El encaje negro con el que esperé a mi esposo esa noche
Aquel jueves no había manera de escabullirse. El almuerzo anual del directorio era obligatorio para todo el equipo de comunicaciones, y mi puesto dentro de la empresa de Mateo me dejaba en una posición delicada. Demasiado visible para faltar, demasiado cerca del poder como para pasar desapercibida.
El salón privado del restaurante olía a aceite de oliva caro y al perfume de mujeres que sonreían sin mirarse a los ojos. Aguanté las miradas que se prolongaban más de la cuenta, las preguntas educadas sobre cuánto tiempo llevaba con «el jefe», las copas de vino tinto que se rellenaban solas. Todo era una coreografía que conocía de memoria.
Hasta que un ejecutivo nuevo —un tal Andrés, recién ascendido del área comercial— me sostuvo la mirada un segundo más de lo que cualquier protocolo permite. Después fueron dos. Después fueron varios.
Mateo lo notó.
Lo conocía lo suficiente para saber que no diría nada en ese momento. Apretaba la copa con los dedos largos, sonreía a quien tocara sonreír, contestaba con la cortesía exacta. Pero la mandíbula se le había endurecido, y a mí ese gesto suyo me erizaba la piel desde la primera vez que lo vi.
Cuando empezaron a hablar de la fiesta que continuaba en la terraza del piso veintidós, inventé una jaqueca y me marché. No quise preguntarle a qué hora pensaba llegar él. Tampoco quise preguntarme por qué, en lugar de meterme en la cama con un libro, abrí el cajón del fondo del armario y saqué el conjunto de encaje negro que llevaba meses esperando una excusa.
***
Eran las dos y cuarenta cuando escuché la cerradura.
Reconocí el sonido antes de procesarlo: el chasquido controlado de quien no quiere que se le note la borrachera. Mateo cerró la puerta despacio, como si la madera fuese a delatarlo. Yo estaba apoyada en la encimera de la cocina, con una taza de manzanilla en la mano y las piernas cruzadas sobre el mármol frío.
Apareció en el umbral con la chaqueta del traje suelta sobre los hombros, la camisa medio abierta y la corbata floja entre dos dedos. No dijo nada al verme. Se quedó parado, fijando la vista en mí, y por un instante pensé que iba a darse media vuelta y subir al cuarto de invitados.
No lo hizo.
Sus ojos me recorrieron despacio, calculadores, posesivos. Hice tintinear la cucharita contra la taza como si no entendiera lo que estaba pasando, como si él no hubiera pasado las últimas seis horas masticando los celos en silencio.
—Sigues despierta —dijo con la voz áspera del whisky.
—Hacía calor.
—Hace calor.
Avanzó tres pasos. Dejó las llaves en la barra sin mirar dónde caían.
—¿Tienes idea —murmuró— de lo que es sentarse a esa mesa y dejar que un imbécil se crea con derecho a mirarte así?
—Mateo…
—Andrés ya no trabaja conmigo. —Una sonrisa sin gracia le tensó la boca—. Lo arreglé esta tarde.
Apoyó las dos manos a cada lado de mis caderas, sobre el mármol, sin tocarme todavía. Olía a humo de habano ajeno, al perfume de la oficina, al alcohol que le bajaba por la garganta con cada palabra. Le sostuve la mirada y dejé la taza con cuidado, sabiendo que ese gesto pequeño lo iba a sacar de quicio más que cualquier provocación.
—Sabes cuánto detesto que alguien olvide cuál es su lugar —siguió, bajando los ojos al borde del encaje negro que apenas me cubría los pechos—. Que crea que puede tomar lo que es mío.
—¿Lo que es tuyo?
—Lo que es mío.
Sus manos por fin se posaron en mi cintura, despacio, marcando territorio. Subieron, rozando con los pulgares la curva inferior del pecho a través de la tela. Sentí cómo se le agolpaba el pulso en las palmas.
—¿Te vestiste así para mí? —preguntó.
Le sonreí. Le pasé la lengua por el labio inferior, sin prisa, observando cómo se le oscurecían las pupilas.
—¿Quieres desquitarte conmigo, cariño? —dije.
***
Mateo me cogió por la cintura con un movimiento limpio y me sentó sobre la encimera, colocándose entre mis muslos. Estaba duro contra mí antes de besarme. Cuando lo hizo, fue uno de esos besos suyos de cuando perdía la cabeza: con dientes, sin paciencia, tragándose mi jadeo como si llevara horas guardándolo.
—No quiero desquitarme —murmuró contra mi boca—. Quiero recordarte exactamente a quién perteneces.
—Recuérdamelo.
Tiró del encaje del sostén y lo rasgó con un crujido seco. Cuando me sujetó los pechos, lo hizo con la fuerza justa para que arqueara la espalda y se me escapara un suspiro entre los dientes. Pellizcó los pezones endurecidos y los cubrió con la boca uno tras otro, mordiendo y lamiendo en el orden que le daba la gana.
—Me estás llevando al límite, Carolina —gruñó, levantando la vista—. Y te voy a dar todo lo que pidas.
Le clavé las uñas en la nuca. Le tiré del pelo lo justo para que entendiera que esa noche tampoco me iba a quedar quieta.
—Por favor —dije, y le mordí el labio—. Pierde el control de una vez.
Bajó. Repartió besos por mi vientre, por el interior de los muslos, esquivando a propósito el sitio que más le pedía. Cuando finalmente apartó la tela mojada y enterró la cara entre mis piernas, se me escapó un gemido que tuve que ahogar contra el dorso de la mano. Su lengua trabajaba con esa precisión que solo él tenía: dura cuando hacía falta, suave cuando ya no lo soportaba. Sentí cómo se me apretaban los muslos alrededor de su cabeza y, por un segundo, pensé que iba a venirme antes de tiempo.
