Lo que pasó con mi amiga en aquel callejón de Sevilla
Lo que voy a contar pasó hace ya unos cuantos años, en un viernes cualquiera de un fin de semana cualquiera, en una época en la que todavía se podía hacer botellón en la Alameda de Hércules de Sevilla y a nadie le parecía raro pasar la noche sentado en el suelo bebiendo de un vaso de plástico.
Aquella noche habíamos quedado el grupo entero. Éramos los nueve o diez de siempre, los que arrastrábamos la amistad desde el instituto y nos resistíamos a soltarnos a pesar de que cada uno había tomado un camino distinto. Yo iba con Carla, mi novia de entonces. Marta, mi mejor amiga desde hacía media vida, había llegado con Iván. Ella y yo nos conocíamos antes que nuestras parejas, antes que casi todo, y aun así nunca había pasado nada entre nosotros. Nada salvo esa cosa rara que flotaba a veces, esa mirada de un segundo de más, esa risa que tardaba un tic en apagarse.
La Alameda estaba a reventar. La gente bebía, gritaba, fumaba y tropezaba contra los plataneros. Olía a hierba, a vino malo y a ese calor raro de mayo que nunca termina de ser verano. Llevábamos dos horas sentados en círculo cuando me levanté con el típico aviso.
—Voy a mear. Ahora vuelvo.
—Espera, capullo —dijo Marta levantándose también—. Yo también tengo que ir. Te acompaño.
Nada que no hubiera pasado cien veces. Salimos del grupo y caminamos juntos por las callejuelas que bajan hacia la Macarena. Ella iba un paso por delante de mí, con esa manera suya de mover los hombros como si la siguiera siempre alguien que ella prefería ignorar. Llevaba unos vaqueros bajos y una camiseta blanca que se le pegaba a la espalda por el sudor.
—Los bares de aquí van a estar a tope —le dije—. No sé si voy a aguantar tanta cola.
—¿Qué bares ni qué bares? —contestó sin mirarme—. Por ahí. Entre dos coches o donde sea. Yo no aguanto más, te aviso.
Y en ese mismo instante, no sé por qué, mi cabeza empezó a divagar.
No me hagas esto.
Eran las dos y media de la madrugada, llevaba cinco o seis cervezas, y la idea de verla bajarse los pantalones a un metro de mí me había puesto en otro sitio. Caminamos otra calle entera en silencio. La luz naranja de las farolas le pintaba la nuca de un color que no había visto antes. Doblamos por una bocacalle estrecha que olía a contenedor y a meado viejo, y vi al fondo dos coches mal aparcados que dejaban un hueco entre ellos justo del tamaño de una persona agachada.
—Ahí —dijo señalando con la barbilla.
Tenía que decirlo o no decirlo. No había tercera opción. Apreté los dientes y se lo solté con esa voz que pone uno cuando va medio borracho y no sabe si lo dice en broma o en serio.
—Marta, te aviso. Si te pones a mear delante mío, te lo voy a comer ahí mismo.
Ella se paró un segundo. Solo un segundo. Yo pensé «la cagué, hasta aquí hemos llegado», pero entonces giró la cara y me sonrió. Una sonrisa rara, ladeada, de las que nunca le había visto. No de amiga.
—Capullo —dijo, y fue lo único que dijo.
Caminó los últimos metros hasta el hueco entre los dos coches. Yo me quedé en la entrada del callejón, supuestamente vigilando. Aunque a esas alturas ya estaba vigilando otra cosa.
—Tú avisa si viene alguien, ¿vale? —murmuró mientras se desabrochaba el cinturón.
—Vale —contesté.
Pero no vigilé un carajo. La miraba de reojo, fingiendo que no la miraba, mientras ella se bajaba los vaqueros y la ropa interior hasta los muslos y se acuclillaba apoyando una mano en el lateral del coche de la izquierda. La luz de la farola del fondo le entraba justo en el perfil. No vi gran cosa, no me dio tiempo, pero sí vi suficiente.
—Eres un cerdo —dijo cuando se dio cuenta de que la estaba mirando.
Pero la sonrisa seguía ahí. La misma sonrisa rara.
—Como si no lo supieras —contesté.
Lo siguiente no me lo esperaba. Terminó de mear, se incorporó y, en lugar de subirse los pantalones, se quedó así, con los vaqueros y las bragas a la altura de los muslos, apoyada contra el coche, mirándome con la cabeza un poco ladeada.
—¿Y qué? —dijo—. ¿Quieres mirar?
Me quedé congelado dos segundos largos. Tenía la garganta seca y el corazón me iba más rápido que esa misma mañana en el gimnasio. Sentí que si no contestaba algo en el siguiente segundo se iba a cerrar la puerta para siempre.
—¿Yo, mirar? —solté—. He dicho que te lo quería comer.
Ella se quedó alucinada un instante. Dejó caer la cabeza hacia atrás, soltó una risa corta y luego me clavó los ojos. Esa mirada me la sé de memoria todavía.
—Capullo —repitió.
Pero no se movió.
Ahora o nunca.
Crucé los tres pasos que nos separaban, le puse una mano en la cintura y la giré con cuidado contra el capó del coche. Ella se dejó hacer, apoyó las palmas en la chapa y bajó la cara hasta casi tocarla con la frente. Su espalda se arqueó sola. Yo me arrodillé detrás, con la grava del callejón clavándoseme en las rodillas, y le abrí el culo con las dos manos. Olía a ella, a sudor, a calle, a todo lo que llevaba meses imaginando sin atreverme a imaginar.
