Lo que hice con el stripper en la despedida de Antonella
A Antonella la conocí cuando recién salía de la universidad y ella ya llevaba dos años en la oficina donde tuve mi primer empleo. Compartimos escritorio, almuerzos en la cafetería de abajo y algún que otro secreto sin importancia. Después yo cambié de trabajo, ella cambió de novio, y la amistad se fue borrando como esas conversaciones que terminan sin despedida.
Por eso me sorprendió tanto la invitación a su boda. Llegó por correo cuatro meses antes de la fecha, con un sobre crema y una caligrafía que no era la suya. Iba a poner cualquier excusa, pero esa semana había roto con Tomás después de tres años, y mi mejor amiga había dejado de hablarme por una pelea estúpida sobre un comentario que ni siquiera recuerdo. Así que confirmé la asistencia. Necesitaba salir de mi casa y, sobre todo, salir de mi cabeza.
Un mes antes me llegó la otra invitación: la despedida de soltera. Antonella me escribió por mensaje, como si nada hubiera pasado entre nosotras, como si los cuatro años de silencio fueran un detalle administrativo. «Ven, Caro. Te necesito ahí», me dijo. Le creí, aunque no debía.
***
El bar que alquilaron quedaba en una calle peatonal del centro, con cortinas oscuras en los ventanales y una puerta que solo se abría con clave. Llegué a las ocho en punto, con un vestido negro corto que me había comprado esa misma tarde y unos tacos rojos que no me había puesto en años. No conocía a nadie más que a Antonella, pero las chicas que ya estaban adentro me recibieron como si fuera de la familia.
—Tú debes ser Carolina —dijo una rubia altísima, agarrándome del brazo—. Ant me habló mucho de ti. Ven, te sirvo algo fuerte.
El bar tenía cuatro mesas largas dispuestas en U, todas decoradas con globos de colores que imitaban formas que no voy a describir. Había una bandeja con galletas en forma de torsos masculinos, copas de champán y una piñata que claramente no era para niños. Antonella estaba en el centro de todo, con una banda que decía «la última noche libre» y la cara ya un poco rosa por el alcohol.
Me senté entre dos chicas que se presentaron como las hermanas del novio. Una de ellas, Lucía, tenía esa risa contagiosa que te hace reír sin saber de qué. La otra, Bianca, era más callada pero te miraba con una intensidad incómoda. Las dos llevaban poco más de la mitad de una botella de vino encima.
El primer juego fue inocente. Una caja con preguntas, todas dirigidas a Antonella, sobre su vida sexual con su futuro marido. Las respuestas eran cada vez más explícitas: cómo se la mamaba mejor, cuántas veces se había corrido en la misma noche, si le gustaba más por el coño o por el culo. Las risas se volvían escandalosas. Yo bebía en silencio, dejándome contagiar por el ambiente. Hacía mucho que no me reía así, y hacía mucho que no sentía las bombachas húmedas por escuchar hablar de vergas ajenas.
El segundo juego subió la apuesta. Una bolsa de tela con juguetes adentro: había que meter la mano, identificar el objeto solo por el tacto y describirlo en voz alta sin sacarlo. Cuando le tocó a una pelirroja que se llamaba Renata, sacó un consolador del tamaño de mi antebrazo, se lo mostró a la mesa, se levantó la falda y se lo apoyó entre las piernas mientras todas reíamos sin poder parar. Después se lo llevó a la boca, lo chupó hasta la base con los ojos en blanco, y volvió a apoyárselo sobre la bombacha empujando con la cadera como si se lo estuvieran metiendo de verdad. La mesa entera aullaba.
Lo que pasó después ya no fue en broma.
