La travesti que descubrí dentro de mí
Siempre supe que había algo diferente en mí. No lo llamaba de ninguna manera en particular cuando era pequeña, porque no tenía palabras para nombrarlo. Solo sabía que cuando veía el ropero de mi prima Luciana, sentía algo parecido al hambre: una atracción irresistible hacia los vestidos, las blusas con encaje, las faldas que se abrían en abanico con el menor giro de cadera.
Tenía siete u ocho años la primera vez que me puse algo suyo. Era una tarde de verano en casa de mis abuelos, en Monterrey, y los adultos dormían la siesta. Luciana y sus hermanas también. Yo, en cambio, entré de puntillas al cuarto que compartían, abrí el cajón más pequeño del tocador y saqué una combinación de satén color durazno. La tela me resbaló entre los dedos como agua tibia.
Me la puse sobre la ropa interior. Caminé hasta el espejo largo que había detrás de la puerta.
La imagen que vi no me sorprendió. Fue exactamente lo que esperaba ver. Como si ese reflejo llevara años esperándome.
***
Durante los años siguientes, eso fue todo: pequeños momentos robados en cuartos ajenos. La ropa de mis primas, la de mis tías, alguna vez la de una vecina que dejó una falda olvidada en el tendedero del patio. Nunca nada escandaloso. Me bastaba con sentir la tela contra la piel, ponerme algo por encima del pantalón y mirarme unos minutos antes de devolverlo todo a su lugar.
Lo hacía con cuidado meticuloso. Doblaba la ropa exactamente como la había encontrado. Me aseguraba de no dejar ninguna señal, ningún rastro. El miedo nunca desapareció del todo, pero con el tiempo aprendí a convivir con él, a usarlo casi como combustible: el riesgo de que alguien entrara le daba a esos momentos una intensidad que de otro modo no habrían tenido.
Notaba cosas. Que la ropa me ajustaba de maneras que no esperaba. Que las caderas, que creía no tener, aparecían bajo una falda elástica. Que si me recogía el cabello y cerraba un poco los ojos, la imagen en el espejo podía pertenecer a alguien completamente diferente a quien era el resto del tiempo.
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Lo que cambió todo fue un par de zapatos de tacón, ya siendo yo adulta y estando de visita en casa de mi tía.
Los encontré en el clóset de mi tía Remedios, que calzaba exactamente del mismo número que yo. Eran unos stilettos negros de siete centímetros, con una tira fina en el tobillo. Ella los usaba para ocasiones especiales y rara vez los sacaba.
Estaba sola en su casa mientras ella hacía el mercado.
Me los puse frente al espejo del pasillo. Primero me tambaleé, luego encontré el equilibrio, y entonces lo vi: mis piernas, antes ordinarias, parecían otras. Más largas. Más formadas. El ángulo del pie lo cambiaba todo: arqueaba la espalda, proyectaba hacia adelante lo poco que entonces tenía de curvas, hacía que mi caminar —torpe al principio, más controlado con cada vuelta— se volviera algo completamente diferente.
Caminé de un extremo al otro del pasillo. Una vez, dos veces, tres. Me detuve frente al espejo y me quedé mirándome durante un rato largo.
Nunca había sentido nada tan parecido a ser yo misma.
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Los años siguientes fueron de descubrimiento y frustración en partes iguales. Descubrimiento porque cada vez entendía mejor quién era esa persona que miraba desde el espejo. Frustración porque vivía en una familia numerosa, en una casa sin puertas con cerrojo, y los momentos privados eran escasos y siempre demasiado cortos.
Compré mi primer lápiz de labios con dinero del sueldo de un trabajo de fin de semana. Era un rojo oscuro de una marca barata, lo compré en una farmacia del barrio y lo guardé dentro de una bolsa vieja. Me lo ponía en el baño antes de que llegaran los demás, me miraba un momento en el espejo sucio encima del lavabo, y me lo quitaba con papel de baño antes de salir.
Era lo más cercano que había estado de presentarme al mundo tal como era. Y aunque duraba menos de un minuto, era suficiente para llevarme esa imagen el resto del día.
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A los veinte me fui a vivir sola. Fue como abrir una ventana después de años en un cuarto sin aire.
