Cómo acepté mirar mientras se follaban a mi esposa
Lo primero fue por desesperación; lo siguiente, por morbo. La noche en que decidí esconderme para mirar ya no hubo vuelta atrás.
Lo primero fue por desesperación; lo siguiente, por morbo. La noche en que decidí esconderme para mirar ya no hubo vuelta atrás.
Estaba escondido en un armario con el celular grabando cuando ella se arrodilló frente al profesor y entendí que aquello apenas empezaba.
Éramos pocos en la oficina, demasiado cachondos y con una costumbre peligrosa para los viernes. Aquella mañana nadie iba a salir vestido.
Cuando desperté, las tres estaban desnudas junto a mi cama, sonriendo como si ya hubieran decidido hasta dónde querían llegar conmigo.
Después de semanas de cruces, miradas y pullas, me empujó al baño del vestuario y me dejó claro cómo pensaba cobrarme aquella multa.
Cuando me sirvió una cerveza y me puso la mano en la bragueta, entendí que llevaba días dejándose ver a propósito por esa ventana.
Entré al cuarto por curiosidad y acabé atrapado entre dos cuerpos adultos que parecían entender mi deseo mejor que yo mismo.
Me había pasado la noche esquivando sus bromas, hasta que lo hice entrar al baño y ya no hubo forma de fingir que no quería tocarlo.
Me pidieron dos cosas: reservar habitación y llevar condones XL. Cuando ella salió del baño, entendí para qué me había hecho cruzar media provincia.
Cuando abrió la puerta con medias nuevas y una bata corta, supe que no había vuelta atrás y que esa tarde la iba a compartir entera.
Cuando vi a Daniel sirviendo café con esa sonrisa tranquila, recordé exactamente por qué había jurado no volver a buscarlo.
Lo noté nervioso detrás de mí, con las manos en mi cintura y una pregunta que podía cambiar la noche entera.
Agachada detrás de la mesa, vi cómo ella lo calentaba poco a poco, sin imaginar que el marido ya estaba mirando desde la sombra.
Ella decía que solo quería tragarse todo, pero aquel viernes descubrió que dos hombres más también querían usarla sin turnos ni paciencia.
Creí que la cena terminaría con mi esposo en la cama, hasta que él pidió que otro hombre me hiciera suya frente a sus ojos.
Me senté a leer sola en el parque, pero dos hombres maduros terminaron rodeándome en el banco y convirtiendo la noche en algo mucho más sucio.
Nadie en la universidad imaginaba lo que hacía al salir de clase, y mucho menos lo que ocurría cuando su marido no estaba.
Se ajustó las cuñas, me miró por el espejo y dijo que esa noche pensaba dejarse llevar. No imaginé hasta dónde, ni cuánto me gustaría mirar.
Toqué la puerta del baño con el corazón a mil. Sabía que solo iba a mirar. También sabía que me estaba mintiendo a mí misma.
Era mi primera semana y él me guiaba en todo. La última noche me invitó a descansar a una sala olvidada, y entendí demasiado tarde lo que de verdad quería de mí.