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Relatos Ardientes

La lesbiana que ya conocía el cuarto de memoria

4.6 (8)

Esperanza Díaz llevaba quince años detrás del mostrador de la Hospedería La Lomita y había desarrollado la habilidad, casi animal, de leer a las personas en los tres segundos que tardaban en cruzar la puerta. No era un talento cultivado. Era supervivencia pura.

La Lomita era un edificio de dos plantas encajado entre una ferretería y una casa de cambio, en el centro viejo de Cúcuta. Esperanza la había heredado de su tío Rodrigo, quien se la dejó en un testamento redactado a mano, sin notario y sin explicaciones, convencido de que su sobrina sabría qué hacer con ella. Y Rodrigo no se había equivocado. Esperanza supo desde el primer día lo que tenía entre manos: no un negocio exactamente, sino algo más parecido a un confesionario sin cura y sin absolución.

Durante quince años había repintado las paredes dos veces, cambiado las cerraduras siete y reemplazado los colchones una sola vez, empujada por una inspección municipal que llegó sin avisar. Lo demás permanecía intacto: los espejos empotrados con manchas de humedad en las esquinas, las ventanas que daban a un patio interior de ladrillo rojo, las sábanas que olían al mismo detergente industrial de siempre. En una de las paredes había quedado una estaca oxidada donde antes colgaba algo que nadie recordaba.

No era un lugar para el amor. Era un lugar para otras cosas, más honestas y menos elegantes.

Esperanza administraba La Lomita con la frialdad sin esfuerzo de quien maneja una farmacia de barrio: eficiencia, discreción absoluta y cero preguntas sobre la vida privada de nadie. Eso era exactamente lo que hacía que la gente volviera.

Lo que más le gustaba de su oficio, en esos años acumulados detrás del mostrador, eran los neófitos. Los que llegaban convencidos de haber descubierto el pecado original. Los que empujaban la puerta con ese gesto solemne y torpe de quien comete una transgresión por primera vez y está seguro de que todo el mundo lo nota.

***

Fue un martes de marzo, cerca de las cinco de la tarde, cuando entró Daniela.

Tenía unos treinta años, ropa de oficina bien planchada, el cabello recogido en un chongo que costaba más tiempo del que aparentaba. Entró primero, sola, como si necesitara confirmar que el lugar existía antes de comprometer a nadie más. Miró el mostrador, miró a Esperanza, miró las llaves colgadas en el tablero. Había en sus ojos esa mezcla específica de excitación y vergüenza que Esperanza conocía mejor que su propio reflejo.

—Una habitación —dijo, con la voz un poco más baja de lo necesario.

—¿Cuántas horas?

—Tres.

Esperanza tomó el billete, lo puso en el cajón sin contar y depositó la llave del cuarto cuatro sobre el mostrador. Daniela la guardó en el bolso y salió.

Dos minutos después volvió a entrar. Esta vez no estaba sola.

La que venía detrás era diferente. Más joven, tal vez veinticinco años, con ese tipo de belleza sin adornos que existe sin saber que existe: el pelo oscuro suelto hasta los hombros, ropa simple y sin marca, una mochila pequeña colgada al hombro. Caminaba mirando el piso de baldosas rojas, como si intentara no pisar las líneas entre las piezas. Daniela la guiaba de la mano con esa ternura calculada de quien cree estar conduciendo a alguien que no conoce el camino.

Al pasar frente al mostrador, la chica de la mochila levantó la vista un momento. Miró a Esperanza directamente a los ojos.

Y Esperanza, que llevaba quince años leyendo caras, sintió algo que tardó un segundo en clasificar. No era miedo lo que tenía esa muchacha. No era timidez tampoco. Era algo más tranquilo y más hondo. Algo que Esperanza guardó en la memoria sin saber todavía para qué le iba a servir.

***

Las dos desaparecieron por el corredor hacia el fondo. Esperanza escuchó el crujido del piso de madera bajo sus pasos, la puerta del cuatro abriéndose, el clic seco del pasador.

Volvió a su silla. Encendió la telenovela con el sonido apagado, como siempre.

Cinco minutos después escuchó la voz.

No la de Daniela.

La otra.

