Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche de lluvia en que nos lo confesamos todo

4.3 (8)

Había pasado casi un mes desde aquella tarde en la playa cuando todo salió a la luz. Un mes de silencios calculados, de miradas rápidas que se desviaban antes de decir demasiado, de risas forzadas sobre cualquier tema que no fuera ese. Sofía y Diego seguían con su vida de siempre —el trabajo, las compras del fin de semana, la serie que habían empezado juntos— como si nada hubiera cambiado entre ellos. Pero algo sí había cambiado, y los dos lo sabían.

Sofía lo notaba especialmente por las mañanas, cuando el recuerdo volvía sin haberlo invitado. Una imagen suelta, una frase que él había dicho aquella tarde en la orilla, y de repente sentía algo difícil de nombrar. No eran exactamente celos. No era culpa tampoco, aunque a veces lo parecía. Era más bien esa sensación de haber abierto una puerta que no sabías que existía y no poder dejar de mirar a través de ella.

Diego, por su parte, tampoco había salido indemne. Había días en que la recordaba a ella en la playa, contando aquello con esa voz que no se disculpaba por nada, y sentía algo que no encajaba bien en ninguna categoría conocida. No era enfado. Era más incómodo que eso. Era querer saber más.

Un viernes a mediados de otoño, la lluvia llegó sin aviso. Diego la llamó cuando Sofía llevaba apenas diez minutos en casa, todavía con el abrigo puesto.

—Voy llegando —dijo—. Traigo pan del bueno. Prepara chocolate caliente.

Sofía se quitó la ropa de trabajo, se puso un jersey de lana grande que había empezado siendo de él, y preparó el chocolate. Encendió la lámpara del salón, buscó la serie en la pantalla, colocó los cojines en su sitio habitual. Cuando Diego abrió la puerta traía el abrigo empapado y el pelo pegado a la frente. Se fue directo a cambiarse sin decir gran cosa.

Se instalaron en el sofá como siempre: él a la izquierda, ella con las piernas encima de las suyas, las tazas humeantes en la mesa de centro. La lluvia golpeaba suave contra la ventana del salón, dibujando riachuelos que distorsionaban las luces de la ciudad. Vieron un capítulo entero sin decir nada que importara.

Cuando los créditos empezaron a correr, Sofía fue a buscar más chocolate. En la cocina, de pie junto a los fogones, escuchó la lluvia y tomó una decisión.

Volvió al salón, dejó las tazas en la mesa, se sentó.

—¿Te molestó lo de la playa? —preguntó, sin preámbulo.

Diego la miró. Tardó un segundo en responder.

—No.

—Llevamos un mes sin mencionar el tema.

—Lo sé.

—¿No te parece raro?

Él dejó su taza sobre la mesa y se giró hacia ella. La lluvia seguía cayendo al otro lado del cristal.

—Me parece que los dos necesitábamos tiempo para digerirlo. —Hizo una pausa—. ¿Tú te arrepientes de lo que dijiste?

—No —respondió Sofía, y era verdad—. Pero no sé qué hacer con lo que me contaste tú. A veces lo pienso y no sé si sentir celos o algo completamente diferente.

—¿Diferente cómo?

Sofía tomó un sorbo largo de chocolate antes de contestar.

—Excitación —dijo, en voz más baja.

Diego no apartó los ojos de ella. Una sonrisa pequeña cruzó su cara.

—Eso mismo sentí yo con lo tuyo.

Sofía asintió despacio, como si esa confirmación le quitara un peso de encima que no sabía que llevaba. La habitación parecía más pequeña de repente. Más íntima.

—¿Qué hacemos entonces? —preguntó.

Diego extendió la mano y la tomó de las suyas.

—Te propongo otra confesión —dijo—. Esta vez empiezo yo. Tú eliges el tema.

Sofía pensó durante varios segundos. La lluvia seguía cayendo. El chocolate se enfriaba despacio en las tazas.

—Cuéntame tu encuentro sexual más loco —dijo al fin—. El que nunca le contarías a nadie más.

Diego cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, tenía una expresión diferente: más seria, más íntima.

—Está bien —dijo—. Escucha.

***

—Tenía veintidós años y trabajaba de tarde en el almacén de una distribuidora. Había una supervisora, Marcela. Cuarenta y tantos, casada, con esa forma de moverse por las instalaciones que daba a entender que lo controlaba todo y lo sabía todo. A mí me ignoraba completamente desde el primer día, y no sé por qué, pero eso me parecía un desafío.

