Lo que hicimos al volver de la fiesta de fin de año
No habíamos cruzado el portón del garaje cuando ella ya me había desabrochado el pantalón. Decía que no podía esperar a subir, y le creí.
No habíamos cruzado el portón del garaje cuando ella ya me había desabrochado el pantalón. Decía que no podía esperar a subir, y le creí.
Era martes, casi medianoche, y solo quedaba un sitio con las luces encendidas. No imaginé que la mujer que nos atendió decidiría cómo terminaba la noche.
Tenía noventa florines, dos días de viaje encima y una hija dormida. Lo que no tenía eran billetes para el barco, y el joven del mostrador ya la había mirado dos veces.
Empecé a bailar solo para entretener a mi marido, pero la mirada nerviosa del muchacho del camarote de enfrente me dejó claro que esa noche no acabaría en un baile.
Eran las 18:53 cuando sonó el telefonillo. Tres semanas esperando y de pronto ahí estaba ella, seria y elegante, dispuesta a cumplir cada una de sus condiciones.
Nunca se habían visto en persona, solo fotos y mensajes cargados de deseo. Pero ella viajaba a su ciudad y, esta vez, la fantasía amenazaba con volverse real.
Llevaban diez años yendo a playas nudistas sin que pasara nada. Esa tarde un hombre se sentó frente a ellos y ella hizo lo que su marido llevaba años sin atreverse a imaginar.
Aquella mañana abrí el sobre esperando un número de teléfono. Encontré diez mil euros y una nota de tres palabras que me rompió por completo.
Nunca pensé que el chaval esmirriado que recordaba se convertiría en el hombre que me hizo temblar frente al espejo. Y todo empezó por un nombre.
Empezó como una broma en el parque: «¿Te lo envuelvo para llevárnoslo a casa?». Meses después, una cámara escondida convertiría esa broma en otra cosa.
Supe que algo iba mal en cuanto le vi la cara al entrar. No hubo saludo, solo una frialdad calculada y una orden: «Di en voz alta de qué eres responsable».
La vi por primera vez animando desde las gradas, con el pelo mojado y esa risa fácil. Diez días después, detrás del frontón, me enseñó algo que nunca olvidé.
Llevaba meses redactando el anuncio mentalmente; tardé doce minutos en escribirlo, y a la media hora ya tenía siete respuestas. La de él fue la quinta.
Fui al club por una noche tranquila. Terminé cruzando la puerta del cuarto con la mujer de otro hombre y la promesa de que él esperaría fuera.
Les pedí el teléfono y empecé a grabar. Quería que recordaran aquella noche cada vez que mirasen la pantalla, mucho más que el vídeo de su boda.
Habían pasado dos semanas desde la terraza. Esta noche nadie pensaba frenar, y el primer «verdad o atrevimiento» lo cambió todo.
Era julio y los dos sudábamos. Llevaba poco tiempo en esto y aún tenía mucho que aprender, pero esa noche la mujer me observaba desde la silla como si yo fuera el plato principal.
El correo no era una consulta, era un desafío: una foto, una mujer que le ganaba la partida al tiempo y un marido dispuesto a entregármela. Solo faltaba que ella dijera que sí.
Creía que serían un juego más para matar el aburrimiento, pero a los diez minutos ya sentía un cosquilleo entre las piernas que no me dejaba pensar en otra cosa.
Él llegó antes de lo previsto, con cervezas frías y ganas de sorprenderla. Ella le contestó desde el baño con la voz quebrada, incapaz de explicarle por qué tardaba tanto.