La travesti que descubrí dentro de mí
Siempre supe que había algo diferente en mí. No lo llamaba de ninguna manera en particular cuando era pequeña, porque no tenía palabras para nombrarlo. Solo sabía que cuando veía el ropero de mi prima Luciana, sentía algo parecido al hambre: una atracción irresistible hacia los vestidos, las blusas con encaje, las faldas que se abrían en abanico con el menor giro de cadera.
Tenía siete u ocho años la primera vez que me puse algo suyo. Era una tarde de verano en casa de mis abuelos, en Monterrey, y los adultos dormían la siesta. Luciana y sus hermanas también. Yo, en cambio, entré de puntillas al cuarto que compartían, abrí el cajón más pequeño del tocador y saqué una combinación de satén color durazno. La tela me resbaló entre los dedos como agua tibia.
Me la puse sobre la ropa interior. Caminé hasta el espejo largo que había detrás de la puerta.
La imagen que vi no me sorprendió. Fue exactamente lo que esperaba ver. Como si ese reflejo llevara años esperándome.
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Durante los años siguientes, eso fue todo: pequeños momentos robados en cuartos ajenos. La ropa de mis primas, la de mis tías, alguna vez la de una vecina que dejó una falda olvidada en el tendedero del patio. Nunca nada escandaloso. Me bastaba con sentir la tela contra la piel, ponerme algo por encima del pantalón y mirarme unos minutos antes de devolverlo todo a su lugar.
Lo hacía con cuidado meticuloso. Doblaba la ropa exactamente como la había encontrado. Me aseguraba de no dejar ninguna señal, ningún rastro. El miedo nunca desapareció del todo, pero con el tiempo aprendí a convivir con él, a usarlo casi como combustible: el riesgo de que alguien entrara le daba a esos momentos una intensidad que de otro modo no habrían tenido.
Notaba cosas. Que la ropa me ajustaba de maneras que no esperaba. Que las caderas, que creía no tener, aparecían bajo una falda elástica. Que si me recogía el cabello y cerraba un poco los ojos, la imagen en el espejo podía pertenecer a alguien completamente diferente a quien era el resto del tiempo.
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Lo que cambió todo fue un par de zapatos de tacón.
Los encontré en el clóset de mi tía Remedios, que calzaba exactamente del mismo número que yo. Eran unos stilettos negros de siete centímetros, con una tira fina en el tobillo. Ella los usaba para ocasiones especiales y rara vez los sacaba.
Yo tenía catorce años y estaba sola en su casa mientras ella hacía el mercado.
Me los puse frente al espejo del pasillo. Primero me tambalee, luego encontré el equilibrio, y entonces lo vi: mis piernas, antes ordinarias, parecían otras. Más largas. Más formadas. El ángulo del pie lo cambiaba todo: arqueaba la espalda, proyectaba hacia adelante lo poco que entonces tenía de curvas, hacía que mi caminar —torpe al principio, más controlado con cada vuelta— se volviera algo completamente diferente.
Caminé de un extremo al otro del pasillo. Una vez, dos veces, tres. Me detuve frente al espejo y me quedé mirándome durante un rato largo.
Nunca había sentido nada tan parecido a ser yo misma.
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Los años siguientes fueron de descubrimiento y frustración en partes iguales. Descubrimiento porque cada vez entendía mejor quién era esa persona que miraba desde el espejo. Frustración porque vivía en una familia numerosa, en una casa sin puertas con cerrojo, y los momentos privados eran escasos y siempre demasiado cortos.
A los dieciséis compré mi primer lápiz de labios con dinero del lunch. Era un rojo oscuro de una marca barata, lo compré en una farmacia del barrio y lo guardé dentro del estuche de geometría. Me lo ponía en el baño del colegio antes de que llegaran los demás, me miraba un momento en el espejo sucio encima del lavabo, y me lo quitaba con papel de baño antes de salir al recreo.
Era lo más cercano que había estado de presentarme al mundo tal como era. Y aunque duraba menos de un minuto, era suficiente para llevarme esa imagen el resto del día.
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A los veinte me fui a vivir sola. Fue como abrir una ventana después de años en un cuarto sin aire.
El primer mes gasté casi todo el dinero de la renta en ropa. No en mucha: una falda negra ajustada, dos blusas con escote, un par de medias con costura trasera, un conjunto de lencería en azul marino que me pareció el objeto más hermoso que había visto en mi vida. También compré una peluca en una tienda de disfraces del centro, pelo largo y castaño con un poco de ondulado natural que me llegaba a los hombros.
La primera noche que me vestí completa en mi departamento me tomó casi dos horas. El maquillaje me salió mal tres veces antes de que quedara como quería: la sombra muy corrida la primera vez, la base demasiado oscura la segunda, el delineado desigual la tercera. Pero cuando finalmente me miré al espejo, con la peluca puesta, los labios pintados de borgoña, la falda ceñida a las caderas y las medias bien tensadas, sentí algo que no sabría describir de otra manera que como alivio.
Ese nombre me lo di yo misma esa noche: Canela. No sé por qué ese nombre y no otro. Simplemente apareció y se quedó.
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En mis veinte era delgada. Tenía las piernas largas y las caderas que siempre había querido, aunque poca cosa de lo que había arriba. Experimenté con rellenos hasta encontrar lo que me convencía: calcetines enrollados al principio, luego globos llenos de arena fina que daban un peso y una forma más naturales, finalmente bolas de unicel del tamaño exacto que necesitaba para que el brasier quedara como yo quería.
