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Relatos Ardientes

Lo que nunca conté sobre mi profesor de Arte

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Tenía veinte años y la certeza de que lo sabía todo cuando llegué al segundo curso de Historia del Arte. Me llamo Valeria. Tenía el pelo largo y oscuro, casi negro, de esos que brillan cuando les da la luz de frente. Los ojos claros, lo que siempre desconcertaba a quien esperaba encontrar otro tipo de contraste. Y un cuerpo que había tardado demasiado en reconocer como mío.

Hasta ese curso había sido la chica seria, la que tomaba apuntes con dos colores de bolígrafo y se quedaba en la biblioteca los viernes cuando los demás salían. Pero algo cambió cuando empecé a percibir las miradas. Cómo los compañeros me seguían con los ojos por el pasillo, cómo algunos profesores tardaban un segundo de más en apartar la vista cuando levantaba la mano. Empecé a explorar eso de forma deliberada.

Cambié la ropa. Salí de casa con faldas que me llegaban a mitad del muslo, camisas con un botón de más sin abrochar, nada debajo. Me gustaba esa discreción aparente: nada gritaba, pero todo insinuaba. Las reacciones llegaban solas y eran adictivas. Los chicos de mi clase se ponían nerviosos cuando me inclinaba sobre la mesa. Uno de segundo empezó a tartamudear cuando le pedí un bolígrafo.

Probé. Con varios. Nunca más de una vez, porque siempre había algo que fallaba: torpeza, prisa, ego mal gestionado. Una noche en el piso de un compañero que duró cuatro minutos y me dejó mirando el techo con una insatisfacción que quemaba. Otra tarde en el asiento trasero de un coche, más incómoda que excitante, que terminó antes de que yo llegara a ningún sitio. Me preguntaba si era cosa mía.

No era cosa mía.

***

El profesor Rodrigo Salinas llevaba enseñando Teoría del Arte Contemporáneo desde hacía muchos años. Tendría cuarenta y cuatro, quizás cuarenta y cinco. Era alto, de esos que llenan el espacio sin esforzarse, con el pelo corto peinado hacia atrás y canas en las sienes que le quedaban ridículamente bien. Llevaba gafas de montura fina y una forma de hablar pausada que obligaba a escuchar aunque estuvieras pensando en otras cosas. No era guapo de revista, pero tenía algo que los chicos de mi edad no tenían: la certeza absoluta de quién era.

Las miradas empezaron en la tercera semana de curso. Me sentaba en la cuarta fila, no demasiado cerca ni demasiado lejos, y notaba cómo su vista se posaba en mí cada vez que hacía una pausa. No era indiscreto ni evidente. Era sutil, controlado, exactamente lo opuesto a lo que conocía. Eso me intrigó más que cualquier otra cosa.

Empecé a provocarlo con lo mismo que usaba con todos: la postura, el ángulo, el momento exacto en que me inclinaba para recoger algo del suelo. Pero con él funcionaba diferente. No se ponía nervioso. Simplemente miraba un instante más de lo normal y seguía con la clase, sin que nada en su expresión cambiara. Como si llevara la situación con una calma que me dejaba sin herramientas.

Una tarde me quedé después de clase con una pregunta inventada sobre la lectura de la semana. Él respondió apoyado en el borde de la tarima, los brazos cruzados, sin apresurarse. Yo me incliné hacia la mesa con el pretexto de tomar una nota y la camisa se abrió lo suficiente. Vi que miró. Solo un segundo, y luego volvió a mis ojos sin inmutarse.

—¿Alguna otra duda? —dijo con naturalidad.

Sí. Muchas. Pero ninguna sobre el libro.

Empecé a quedarme después de clase con más frecuencia. A veces le cogía el brazo cuando le preguntaba algo en el pasillo, sin necesidad, solo para ver cómo reaccionaba. Él no lo retiraba, pero tampoco respondía a la provocación. Era como intentar cazar a alguien que, sencillamente, decidía no correr.