***
A las once de la noche, dos de las chicas estaban besándose contra una columna del fondo del bar, con la lengua y todo. Una tenía la mano metida por debajo del vestido de la otra, y por el ritmo de la muñeca cualquiera se daba cuenta de que le estaba jugando el coño con los dedos. Otra se había sacado el sostén y bailaba sola en el medio del salón, con los pechos rebotando bajo una luz violeta, los pezones parados y brillantes de sudor. El alcohol y la complicidad habían disuelto cualquier pudor. Yo no me animaba a tanto, pero ya tenía el coño empapado solo de mirar, con la tela de la bombacha pegada entre los labios. Era como si me hubieran metido en un sueño ajeno y nadie me hubiera dicho cuáles eran las reglas.
Justo antes de medianoche, una chica subida a una silla pidió silencio.
—Antonella, querida, llegó tu regalo —anunció con un micrófono en la mano.
Las luces se apagaron. Una canción empezó a sonar con un bajo grueso, casi físico, que se sentía en el pecho. La puerta del fondo se abrió y salieron tres hombres en bóxers, alineados, con el paso firme de quien sabe que todas las miradas le pertenecen.
Los miré uno por uno. El primero era pelirrojo, con tatuajes que le bajaban por los brazos y un bulto que ya se marcaba grueso bajo la tela. El segundo era rubio, con el cuerpo de un nadador y una polla que se le adivinaba pesada, colgando de lado. El tercero me dejó sin aire.
Era alto, muy alto. La piel oscura y brillante bajo las luces de colores. Hombros anchos, abdomen marcado, brazos que parecían esculpidos. Tenía la cabeza casi rapada, una sonrisa de medio lado y unos ojos que recorrían el lugar con una calma que no encajaba con el ruido. El bóxer negro se le tensaba en el frente por un bulto que parecía imposible, una polla dormida que igual se dibujaba entera contra la tela. Cuando se paró frente a Antonella para hacerle el primer baile, yo ya no podía mirar a nadie más.
—Cierra la boca, Caro —me susurró Lucía al oído, riéndose—. Te vas a babear sobre la mesa.
La rutina fue subiendo de tono. Los tres bailaron individualmente con la novia, después con otras chicas, y poco a poco el contacto dejó de ser solo coreográfico. Manos que recorrían torsos, dedos que se metían bajo elásticos, piropos que dejaron de ser graciosos para volverse francos. El rubio ya tenía a una chica sentada sobre la pierna, refregándose el coño contra su muslo mientras él le mordía el cuello. El pelirrojo se estaba dejando bajar el bóxer por una morocha que le comía la boca. Yo seguía sentada, con la copa vacía en la mano, apretando los muslos para aguantar las ganas, sintiendo el corazón en la garganta y el pulso golpeándome entre las piernas.
Cuando él, mi favorito, terminó de besar a una morena que estaba apoyada en la barra —le había metido la lengua hasta la garganta y una mano dentro del escote—, vi que se enderezaba y miraba alrededor buscando a la siguiente. Ese fue mi momento.
Me levanté antes de pensarlo. Crucé los seis metros que nos separaban con las piernas temblando y los tacos sonando contra el piso. Cuando llegué frente a él, no le dije nada. Le pasé las manos por la nuca, le tiré un poco la cabeza para abajo y lo besé. Tenía el labio inferior caliente, suave, salado. Me devolvió el beso con calma, como si supiera desde antes que iba a ir hacia él. Le metí la lengua sin permiso y él me la chupó despacio, sin apuro, dejándome hacer.
Cuando me separé, le bajé una mano hasta el bóxer y apoyé la palma sobre lo que tenía entre las piernas. Estaba duro y era enorme. Le apreté la verga por encima de la tela y la sentí latir contra mis dedos, gruesa, larguísima, con la punta ya asomando por arriba del elástico. Se la recorrí de arriba abajo con la mano abierta, midiéndosela, y me mojé todavía más.
—Me encanta la polla que tienes ahí —le dije, mirándolo a los ojos—. Quiero que me la metas.
