La noche que me exhibí ante un desconocido en línea
Hubo una noche de febrero en la que el sueño no quiso saber nada de mí. Llevaba semanas durmiendo mal, arrastrando algo que no sabía si era estrés del trabajo o pura calentura acumulada, pero esa noche, cuando apagué la lámpara y la habitación se quedó en silencio, supe que iba a tardar horas en cerrar los ojos.
Empecé como siempre, con la pantalla del teléfono apoyada en el pecho, buscando algún video de los que ya conocía de memoria. El de la chica que se la chupa al jardinero. El del trío en el sofá. Los miraba sin mirarlos, en realidad, porque ya no me hacían el efecto de antes. Aun así, la mano se me fue sola por debajo del pantalón corto, y a los pocos minutos sentí ese latido tibio entre las piernas que es el único síntoma confiable de que la noche no va a ser tranquila.
Me corrí rápido. Demasiado rápido. Cuando aparté los dedos y respiré profundo esperando esa paz que viene después, lo que llegó fue lo contrario: las ganas seguían, insistentes, como un ruido de fondo que no se calla.
Quería más. Quería que alguien me viera.
Fue ahí cuando se me ocurrió la idea. Abrí la app del pajarito en el móvil y empecé a buscar perfiles de hombres anónimos, esos que solo postean fotos del propio cuerpo y nunca muestran cara. Elegí cinco al azar. Les escribí a todos el mismo mensaje, copiado y pegado: «Hola, encontré tu perfil y me calienta la idea de que un desconocido vea mi conchita y me cuente qué le parece». Después dejé el teléfono sobre la sábana y miré el techo, esperando.
Nada. Cinco minutos, diez, veinte. Ninguno respondió. Algunos tendrían los mensajes privados restringidos. Otros simplemente no estaban en línea o no les interesó. Sentí una punzada ridícula de rechazo, como si me hubieran dejado plantada en una cita, y me reí sola en la oscuridad de lo absurdo de la situación.
No me rendí. Cambié de aplicación. Entré a una página para adultos donde había estado hacía meses, abrí un perfil nuevo con un alias inventado y subí una foto recortada de mi propio cuerpo, sin cara, sin marcas reconocibles, solo la curva de la cintura y un poco más abajo. La sangre me latía en las sienes mientras pulsaba «publicar». A los diez segundos ya tenía notificaciones.
«Quiero que me cojas, mami». «Déjame ser tu perro esta noche». «Dios, qué rico se te ve todo». Mensajes uno detrás de otro, de cuentas desconocidas, escritos con esa urgencia torpe de los hombres que no piensan en lo que están tecleando. Yo respondía a algunos con monosílabos, ignoraba a otros, seguía a tres o cuatro de vuelta. Y volvía a mojarme. La validación funcionaba como un golpe directo, sin filtros, sin contexto. Solo ojos extraños mirando lo que yo había decidido enseñarles.
***
Uno me devolvió el follow. Lo llamaré R., porque ni siquiera sé si en su perfil aparecía un nombre real. La conversación se abrió por mensaje privado y el primer envío fue mío: un video de quince segundos de mí tocándome encima de la ropa interior, grabado con la cámara frontal y la luz de la lámpara filtrándose por una rendija.
—Te estaba esperando, princesa —escribió.
—¿Te gusta?
—Me encanta. Quiero comerte entera y metértela hasta que no te quede aire.
—¿Puedo ver la tuya?
—¿Y por qué crees que abrí esta cuenta?
Llegó la foto. Una sola, encuadrada con cuidado, su mano sosteniéndola desde la base, gruesa, oscura, brillante por la luz cenital del baño. Mentiría si dijera que pensé en algo coherente al verla. Lo único que se me cruzó fue cómo se sentiría ese peso encima de mí, sin nada en el medio, sin condón, sin promesas, solo la suciedad de no conocernos.
—La quiero adentro —escribí—. Sin nada. Para que se resbale y te vacíes ahí.
No esperé respuesta. Dejé el teléfono apoyado en la almohada, con la pantalla iluminada hacia mí, y volví a mis dedos. Esta vez con calma. Recorrí los labios despacio, los abrí, sentí cómo se hundían las yemas en la humedad que ya no podía contener. Imaginaba que era él, que me miraba desde algún cuarto a kilómetros de distancia, que se masturbaba al mismo ritmo que yo. La idea de existir en su cabeza durante esos minutos me daba más placer que cualquier video.
Llegó el segundo orgasmo. Más lento, más profundo, con un escalofrío que me subió desde las plantas de los pies hasta la nuca. Cerré los ojos y aguanté el aire creyendo que esta vez sí iba a quedarme tranquila.
Tampoco.
Las piernas me temblaban y seguía con ganas. Una calentura terca, distinta a las que conocía, como si algo dentro de mí se hubiera destrabado y no supiera ya cómo cerrarse.
Me levanté de la cama. Caminé hasta el baño descalza, con el corazón todavía golpeando, y revisé los cajones buscando cualquier cosa que pudiera servirme. No tengo juguetes; nunca me animé a comprar uno. Siempre me dio miedo que llegara el paquete y mi madre lo abriera por error. Encontré un desodorante en barra, todavía cerrado, con la tapa lisa y redondeada, perfecta. Y en la cocina, una botella pequeña de vidrio de jugo, vacía, del tamaño justo. Las llevé las dos a la cama como si fueran piezas de un ritual.