Diego giraba su taza entre las manos. El vapor subía, se disipaba.

—Una noche hubo una avería en el sistema de inventario y nos quedamos los dos solos en la oficina de control, esperando al técnico. Llevábamos casi dos horas en silencio. Yo fingía revisar algo en el ordenador. Ella caminaba de un lado al otro, tecleando en el móvil. Y entonces se paró justo delante de mí y me preguntó, sin ningún rodeo: «¿Cuánto tiempo llevas mirándome?»

Sofía no dijo nada. Escuchaba sin moverse, con los dedos quietos alrededor de su taza.

—Le dije que no sé de qué me hablaba. Ella sonrió y dijo: «Claro que sí. Y está bien. A mí también me pasa algo parecido.» —Diego hizo una pausa—. Me besó ahí mismo, contra la estantería metálica. Un beso que fue beso durante aproximadamente cinco segundos, y después fue otra cosa completamente.

—¿En esa oficina?

—En esa oficina. Con las cámaras de seguridad grabándolo todo. Yo tardé un rato en caer en la cuenta, y cuando lo hice, ella dijo sin despeinarse: «No te preocupes. Las borro yo al terminar el turno.» Me lo decía mientras ya me había quitado el cinturón y yo tenía las manos en sus caderas sin saber muy bien cómo habían llegado ahí.

La voz de Diego se volvió más baja, más ronca.

—Lo que más me dejó sin palabras fue que ella no perdió el control en ningún momento. Mientras yo estaba completamente fuera de mí, ella seguía siendo la supervisora. Me daba instrucciones. «Más despacio.» «Ahí.» «Espera.» Con esa voz de quien está acostumbrada a que le obedezcan. Y cuando terminó, se recolocó la ropa frente a mí, me miró fijamente y dijo: «Buen trabajo.» En tono completamente profesional. Y salió.

Diego exhaló lentamente.

—Me quedé solo en esa oficina sin saber exactamente qué había pasado. Nunca volvimos a mencionarlo. Seguí trabajando allí cuatro meses más. Ella me ignoraba exactamente igual que antes. Ni una mirada de más, nada. Como si no hubiera ocurrido.

El silencio que siguió fue espeso. Sofía tenía la taza entre las palmas pero no bebía.

—¿Y eso te excitó? —preguntó—. ¿Que te ignorara después.

—Más de lo que me gustaría admitir.

—¿Por qué?

Diego pensó antes de responder. Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre los tejados.

—Supongo que porque no esperaba nada de mí. No era una conquista, no había ningún juego previo. Era solo lo que era, sin más. —Hizo una pausa—. Eso tiene algo que no sé cómo explicar del todo.

Sofía asintió muy despacio, mirándolo. Sí que lo entendía. Lo entendía perfectamente.

***

Sofía dejó su taza sobre la mesa. Se miró las manos un momento. Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad oscura.

—La boda del primo de Ignacio —dijo—. Hace tres años, en agosto.

Diego escuchó sin moverse.

—Fue una de esas bodas eternas. Mucho calor, mucha gente, Ignacio había bebido bastante más de la cuenta. Volvíamos en coche a las tres de la madrugada, por la autovía, sin apenas tráfico. Él necesitaba parar urgentemente.

Sofía habló más despacio, buscando las palabras exactas.

—Nos detuvimos en un arcén. A oscuras. Solo pasaba un camión de vez en cuando, con los faros iluminándonos durante un segundo y luego la oscuridad otra vez. Yo también bajé. Me agaché junto al coche, levantándome el vestido de seda hasta la cadera, sintiendo el frío del asfalto y el sonido de la llovizna en la hierba.

Hizo una pausa.

—Cuando me levanté, Ignacio estaba detrás de mí. Me rodeó con los brazos. Y entonces noté que todavía le caían un par de gotas sobre mi muñeca.

Se tocó la muñeca, un gesto lento, casi inconsciente.

—No lo pensé. Lo hice sin más: me llevé la muñeca a la boca. El sabor era salado, extraño, y no debería haberme gustado. Pero sí. Y la cara que puso él cuando me vio hacerlo.

Diego no apartó los ojos de ella.

—¿Qué hizo?