Con la ropa correcta, la peluca puesta y el maquillaje bien hecho, podía pasar por una mujer joven de espaldas. De frente era más difícil, pero menos imposible de lo que habría imaginado. El contorno me suavizaba la mandíbula, la peluca enmarcaba la cara de otra manera, y aprendí que la postura lo cambia todo: hombros ligeramente adelantados, mentón un poco más arriba, peso del cuerpo sobre una cadera.
Pasaba noches enteras vestida como Canela. No hacía nada en particular: cocinaba, leía, ponía música y bailaba sola en la sala. A veces me sentaba frente al espejo y me estudiaba durante un rato largo. Buscaba los ángulos donde era más convincente, los gestos que se sentían más naturales, las expresiones que pertenecían a ella y no a quien era el resto del tiempo.
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Fue en esa época cuando empecé a fantasear con que alguien me viera.
No necesariamente que me tocara, al menos no al principio. Solo que alguien entrara, me viera así, y reaccionara como si lo que estaba viendo fuera completamente normal. Como si Canela fuera la persona que siempre había existido y no un secreto guardado en el ropero.
Esa fantasía me acompañó mucho tiempo antes de que le agregara otras cosas. Lo que le fui agregando llegó solo, sin que yo lo planeara. Una noche estaba bailando en la sala con los tacones puestos y me imaginé que había alguien sentado en el sofá mirándome. Un hombre. No tenía cara concreta, era más bien una presencia, un peso de mirada posado sobre mi cuerpo. La idea me excitó de una manera que no esperaba y que no pude ignorar.
Empecé a masturbarme de manera diferente desde entonces. Ya no apagaba las luces ni me quitaba la ropa. Me quedaba vestida como Canela, con la peluca, con el maquillaje todavía puesto, y me imaginaba que ese hombre sin cara me observaba desde el sofá. Que me pedía que caminara, que me girara, que me sentara frente a él despacio.
Esas noches eran las más intensas que recuerdo de toda esa etapa.
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La primera vez que me compré un juguete fue un viernes por la noche.
Lo compré en una tienda del centro, en una bolsa negra discreta, pagué en efectivo y salí sin mirar a nadie a los ojos. Era un vibrador pequeño, de silicona, forma ergonómica, nada que no pudiera manejar. En casa lo usé vestida como Canela, con la luz de la habitación encendida y el espejo de pie frente a mí para poder verme.
Tardé semanas en atreverme a algo más. Luego meses en acostumbrarme a la sensación de llenura que al principio me resultaba incómoda y que con el tiempo se convirtió exactamente en lo que buscaba. Aprendí a respirar de otra manera, a relajarme, a disfrutar cada fase sin apresuramiento.
Pensaba en ese hombre sin cara mientras lo hacía. Con el tiempo le fui dando detalles: unas manos grandes y cuidadas, una voz baja que dijera mi nombre —Canela— con naturalidad. La manera en que me miraría sin esconder el deseo, sin confusión, sin necesidad de que yo le explicara nada.
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Lo que más recuerdo de esos años no es la soledad, aunque la hubo, y a veces fue mucha. Lo que recuerdo es la intensidad. La certeza de estar descubriendo algo importante sobre mí misma con cada noche frente al espejo. La sensación de que esa imagen —Canela con su falda y su peluca y sus tacones— era más real que cualquier otra versión de mí que el mundo conocía.
Hubo noches en que me quedaba parada frente al espejo durante mucho tiempo, sin moverme, solo mirándome. No con tristeza. Con algo parecido al reconocimiento.
Ahí estás. Por fin.
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Ahora tengo treinta y cuatro años. Canela sigue aquí.
No me visto con la misma frecuencia que antes, pero cuando lo hago es diferente. Hay menos nerviosismo, menos necesidad de convencerme de nada. El maquillaje me sale bien desde la primera vez. Sé exactamente qué ropa me queda y qué prendas me hacen sentir más yo. El ropero de Canela es pequeño pero preciso: nada sobra, todo tiene su propósito.
Lo que ha cambiado más es que ya no estoy dispuesta a que ella exista solo para mí.
Durante mucho tiempo eso fue suficiente: las noches con la sala para mí sola, los espejos, los juguetes, las fantasías construidas con paciencia y detalle. Fue suficiente porque era lo único que tenía. Pero ya no quiero que sea lo único.
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Sé lo que busco porque he tenido tiempo de pensarlo bien.
Busco a alguien que no necesite que yo le explique nada cuando llegue. Que sepa desde antes que va a estar con Canela, no con otra versión de mí. Que entienda que esto no es una actuación, no es un juego de roles que se termina cuando apagan la luz: es simplemente quién soy cuando soy completamente honesta conmigo misma.
Quiero que un hombre se siente en ese sofá y me mire caminar. Que me diga que le gusta lo que ve sin que la voz le tiemble de incomodidad. Que esté presente de verdad, no solo como cuerpo sino como atención. Esa mirada que imaginé cientos de veces, quiero finalmente recibirla.
Busco paciencia. Busco curiosidad genuina. Busco a alguien a quien le importe cómo me siento, no solo lo que ve cuando entro a la habitación vestida y maquillada y lista para ser Canela por unas horas.
Espero encontrarlo pronto. Y cuando lo encuentre, voy a saber reconocerlo.
Con cariño,
Canela