Mi amante encontró mi cajón secreto al amanecer
Habían pasado unas semanas desde aquella tarde en mi casa, cuando Andrés y yo dejamos de pretender. No fue un polvo cualquiera. Fue abrir una puerta que llevaba meses entornada, esperando a que alguno de los dos se atreviera a empujarla.
Llevábamos mucho tiempo confesándonos cosas. Detalles íntimos, fantasías, recuerdos sin filtro. Esa clase de conversaciones que se vuelven peligrosas porque ya no sabes si estás contando o invitando. Un día, sin que recuerde quién dio el primer paso, terminamos en la cama, y desde entonces nos veíamos cada dos o tres semanas, casi siempre en su pequeño piso cerca de la marina.
Mi casa había quedado fuera del mapa por una razón sencilla. Vivo con mi hija Lucía, a la que recuperé hace pocos años después de un divorcio largo. Es más sensata que yo, más serena, y aunque sé que entendería sin pestañear que su madre tiene una vida sexual, aún me cuesta presentarle a hombres en el desayuno. Esa es mi última frontera privada.
Aquel viernes, sin embargo, Lucía se fue a una fiesta y me anunció que dormiría en casa de Camila, su mejor amiga, todo el fin de semana. Andrés y yo teníamos los dos días libres. La invitación salió sola.
—¿Piscina, parrilla, siesta a la sombra y dormir juntos? —le escribí.
—¿Sigue siendo una pregunta? —contestó.
Llegó al atardecer. Encargué pizzas a la trattoria del barrio, las italianas que sabíamos hacer y que llegan en cajas con manchas de aceite. Cenamos en el jardín con cervezas que sudaban en la mesa de plástico. Él en bañador, yo solo con la braga del bikini y un pareo de algodón blanco, los dos descalzos sobre las baldosas todavía calientes del sol.
Hacía años que no me sentía tan adolescente. Era esa sensación de mis dieciséis, cuando mis padres se iban un fin de semana al pueblo y yo invitaba al chico de turno a casa con la excusa de estudiar. Roces como sin querer, miradas que se quedaban demasiado, una mano que aterriza en un muslo y nadie la retira.
Quedaron pizzas a medio comer en la mesa. Subimos a la habitación dejando las cervezas calientes y la luna alta, e hicimos el amor con prisa, como dos novios que se reencuentran después de demasiados días. Caímos rendidos atravesados en la cama, cada uno invadiendo el espacio del otro, brazos y piernas mezclados.
***
Me desperté lentamente, con el calor pegado a las sábanas. Era sábado, principio de junio, y el sol ya empujaba contra las persianas cerradas. La habitación estaba inundada de una luz dorada que se filtraba en franjas. Andrés respiraba bajito a mi lado.
Me desperecé estirando los brazos hacia arriba, arqueando la espalda, intentando ganar esos centímetros que la naturaleza me negó. Él lo notó. Sin abrir del todo los ojos, se acomodó de rodillas sobre el colchón y empezó a recorrerme los pechos con los labios, despacio, como quien sabe exactamente qué hace y qué quiere conseguir.
En las pocas veces que habíamos compartido cama, había aprendido mis puntos débiles con paciencia de cartógrafo. Mis pezones eran su atajo. Bastaba que los rozara con la lengua para que el resto de mi cuerpo se sometiera al juego.
Déjate llevar, pensé.
Giré la cabeza y entreabrí los ojos. El sol entraba directo por las rendijas y me daba en la cara. A contraluz, vi su silueta arrodillada, una mano apoyada en el colchón y el otro brazo libre. Entre sus piernas se balanceaba ese péndulo oscuro de carne entre el vello negro y rizado, todavía sin despertar del todo.
Andrés no presume de un pene largo. Tiene un grosor considerable y una manera de moverse que vale por diez centímetros más. El tamaño importa, sí, pero saber qué hacer con lo que tienes importa mucho más, y eso lo aprendí hace años.
Hipnotizada, lo miraba crecer al ritmo de sus propios besos sobre mi pecho. El glande fue saliendo del prepucio como una crisálida que se desenvuelve. Mientras él jugaba con mi boca cerrada de placer entre los pechos, yo veía cómo aquel juguete vivo iba alcanzando exactamente el tamaño que recordaba de la noche anterior.
Estaba tomando él el control, y a mí me gusta dejarme llevar solo hasta cierto punto. Me zafé de sus labios, le pasé un brazo por el hombro y, con un movimiento limpio, lo tumbé bocarriba sobre la cama. Ahora ya sin el sol golpeándome los ojos, tenía vista panorámica.
No soy especialmente fan del sexo oral. Lo confieso. Y mucho menos cuando me agarran de la cabeza, esa pequeña dominación que me corta el placer en seco. Pero hacerle yo una felación, sin manos sobre mi nuca, sintiendo que el control es mío, es otra historia. Es el vals del sexo, y a veces me toca a mí dirigir.
Bajé la piel del tronco hacia la base, envolví el glande con los labios y dejé que la lengua jugara con la punta. Mi mano subía y bajaba por el tronco mientras él se retorcía sobre las sábanas. De vez en cuando cerraba la boca apenas lo suficiente para que sintiera mis dientes apenas rozando, una amenaza dulce. Lo tenía a mi merced, y me estaba gustando demasiado.
Deslicé la mano hacia los testículos y los empecé a masajear. Sentí su palma en mi cara, una caricia con los dedos abiertos, sin presionar, sin pedir. Me había puesto a mil con todo el preámbulo de los pechos. Mientras yo lo lamía, sus dedos encontraron la entrada de mi sexo y empezaron a jugar con los labios ya hinchados.
