Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Nos descubrieron ese fin de semana y no nos importó

Llevábamos tres meses juntas, Valeria y yo, y todavía a veces me costaba creerlo. No porque no lo quisiera —todo lo contrario—, sino porque nunca pensé que algo así me pasaría a mí. Antes de ella, el sexo con mujeres había sido algo ocasional, sin nombre ni historia. Con Vale era distinto. Era amor, sin más rodeos.

En el trabajo seguíamos siendo solo «compañeras». Nadie sospechaba nada, o si lo hacían, callaban. Era un acuerdo tácito: fuera de la oficina éramos una pareja; dentro, dos mujeres que se cruzaban en la cocina y se mandaban mensajes fingiendo hablar de cualquier otra cosa. Sabíamos que tarde o temprano habría que salir de esa burbuja. Solo que ninguna había dicho cuándo.

***

El viernes llegó con el caos habitual de cierre de semana. Yo tenía pendientes apilados y apenas había levantado la vista del monitor cuando escuché un chistido. Ahí estaba Vale, desde su escritorio al otro lado de la sala, haciéndome señas con la mano como si fuéramos cómplices en un colegio. Me reí sin querer y le mandé un mensaje: «no entiendo nada, bajemos al café».

Pedimos dos cortados y ella fue directa al punto.

—¿Vienes esta noche? —preguntó.

—Quedamos para el sábado —dije.

—Ya sé, pero estoy ansiosa. Ven hoy, dale.

—Está bien —cedí, porque tampoco tenía argumento en contra—. Pero primero paso por casa, agarro unas cosas y voy.

—Gracias, amor. —Bajó la voz—. ¿Te puedo dar un beso?

—Estamos en el trabajo —le recordé.

—Uff. ¿Cómo sabías?

—Te conozco demasiado bien.

—Ya verás cuando llegues.

—Qué miedo —sonreí, y volví a la pantalla.

***

Terminé la jornada, pasé por casa, metí ropa en una mochila sin pensar demasiado qué ponía, cerré con llave y salí. Su apartamento quedaba a cinco cuadras. El camino me lo hice a paso rápido, con el estómago apretado de una manera que ya reconocía y que todavía no terminaba de acostumbrarme a sentir.

Ella me esperaba con la puerta entreabierta. Antes de que pudiera decir nada ya me tenía abrazada y nos besábamos en el umbral.

—Dijiste que no nos podíamos besar —murmuré contra su boca.

—Aquí no es el trabajo —respondió.

—Lógica impecable.

—Sigo jodiendo y te hago el amor en el pasillo mismo.

Me eché a reír y entré.

El apartamento era pequeño pero con personalidad: muebles de madera clara, estanterías llenas de libros de verdad, una planta en cada rincón y luz natural entrando por dos ventanas que daban al patio interior. Le dije que era precioso, y lo decía completamente en serio. Ella recibió el halago con una sonrisa que no lo esperaba.

Me acompañó al dormitorio, dejé la mochila sobre la silla y miré alrededor. Su cama era grande, con una colcha de punto color barro. Olía a su perfume, el mismo de siempre, y por un momento me quedé parada mirando el techo sin saber qué decir. Era la primera vez que estaba ahí. Había algo en eso que pesaba bien.

—¿Tu familia ya sabe lo nuestro? —pregunté cuando volvimos a la cocina.

—Todavía no. Pero quiero contarlo. No tenemos nada que esconder.

***

Antes de que siguiera, sonó el timbre. Las dos nos miramos.

Vale apretó el interfono, escuchó unos segundos y se le fue el color de la cara.

—Es Marcos.

Marcos era su sobrino. Yo lo conocía de antes: unas cuantas salidas, alguna noche que no llevó a ningún lado, y después el silencio de su parte. Sin drama, simplemente había dejado de aparecer. Había algo entre nosotros que nunca terminó de arrancar, y yo lo había dejado estar.

Entró al apartamento y nos vio a las dos juntas en la cocina. Saludó con el cuerpo pero no con la cara.

—Qué raro que estés aquí —me dijo, con una entonación que no era hostil pero tampoco neutral.

Miré a Vale. Ella me hizo un gesto con los ojos que era casi una súplica: decide tú.

—Valeria y yo estamos juntas —dije—. En una relación.

Silencio.