Él se rió bajito y me apretó la cintura con una mano que me abarcaba media espalda. Antes de soltarme me bajó la palma hasta el culo y me lo apretó fuerte, marcándome los dedos. Lo dejé ahí parado, me di vuelta y volví a mi silla con el pulso latiéndome en lugares que no sabía que tenían pulso. Lucía me dio un golpe en el hombro y me gritó algo que no llegué a entender.
***
Diez minutos después, los bóxers ya no estaban. Las chicas se los habían ido bajando entre risas y empujones, y los tres tipos quedaron desnudos en el centro del salón. El que yo había besado tenía una verga a la altura del resto de su cuerpo: larga, gruesa, oscura, con una vena marcada en el dorso que le subía hasta el glande hinchado y brillante. Los huevos le colgaban pesados, afeitados, pegados a la ingle. Sentí que se me secaba la boca y se me empapaba todo lo demás. La bombacha ya no aguantaba, la sentía chorreada contra el asiento.
Empezó otro juego, o más bien, lo que quedaba de cualquier juego. Las chicas se turnaban para chuparles la polla a los strippers, y los strippers respondían con piropos, con manos en el pelo, con gemidos profesionales pero no del todo fingidos. Al pelirrojo lo tenía Renata mamándoselo con las dos manos, escupiéndole en la punta y tragándoselo tan hondo que se le saltaban las lágrimas. Al rubio le estaban chupando los huevos mientras otra le hacía una paja con las dos manos, la corrida ya asomando en la punta del glande. Una chica se arrodilló frente a mi favorito y empezó a metérsela en la boca con una ansiedad que yo entendí perfectamente: le agarró la verga con las dos manos, la envolvió con los labios y se la tragó hasta la mitad, con ruido, babeándole todo el tronco. Me acerqué, me senté en el piso al lado de ella y le pasé la mano por el muslo a él, sin sacar la vista de su cara. Con la otra mano le agarré la base de la polla, se la sostuve mientras la otra chica se la seguía chupando, y cuando ella tuvo que respirar aproveché para pasarle la lengua por los huevos.
Cuando llegó mi turno, no esperé invitación. Me arrodillé, le agarré la verga con las dos manos y empecé a recorrerla con la lengua, despacio primero, después con hambre. La lamí entera, desde la base hasta la punta, dibujándole la vena con la lengua. Le besé los testículos uno por uno, se los chupé enteros, se los pasé por dentro de la boca mientras lo masturbaba mirándolo a los ojos. Le escupí en el glande y me lo repartí por toda la polla con la palma, hasta que le brilló entera. Quería que él entendiera que yo no era una más en la fila.
Después me la metí en la boca. Empecé por la punta, chupando fuerte, haciendo vacío. Le pasé la lengua por debajo del glande, en el frenillo, hasta que lo sentí temblar. Fui bajando de a poco, sintiendo cómo me llenaba, cómo se me abría la mandíbula. Intenté tragármela entera pero no llegué ni a la mitad: se me atragantó, tosí, se me cayó saliva por el mentón. Volví a intentarlo. Él me agarró el pelo con suavidad, sin forzar, y me dejó marcar el ritmo. La chupé subiendo y bajando, dejando que se me golpeara contra la garganta, ahogándome a propósito. Le lamí los huevos otra vez con la polla apoyada en la cara, se los besé, se los chupé, y volví a metérmela entera. La chupé hasta que sentí que me iba a desmayar de excitación, con la mandíbula dolorida y el coño chorreando debajo del vestido.
—Quédate conmigo —le dije sin pensar, con la voz ronca y los labios hinchados.
—¿Qué? —preguntó, agachándose un poco para escucharme mejor sobre la música.
—Que te quedes conmigo. Quiero que me la metas hasta el fondo.
Mientras lo decía, me saqué el vestido de un tirón y lo dejé caer al piso. Quedé en bombacha, con los pechos al aire y los pezones parados, duros como piedras. Me bajé la bombacha empapada y la pateé a un costado. Quedé solo con los tacos rojos y la cadenita que llevo siempre. Me acosté de espaldas sobre la mesa más cercana, abrí las piernas todo lo que me daban las caderas y me abrí el coño con dos dedos para que me viera bien, brillante de humedad, hinchado, latiendo.
