Mi confesión: dos hombres, un día y yo sin venirme
El domingo por la noche Rodrigo me escribió para preguntarme si podía llevarme al centro comercial al día siguiente. Necesitaba hacer unos pagos en el banco y él tenía el día libre. Le dije que sí, que encima lo invitaba a desayunar. Nos conocemos desde la preparatoria y fue la primera persona con quien estuve, así que entre nosotros siempre hubo algo que nunca terminó de definirse.
Cuando nos despedimos esa noche en la puerta de mi casa, intentó besarme en la boca. Lo esquivé y le puse la mejilla. Él se rio, se subió al coche y se fue. Después me escribió por WhatsApp durante una hora, con fotos y comentarios que me pusieron de un humor que no me convenía. Me quedé dormida tarde.
Al día siguiente pasó por mí cerca de las diez de la mañana. Me puse una falda corta, una blusa suelta y el brasier más inútil que tengo, porque no tardaba mi período y no quería presión extra. Me recibió desde el asiento del conductor con esa sonrisa que tiene cuando sabe que trae ventaja.
Apenas arrancamos, empezó.
—Soñé contigo anoche —dijo, sin mirarme.
—Rodrigo, no.
—Solo te cuento lo que pasó en mi cabeza. No te estoy pidiendo nada.
Claro que me estaba pidiendo algo. Siempre lo hace. Y yo siempre lo dejo hablar más de lo que debería.
Íbamos por la avenida principal cuando, sin previo aviso, abrió la cremallera del pantalón y sacó su pene. Lo dejó ahí, semi-erecto, con esa actitud de quien pone algo sobre la mesa y espera a ver qué pasa. Yo lo miré un segundo y aparté la vista.
—Deja eso —le dije.
—¿Por qué? ¿Te molesta?
No me molestaba. Ese era el problema. Me quedé callada viendo hacia el frente mientras él lo acariciaba despacio con una mano y conducía con la otra. Podía verlo de reojo y notaba que iba creciendo. El calzón se me humedeció antes de que llegáramos al estacionamiento.
En el centro comercial desayunamos tranquilos, pero él no paró de decirme cosas al oído. Detalles específicos de lo que quería hacerme, cómo me imaginaba por dentro, qué haría si nos quedáramos solos en algún lado. Yo comía y asentía con la cabeza o le daba la vuelta, pero mi cuerpo no era neutral. Cuando nos levantamos de la mesa y me tomó por la cintura desde atrás, sentí su erección contra mí y no me aparté.
Hicimos los pagos. Después dijo que tenía que buscar algo en el coche.
El estacionamiento subterráneo estaba casi vacío en ese horario. Fuimos hasta el último rincón, donde la luz era escasa y no había ningún coche cerca. Rodrigo apagó el motor. No dijimos nada por unos segundos.
—Bájate la falda nomás para verte —dijo—. Solo eso, te lo juro.
Puse los ojos en blanco, pero lo hice. Me bajé la falda hasta la mitad del muslo, me puse de lado en el asiento y me quedé quieta. Él rodeó el coche, abrió mi puerta y se colocó detrás de mí. Me bajó el calzón sin mucho preámbulo y me tomó de la cintura.
Entró de un solo empuje. Su pene es corto pero grueso, y lo sentí llenando ese espacio de golpe. No hubo calentamiento previo, no hubo beso. Solo esa primera embestida que me arrancó un sonido que no era ni queja ni gemido, sino algo intermedio. Cuatro, cinco embestidas fuertes y profundas, con las manos apretadas en mis caderas, y luego un gruñido apagado contra mi espalda.
Se vino dentro.
Lo sentí espeso y caliente, llenando el espacio que quedaba. Yo no había llegado a ningún lado. Me quedé ahí un momento, quieta, notando cómo el calzón absorbía lo que escurría cuando él salió.
—Debiste avisarme —le dije mientras me acomodaba.
—Lo siento —dijo, sin que lo pareciera.
Me llevó hasta el instituto sin limpiarme. Caminé hasta la entrada sintiendo ese peso tibio moviéndose entre mis piernas con cada paso.
***
La clase de la tarde era práctica. Estábamos haciendo correcciones en unos proyectos y el salón se fue vaciando antes de que terminara. Quedé con Mateo, que es mi mejor amigo desde primer semestre. Él es gay, lo sabe todo el mundo incluyendo los profesores, y por eso cuando nos quedamos solos en el aula nadie pensó nada raro.
Le conté lo del estacionamiento en voz baja mientras ordenábamos los materiales sobre la mesa.
—¿Y tú te viniste? —preguntó directamente.
—No.
—Qué desperdicio —dijo, y sonrió de un modo que no era del todo inocente.
La conversación fue derivando. Mateo empezó a contarme que llevaba días pensando en recibir sexo oral, que no había tenido a nadie en semanas. Lo dijo con naturalidad, como si hablara del clima. Yo, todavía con el calzón húmedo y sin haber llegado a ningún lado en toda la mañana, seguí el hilo más de lo que debería.
—Si quieres te lo hago yo —dije, a modo de broma.
Él me miró. No era una broma y los dos lo sabíamos.