El primer mes gasté casi todo el dinero de la renta en ropa. No en mucha: una falda negra ajustada, dos blusas con escote, un par de medias con costura trasera, un conjunto de lencería en azul marino que me pareció el objeto más hermoso que había visto en mi vida. También compré una peluca en una tienda de disfraces del centro, pelo largo y castaño con un poco de ondulado natural que me llegaba a los hombros.
La primera noche que me vestí completa en mi departamento me tomó casi dos horas. El maquillaje me salió mal tres veces antes de que quedara como quería: la sombra muy corrida la primera vez, la base demasiado oscura la segunda, el delineado desigual la tercera. Pero cuando finalmente me miré al espejo, con la peluca puesta, los labios pintados de borgoña, la falda ceñida a las caderas y las medias bien tensadas, sentí algo que no sabría describir de otra manera que como alivio.
Ese nombre me lo di yo misma esa noche: Canela. No sé por qué ese nombre y no otro. Simplemente apareció y se quedó.
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En mis veinte era delgada. Tenía las piernas largas y las caderas que siempre había querido, aunque poca cosa de lo que había arriba. Experimenté con rellenos hasta encontrar lo que me convencía: calcetines enrollados al principio, luego globos llenos de arena fina que daban un peso y una forma más naturales, finalmente bolas de unicel del tamaño exacto que necesitaba para que el brasier quedara como yo quería.
Con la ropa correcta, la peluca puesta y el maquillaje bien hecho, podía pasar por una mujer joven de espaldas. De frente era más difícil, pero menos imposible de lo que habría imaginado. El contorno me suavizaba la mandíbula, la peluca enmarcaba la cara de otra manera, y aprendí que la postura lo cambia todo: hombros ligeramente adelantados, mentón un poco más arriba, peso del cuerpo sobre una cadera.
Pasaba noches enteras vestida como Canela. No hacía nada en particular: cocinaba, leía, ponía música y bailaba sola en la sala. A veces me sentaba frente al espejo y me estudiaba durante un rato largo. Buscaba los ángulos donde era más convincente, los gestos que se sentían más naturales, las expresiones que pertenecían a ella y no a quien era el resto del tiempo.
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Fue en esa época cuando empecé a fantasear con que alguien me viera.
No necesariamente que me tocara, al menos no al principio. Solo que alguien entrara, me viera así, y reaccionara como si lo que estaba viendo fuera completamente normal. Como si Canela fuera la persona que siempre había existido y no un secreto guardado en el ropero.
Esa fantasía me acompañó mucho tiempo antes de que le agregara otras cosas. Lo que le fui agregando llegó solo, sin que yo lo planeara. Una noche estaba bailando en la sala con los tacones puestos y me imaginé que había alguien sentado en el sofá mirándome. Un hombre. No tenía cara concreta, era más bien una presencia, un peso de mirada posado sobre mi cuerpo. La idea me mojó el coño de una manera que no esperaba y que no pude ignorar.
Esa noche me metí la mano bajo la falda por primera vez estando vestida como ella. Con la peluca puesta, los labios pintados, los tacones clavados en la alfombra. Tenía la polla dura debajo de las bragas de encaje y me sorprendió lo mucho que me excitaba verla apretada ahí, disimulada bajo la tela de mujer. Me la saqué despacio, sin quitarme nada más, y me la empecé a masturbar frente al espejo. Miraba a Canela mirándose la verga en la mano, la peluca cayéndole sobre el hombro, la boca roja entreabierta, y me corrí en menos de dos minutos. El semen me salpicó el muslo por encima de las medias y me quedé un rato así, jadeando, sin moverme, mirándome.
Desde esa noche empecé a masturbarme distinto. Ya no apagaba las luces ni me quitaba la ropa. Me quedaba vestida como Canela, con la peluca, con el maquillaje todavía puesto, y me imaginaba que ese hombre sin cara me observaba desde el sofá. Que me pedía que caminara, que me girara, que me sentara frente a él despacio, que le enseñara el culo por encima de la media, que le mostrara el bulto que se me marcaba bajo las bragas antes de sacármela y empezarme a hacer una paja para él.
