La curiosidad por el primo de mi novio me perdió
Toqué la puerta del baño con el corazón a mil. Sabía que solo iba a mirar. También sabía que me estaba mintiendo a mí misma.
Toqué la puerta del baño con el corazón a mil. Sabía que solo iba a mirar. También sabía que me estaba mintiendo a mí misma.
Era mi primera semana y él me guiaba en todo. La última noche me invitó a descansar a una sala olvidada, y entendí demasiado tarde lo que de verdad quería de mí.
Me llamó para que orientara a una empleada, pero los dos sabíamos que yo no recorrería cien kilómetros solo para dar consejos. La quería de rodillas en el almacén.
Le pedía que subiera tal como estaba, con la camiseta colgada del hombro y el olor del trabajo en la piel. Nunca le conté que era a él a quien más extrañaría.
Cuando se apagaron las luces de la sala, supe que esa noche íbamos a cruzar una línea de la que ninguno de los dos querría volver.
Escribimos en papelitos todas las fantasías que nos faltaban y el azar eligió la más peligrosa: dos transexuales, una habitación de hotel y ninguna regla.
Creí que pagaría mi descuido con dinero. Él solo quería que le contara, con todo detalle, lo que jamás me había atrevido a confesarle a nadie.
Llevaba semanas notando cómo me miraba el amigo de mi marido. Esa noche, solos en el patio, entendí que nada de lo que estaba pasando era casualidad.
No recordaba su nombre ni su cara, pero en cuanto dijo «tengo casa con piscina» supe perfectamente cómo iba a terminar esa noche.
Soy ciega y esa noche nadie sabía mi nombre. Hasta que un desconocido me tomó de la mano para cruzar la avenida y todo cambió.
En el templo de obsidiana, Nerea apretó los dedos contra su propio vientre y susurró el deseo que la consumía: ser, por fin, el espejo exacto del cuerpo doble de su amada.
Desperté con los tacones aún puestos y una voz susurrándome al oído que ya no había vuelta atrás: cada día sería un poco más Lola y un poco menos yo.
Lo encontré escondido en el garaje, muerto de frío. Nunca imaginé que un año después sería yo quien lo invitaría a entrar en mi cama y en mi matrimonio.
Llegué a su puerta con una bolsa que escondía mi otra piel: corsé, medias y tacones. Esa noche dejé de ser Adrián para entregarme entera como Selene.
Crucé la puerta de su habitación esperando encontrarlo dormido. Lo que vi me trajo recuerdos que creía enterrados, y no fui capaz de darme vuelta.
Sonó el teléfono pasada la medianoche. Era ella, pero no dijo una palabra: solo giró la cámara para que yo viera, en la penumbra de aquel coche, lo que hacía.
Me vendaron los ojos y me sentaron en una silla. Cuando unas manos me hicieron tocar ese cuerpo desnudo, supe que mi despedida no iba a parecerse a ninguna otra.
Cuando Sofía dijo «¿y si en vez de un trío hacemos una orgía?», sentí que el estómago se me caía y que, por primera vez, no quería decir que no.
Buscaba silencio y huerta. Lo que encontré fue una familia entera dispuesta a compartirme, uno detrás de otro, sin que ninguno supiera de los demás.
Llevaba años casada y aburrida cuando aquellos cuatro chicos me rodearon en la pista. Ninguno imaginaba que, bajo el disfraz, yo estaba más que dispuesta a seguirles el juego.