—Me miró durante varios segundos, como si de repente hubiera aparecido delante de él alguien completamente distinta. —Sofía apretó los labios—. Y me dijo: «Arrodíllate.» Sin más contexto, sin preguntar nada. Solo eso. Y yo lo hice. Ahí mismo, en el arcén de la autovía, con el asfalto frío bajo las rodillas y los faros de los camiones iluminándonos por un segundo cada vez, como destellos intermitentes.

No había pensado que podría sentir algo así en la cuneta de una carretera.

—Lo hice con la boca. Él tenía las manos en mi pelo y cada vez que pasaba un camión nos iluminaba durante un instante. El riesgo de que nos vieran era la cosa más excitante que había sentido en mucho tiempo. No la situación en sí. El riesgo.

—¿Y después? —preguntó Diego, con la voz más baja que antes.

—Después abrió la puerta trasera del coche. Me ayudó a subirme, me colocó a cuatro patas sobre el asiento de cuero y me folló con una urgencia que no tenía nombre. Sin preliminares, sin caricias previas. Solo él detrás de mí, la carretera afuera, y yo agarrada al reposacabezas intentando no gritar cada vez que pasaba un vehículo.

Sofía levantó la vista.

—Llegamos a casa con el vestido arruinado. Despeinada, oliendo a noche y a sexo. Ninguno de los dos habló durante el resto del trayecto. Solo la radio de fondo. Yo miraba por la ventana con las piernas todavía temblando y pensaba: nunca le voy a contar esto a nadie.

***

El silencio que quedó después fue distinto al de antes. Más cargado, más denso. La lluvia había amainado un poco, pero el sonido de las gotas contra el cristal seguía llenando el salón.

Diego se inclinó hacia adelante, los codos sobre las rodillas, mirándola fijamente.

—¿Nunca lo repetisteis?

—El arcén, no. Pero algo cambió esa noche entre nosotros. —Sofía hizo una pausa—. Duró un tiempo más. Pero mientras duró, fue diferente. Como si hubiera encontrado una versión de mí misma que no sabía que existía. O que había decidido ignorar.

Diego asintió despacio. Entendía perfectamente de lo que hablaba.

—Lo que me contaste de Marcela —dijo Sofía—. ¿Te avergüenza?

—Ahora mismo, aquí contigo, no. —La miró—. ¿Y lo tuyo?

—Tampoco.

Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos. Las tazas llevaban un rato frías sobre la mesa. La serie seguía pausada en la pantalla, esperando.

—¿Sabes lo que más me llama la atención de estas confesiones? —dijo Diego.

—¿Qué?

—Que no nos alejan. Que hacen exactamente lo contrario.

Sofía lo miró durante un momento largo. Afuera, la lluvia seguía cayendo, más suave ahora, casi un murmullo.

—¿Y tú qué haces —preguntó ella— con lo que acabo de contarte?

Diego tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era baja, casi un susurro.

—Intento no hacer lo más obvio.

—¿Que sería?

Él levantó la mano despacio. Sus dedos rozaron la muñeca de Sofía, exactamente en el punto donde ella se había tocado al recordar aquella noche en la autovía. La presión era mínima. Casi nada. Pero ella sintió el contacto como si fuera algo mucho más grande.

—Esto —dijo él, en voz baja.

Sofía no retiró la mano. Los dos se quedaron así, quietos, en ese silencio cargado de todo lo que todavía no habían dicho. La lluvia caía afuera. La serie esperaba en la pantalla. Las tazas de chocolate, ya frías, seguían en la mesa.

Ninguno de los dos tenía prisa por romper el momento.

Valora este relato

4.3 (8)

Comentarios (9)

AnaLuzReads

Que lindo relato, me llegó al corazón. Esas confesiones que guardamos años y de repente salen solas en el momento menos esperado...

RominaK_84

necesito saber cómo siguió!! por favor una segunda parte

CaroP

Me recordó a una conversación que tuve hace años con alguien muy especial. Esas noches cambian todo. Muy bien escrito.

Ferchu_BA

La lluvia y el chocolate caliente lo hace todo mas intimo, lo senti de verdad. Excelente!!

granluis

muy bueno

NatyRBsAs

Se nota que escribis desde adentro. Seguí así, esperando el proximo!

DanteRios77

Es una historia real? Se siente demasiado autentica para ser inventada jaja

Mirtha_leo

Que bien narrado, lo lei de un tiron. Me gusto que tiene ternura y no fue burdo. Felicitaciones!

SolMar_09

excelente!!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.