—Por favor —le dije—. Métemela.
***
Los gritos del resto de las chicas y los otros dos strippers se transformaron en un fondo lejano. Él se acercó despacio, con la sonrisa todavía en la cara y la polla apuntándome, dura, pegada al vientre. Se inclinó para besarme primero. El beso esta vez fue distinto, más profundo, con menos público y más intención. Me bajó una mano hasta el clítoris y empezó a acariciármelo apenas, con la yema del dedo medio, en círculos lentos que me hacían arquear la espalda. Después me metió dos dedos adentro sin dejar de tocarme el clítoris con el pulgar. Los movió despacio, curvándolos hacia arriba, y con la boca me chupó un pezón, después el otro, mordiéndomelos apenas. Yo gemía como una loca, meneando el culo contra sus dedos, hasta que sentí que se me iban a separar las costillas.
—Métemela ya —le supliqué.
Se paró entre mis piernas, me agarró los muslos y se acomodó. Me pasó el glande por toda la vulva, arriba y abajo, mojándoselo bien, golpeándome el clítoris con la punta. Cuando me la metió, lo hizo con cuidado. Pensé que iba a ir despacio porque sabía que era grande y la diferencia entre nosotros se notaba. Empujó solo la punta, y ya con eso sentí que me abría entera. Me miró buscando una respuesta, y al ver que yo le clavaba las uñas en los hombros entendió que quería más. La fue metiendo de a poco, pero sin pausas, un centímetro por vez, hasta que la sentí entera adentro mío, tocándome sitios que no sabía que tenía. Me dolió y me gustó al mismo tiempo, una mezcla que no había experimentado nunca. Sentía la verga latiendo dentro de mí, gruesa, pesada, ocupándolo todo.
—Ay, dios —jadeé—. Qué grande la tienes.
Empezó a moverse, primero suave, sacándola casi entera y volviéndola a meter despacio, dejándome sentir cada centímetro. Después con un ritmo que me hacía golpear los talones contra la madera de la mesa. La cogida se fue volviendo más brutal, más animal. Me embestía con fuerza, apoyándose en la mesa con las dos manos, mirándome cómo se me sacudían las tetas con cada golpe. La gente alrededor gritaba cosas que ya no escuchaba. Yo gemía sin pudor, sin acordarme de quién era, ni de dónde estaba, ni de las cuatro paredes que había mirado de reojo al entrar. Solo estaba él, su polla, sus manos en mis caderas, sus ojos clavados en los míos.
—Más fuerte —le pedí—. Cógeme más fuerte.
Y fue más fuerte. Me agarró por las piernas, me las dobló contra el pecho, se apoyó en los pliegues de mis rodillas con todo el peso y me empujó hasta que sentí que algo se rompía adentro mío en el mejor sentido. Me embestía tan hondo que le sentía los huevos golpeándome el culo con cada estocada. Le veía la verga entrar y salir, brillante de mis jugos, y cada vez que se hundía entera yo dejaba escapar un grito que no me pertenecía. Me la metió así hasta que empecé a temblar entera, hasta que se me contrajo todo el vientre y me corrí gritándole encima, apretándole la polla con el coño en espasmos que no podía controlar.
