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Relatos Ardientes

Valeria esperaba que yo hiciera el primer movimiento

Queridos lectores:

Sé que les debo actualizaciones. La vida se ha puesto intensa entre los compromisos de trabajo, un fin de semana en la costa con Valeria y otra amiga, y un viaje a la capital que todavía estoy digiriendo. Pero hoy quiero contarles algo que llevaba semanas esperando el momento justo para escribir.

Lo de Valeria.

La conocí en la universidad, hace más de diez años. Nos reencontramos por casualidad hace poco menos de uno, en una reunión de amigos comunes, y desde entonces nos frecuentamos: tés, caminatas, alguna tarde en mi despacho cuando ella salía temprano del trabajo. Valeria tiene marido, Diego, igual que yo tengo a Rodrigo, el hombre de mi vida. Nadie engaña a nadie. Pero hay cosas que ocurren entre dos personas que no tienen una etiqueta fácil.

El detonante fue el fin de semana en San Carlos. Fuimos tres amigas a un hotel frente al mar, y la primera noche terminamos en el jacuzzi del cuarto grande después de la cena. Sin complicaciones, sin intenciones declaradas. Pero al salir del agua vi a Valeria de frente, bajo la luz del baño, y algo en mí se movió. No lo forcé, no le puse nombre. Lo guardé.

***

Durante las semanas siguientes fui avanzando de a poco. Los besos de saludo en la mejilla se convirtieron a veces en un roce de labios, casi sin querer. Cuando hablábamos, le tomaba la mano o le apoyaba los dedos en el antebrazo para enfatizar algo. Ella nunca se echó para atrás. Nunca me mostró incomodidad. Me miraba de una manera que yo aprendí a reconocer.

Una tarde casi de noche me pasó a ver por la oficina. Yo tenía un cliente a las diez, así que le ofrecí llevarla a su casa. Cuando llegamos, estacioné a media cuadra, solté el cinturón y me giré hacia ella.

—Necesito pedirte algo —le dije—. ¿Podés venir mañana temprano al despacho? ¿Tenés una hora libre?

—Sí, puedo. Pero ¿qué pasa? ¿Todo bien con Rodrigo?

—Todo bien. Es algo que creo que es positivo, pero prefiero decírtelo con calma. Si podés acomodar para quedarte más tiempo, mejor.

Asintió. Bajó del coche y la acompañé hasta la entrada de su edificio. Cuando me dio el beso de despedida lo dejé durar un segundo más de lo habitual. Ella tampoco lo cortó.

La noche fue larga. Tuve a Lucas, un cliente habitual que siempre quiere quedarse hasta tarde, pero esa vez pedí que se fuera antes de las once. Me di un baño largo, elegí la ropa con cuidado: minifalda negra, sweater de cuello redondo en color burdeos, conjunto de lencería en el mismo tono. Un perfume de fondo amaderado que sé que deja huella. Me lo apliqué justo cuando sonó el timbre.

***

La recibí en la sala. Dejó el abrigo en el perchero y debajo traía una blusa de seda blanca con los dos primeros botones abiertos, pantalón negro ajustado y botas de tacón corto. Me saludó con el beso de siempre. Vamos bien, pensé.

Le ofrecí café. Lo había dejado adrede en el piso de arriba, así que subí la escalera sabiendo que me miraba. En minifalda, una escalera nunca miente.

Preparé el café, bajé, me senté frente a ella en el sofá. La falda subió un poco al cruzar las piernas. Respiré hondo.

—Lo que voy a decirte es importante para mí. Necesito que me prometas que, pase lo que pase, no va a cambiar nada entre nosotras.

—Andrea, me estás asustando. ¿Qué tan grave es?

—No sé si es grave —dije—. Para mí es importante.

Hice una pausa. Estiré el brazo y casi le toqué la cara, pero lo interrumpí a mitad del gesto, deliberadamente.

—Cuando estuvimos en San Carlos y saliste del jacuzzi... no sé. Algo se agitó en mí que no logré apagar. Desde entonces pienso en vos más de lo que debería. Lo hablé con Rodrigo, no es que quiera engañarlo, y también respeto tu matrimonio. Pero quería ser honesta con vos. Me atraés, Valeria. Mucho.

