando al despertar, pero también la cuenta saneada.

A los cuatro días Tomás me escribió otra vez. Y volví. Y volví otra vez. Después dejé de contar las veces. Ahora grabamos cada quince días en otra habitación, otro hotel, a veces en una casa que pertenece a Mateo. Me han enseñado posiciones que nunca creí que mi cuerpo podía hacer. Me han enseñado a mirar a la cámara sin pestañear cuando me estoy corriendo.

Hay días en que me miro al espejo y me cuesta reconocerme. Otros días me miro y, por primera vez en mucho tiempo, me veo. Y entiendo que esa Camila que entró aquella noche al hotel Aragón pensando que nunca llegaría a más, ya no existe.

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Comentarios (7)

LectorNocturno

Buenisimo!!! no pude parar de leer

Valentina_Sur

Espero la segunda parte, por favor! dejaste todo abierto

Rodrigo_ba

jaja la cara que habrá puesto al abrir la puerta... demasiado bueno esto

CuriosaBA77

Se siente tan real que me pregunto si algo de esto paso de verdad. Muy bien contado

pope

genial!!!

LucasBsAs

Que titulo tan perfecto, ya te engancha antes de empezar. Sigue escribiendo!

Marta_Lp

Me recordo a una historia que me conto una amiga jajaja, estas cosas pasan mas de lo que uno cree. Muy entretenido

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