Tenía un lubricante de fresa olvidado en el cajón de la mesita, regalo de una despedida de soltera de hace años. Lo abrí, vertí más de lo necesario sobre la botella y sentí el frío del líquido contra los dedos. Después me arrodillé sobre la sábana, abrí las piernas y me llevé la botella despacio entre las nalgas, donde el cuerpo se resiste y al mismo tiempo cede.
Al principio no entró. La empujé con paciencia, respirando, dejando que el lubricante hiciera el trabajo. Cuando finalmente se acomodó, di un pequeño salto sobre los talones para que terminara de entrar, y un sonido salió de mi garganta que no había escuchado antes, algo entre risa y queja.
***
Volví al teléfono. R. me había mandado tres mensajes más, cada uno más sucio que el anterior. Le contesté con una foto rápida del desodorante apoyado contra mi vagina abierta, y la respuesta fue instantánea: una serie de mayúsculas y emojis que no entendí del todo, pero que sonaban a aprobación.
Me metí el desodorante despacio, sintiéndome llenar por los dos lados al mismo tiempo. Y después saqué el vibrador, lo único decente que tenía, un aparato pequeño con motor recargable, y lo apoyé sobre el clítoris en la potencia más baja para empezar.
La cabeza se me fue.
Me imaginé a R. mirándome. Después a otro. Después a tres a la vez, todos desconocidos, todos con la verga en la mano viendo mi pantalla en la suya, indicándome qué hacer y diciéndome guarradas que yo obedecía sin pensar. Subí la potencia del vibrador. La botella se movía con cada salto, el desodorante también, y yo apretaba la mandíbula para no gritar y despertar a los vecinos.
Apareció en mi cabeza una imagen que no esperaba: un compañero de mi oficina, alguien con quien comparto reuniones largas y café los lunes por la mañana, alguien a quien jamás le confesaría nada de esto. Me imaginé que era él el que me estaba haciendo todo. Que me había seguido a casa. Que sabía exactamente cómo apretarme las muñecas contra el cabezal y susurrarme al oído lo que yo siempre quise escuchar de su boca.
—¿Así, puta? ¿Así te gusta? —le hacía decir mi cabeza.
Sí, así.
Y yo asentía sola, con los ojos cerrados, mordiéndome el labio.
***
Las fantasías se desbordaron. Ya no era una sola escena, eran muchas a la vez, sucediendo en paralelo. Me imaginé pagándole a un taxista con el cuerpo, dejándome llevar al asiento de atrás de una camioneta cualquiera. Me imaginé masturbándome en el baño del trabajo durante una reunión, conteniéndome para no gemir mientras del otro lado del tabique alguien se lavaba las manos. Me imaginé con la ventana de mi cuarto abierta de par en par, sabiendo que el vecino de enfrente me estaba mirando desde su balcón, haciéndose una paja al ritmo de mi mano.
Me imaginé en un grupo. Cuatro, cinco hombres, no sé. Las manos de todos encima de mí. Un trío con una mujer que me comía el coño mientras yo le comía el de ella, los muslos cruzados, los labios pegados, las dos jadeando como animales. Me imaginé de rodillas en el medio de un círculo, recibiendo todo lo que quisieran darme.
Cambié de posición. Me bajé al suelo, sobre la alfombra que ya estaba húmeda y no me importó. Me apoyé en cuatro patas con la botella y el desodorante todavía dentro, sosteniéndome las dos cosas con una mano y dejando el vibrador apretado contra el clítoris con la otra. Las piernas me temblaban. Las nalgas se me contraían solas. Cada vez que respiraba profundo, sentía cómo todo se acomodaba un milímetro más adentro.
R. me mandó un audio. No lo escuché. No quería voces; quería seguir oyendo solo la mía y la del aparato.
Pensé en mis pezones. Levanté la mano del vibrador un segundo, me los pellizqué, los retorcí, y volví. El dolor breve me trajo más placer del que esperaba. Imaginé bocas chupándomelos, mordiéndolos, dejándomelos rojos. Imaginé que un par de manos me apretaba el cuello sin lastimarme, justo lo suficiente para recordarme dónde estaba.
Y entonces, cuando ya creía que el cuerpo no me iba a aguantar más, llegó.
No fue un orgasmo. Fueron varios encadenados, uno detrás del otro, sin dejarme respirar. El primero me sacudió las piernas. El segundo me hizo soltar la botella. El tercero me dejó tirada de costado, con la cara contra la alfombra, completamente vacía. Cuando abrí los ojos y miré hacia abajo, había un círculo brillante en el piso, a la altura de mis caderas, y el desodorante había rodado lejos.
Me quedé así no sé cuánto tiempo. Quizá veinte minutos, quizá una hora. Los músculos del estómago me dolían como si hubiera hecho cien abdominales. La piel me ardía donde el sudor se había secado. Y en el teléfono, todavía, parpadeaban los mensajes de R., de otros tres, de cuentas que ni siquiera reconocía.
No respondí ninguno. Bloqueé el perfil entero antes de dormir. Borré la app a la mañana siguiente, mientras me preparaba un café con la mano todavía temblándome un poco.
Pero esa noche sigue ahí, bien guardada. Y a veces, cuando estoy en la oficina y mi compañero pasa cerca con su taza, levanto la vista y le sonrío como si nada. Como si él no fuera, sin saberlo, parte de la confesión más íntima que he hecho nunca.