Se incorporó justo a tiempo.
—Aún no —dijo con la voz ronca, y se lamió los labios sin dejar de mirarme.
Se desabrochó el cinturón con una sola mano. La hebilla golpeó contra el mármol. Me deslicé desde la encimera hasta quedar de rodillas frente a él. Cuando mi boca le rodeó la punta, le oí trabársele el aire en la garganta. Me hundió los dedos en el pelo, despacio al principio, marcando un ritmo con el que iba sin protestar.
—Joder, Carolina —murmuró—. Qué buena chica. Enséñame cuánto te gusta.
Lo miré desde abajo, con los ojos llorosos por el esfuerzo, y aquello le hizo perder el resto del control que le quedaba. Sus caderas se adelantaron sin pedir permiso. Empujó hasta el fondo. Me atraganté un par de veces, pero no aparté la cara: la lágrima que se me escapó por el rabillo del ojo lo encendió todavía más. Salió de mi boca, me golpeó suavemente la mejilla con la polla, me la pasó por los labios mientras yo le sonreía con la barbilla húmeda.
Me agarró del brazo y me volvió a subir a la barra.
***
Se colocó entre mis piernas otra vez, presionando la punta contra mí. Estaba tan mojada que se hundió de una sola embestida. Le oí soltar un gemido gutural que retumbó en toda la cocina, y por un segundo se quedó quieto, con la frente pegada a la mía, respirando como si acabara de subir veinte pisos.
—Joder, Carolina —jadeó.
—No te detengas.
No se detuvo. Salió hasta la punta y volvió a meterse hasta el fondo, marcando un ritmo que me hacía golpear contra el borde del mármol. Cada empujón iba acompañado de una palabra dicha entre dientes: «mía», «solo mía», «mía». Le clavaba las uñas en la espalda, en los hombros, en los antebrazos, sin saber muy bien dónde agarrarme.
Bajó una mano entre nosotros y empezó a frotarme el clítoris al ritmo de las embestidas. Sentí cómo se me iba la cabeza. Y entonces hizo lo otro.
Recogió mi humedad con un dedo y empezó a presionarlo contra el otro sitio, despacio, hundiéndolo hasta el segundo nudillo mientras seguía moviéndose dentro de mí. Le clavé los dientes en el cuello para no gritar.
—¿Te gusta? —murmuró contra mi oreja.
—Más.
Metió un segundo dedo. Lo movió al compás de sus caderas. La doble sensación me dejó sin saber dónde estaba mi cuerpo. Se me empañaba la vista. Me oía gemir como si la voz fuera de otra mujer.
Mateo me tomó del pelo y me obligó a mirar abajo.
—Quiero que veas cómo te abro —dijo, arrastrando un poco las palabras por el alcohol y la lujuria—. Quiero que te veas.
Salió de mí sin avisar y, con la otra mano, se presionó contra el otro lugar. La presión fue lenta, exquisita, llenándome centímetro a centímetro. Me mordí la mano para no despertar a los vecinos. Cuando estuvo dentro del todo, soltó un gruñido animal que no le había escuchado nunca antes.
—Joder, sí.
Se movió despacio al principio, cuidadoso de un modo casi extraño en alguien tan fuera de sí. Le temblaban las caderas del esfuerzo de no embestir. Cuando le di permiso con un movimiento de cintura, perdió la última cuerda. Me sostuvo por las caderas con tanta fuerza que supe que iba a tener marcas a la mañana siguiente, y empezó a moverse como si tuviese algo que demostrar.
Salió, volvió a entrar en el otro sitio, alternó, no me dio tiempo a procesar nada. Mi cuerpo era un campo de batalla y a la vez el centro de su atención. En algún momento le oí decir algo entre dientes que no entendí del todo, algo sobre la zorrita codiciosa que era esa noche, algo que me hizo apretarme alrededor de él con un escalofrío.
—Ordéñame —jadeó—. Hasta la última gota.
—Mateo, espera, voy a…
—Lo sé.
No esperó. Bajó la cara contra mi cuello, apretó las dos manos contra mis caderas y empujó, una, dos, tres veces, hasta que sentí que me partía en dos por dentro. El orgasmo me alcanzó al mismo tiempo. Vi el techo, la lámpara, después no vi nada en absoluto. Mis paredes se cerraron a su alrededor con un latido que era más antiguo que yo. Lo oí decir mi nombre como si lo arrancara de un sitio profundo.
Se quedó dentro de mí un buen rato, jadeando contra mi clavícula, con el sudor mezclándose entre los dos. Cuando por fin salió, lo hizo despacio, con cuidado. Me observó un segundo con esa cara de niño culpable que ponía después de todo aquello.
Recogí con dos dedos lo que me caía por dentro del muslo y me los llevé a la boca, sin dejar de mirarlo. A Mateo se le abrieron los ojos otra vez, y un gruñido bajo le subió desde el pecho.
—Cuidado, mi amor —dijo, intentando reírse y sin lograrlo—. No querrás que me vuelva loco una segunda vez.
—Quizá sí.
Se rió de verdad esta vez, una risa ronca, agotada. Me levantó en brazos como si yo no pesara nada y caminó hacia el baño con el paso un poco tambaleante de quien todavía siente el whisky en las rodillas.
—Vamos a limpiarte y a la cama —murmuró contra mi pelo, y me besó la sien—. Mañana pienso repetir.
***
La luz del baño se encendió. Cerré los ojos y dejé que el agua tibia hiciera el resto, todavía con el corazón galopando contra las costillas.
Andrés ya no trabajaba con él, pensé, medio dormida. Y el conjunto de encaje seguía colgando en el cajón del fondo del armario, esperando a la siguiente vez que alguno de los dos olvidara cuál era su lugar.