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Relatos Ardientes

La noche que mi madre y yo nos quedamos solos

La historia que voy a contar parece sacada de un sueño. Pero la viví, y todavía no sé si fue una despedida o el principio de algo que los dos decidimos no abrir nunca.

Mi madre y yo aguantamos durante demasiados años a un hombre imposible. Mi padre jamás nos puso una mano encima, jamás levantó el puño, pero eso no importaba: el miedo no necesita golpes para instalarse en una casa. Lo conseguía con el silencio, con una mirada que partía la cocina en dos, con esa forma suya de respirar fuerte cuando algo no le gustaba.

Crecí mirando a mi madre por encima del plato. Cada vez que él estallaba por una tontería, ella y yo nos buscábamos los ojos un segundo y entendíamos lo mismo sin decir nada. Esa era nuestra única conversación. La única que él no podía escuchar.

Cuando por fin apareció la palabra divorcio, fui el primero en empujarla a que tirara hacia adelante. Se lo dije una tarde, mientras pelaba papas en el fregadero.

—Mamá, no tienes que aguantar esto un día más. Yo estoy contigo.

Ella no contestó. Solo asintió, sin levantar la cabeza, y siguió pelando como si la cáscara fuese todo lo que sobraba en la vida.

Las secuelas de aquel hombre quedaron impresas en los dos. En mí, una timidez torpe que me bloqueaba con las chicas: nunca aprendí a coquetear, ni a sostener una mirada larga, ni a invitar a salir a nadie sin que me temblara la voz. En ella, la soledad de una mujer guapa que había olvidado que todavía lo era. Mi madre tenía cuarenta y nueve años, el pelo castaño con dos hilos de plata sobre la sien, las manos finas y unos ojos verdes que mi padre había aprendido a no mirar.

El proceso del divorcio fue largo. Abogados, papeles, audiencias, mudanzas, esa sensación de vivir dentro de una sala de espera permanente. Pero un jueves de septiembre todo terminó. Una firma, un sello, un saludo distante en la puerta del juzgado, y mi madre y yo salimos a la calle como dos personas que acababan de bajar de una montaña rusa.

Lo que pasó esa noche es lo que vine a contar.

***

Llegamos a casa cuando ya empezaba a oscurecer. La cocina parecía más grande sin él, los pasillos más largos, el sofá demasiado vacío. Mi madre dejó las llaves en el plato de la entrada y soltó un suspiro que sonó a treinta años acumulados.

—¿Quieres comer algo? —le pregunté.

—No. Solo respirar.

Sonreímos los dos a la vez. Era la primera vez en mucho tiempo que sonreíamos sin pedir permiso.

Cenamos cualquier cosa, una tortilla improvisada y dos copas de vino tinto que ella sirvió hasta el borde. Hablamos de tonterías, de la pintura que íbamos a cambiarle al recibidor, de la idea de tirar la mesa pesada de roble que él había elegido y poner otra de madera clara, ligera, distinta. Hicimos planes que sonaban a futuro por primera vez en años.

A las once me fui a mi cuarto. No tenía sueño, solo necesitaba un rato a solas para entender lo que había ocurrido. Subí la escalera con la copa todavía en la mano. Empujé la puerta y me detuve.

Mi madre estaba en mi cuarto.

Sentada en el suelo, en el rincón entre el armario y la pared, con la cabeza ladeada y mirándome como si me estuviera esperando. Estaba completamente desnuda. Una mano le descansaba sobre el muslo. La otra se movía despacio entre las piernas.

Me quedé en el umbral. No sé cuánto tiempo. La copa estaba a punto de caérseme de los dedos.

Esto no está pasando.

Salí del cuarto. Cerré la puerta detrás de mí con una suavidad ridícula, como quien intenta no despertar a nadie. Bajé dos escalones. Volví a subir. Empujé otra vez la puerta.

Seguía ahí. Igual. Sin pudor, sin vergüenza, sin pedir explicaciones. Como si fuera el lugar más natural del mundo para estar esa noche.

Volví a salir. Caminé hasta la cocina, dejé la copa sobre la encimera y me quedé mirando el grifo durante un minuto entero. Luego subí. Entré por tercera vez. Cerré la puerta.

Sin decir una palabra, me senté en el rincón de enfrente, contra la pared opuesta, y empecé a desnudarme. La camisa primero. Después el pantalón. El bóxer. Apoyé la espalda en la pared fría y dejé que mi mano hiciera lo que llevaba pidiéndome desde el momento en que la vi.

Nos quedamos así, frente a frente, separados por tres metros de habitación a oscuras. Solo se oían nuestras respiraciones y el roce húmedo de nuestras manos contra la piel.

—¿Estás caliente? —preguntó ella, sin dejar de moverse.

Tragué saliva.

—Sí.