Silencio. Dos segundos. Tres.

Y entonces ella se inclinó sobre el sofá y me besó.

No lo esperaba. Me quedé paralizada los primeros instantes antes de reaccionar. Sus labios eran suaves, cerrados al principio, y el beso fue abriéndose despacio, sin la urgencia que tienen los besos con los hombres. Algo más lento, más deliberado. Le tomé la cara con las dos manos. La piel más suave que recuerdo haber tocado. Sus dedos encontraron mi cabello.

Cuando paramos para respirar, las palabras se nos atropellaban. Una comenzaba una frase y la otra la terminaba.

—Llevaba semanas esperando que hicieras algo —dijo.

—¿En serio?

—Me ponías loca con esos piquitos y lo de agarrarme la mano. He arruinado demasiada lencería pensando en vos.

Me reí. Ella también. Y la tomé de la mano y subimos juntas la escalera hasta la habitación del primer piso.

***

Nos tiramos sobre la cama riendo y sin aliento. Más besos, ahora con un poco de lengua, explorando hasta dónde queríamos llegar. Le desabroché la blusa. Debajo no llevaba sujetador: sus pechos eran pequeños y muy firmes, los pezones ya erectos. Me incliné a besarlos, a pasar la lengua con cuidado, y ella suspiró apoyando las manos en mi cabeza.

Sus pantalones ajustados no cedían fácilmente. Nos levantamos de la cama. Ella se los quitó. Yo me saqué el sweater y quedé en lencería. Nos miramos de pie, frente a frente.

—Quiero ver las tuyas —dijo señalando el sujetador.

Me lo desabroché. Pasó los pulgares por la curva de mis pechos con una admiración que no fingía. Yo hice lo mismo con los suyos. Dos cuerpos distintos y los dos completamente perfectos a su manera.

Volvimos a besarnos de pie. Las manos explorando la cintura, las caderas, la espalda. Me arrodillé, le bajé la ropa interior y me acerqué a ella. Besos suaves primero, sin lengua, tomándome tiempo. Su olor me resultaba enloquecedor. Gemía cada vez que mis labios rozaban los suyos y me sujetaba el pelo con las dos manos sin empujar, solo sosteniendo.

Cuando fue su turno, repitió todo lo que yo había hecho, copiándome con una atención que me pareció tierna y excitante al mismo tiempo. Después nos abrazamos, intercambiando sabores, y caímos juntas sobre la cama.

***

Estuvimos en 69 un buen rato, aprendiendo la una a la otra. Yo le marqué el camino hacia el clítoris y ella siguió la pista de inmediato. Gemía. Yo también me retorcía de placer debajo de ella. Las lenguas, las manos, el peso de su cuerpo: todo sumaba.

Después nos besamos largo rato, agotadas y electrizadas al mismo tiempo.

Hablamos. Resultó que las dos habíamos querido hacer algo desde aquella noche en el hotel de San Carlos. Las dos teníamos claro que amábamos a nuestros hombres y que esto era algo aparte, sin dramas ni triángulos. Valeria me dijo que pensaba contárselo a Diego esa noche, igual que yo ya lo había hablado con Rodrigo.

—¿Y qué dijo Rodrigo? —preguntó.

—Que le parecía perfecto. Y, entre nosotras, también sugirió que a lo mejor algún día podríamos hacer algo los cuatro.

Se rió.

—Diego diría exactamente lo mismo. Ya lo conozco.

***

No podía quedarme quieta. Estiré el brazo, abrí el cajón de la mesita de noche y saqué algo que había comprado semanas atrás, cuando empecé a imaginar que esta mañana podía suceder.

Un consolador doble, de silicona transparente, con dos cabezas anatómicas y relieve a lo largo. Cómodo, de buen tamaño sin exagerar. Lo desenvolvimos juntas de su envoltorio original. Le acerqué un extremo a la boca para que lo humedeciera mientras yo hacía lo mismo con el otro, mirándola a los ojos.