No el silencio de quien no sabe qué decir. El silencio denso de quien está procesando algo que no esperaba y no sabe dónde poner.

—¿Qué? —pronunció, mirando a Vale y luego a mí.

—Valeria: sí, estamos en una relación las dos —repitió ella, con una calma que me sorprendió.

—Sé lo que me dijiste la última vez que hablamos —continué—. Y no lo olvidé. Pero desapareciste. La vida siguió. Lo que tengo con Valeria es algo que no iba a rechazar ni a dejar pasar.

Marcos nos miró a las dos, sin terminar de encontrar las palabras. Después se fue. La puerta no dio portazo. Solo se cerró.

***

Me apoyé en la encimera de la cocina y solté el aire que había estado reteniendo sin darme cuenta.

—Perdona —le dije a Vale—. No quería que fuera así.

—Tarde o temprano iba a pasar. —Se acercó y me pasó un brazo por la cintura—. Espera que ahora llama su madre, o sea mi hermana. Ya verás.

Nos fuimos al sillón. Yo apoyé la cabeza en su hombro y ella me rodeó con el brazo. Durante un rato no dijimos nada. Afuera se escuchaba la calle: un autobús, el motor de una moto, el ruido sordo de la ciudad que no sabe que el mundo acaba de moverse un poco.

—No tienes la culpa de nada —dijo finalmente—. Prefiero que haya salido así, sin anestesia. Sin rodeos. Como tú dices siempre.

Me tomó de la barbilla, me levantó la cara y nos besamos despacio.

—Te amo, Sofía —dijo, en voz muy baja.

—Yo también —respondí.

Me puso la mano en el pecho, sobre el corazón.

—Late como si acabaras de correr una maratón.

—No sé si es por Marcos o porque me estás tocando.

—Boba —se rió, y me apretó un poco más fuerte.

***

Estábamos preparando la cena cuando le vibró el teléfono. Lo leyó y en su cara apareció algo entre la rabia y la risa contenida.

—Mi hermana. Dice «Felicitaciones, buen noviazgo».

—Espera —le dije, quitándole el teléfono con calma antes de que empezara a escribir—. ¿Qué ibas a responder?

—Lo que se merece.

—Si le contestas caliente, le das lo que quiere. Respóndele bien, con una sola línea. Que vean que estás feliz y tranquila. Eso les pesa mucho más que cualquier otra cosa.

Vale me miró un momento, pensó, y asintió despacio.

—Tienes razón. No sé qué haría sin ti.

—Pensar antes de hablar, básicamente.

Se rió y recuperó el teléfono. Mientras escribía le dije que me iba a cambiar, que quería estar más cómoda. Fui al dormitorio, me saqué toda la ropa, la lencería incluida, y me puse solo una camiseta larga que me quedaba a medio muslo. Pasé por el baño y cuando volví a la cocina ella levantó la vista y se quedó completamente quieta.

—Eres mala persona —dijo.

—¿Qué hice?

—Solo una camiseta.

—Quería estar cómoda.

Me abrazó desde atrás y me dio un beso largo en el cuello.

—Venga —dije—, que si no la cena se enfría.

Cocinamos juntas. En algún momento me giré a buscar un cuenco y la encontré desabrochándose la blusa.

—¿Qué haces? —le pregunté.

—Si tú puedes, yo también.

—Estás completamente loca.

—Así me tienes.

Le di una palmada en el trasero y le dije que fuera a ponerse algo antes de que la cena se quemara.

***

Cenamos frente a frente, con la mesa pequeña entre las dos y las ventanas cerradas sobre el ruido de la calle. Hablamos de su hermana, de lo que vendría después, de cómo manejarlo sin que se convirtiera en un problema mayor de lo que era.

—La semana que viene salgamos juntas de verdad —dije—. Caminamos, nos tomamos algo. Si alguien que te conoce nos ve, que nos vea. Sin drama, como si fuera lo más normal del mundo. Porque lo es.

—Me parece bien.

—Y el fin de semana siguiente vamos a ver a mi familia. Que se entere todo el mundo de una vez y dejamos de andar con rodeos.

Debajo de la mesa, su pie empezó a subir lentamente por mi pantorrilla. Lo dejé llegar hasta donde quería llegar y le acomodé el sitio.