—Esperanza, cuando tenga un momento, ¿me trae una almohada del depósito? Las de la bolsa azul, al fondo del estante. Usted sabe cuáles son.

La voz llegó desde el pasillo con una naturalidad que detuvo el tiempo en la recepción. No era la voz de alguien que había entrado a un lugar por primera vez. Era la voz de alguien que sabía exactamente dónde estaban las almohadas del depósito y en qué bolsa específica las guardaban.

Esperanza se levantó sin apresurarse. Fue al depósito, que era un cuarto pequeño al final del corredor de servicio, y sacó una almohada de la bolsa azul, efectivamente la del fondo, no las dos que quedaban arriba. La llevó al cuarto cuatro y tocó dos veces con los nudillos.

Quien abrió la puerta fue la chica de la mochila. Estaba descalza. El pelo suelto. La misma ropa que afuera, pero más acomodada en ella, como si también la ropa se hubiera relajado al entrar. Tenía una expresión tranquila y casi doméstica.

—Gracias —dijo, tomando la almohada—. ¿Tiene de ese jabón de lavanda? La señora del turno de noche siempre me lo deja preparado en el baño, pero no sé si usted lo guarda en el mismo sitio.

—Lo tengo —respondió Esperanza, sin mover un músculo de la cara.

—Perfecto. Me lo manda cuando pueda, sin apuro.

Cerró la puerta con suavidad.

Esperanza se quedó un momento en el pasillo, escuchando el silencio del otro lado. El silencio de Daniela era tan elocuente que casi tenía peso.

***

Volvió al mostrador.

Apagó la telenovela definitivamente.

Ese martes no necesitaba drama de pantalla.

Durante la siguiente hora escuchó lo que siempre se escuchaba en esas paredes de bloque sin revocar: el idioma privado de dos personas buscando su frecuencia. Pero esta vez la geografía del sonido era distinta. La voz que conducía, la que daba indicaciones con calma y precisión, la que preguntaba —¿así?, ¿más despacio?— no era la de Daniela.

Era la otra. La que había llegado mirando el piso.

—Quita eso —escuchó en un momento—. Y quédate quieta. Todavía no.

Después de eso, la voz de Daniela sonó por primera vez desde que habían entrado, y era irreconocible: pequeña, obediente, un poco perdida.

Había algo en la manera en que la otra —Luciana, descubriría Esperanza más tarde en el registro— manejaba el espacio que no tenía nada de improvisado. Era la autoridad de quien sabe lo que quiere y lleva tiempo aprendiendo cómo pedirlo. No había urgencia. No había la torpeza nerviosa del que explora algo nuevo. Había en cambio esa precisión específica que Esperanza reconocía en los que pasaban por La Lomita con cierta frecuencia: la de alguien que conoce su propio apetito y no tiene ningún interés en disimularlo.

—Mira hacia aquí —escuchó luego—. No cierres los ojos.

El silencio que siguió era del tipo que se llena solo.

Después, el crujido suave de la cama ajustándose al peso de dos cuerpos que cambian de posición. La voz de Daniela pidiendo algo, un nombre o una instrucción, que Esperanza no pudo descifrar desde el pasillo.

—Espera —dijo Luciana—. Así no. Dame la mano primero.

Y no hubo más voces distinguibles después de eso. Solo el tipo de silencio que en La Lomita significaba que alguien había encontrado, por fin, lo que venía a buscar.

***

Daniela salió sola a los cuarenta minutos.

Tenía el cabello revuelto y una expresión que Esperanza clasificó sin esfuerzo en su archivo mental: la cara de quien creyó que iba a enseñar y terminó siendo la que aprendió. La cara de quien llegó al cuarto con el mapa en la mano y descubrió, demasiado tarde, que la otra había dibujado ese mapa antes de que ella llegara.

Se apoyó en el mostrador. Miró la pared durante un momento sin decir nada.

—¿Quiere agua? —ofreció Esperanza.

—Sí —dijo Daniela. Y luego, sin levantar la vista—: ¿Cuántas veces ha venido ella aquí?

Esperanza llenó un vaso del dispensador. Lo puso sobre el mostrador.

—Acá no llevamos ese tipo de registros.