Nos acomodamos frente a frente, sentadas en la cama, con las piernas entrelazadas.

Cuando le introduje su extremo soltó un «ahhh» largo y profundo y me hundió las uñas en el antebrazo. Después me colocó el otro extremo y primero fui yo quien tomó la parte central y comenzó a mover. Mucho placer, para las dos. Fuimos sincronizándonos, torpes al principio, perfectas al final, hasta que el movimiento fue solo de nuestras caderas empujando una contra la otra.

Su orgasmo llegó con la cabeza hacia atrás, la boca abierta, los ojos cerrados. No paré. Seguí moviéndome hasta que llegó el mío, y entonces sí, me aferré a sus manos y la atraje hacia mí para besarnos.

Lo que hizo después me dejó sin palabras: retiró el consolador, puso la cabeza que había estado en ella frente a mi boca y tomó la que había estado en mí. Las dos chupamos al mismo tiempo. Un gesto pequeño que lo decía todo.

***

Quedamos tumbadas, ella encima de mí, conversando de cualquier cosa. Sus pechos contra los míos, nuestras piernas enredadas. De vez en cuando un beso, una caricia. En algún momento mis labios volvieron a bajar hacia ella, casi sin pensarlo, y ella me lo retribuyó con la misma naturalidad.

Después saqué algo más del cajón.

Un arnés sin tirantes, negro, con extremo interno y externo. Valeria lo miró intrigada. Le expliqué con el cuerpo: chupé el extremo externo, le di a chupar el interno, y me lo coloqué despacio. Me puse de pie al lado de la cama para que pudiera verlo.

—Ponemela —dijo sin dudar.

Subí a la cama. Primero me incliné a besarla, a morderle suavemente el cuello, a pasar la lengua por sus pezones. Ella hizo lo mismo conmigo. Y mientras tanto fui frotando el extremo externo contra sus labios hasta que me pidió con la voz que siguiera.

Entré despacio, centímetro a centímetro. Solo decía «más», «más». La penetré por completo y empecé a moverme, lenta al principio, con más ritmo cuando vi que lo pedía. Sus dedos se cerraron sobre mi espalda. Sus uñas se clavaron. Me gustó.

Su segundo orgasmo fue más intenso que el primero. Se aferró a mí con todo el cuerpo y tembló hasta que se aflojó del todo. La abracé y nos quedamos así, quietas, respirando.

—Por favor no lo pierdas —dijo cuando lo retiré, en tono de broma a medias.

—Va a estar siempre disponible. Y espero que algún día te lo pongas vos a mí.

***

Nos duchamos juntas, algo que no habíamos planeado pero que ocurrió de manera natural. Después nos vestimos sin apuro, cada una ayudando a la otra con los cierres y los botones. No podíamos dejar de hablar: de lo que habíamos sentido, de cuándo vernos de nuevo, de cómo contárselo esa noche a nuestros hombres.

Antes de irse me besó en la puerta con el mismo cuidado con que me había besado la primera vez.

Esa tarde, mientras me preparaba para recibir a un cliente, seguía con una sonrisa que no podía controlar. Pensé en Valeria diciéndome que había arruinado demasiada lencería por mi culpa. Me reí sola.

Ya de noche nos escribimos durante horas con el mismo entusiasmo de la mañana. Desde entonces hablamos todos los días. Falta poco para vernos de nuevo, y sé que hay más cosas guardadas en ese cajón que todavía esperan su momento.

El futuro dirá.

Besos,

Andrea.

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Comentarios (5)

lagarto46

buenisimo!!! sigue compartiendo

GustoDeLeer

Que bien contado, se siente genuino. Esas tensiones acumuladas son las mejores, muy buen relato.

Patricia_86

Y que paso despues?? necesito la segunda parte jeje

Santi_BA

jajaja siempre esperamos que la otra persona sea la que dé el primer paso y resulta que ella también esperaba lo mismo... clásico

RamiroN_89

Me recordó a algo que me paso con una compañera hace años. Uno cree que no se nota nada y resulta que la otra persona lleva meses esperando... muy real lo que contás, se agradece la honestidad.

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