Un martes me senté directamente en su mesa antes de que empezara la clase, con una falda corta que se me subió al cruzar las piernas. Él levantó la vista de los papeles y me encontró ahí, muy cerca, a la altura de su pecho. Se quedó quieto un segundo. Yo le sonreí.

—Profesor, ¿me explica otra vez lo de ayer? No lo entendí del todo.

La voz le salió un poco más ronca de lo normal. Vi cómo tragaba saliva, cómo su mirada bajaba a mis piernas y volvía rápido a mis ojos. Se movió detrás de la mesa con cierta incomodidad que traté de no celebrar demasiado.

—Señorita Valeria, siéntese en su sitio. La clase va a empezar.

Me bajé de la mesa despacio, rozándolo al pasar. Le dije bajito al oído:

—Como usted mande.

Y me fui a mi sitio con el corazón latiéndome más fuerte de lo que esperaba.

***

Y entonces llegó el parcial. Un seis. Un seis sobre diez en un examen que había preparado durante dos semanas, que había respondido mejor que la mitad de mis compañeros. Me quedé con la nota en la mano durante cinco minutos, sintiendo la rabia crecer despacio. Podría haber sido una corrección objetiva. Podría haber sido un error. Pero lo único que podía pensar era que me la estaba devolviendo de alguna manera, que era un mensaje.

Esa misma tarde subí al despacho.

El edificio de Humanidades a las seis de la tarde huele a papel viejo y a café frío. Subí al segundo piso con pasos rápidos, sin pensar demasiado en lo que iba a decir. Llevaba una falda negra corta, una blusa fina sin nada debajo y el pelo suelto sobre los hombros. Llamé con los nudillos más fuerte de lo que pretendía.

—Adelante.

Entré y cerré la puerta detrás de mí. Él estaba sentado revisando algo, y cuando levantó la vista y me vio se quedó completamente quieto un momento. Luego dejó los papeles sobre la mesa con calma.

—Valeria —dijo en voz quieta—. Siéntate.

—Prefiero estar de pie. —Me planté delante de su mesa—. Un seis. ¿En serio? Sabe perfectamente que ese examen valía más.

Él se recostó en la silla con una paciencia que me exasperó.

—El examen tenía errores conceptuales en la segunda parte. La nota es justa.

—No lo es. —Apoyé las manos en la mesa, inclinándome hacia delante, y vi cómo su mirada bajaba un instante a la blusa y volvía a mis ojos sin que él moviera un músculo—. Usted sabe que lo hice bien. Y también sabe por qué me tiene en el punto de mira desde hace semanas.

Silencio.

Rodrigo se levantó despacio. Rodeó la mesa y se quedó a un paso de mí, alto, tranquilo, con esa presencia que ocupaba toda la habitación. Me miró durante un segundo sin decir nada.

—Tú crees que tienes el control de la situación —dijo en voz baja—. Que con una falda corta y una mirada puedes manejar cualquier cosa.

Levanté la barbilla.

—Sé que sí.

Dio un paso más. Tan cerca que sentí el calor de su cuerpo antes de que me tocara.

—Te equivocas —dijo con calma—. No tienes nada que ofrecerme. Pero si quieres, yo sí tengo cosas que enseñarte.

Me quedé sin respuesta. Era la primera vez en meses que alguien me dejaba sin respuesta.

Echó el cerrojo de la puerta.

***

El clic del cerrojo me recorrió la espalda como una corriente eléctrica. Me giré y lo vi caminar hacia mí con la misma calma de siempre, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se colocó detrás de mí y durante un momento no hizo nada. Solo respiró cerca de mi nuca. Sentí su aliento antes de que me besara allí, suave, con los labios apenas apoyados en la piel.

Nada que ver con lo que conocía.

Sus manos empezaron en mi cintura, con las palmas abiertas, recorriendo mis costados hacia arriba sin apresurarse. Cuando llegaron a mis pechos los cubrió con una calma que me desesperó. Sus pulgares rozaron mis pezones a través de la tela fina y tuve que apretar los dientes para no hacer ruido. Él sabía exactamente dónde apoyar los dedos y cuánta presión aplicar.

—Relájate —dijo contra mi oído—. No tienes que hacer nada.

