Tres días con él mientras mi novia estaba en la playa
El agua caliente nos envolvía como una segunda piel. Yo estaba de rodillas sobre las baldosas de la ducha con su polla en la boca, y lo único que existía en el mundo era eso: el sabor de su glande contra mi lengua, la presión de mis labios deslizándose por el tronco, la sensación de ir tragando centímetro a centímetro hasta que mi garganta decía basta. Con ninguna mujer he sentido esa clase de urgencia. Es algo animal, algo que me nace del estómago y me sube hasta la mandíbula.
Le chupé despacio, con un hambre que me ardía por dentro, hasta que me puse de pie, le di la espalda y apoyé las manos contra los azulejos. Entonces noté cómo Andrés empujaba contra mí. La presión inicial, esa flojera en las piernas que siempre me sorprende, la molestia que poco a poco se convierte en algo que no sé nombrar de otra forma que placer. Fue entrando más y más hasta que lo sentí completamente dentro. El ruido del agua no tapaba mis gemidos. Me agarré la polla y me masturbé con sacudidas rápidas hasta que terminé contra la pared en un orgasmo que me dobló las rodillas. Sentí cómo Andrés se tensaba detrás de mí, cómo su polla palpitaba y se vaciaba dentro.
Nos quedamos un momento así, bajo el chorro, sin decir nada. Él me besó el hombro y yo cerré los ojos.
***
Tengo que explicar algo para que esto tenga sentido. Llevo una doble vida. Hace unos meses empecé a salir con Lucía, una chica que me gusta de verdad, que me hace reír y con la que puedo imaginar un futuro. Pero por otro lado tengo sexo con hombres. Tengo dos amantes más o menos fijos, y Andrés es con diferencia el que más me atrae. El sexo con él es otra cosa. No es algo de lo que me sienta orgulloso, pero necesito ser honesto al menos aquí: lo que siento cuando un tío me folla supera con creces lo que he sentido con cualquier chica. Nunca me atrajo un hombre en el sentido romántico. No fantaseo con salir a cenar con uno ni con presentarlo a mis padres. Pero las pollas me vuelven loco. Me encanta chuparlas, me encanta que me penetren. Es un nivel de excitación que con una mujer no he alcanzado jamás.
Lucía se fue esa semana con su hermana y un grupo de amigas a una casa rural en la costa. Yo puse la excusa de que tenía trabajo acumulado y de que, sinceramente, no me apetecía pasar cinco días con sus amigas hablando de cosas que me daban igual. Ella no insistió. En cuanto su coche desapareció al final de la calle, le escribí a Andrés.
***
Andrés es abiertamente bisexual. No lo esconde, no le importa besar a un tío en mitad de un bar y no pide disculpas por ello. Tiene treinta y pocos, un piso pequeño pero luminoso en el centro, y una forma de mirar que te hace sentir que eres la única persona en la habitación. Esos tres días los pasé en su casa.
Llegué el jueves por la tarde. Cuando abrió la puerta no estaba solo. En el sofá había una chica morena, de curvas generosas y ojos oscuros que sonreían antes que su boca. Se llamaba Vera y Andrés me la presentó como una amiga. Por la forma en que se tocaban al hablar, supe que follaban. Estuvimos un rato los tres tomando cervezas en su terraza, charlando de nada, riéndonos de todo. Vera era encantadora: directa, divertida, con esa confianza de quien sabe exactamente lo que quiere.
Se fue sobre las nueve. Andrés cerró la puerta y me miró con esa media sonrisa que significa que ya no hay vuelta atrás. Fue entonces cuando ocurrió lo de la ducha. No era mala forma de empezar.
Esa noche salimos a unos bares del centro. Bebimos demasiado, bailamos un poco y nos fuimos a dormir sin hacer nada más. Caímos en su cama como dos troncos.
***
A la mañana siguiente me desperté con resaca y con una erección que me latía con cada pulsación. Siempre me pasa lo mismo: cuando tengo resaca, mi cuerpo pide sexo como si fuera agua. Andrés dormía boca arriba con la sábana a la altura de las caderas. Le bajé la sábana despacio, le saqué la polla del bóxer y empecé a chupársela antes de que abriera los ojos.
Cuando se despertó, me miró, sonrió y echó la cabeza hacia atrás. Le hice una mamada larga y húmeda, jugando con la lengua alrededor del glande, metiéndomela hasta el fondo y volviendo a subir con una lentitud que lo hacía apretar los puños contra las sábanas. Se corrió en mi boca y yo me tragué todo sin pensarlo. Ese sabor espeso y salado me resulta adictivo de una forma que no puedo explicar.
A Lucía también le como el coño por las mañanas, pensé mientras me lavaba los dientes. Pero es diferente. Todo con ella es más suave, más predecible. Con Andrés hay algo urgente que me empuja desde dentro.
Pasamos el día haciendo poca cosa. Compramos comida, cocinamos juntos, vimos una película en el sofá con las piernas enredadas. Parecía una relación normal. Excepto que no lo era.
***
El viernes por la noche salimos otra vez. El grupo era más grande: amigos de Andrés, gente que yo no conocía, y Vera. La vi llegar con un vestido negro que le marcaba cada curva y unos labios pintados de rojo oscuro. Se sentó entre Andrés y yo, y durante toda la noche su mano iba de mi rodilla a la de él como si estuviera decidiendo algo.