Después me dio vuelta, me puso de rodillas sobre la mesa, me abrió el culo con las dos manos y siguió desde atrás. Me volvió a meter la polla entera de una sola estocada, y esta vez el gemido que se me escapó fue más grave, más profundo. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza para atrás y empezó a cogerme como si me quisiera partir en dos. Me pegaba en el culo con la palma abierta, marcándome, y yo se lo empujaba contra las caderas pidiéndole más. Veía mi propia cara reflejada en el vidrio oscuro de un espejo de la pared. Tenía los labios abiertos, los ojos casi cerrados, una mueca que no me reconocía. Vi también, en el mismo reflejo, cómo entraba y salía esa verga negra y enorme entre mis nalgas, cómo se movían mis tetas colgando, cómo se me caía la baba de gemir. Me llevó la mano a la boca y me hizo chuparle dos dedos; después me los pasó al clítoris y empezó a masajearme mientras me seguía cogiendo por atrás. Me corrí de nuevo, esta vez con un grito ronco, cayéndome hacia adelante sobre la mesa, con el coño apretándole la polla en oleadas.
—Me voy a correr —dijo con la voz apretada, sin dejar de embestirme.
Cuando sentí que él estaba cerca, me bajé de la mesa y me arrodillé en el piso. Le agarré la polla con las dos manos y se la sacudí rápido, apuntándomela a la cara. Abrí la boca y saqué la lengua, mirándolo desde abajo, y no le dije nada. Él entendió. Se sacudió una, dos veces más, y terminó con un gruñido largo. El primer chorro me llegó a la frente y me bajó por el ojo. El segundo me cayó entero en la boca abierta, espeso, tibio, salado. El tercero me pintó el mentón y el cuello. Los últimos me chorrearon sobre las tetas, resbalándome entre los pechos. Me tragué todo lo que tenía en la lengua sin dejar de mirarlo. Después le agarré la verga chorreante y me la volví a meter en la boca para chuparle lo que le quedaba, hasta la última gota. Lamí lo que me había caído en los dedos. Con dos dedos me recogí el semen del pecho y también me lo llevé a la boca. Después me quedé un segundo así, arrodillada, mirándolo, con la cara pegajosa, todavía con los tacos puestos.
Las chicas aplaudieron. Antonella estaba llorando de la risa, secándose las lágrimas con una servilleta. Los otros dos strippers se habían ido a un costado con dos chicas distintas y estaban en lo suyo: al rubio se lo estaba cogiendo Renata a horcajadas sobre una silla, meneándose sobre él como una posesa; al pelirrojo le estaban chupando la polla dos chicas a la vez, turnándose el glande. El bar olía a alcohol, a sudor, a semen y a coño, a algo más íntimo que no tiene nombre.
***
De ahí en adelante no me acuerdo bien. Me senté en algún lado, me siguieron sirviendo algo dulce que ya no quería, y en algún momento me dormí en un sillón. Cuando me desperté, el bar estaba casi vacío. Antonella me había pedido un Uber a su casa, y ahí estaba la rubia altísima, esperándome con un café en la mano.
—¿Te divertiste? —me preguntó, con una sonrisa cómplice.
—Mucho —contesté, y era verdad.
De los strippers nunca supe nada más. Antonella me dijo que los había contratado por una agencia y que ni los nombres reales sabía. Le pregunté por él tres veces antes de que ella me cortara con un «déjalo, Caro, no te conviene». Tenía razón, supongo. Pero igual lo busqué. En redes, en la página de la agencia, en cuanta foto de despedida vi durante los dos años siguientes. Nada.
De él solo me quedó un nombre que escuché de pasada cuando se estaba vistiendo: Damián. No sé si era el real o uno artístico. Tampoco sé si me lo dijo a mí o si yo me imaginé que me lo decía.
***
Hace cinco meses, Antonella me invitó al cumpleaños de su hija. Hablamos un rato. No mencioné lo de aquella noche. Ella tampoco. Pero antes de que me fuera, en la puerta, me agarró del brazo y me dijo bajito:
—Si alguna vez lo encuentras, avísame.
Le sonreí. Le di un beso en la mejilla. Me fui sin contestar.
Damián, si esto te llega de algún modo, soy la chica de los tacos rojos. La que se abrió el coño para vos sobre esa mesa. La que te suplicó esa noche. La que se acuerda de tu polla cuando no debería. Escríbeme.