Bajó los tirantes de la blusa con los dedos, despacio, doblando la tela hasta que cayó al suelo. Me quedé en la falda y nada más, de pie en su despacho, con la piel erizada y el corazón latiéndome en los oídos. Él me llevó hacia la mesa con una mano en la espalda, me recostó encima de los papeles y me miró desde arriba con una expresión que no era de triunfo, sino de atención total.

Empezó por el cuello, besando despacio. Bajó a mis pechos, lamiendo con la lengua plana, mordiéndome los pezones con una suavidad calculada que me hacía doblar las rodillas. Siguió bajando, la boca húmeda sobre mi estómago, el ombligo, y entonces se detuvo justo antes de llegar donde yo necesitaba que llegara.

Rozó mis muslos con los labios. Subió muy despacio, centímetro a centímetro, y cuando estaba tan cerca que yo ya no podía respirar, se detuvo otra vez.

—Rodrigo... —dije en voz baja, sin reconocer mi propio tono.

—Espera.

Y siguió sin prisa, ignorando deliberadamente el lugar donde todo el calor se concentraba, hasta que yo ya no podía quedarme quieta. Mis caderas se movían solas, buscándolo, y él lo sabía y no cedía.

Cuando por fin su lengua me tocó, tuve que morderme el labio para no gritar. Lamió despacio, recorriendo cada pliegue con una atención que ningún chico de veintidós años habría tenido jamás. Se detuvo en el clítoris, dibujando círculos con la punta de la lengua, probando qué ritmo me hacía temblar y quedándose exactamente ahí. Metió un dedo, luego otro, moviéndolos hacia arriba hasta dar con el punto exacto que yo misma no sabía que existía.

Gemí contra el dorso de mi mano, intentando no hacer ruido. Él gruñó bajito, el sonido vibrándome por dentro.

Nunca había sentido algo así. No era solo la intensidad, aunque era intensa. Era la precisión. Era que alguien sabía exactamente lo que estaba haciendo y no tenía ninguna prisa por terminar. Era la diferencia entre que alguien te toque y que alguien te lea.

El orgasmo llegó desde abajo, lento y enorme, extendiéndose por el vientre y los muslos antes de alcanzar todos los sitios a la vez. Me agarré al borde de la mesa con las dos manos y dejé que me sacudiera entera. Rodrigo no paró: siguió lamiendo con más suavidad mientras yo me contraía alrededor de sus dedos, prolongando cada ola hasta que el placer se volvió casi insoportable.

Cuando por fin paró, yo estaba jadeando con los ojos cerrados y las piernas que no respondían.

—Eso era para el notable —dijo con voz grave, completamente tranquilo—. ¿Has venido solo a por el notable?

***

Me tomó un momento entender la pregunta. Estaba desnuda de cintura para arriba, echada sobre sus papeles, con las mejillas ardiendo y el cuerpo todavía temblando.

—No —conseguí decir.

Se desnudó con la misma calma que hacía todo. La camisa, doblada con cuidado sobre la silla. Los pantalones. Todo sin apresurarse, sin la torpeza ni el nerviosismo que estaba acostumbrada a ver. Cuando se quedó en ropa interior y vi la silueta de lo que había debajo, entendí que no estaba preparada para lo que iba a pasar.

Me dio la vuelta con cuidado, apoyándome sobre la mesa boca abajo, los pies en el suelo y las manos sobre la madera. Empezó a besarme la espalda desde los hombros hacia abajo, con los labios y la lengua. Sus manos me recorrieron por delante mientras lo hacía, subiendo y bajando, asegurándose de que yo estuviera completamente lista antes de continuar.

La penetración fue lenta. Más lenta que todo lo anterior. Entró con movimientos pequeños, dejando que mi cuerpo se adaptara, sin forzar nada. Sentí cada centímetro con una claridad que me sorprendió a mí misma. Cuando estuvo completamente dentro se quedó quieto un momento y yo noté su latido contra las paredes.

—¿Bien? —preguntó en voz baja.

—Sí —dije contra la madera de la mesa.