En el segundo bar, Andrés y ella se besaron. No fue un pico de borrachera; fue un beso largo, con lengua, mientras ella le agarraba la nuca. Yo los miraba desde el otro lado de la mesa con un nudo en el estómago que era mitad celos y mitad excitación. Cuando se separaron, Vera me miró directamente y se mordió el labio inferior.
Volvimos los tres a su piso. Subimos en el ascensor sin hablar. La tensión ocupaba todo el espacio.
Una vez dentro, Vera se quitó los tacones y se sentó en el borde de la cama de Andrés como si aquello fuera su casa. Nos miró a los dos y preguntó sin rodeos:
—¿Entonces qué? ¿Vamos los tres o me quedo de espectadora?
Andrés me miró. Yo asentí.
Vera se acercó primero a él. Lo besó despacio, le quitó la camiseta y le recorrió el pecho con las uñas. Luego se giró hacia mí y me besó a mí. Su boca sabía a ginebra y a labial, y su lengua era más suave de lo que esperaba. Me susurró al oído que llevaba tiempo fantaseando con esto: dos tíos bisexuales que no tuvieran miedo de tocarse entre ellos delante de ella.
Se arrodilló y me la chupó. Tenía una técnica perfecta: presión justa, ritmo constante, una mano en la base y la otra acariciándome los huevos. Cuando se hartó de mí, se pasó a la polla de Andrés. Entonces me miró con una sonrisa desafiante, como si me retara. Me acerqué. Vera agarró la polla de Andrés, le dio unas chupadas lentas y me la ofreció. La besé, la lamí, se la metí en la boca mientras Vera me acariciaba la nuca. Nos turnábamos: ella chupaba, yo chupaba, nos besábamos con su polla entre nuestras bocas, las lenguas de los tres encontrándose alrededor del glande.
Andrés tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad. Vera soltó una carcajada grave y dijo algo como «esto es lo más caliente que he vivido en mi vida».
Ella se tumbó en la cama y abrió las piernas. Me arrodillé entre ellas y le comí el coño mientras Andrés le besaba los pechos y le mordisqueaba los pezones. Vera gemía sin contenerse, con una mano en mi pelo y la otra en la cabeza de Andrés. Tenía un sabor intenso y un clítoris que respondía a la mínima presión de mi lengua.
Después de un rato, me puse el condón y la penetré. Ella enganchó las piernas a mi cintura y se incorporó para chuparle la polla a Andrés, que se había arrodillado junto a su cabeza. La imagen era obscena y hermosa a la vez: su cuerpo moreno entre los dos, su boca llena de él mientras yo la follaba con un ritmo que iba subiendo.
Entonces llegó el momento que Vera llevaba esperando. Me tumbé boca arriba y levanté las piernas. Andrés se puso el condón y me penetró despacio, mirándome a los ojos mientras entraba. Vera se quedó paralizada un segundo. Vi en su cara una mezcla de sorpresa y fascinación, como quien presencia algo que solo había imaginado.
—Joder —murmuró—. Esto es increíble.
Mis gemidos la excitaban visiblemente. Se acercó a mí y me besó con una intensidad desesperada, su lengua buscando la mía mientras Andrés me follaba con embestidas profundas y constantes. Luego bajó y me agarró la polla. Se la metió en la boca y empezó a chupármela al ritmo de las embestidas de Andrés.
No hay forma de describir lo que sentí. La polla de Andrés dentro de mí golpeando ese punto que me hacía ver estrellas, y la boca caliente de Vera envolviéndome con una succión perfecta. Mi cuerpo entero era una terminación nerviosa. No aguanté mucho. Cuando los espasmos empezaron y mis gemidos se volvieron gritos cortos, Vera me miró a los ojos y no se apartó. Me corrí en su boca y ella se lo tragó todo con una sonrisa. Unos segundos después, Andrés se salió, se arrancó el condón y se corrió sobre mi abdomen. Vera bajó y lamió cada gota de semen que me cubría la piel, sin prisa, como si estuviera saboreando un postre.
Nos quedamos los tres en la cama, sudados y en silencio, con las respiraciones volviendo poco a poco a la normalidad. Vera se rio bajito y dijo:
—Repetimos cuando queráis.
***
El sábado, Vera se fue por la mañana después de desayunar los tres juntos como si no hubiera pasado nada. Andrés y yo follamos una vez más esa tarde, en su cama, con la ventana abierta y el ruido de la calle colándose en la habitación. Fue más lento esa vez, más tranquilo. Casi tierno, si es que esa palabra tiene sentido en este contexto.
El domingo por la mañana recogí mis cosas y volví a mi piso. Lucía me llamó desde la costa para contarme que lo estaba pasando genial y que me echaba de menos. Le dije que yo también, y no era mentira. La echo de menos de verdad cuando no está. Pero eso no cambia lo que soy ni lo que necesito.
Dejé la mochila en el suelo del recibidor y me senté en el sofá de mi apartamento vacío. Olía a cerrado, a soledad de tres días. Me miré las manos como si fueran a delatarme.
Sé que lo que hago está mal. No quiero hacerle daño. Pero hay algo en mí que no puedo apagar, algo que se enciende cuando un tío me toca de esa manera, cuando siento una polla entrando en mí, cuando me trago lo que otro hombre me da. Lucía es tradicional, no entendería nada de esto, y yo no tengo el valor de explicárselo.
Así que volví a guardar la doble vida en el cajón de siempre, junto con la culpa y las mentiras. Hasta la próxima vez que ella se vaya y yo le escriba a Andrés. Porque sé que habrá una próxima vez. Siempre la hay.