Esas noches eran las más intensas que recuerdo de toda esa etapa. A veces me pasaba dos horas seguidas sobándome la polla despacio, sin dejarme correr, imaginando que él me daba órdenes con voz baja: "más lento, Canela", "abrí la boca", "date la vuelta y agachate". Y yo obedecía a un fantasma en un sofá vacío, con las piernas temblándome sobre los tacones.
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La primera vez que me compré un juguete fue un viernes por la noche.
Lo compré en una tienda del centro, en una bolsa negra discreta, pagué en efectivo y salí sin mirar a nadie a los ojos. Era un vibrador pequeño, de silicona, forma ergonómica, nada que no pudiera manejar. En casa lo usé vestida como Canela, con la luz de la habitación encendida y el espejo de pie frente a mí para poder verme.
La primera noche no me atreví a metérmelo. Me lo pasé por encima de las bragas, apoyado contra la polla, sintiendo la vibración correrme por toda la pelvis. Me apretaba las tetas de unicel por encima del brasier con la otra mano y me miraba en el espejo como si fuera una mujer cualquiera masturbándose con su juguete nuevo. Terminé corriéndome dentro de las bragas de encaje, empapándolas por dentro, con una intensidad que no había sentido nunca antes vestido de hombre.
Tardé semanas en atreverme a más. Compré lubricante en otra farmacia, en otro barrio, para no cruzar la misma cajera dos veces. Y una noche, después de un baño largo y de vestirme completa —lencería, medias, falda, peluca, maquillaje— me tumbé bocarriba en la cama, me subí la falda hasta la cintura, me bajé las bragas hasta los tobillos y me abrí de piernas frente al espejo del ropero.
Empecé despacio. Un dedo lubricado primero, entrando de a poco en el culo, sintiendo el anillo abrirse y cerrarse alrededor de la yema. Después dos. Después el vibrador, apoyado apenas en la entrada, presionando sin empujar, dejando que la vibración me relajara antes de meterlo. Me tomó su tiempo. Respiraba hondo, aflojaba, empujaba un poco más. Cuando finalmente entró entero, se me escapó un gemido agudo que no reconocí como mío, más de mujer que de hombre, y me quedé un rato quieta con los ojos cerrados sintiendo la llenura.
Luego lo empecé a mover. Primero despacio, después más rápido, después metiéndomelo hasta el fondo con cada envión. Con la otra mano me agarré la polla, dura y empapada de lubricante, y me la empecé a bombear al ritmo del vibrador. Me miraba en el espejo: Canela abierta de piernas, la peluca desordenada sobre la almohada, los tacones todavía puestos, una mano llena de verga y la otra clavándose el juguete en el culo. La imagen me terminó de romper. Me corrí gritando, con el semen chorreándome por los dedos hasta el vientre, salpicándome el brasier relleno, el estómago, la ingle. Seguí con el vibrador dentro hasta que el orgasmo me pasó del todo y me quedé desplomada, temblando, mirándome al techo.
Aprendí a respirar de otra manera, a relajarme, a disfrutar cada fase sin apresuramiento. A los pocos meses el vibrador me quedaba corto y compré uno más grande, con forma de polla, venas marcadas, base de ventosa. Lo pegaba al espejo del baño y me follaba a mí misma parada, con la falda subida y el culo empujando hacia atrás, mirándome la cara en el reflejo mientras me montaba a un fantasma de goma. Terminaba corriéndome contra los azulejos, con el semen chorreando por la pared, y me quedaba un rato así, con el juguete todavía dentro, respirando.
Pensaba en ese hombre sin cara mientras lo hacía. Con el tiempo le fui dando detalles: unas manos grandes y cuidadas, una polla gruesa y de venas marcadas como la del juguete, una voz baja que dijera mi nombre —Canela— mientras me la iba metiendo entera. La manera en que me miraría sin esconder el deseo, sin confusión, sin necesidad de que yo le explicara nada. Cómo me agarraría de la peluca para follarme la boca. Cómo me daría vuelta contra la cama y me abriría las nalgas con los pulgares antes de escupirme el culo y clavármela hasta el fondo.