***
Empecé despacio, lamiendo la cara interior de los muslos, sin tocarla todavía donde quería tocarla. Ella se removía sin decir nada. Cuando subí la lengua y la pasé entera de abajo arriba, soltó un sonido que se le escapó sin permiso, un sonido que duró menos de medio segundo pero que rebotó contra los coches.
—Calla, joder —murmuró—. Que nos van a oír.
—Pues no hagas ruido.
—No puedo no hacer ruido si haces eso.
Volví a hacerlo. Más despacio. Más profundo. Llevaba tantos meses queriendo hacer eso que me tomé mi tiempo. Me recreé. Me lo gané. Cada vez que paraba, ella empujaba la cadera hacia atrás buscando mi boca, y cada vez que volvía, ella se mordía el dorso de la mano para no gritar. Una vez susurró «para, para, que viene alguien», pero no venía nadie y ella lo sabía y yo lo sabía. Lo dijo con una voz tan débil, tan poco creíble, que ni siquiera bajé el ritmo.
Reconocí los gestos antes que ella. Llevaba la respiración rota, los dedos se le habían cerrado contra la chapa del coche, los muslos le temblaban. Aceleré con la lengua, busqué el sitio exacto, y cuando se le tensó toda la espalda y soltó un quejido largo y ahogado contra el antebrazo, supe que se había corrido. No paré. La seguí lamiendo hasta que sus piernas dejaron de aguantar y dejó caer media frente sobre el capó, riéndose flojito y maldiciéndome por lo bajo.
Joder, qué sabor. Todavía me acuerdo.
***
Se incorporó despacio. Resoplaba. Se dio la vuelta apoyando la espalda contra el coche, todavía con la ropa enredada en los muslos, y me agarró de la nuca cuando me levanté. Me comió la boca con todo su sabor en mi barba. No le importó. Eso fue lo que me terminó de poner del todo: que no le importara.
—Eres un gilipollas —me dijo entre besos—. Eres un cerdo y un gilipollas.
—Y tú llevabas las bragas mojadas antes de que yo dijera nada.
—Cállate.
Me bajó la mano hasta el pantalón y se rio en mi boca al notar cómo estaba.
—Joder.
—¿Qué esperabas?
No contestó. Se puso en cuclillas, ahí mismo, con los vaqueros aún enredados en sus piernas, y me bajó los míos hasta la mitad del muslo de un tirón. No se anduvo con rodeos. Estaba tan a tope como yo. Se la metió en la boca sin pensar en nada, sin mirar si venía alguien, sin pedirme que me callara. Le daba igual todo y a mí también.
Y me hizo una de las mamadas más intensas que recuerdo. Mirándome a los ojos, claro. Esa fue la peor parte y la mejor parte. Mirándome todo el rato. Yo no podía hacer otra cosa que apoyar las dos manos en su pelo, sin tirar, solo acariciándola, ayudándola a veces a llegar al fondo cuando ella misma quería. Pero la verdad —y no me da ninguna vergüenza decirla— es que no aguanté nada. Llevaba demasiado tiempo cargado, demasiado tiempo imaginándomelo, y verla así, con mi sabor en la boca y los vaqueros en los tobillos, fue demasiado.
—Voy —avisé apretando los dientes.
Ella no se apartó. No paró de chupar. No paró de mirarme. Me vació entera y siguió un par de segundos más, asegurándose de que no quedaba nada. Solo entonces sacó la boca, escupió en el mismo trozo de suelo donde habíamos meado, se levantó y volvió a besarme.
Ahora había dos sabores en ese beso. El suyo y el mío.
—Esto va a tener que ser nuestro secreto —me dijo con la frente pegada a la mía—. Por si queremos más.
***
Nos subimos los pantalones en silencio. Yo le abroché el cinturón a ella, ella me lo abrochó a mí, nos miramos una última vez como si todavía no creyéramos lo que acababa de pasar. Volvimos a la Alameda caminando como si nada, riendo demasiado fuerte, poniéndonos de acuerdo en la excusa: que los bares estaban llenos, que tuvimos que seguir bajando hasta encontrar uno con cola corta, lo de siempre. Bla, bla, bla.
Cuando llegamos al grupo, Carla me preguntó dónde había estado tanto rato. Le dije lo que habíamos acordado. Iván le pasó a Marta su vaso de cubata y le dio un beso en la sien. Ella le sonrió como le había sonreído a él toda la noche, pero cuando giró la cara hacia mí, cinco segundos después, su sonrisa duró un tic más. Ese tic de más que ya conocía y que ahora, por fin, sabía por qué estaba ahí.
Han pasado muchos años. Las dos parejas se rompieron, cada una a su tiempo y por sus motivos. Marta y yo seguimos siendo amigos, los mejores amigos, los de toda la vida. Hubo «más», un par de veces, en circunstancias parecidas. Y luego dejó de haberlo. No nos hicimos novios. No nos planteamos nada serio. Lo dejamos en lo que fue: un secreto.
A veces, cuando volvemos a Sevilla en grupo y pasamos por aquella bocacalle que sigue oliendo a contenedor, ella me mira un segundo de más. Yo le sonrío un tic de más. Y los dos sabemos, sin decirnos nada, que aquella noche entre dos coches mal aparcados fue de las pocas veces en mi vida en que dije lo primero que se me pasó por la cabeza y todo salió bien.