Daniela tomó el agua de un trago largo. Asintió despacio, con el gesto de quien empieza a reorganizar su propia historia desde el principio.

—Claro —dijo—. Claro que no.

Salió sin despedirse.

***

Luciana salió veinte minutos después. Tranquila, arreglada, como si hubiera terminado una reunión que salió exactamente como esperaba.

Se detuvo frente al mostrador.

—Buenas tardes, Esperanza.

—Buenas tardes.

—¿Cuánto le debo por el jabón?

—Está incluido en el cuarto.

Luciana asintió. Se acomodó la mochila al hombro, metió las manos en los bolsillos del pantalón y caminó hacia la puerta. En el umbral se detuvo un segundo, sin girarse del todo.

—Gracias por la almohada.

Y se fue.

***

Esperanza apagó la luz del pasillo esa noche y pensó, como pensaba siempre antes de cerrar, en la única lección que La Lomita le había dado en quince años y que no estaba en ningún libro.

La hospedería era un espejo sin marco. La gente llegaba convencida de que entraba a un lugar y lo que realmente hacía era sacarse capas. La abogada que reservaba con nombre ajeno. La funcionaria que pagaba en efectivo y pedía el cuarto sin ventana. La muchacha de buenos modales que llegaba con los ojos bajos y se iba dejando a su acompañante procesando lo que acababa de pasar.

Luciana no era la primera de ese tipo. Probablemente no sería la última.

Esperanza los tenía catalogados en su taxonomía personal: los expertos silenciosos. Los que habían aprendido que el mejor disfraz no es el de la provocación, sino el de la inocencia. Los que saben exactamente cuándo bajar la mirada y cuándo levantarla. Los que llegan con una mochila pequeña y salen dejando a los demás cargando preguntas que no saben cómo formular.

Daniela era el tipo más frecuente: la que cree que conduce y en realidad es conducida. La que llega con el control en la mano y descubre, cuando ya no hay vuelta atrás, que la otra llevaba el ritmo desde mucho antes de entrar al cuarto.

No era crueldad. Era la verdad que Esperanza había aprendido a leer en esas paredes de bloque sin revocar: que el deseo no sigue el guion que nadie le escribe, y que la persona que parece más perdida en la habitación es muchas veces la única que sabe exactamente dónde está.

***

Tres semanas después, Luciana volvió.

Esta vez sola.

Entró directamente, sin mirar el piso. Caminó hasta el mostrador con la misma calma de siempre, sin acelerar, sin dudar.

—El cuatro, si está libre.

—Está libre.

Esperanza le pasó la llave. Luciana la tomó, asintió con brevedad y siguió hacia el pasillo. A mitad de camino se detuvo y se giró con naturalidad.

—¿Sigue teniendo el jabón de lavanda?

—Siempre.

Asintió una última vez y desapareció por el corredor.

Esperanza volvió a su silla. Encendió la telenovela con el sonido, esta vez sí. Afuera, Cúcuta seguía siendo ruidosa y caliente y completamente ajena a lo que sucedía dentro de las paredes de La Lomita.

Era martes otra vez.

Los martes, desde siempre, eran los más interesantes.

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4.6 (8)

Comentarios (9)

SilvySelene

Me encantoooo!!! que giro tan bueno, no me lo esperaba para nada jaja

lagarto46

Muy buen relato. La inocente que no era tan inocente, clasico :) Espero que haya segunda parte

Isabel_BA

Se me hizo cortisimo, queria saber mas de lo que paso despues entre ellas. Muy bien escrito igual, engancha desde el principio.

NatyRBsAs

tremendo giro al final, no lo vi venir para nada

Marianela_ok

Me gusto mucho como construyeron la tension desde el primer parrafo. Se nota que hay trabajo detras. Ojalá tenga continuacion, por favor!

lectorx77

uno de los mejores que lei aca ultimamente, de verdad. Sigan asi!!

CuriosaNet22

Y como siguio la relacion entre ellas despues de eso? me quede con esa duda jaja, espero que lo cuenten

MarisolK

jajaja la cara de Daniela debio ser epica. Tremendo momento

Chepe92

Muy bueno, me recuerda a una situacion parecida que me contaron una vez. Las apariencias engañan siempre

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