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Lo que más recuerdo de esos años no es la soledad, aunque la hubo, y a veces fue mucha. Lo que recuerdo es la intensidad. La certeza de estar descubriendo algo importante sobre mí misma con cada noche frente al espejo. La sensación de que esa imagen —Canela con su falda y su peluca y sus tacones, con el semen todavía secándose en el muslo— era más real que cualquier otra versión de mí que el mundo conocía.
Hubo noches en que me quedaba parada frente al espejo durante mucho tiempo, sin moverme, solo mirándome. No con tristeza. Con algo parecido al reconocimiento.
Ahí estás. Por fin.
***
Ahora tengo treinta y cuatro años. Canela sigue aquí.
No me visto con la misma frecuencia que antes, pero cuando lo hago es diferente. Hay menos nerviosismo, menos necesidad de convencerme de nada. El maquillaje me sale bien desde la primera vez. Sé exactamente qué ropa me queda y qué prendas me hacen sentir más yo. El ropero de Canela es pequeño pero preciso: nada sobra, todo tiene su propósito. El cajón de los juguetes también creció: dos vibradores, tres consoladores de distintos tamaños, un plug que uso durante horas mientras hago las cosas de la casa, con la polla apretada bajo las bragas y una sonrisa que nadie ve.
Lo que ha cambiado más es que ya no estoy dispuesta a que ella exista solo para mí.
Durante mucho tiempo eso fue suficiente: las noches con la sala para mí sola, los espejos, los juguetes, las fantasías construidas con paciencia y detalle. Fue suficiente porque era lo único que tenía. Pero ya no quiero que sea lo único. Quiero una polla de verdad, no de silicona. Quiero una lengua de verdad en el coño, en el culo, en la boca. Quiero el peso de un cuerpo sobre el mío y no el peso imaginado de una mirada en un sofá vacío.
***
Sé lo que busco porque he tenido tiempo de pensarlo bien.
Busco a alguien que no necesite que yo le explique nada cuando llegue. Que sepa desde antes que va a estar con Canela, no con otra versión de mí. Que entienda que esto no es una actuación, no es un juego de roles que se termina cuando apagan la luz: es simplemente quién soy cuando soy completamente honesta conmigo misma.
Quiero que un hombre se siente en ese sofá y me mire caminar. Que me diga que le gusta lo que ve sin que la voz le tiemble de incomodidad. Que me llame puta con cariño, que me diga que soy su puta, que me haga arrodillarme entre sus piernas y le abra el pantalón despacio. Quiero mamarle la polla mirándolo a los ojos, con la peluca cayéndome sobre la cara, el rojo de los labios corriéndose por la verga con cada bombeo de boca. Quiero que me agarre de la nuca y me la meta hasta la garganta, que me haga arcadas, que me llene la cara de saliva y prelíquido y no me deje limpiarme.
Quiero que después me levante, me dé vuelta contra el sofá, me suba la falda y me arranque las bragas con la mano. Que me abra las nalgas con los pulgares y me escupa el culo antes de metérmela. Que me folle despacio primero, sintiendo cómo se me abre por dentro, y después fuerte, agarrándome de la cintura, del pelo de la peluca, del cuello. Que me diga al oído lo bien que me queda su polla en el culo, lo puta que soy, lo mucho que siempre había querido esto. Que me lo diga con la voz baja que me imaginé miles de veces.
Quiero correrme con él dentro, sin tocarme la polla, solo con la de él golpeándome donde tiene que golpear. Quiero sentir cómo se me sacude la verga bajo la falda mientras el semen me mancha las medias y la tapicería del sofá. Y después quiero que él se corra donde quiera: dentro del culo, en la boca, en la cara, sobre las tetas rellenas. Donde le dé la gana. Quiero quedarme un rato así después, con su semen encima y el maquillaje corrido, sentada en sus piernas, sin que ninguno de los dos diga nada.
Busco paciencia. Busco curiosidad genuina. Busco a alguien a quien le importe cómo me siento, no solo cómo cojo cuando entro a la habitación vestida y maquillada y lista para ser Canela por unas horas.
Espero encontrarlo pronto. Y cuando lo encuentre, voy a saber reconocerlo.
Con cariño,
Canela