—Yo también.

El silencio volvió. Espeso, denso, lleno. Era ella la que mandaba ahora, la que decidía cuánto duraba el aire entre dos frases. Cuando habló otra vez, su voz salió más grave, casi un murmullo.

—Imagínate que me estás tocando los pechos. Que coges mis pezones entre la yema de tus dedos y los aprietas despacio.

Cerré los ojos. Mi mano se aceleró un poco.

—Y yo te estoy besando la boca —dije, con una voz que no reconocí—. Te muerdo el labio de abajo.

—Y yo dejo que me lo muerdas. Después te llevas mi pecho a la lengua. Lo recorres entero, con calma, como si tuvieras toda la noche.

—Te aprieto los dos a la vez con las manos. Te paso la lengua por el medio.

—Y tú deslizas tu sexo entre mis senos. Yo los aprieto contra ti para que sientas todo.

—Te beso el cuello mientras lo hago.

—Después me doy la vuelta. Quedo de rodillas en la cama. Tú te pones detrás y me lames despacio, sin dejar un rincón sin tu lengua.

—Y tú me empujas hacia mí con las caderas. Pides más sin decirlo.

—Y luego me haces el amor. Me entras hasta el fondo. Lento al principio.

—Y tú giras la cabeza para mirarme.

—Después te bajas. Te arrodillas. Me lames otra vez. Pasas la lengua por el clítoris una y otra vez, sin prisa.

—Y tú me agarras del pelo y me aprietas la cabeza contra ti.

—Subes, te metes en mi boca. Te chupo entera, profundo, todo.

—Y te miro mientras lo haces. No me pierdo un segundo.

—Y luego me la metes por detrás. Despacio al principio. Después no.

—Y te follo así, sentada encima de mí, dándome la espalda, mientras te muerdo el hombro.

No aguanté más.

Me corrí con un temblor que me sacudió de los pies a la cabeza. Sentí la quemazón subir desde la base, atravesarme, salir como si fuera lava ardiente. Me quedé sin aire, con la espalda contra la pared y los ojos fijos en el techo. El semen me ardía en la mano, en el muslo, en la respiración.

Mi madre seguía en su rincón. Inclinó un poco más la cabeza. No habló.

Me incorporé despacio. Recogí mi ropa del suelo y me la puse pieza por pieza, sin mirarla a los ojos, no por vergüenza, sino porque mirarla en ese instante habría sido una forma de pedirle algo que ninguno de los dos quería que se pidiera. Me abroché el pantalón. Cogí la camisa por la mitad. Salí de la habitación.

Cerré la puerta y bajé las escaleras como un sonámbulo. Me senté en el sofá del salón, con la camisa todavía abierta, y me quedé así mucho tiempo, mirando el reflejo de la calle en el cristal de la ventana.

***

No volvimos a tocar el tema. Nunca. Ni una alusión, ni una broma de borracho, ni una mirada cargada en el desayuno del día siguiente. La mañana después, mi madre bajó con su bata azul, hizo café para los dos, me preguntó si tenía mucho trabajo en la oficina y me pidió que comprara pan al volver. Le dije que sí. Me lo pidió como si la noche anterior hubiera sido un sueño que se hubiera borrado al primer rayo de luz.

Y quizás eso fue exactamente lo que ocurrió.

No he tenido ningún contacto sexual con ella. Ni he vuelto a desnudarme delante de ella. Ni a oír su voz cambiar de registro como cambió esa noche. Aquello pasó una sola vez, en un rincón de mi cuarto, el día en que dejamos de pertenecer a un hombre que nos había hecho pequeños durante años.

Lo necesitábamos los dos. No el sexo entre nosotros: la libertad de saber que el cuerpo seguía existiendo, que el deseo no se había muerto bajo aquel techo, que todavía podíamos sentir algo más que cansancio. Lo encontramos así, frente a frente, en silencio, prometiéndonos cosas que no íbamos a cumplir.

A veces pienso que fue la conversación más sincera que tuve con ella en treinta años.

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Comentarios (8)

CarlitosK55

Que relato!!! me dejo sin palabras, de verdad.

Javier_Mza

Por favor que haya continuacion, me quede con las ganas de saber mas. Muy bien escrito.

fede_lector

Increible como captura ese momento de tension, se siente muy real sin ser forzado

NocturnoPY

lo lei de un tiron a medianoche y no me arrepiento jaja. excelente laburo.

DiegoPampero

Buenisimo!!! uno de los mejores de la categoria, sin dudas.

RosaM_ok

Me dejo pensando un buen rato despues de terminar de leer. Eso solo pasa con los relatos que estan bien escritos.

Gus_Nocturno

la descripcion del principio te atrapa de inmediato, buen laburo

MatiasG

Esperando ansioso la segunda parte!!! no me dejes asi

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