Solté su pene. Subí. Nos besamos despacio, mordiéndonos los labios. Andrés era un alumno rápido. Sin decir nada, abrió el cajón de la mesilla y sacó un lubricante con sabor a caramelo y una caja de preservativos estriados. Sonreí. Conocía bien aquel cajón.
—Date la vuelta —pidió.
Me arrodillé con la cabeza hundida entre los brazos, la cara contra la almohada, el culo en alto. Cerré los ojos. Sentí sus dedos gruesos untados de aquel lubricante dulzón empapando la entrada, y después sus manos firmes separándome los muslos.
Su aliento llegó primero, cálido y húmedo. Después la lengua. Empezó por el contorno, lento, dibujando un círculo perezoso. Mis labios se fueron hinchando con cada pasada. Cuando entró en mí, fue como si me atravesara una corriente. Me sentí penetrada por una lengua que parecía tener voluntad propia, rápida, juguetona, exacta.
Empecé a gemir contra la almohada sin poder controlarme. No sé cuánto duró. El tiempo se vuelve elástico cuando entras en ese trance.
De pronto, lo noté alejarse.
—No pares —imploré, casi sin reconocerme la voz.
No paró del todo. Sentí sus manos en mis caderas, y un segundo después, el preservativo entrando en mí. Las estrías recorriéndome milímetro a milímetro. Su ritmo era fuerte, golpeado, sus muslos chocando contra los míos con un sonido seco que llenaba la habitación. Mi cabeza seguía hundida en la almohada, los ojos cerrados, las dos manos aferradas a la sábana como si me sujetara al mundo.
Y entonces, sin previo aviso, paró. Sentí cómo salía de mí, oí un gemido ahogado y, casi inmediatamente, el chorro caliente de su corrida sobre la parte baja de mi espalda y mi vientre. Una, dos, tres descargas que se escurrieron hacia los costados.
Yo estaba a un milímetro del orgasmo. A un milímetro. Y se había parado.
Me incorporé con la intención clarísima de terminar yo misma con los dedos, sin importarme un pimiento lo que él hiciera mientras tanto.
—No te muevas —dijo con la voz entrecortada—. Por favor, no te muevas.
No sé por qué le hice caso. Quizá por la curiosidad, quizá porque su tono no era de orden sino de promesa. Esperé. Pensé que vendría con la lengua o con los dedos a rematar la faena.
Lo que sentí fue distinto. Una vibración gruesa, ancha, deslizándose dentro de mí con una suavidad demasiado precisa para ser una mano. Abrí los ojos como platos. Andrés había abierto el segundo cajón, el mío, y había secuestrado a uno de mis cómplices de látex.
—¿Está bien? ¿Más rápido? —preguntó arrodillado a mi lado, manejando el juguete con una destreza que me sorprendió.
—Sí, así, sigue así —jadeé—. Vaya sorpresa, te tenía guardada.
El vibrador estaba completamente lubricado y entraba con velocidad sin hacer daño. Las pulsaciones del juguete, sumadas al juego de muñeca con el que él lo guiaba, me hicieron volver al trance del que la interrupción me había sacado. Me concentré. Apreté los puños. Y entonces sentí algo que no esperaba.
Su lengua sobre mi vientre, lamiendo su propia corrida.
Esa imagen, la de él limpiándome con la boca lo que él mismo había dejado, sin asco, sin teatro, mientras seguía manejando el dildo con una mano firme, fue el detonante. Mis piernas empezaron a temblar. Mi mente se vació de todo lo que no fuera ese punto exacto entre mis caderas.
—Para, para, por favor —dije.
Sacó el dildo despacio, todavía vibrando, y el orgasmo me atravesó de arriba abajo. Sacudidas eléctricas que se apaciguaban en olas cada vez más sutiles. Me derrumbé de medio lado en la cama, jadeando, con los ojos cerrados.
Andrés se tumbó a mi lado y me apartó un mechón húmedo de la cara.
—Vaya sorpresa —le dije cuando recuperé un poco de aire—. No sabía que tuvieras estas perversiones.
—Y yo no sabía que tenías ese arsenal —contestó—. Ese cajón es la cueva de Alí Babá.
—Si quieres, podemos probar uno cada fin de semana —le pasé un dedo por el labio inferior, ya con el pulso volviendo a la normalidad—. Tengo paciencia.
—Me encantaría. Y podríamos comprar otros tipos de condones, y…
Le tapé la boca con la mano.
—Me encanta esto —dije—. Quiero seguir disfrutando contigo todo el tiempo que queramos. Pero no podemos arriesgarnos a pillar nada.
Asintió sin apartar la mirada. Nos besamos con una calma que no se parecía en nada a la urgencia de cinco minutos antes. En aquel beso descubrí en sus labios el rastro de los míos y de los suyos, todo mezclado, y no me pareció raro. Me pareció exacto.
Aquel fin de semana apenas salimos de casa. Hablamos de lo divino y de lo terrenal, de filias, de fobias, de qué nos había llevado a cada uno hasta esa cama. El lunes pedí cita con mi ginecóloga. Él se hizo unos análisis. Y entre los dos firmamos un pacto con tinta invisible, un acuerdo de acero: no éramos pareja, podíamos acostarnos con quien quisiéramos, pero las ETS se quedaban fuera de nuestro círculo de confianza.
Algunos llaman a eso amistad con derechos. Yo prefiero llamarlo lo que es. Una confesión que escribo aquí, en primera persona, porque alguien debería contar que se puede salir de una pareja larga y rota y volver a tener veinte años a los cuarenta y tantos. Que se puede decir adiós a los fantasmas. Que la complicidad, a veces, vale más que el amor.