Empezó a moverse con un ritmo constante, profundo, sin acelerar. Cada embestida llegaba al fondo y salía casi del todo antes de volver, y en cada una yo sentía algo diferente, como si estuviera aprendiendo el mapa de mi propio cuerpo con la ayuda de alguien que lo conocía mejor que yo. Sus manos recorrían mis caderas, mi espalda, sin perder nunca el ritmo.

Me corrí por segunda vez con la mejilla apoyada en sus papeles y los dedos blancos de apretar el borde de la mesa. Grité en voz baja, la cara enterrada en los brazos, y él siguió moviéndose con la misma calma hasta que el orgasmo terminó por sí solo.

Luego me giró con cuidado, me besó, largo y despacio, y me miró a los ojos.

—Y ahora —dijo con esa voz grave que ya conocía—, la matrícula.

Me indicó con un gesto que me arrodillara frente a él. Me acerqué despacio. Él puso una mano en mi nuca, sin presionar, guiándome con delicadeza.

—Con calma —susurró—. Quiero que lo sientas todo.

Empecé lamiendo la punta, saboreando. Luego lo fui tomando despacio, sintiendo su grosor, su peso. Él empezó a mover las caderas con un ritmo medido mientras me sujetaba la cabeza con ambas manos, controlando la profundidad sin brusquedad. No era como las otras veces que había hecho esto, a oscuras, deprisa, sin saber bien qué estaba haciendo ni para quién.

—Mírame —dijo en voz baja.

Levanté los ojos y lo miré mientras seguía. Algo en su expresión, en ese control contenido, me excitó más que cualquier otra cosa de esa tarde. Me gustaba que me mirara así, que supiera exactamente lo que estaba pasando en cada momento y eligiera quedarse ahí, sin prisa.

Cuando se corrió fue abundante. Lo sentí cálido y continuo, y no me aparté hasta que terminó. Él gruñó grave, los dedos apretándome el pelo con suavidad.

Me quedé arrodillada, jadeando, con los labios hinchados y el cuerpo completamente entregado.

Rodrigo me acarició la mejilla con el pulgar.

—Buena alumna —dijo en voz baja.

No supe si reírme o llorar. Hice un poco de las dos cosas, en silencio, de rodillas en el despacho de un profesor de cuarenta y cuatro años al que había ido a reclamar una nota de examen.

***

Salí a la calle una hora después. El aire frío de octubre me golpeó la cara y me quedé parada en la puerta del edificio durante un momento, con el pelo revuelto y la blusa metida de cualquier manera en la falda. La gente pasaba por delante sin mirarme.

No pensé en la nota. Pensé en que por primera vez en meses, quizás en años, no me quedaba ningún vacío. Ninguna insatisfacción que quemara desde dentro. Ningún cosquilleo que se apagara demasiado pronto.

Solo el silencio completo de haber llegado, por fin, hasta donde tenía que llegar.

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Comentarios (10)

lecturaNocturna

Que tension desde el primer parrafo!! no pude dejar de leer, se siente todo muy real. Seguí publicando por favor

RodriMDQ

jajaja lo del cerrojo con esa calma me mato, uno ya sabe lo que viene y aun asi no puede parar de leer. muy bien contado

Valentina_07

Me encanto!!! esperando la segunda parte ya

ClaraInFuego

la forma en que describes ese momento de duda al quedarte... se siente autentico. de lo mejor que lei en confesiones

caos2001

y despues que paso??? porque asi no se puede dejar jaja quedo re incompleto

Sol_del_mar

Pocas veces un relato en primera persona suena tan creible. Gracias por animarte a compartirlo

marcos_narrador

me recordo a una situacion parecida que tuve en la facu, esa mezcla de nervios con algo mas... inconfundible. muy buen relato

PatriRosa

increible!! me quede con ganas de mas, se hizo cortisimo la verdad

Lautaro_V

Buenisimo esto. Uno de los mejores de la categoria. Saludos!

Gabi_sin_sueño

ese detalle del cerrojo dice mas que mil palabras. tremendo como lo contaste, espero que escribas mas seguido

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