—¿Escuchaste lo que dije? —le pregunté.

—Cada palabra —respondió, con la lengua entre los dientes y los ojos fijos en los míos.

***

Después de cenar junté los platos, acomodé un poco la cocina y apagué las luces. Le dije que fuera a la cama, que quería estar acostada con ella, abrazadas, sin apuro.

Ella ya estaba recostada sobre las almohadas, con las sábanas a la cintura y el torso descubierto. Me miró sin decir nada. Me saqué la camiseta y quedé igual que ella.

Le tomé las manos. Me subí sobre ella despacio, con las rodillas a cada lado de su cintura, y nos quedamos así un momento: mirándonos, acostumbrándonos al silencio de estar tan cerca y sin nada entre las dos.

Lo que vino después no tuvo prisa. Sus manos en mi espalda, mi boca en su cuello, el calor que se acumula cuando dos cuerpos dejan de actuar y empiezan a sentir de verdad. Nos movimos con ese ritmo que se aprende con el tiempo y no necesita instrucciones ni palabras. Nuestras caderas encontraron el ángulo, el movimiento se volvió constante y profundo.

Llegamos juntas, o casi: ella primero, yo dos respiraciones después, con los dedos entrelazados y los nombres de la otra en la boca.

Nos quedamos así un rato largo sin hablar. La lámpara seguía encendida. El peso tranquilo del cuerpo de la otra. El techo blanco.

Nos dormimos sin apagar la luz.

***

El sábado fue distinto: lento, doméstico, sin urgencia de ningún tipo.

Desayunamos tarde con café y tostadas sobre la cama, con el teléfono apagado los dos. Después decidimos ir al supermercado. Un paso pequeño para cualquiera; para nosotras, una declaración.

Caminamos por los pasillos sin esforzarnos en parecer nada en particular. Ella empujó el carrito. Yo puse cosas dentro. En ningún momento nos separamos más de un brazo de distancia. Alguna persona nos miró; la mayoría, no. Pagamos, salimos, y en la acera nos dimos un beso corto que valió por todos los que habíamos reprimido durante la semana en la oficina.

—Misión cumplida —dijo ella.

—Era eso, ¿no? —respondí.

De vuelta en el apartamento, Vale se acomodó en el sillón con su teléfono y yo me eché atravesada, con la cabeza sobre sus piernas.

—¿Puedo? —pregunté.

—Lo que pasa es que estás enamorada —dijo, sin levantar la vista.

—Puede ser.

Me miró con una sonrisa que no era de burla sino de otra cosa, más difícil de nombrar.

—Me gusta que me lo digas.

Me quedé dormida ahí, sin querer, escuchando el silencio del apartamento y el calor de su mano moviéndose despacio por mi pelo.

***

No sé cuánto tiempo pasé dormida. Lo que sé es que cuando volví, algo suave me recorría la cara: una mano primero, y después algo más cálido y concreto rozándome los labios. Abrí los ojos.

Vale me miraba desde arriba con media sonrisa, el pelo revuelto y el pecho apenas cubierto por la camiseta que se había puesto en algún momento.

—Dormilona —dijo.

—Perdona —dije, aunque no me arrepentía de nada.

—Me gustó verte dormir aquí, en mi sillón, en mi casa, usando mis piernas de almohada.

Me incorporé y la miré bien.

—Me haces muy feliz, Vale. Eso no lo sabía decir hace tres meses.

—Sigo siendo llorona —avisó.

—Ya lo sé.

Nos besamos.

El domingo todavía no había empezado, y ya teníamos todo lo que necesitábamos.

Valora este relato

Comentarios (7)

LauritaM

que lindo relato!! me encanto desde el primer parrafo

NocturnoK

Muy bien escrito, se nota que tiene algo real. Quede con ganas de saber qué pasó después de ese fin de semana

Caro_GBA

La escena de la puerta... tremenda. Me dejaste sin palabras

RosarioSur

Me hizo recordar algo que me paso hace unos años jaja. Esas cosas que uno no planea terminan siendo las mejores

MarianaK22

Por favor una segunda parte!! como quedaron después, siguieron juntas?

Dani_BCN

De los mejores de esta categoria que lei en mucho tiempo, seguí asi

SofiaL77

muy bueno aunque se hizo corto!! quiero mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.