Cerramos la puerta del salón. Mateo se apoyó contra la pared del fondo y me miró sin decir nada. Me arrodillé delante de él, le bajé el pantalón y lo vi: largo, delgado, con una cabeza desproporcionadamente grande que apuntaba levemente hacia abajo. La piel estaba tensa y brillosa. Me lo metí en la boca despacio, lamiendo el borde de esa cabeza ancha antes de aceptarla completa.
Mateo puso una mano en mi cabeza, sin presionar, solo apoyada. Gemía casi en silencio, con la mandíbula apretada. Yo ya estaba empapada de nuevo.
A mitad de todo me detuvo, me levantó por los brazos y me giró hacia la mesa.
—Quiero penetrarte —susurró—. Solo un momento, te lo pido.
Me bajó la falda y el calzón hasta los tobillos. Lo que encontró ahí, lo que Rodrigo había dejado horas antes, no lo detuvo. Empezó a lamer mi ano con una concentración que no esperaba, metiendo la lengua en círculos lentos. Le pedí que parara, que no me sentía segura después de todo el día. No me hizo caso. Siguió.
—¿Puedo? —preguntó, con la voz raspada.
—Por ahí no —dije.
Pero lo repetía entre cada movimiento de lengua. Y yo estaba tan activada, tan lista para cualquier cosa, que cuando volvió a pedir permiso con esa boca que ya me había abierto, dije que sí.
Escupió. Lubricó esa cabeza enorme con saliva y fue entrando despacio. El primer centímetro dolió como nada que hubiera sentido antes. Me mordí el dorso de la mano para no hacer ruido. Mateo avanzó despacio hasta que la cabeza entró completa, y ahí se detuvo un momento.
Luego empujó a fondo.
Unas pocas embestidas hondas y lentas, y después se clavó hasta donde podía mientras descargaba adentro. Lo sentí caliente, profundo, diferente a lo de la mañana. Mateo gemía con un sonido casi femenino, muy suave. Yo no había llegado a ningún lado tampoco esa vez, pero la sensación de esa cabeza enorme saliendo fue algo que me quedó grabado.
Salió con cuidado. Me dio un beso en las dos mejillas y dijo que tenía que irse. Yo me acomodé la ropa sin limpiarme nada, igual que en el estacionamiento. Salimos en momentos distintos.
***
El trayecto a casa fue largo. Tomé el metro hasta el centro y luego el camión hasta mi colonia. El vagón no iba lleno y me tocó asiento, que agradecí. Sentía que el ano no terminaba de cerrarse, que algo seguía moviéndose con cada frenada. Me quedé mirando por la ventana intentando procesar lo que había pasado.
Dos veces en el mismo día. Los dos rápido. Los dos adentro. Yo, ninguna.
Llegué a casa antes de la cena. Subí directo a mi cuarto. De la cocina tomé un pepino mediano antes de subir, grueso y algo curvo, con textura irregular.
Me quité la falda y el calzón. Los dejé en el suelo. Me acosté en la cama con las piernas abiertas y sin limpiarme todavía, con todo lo que cargaba desde la mañana todavía presente. Me introduje el pepino primero en la vagina, despacio, notando la diferencia de temperatura entre el frío de la verdura y el calor que tenía adentro. Después lo moví hacia el ano, que todavía estaba blando de lo que había pasado en el salón.
Con la otra mano me froté el clítoris sin pausa.
Pensé en el estacionamiento oscuro. En la manera en que Rodrigo entró sin aviso. En la cabeza de Mateo, desproporcionada y brillosa. En la sensación de tener los dos adentro en el mismo día, en distintos lugares, sin haberme corrido en ninguno de los dos. Eso fue lo que me llevó al borde.
El orgasmo llegó tenso y largo. Cerré las piernas alrededor de la mano mientras temblaba, mordiendo la almohada para no gritar. Me quedé quieta un buen rato después, respirando.
Me levanté, metí el pepino en una bolsa y lo tiré. Me duché. El agua caliente sobre el cuerpo se sintió como volver a existir.
Me puse pijama: una blusa larga y calzón limpio. Bajé a cenar.
***
Mi mamá, mi papá y mi hermana estaban en la mesa. Había arroz y frijoles y el televisor encendido de fondo. Serví mi plato y me senté.
—Hija, tienes la cara roja —dijo mi mamá—. ¿Te dio el sol hoy?
—Sí, anduve mucho rato afuera —dije, y bebí agua.
Mi papá no decía nada. Pero cada vez que yo me movía en la silla, notaba su mirada bajando hacia mi blusa, donde los pezones se marcaban contra la tela. Una mirada sostenida, sin disimulo. No dije nada. Terminé de comer y subí.
Ya en la cama, con las luces apagadas, hice el recuento del día. El amigo de siempre en el asiento del coche. El semen de Rodrigo que cargué desde las once de la mañana hasta que me bañé. La boca de Mateo en mi ano y esa cabeza que no olvidaré pronto. El orgasmo en solitario que tardé un día entero en conseguir.
Nadie sabía nada. Mi mamá me preguntó por el sol. Mi papá me miraba los pezones. Mi hermana hablaba de un examen.
Y yo estaba ahí, limpia por fuera, recordando cada detalle con esa mezcla de culpa y satisfacción que no tiene nombre claro, pero que cualquiera que lo haya sentido reconoce al instante.