La propuesta que mi marido quería que aceptara
El sobre llegó un martes por la tarde, justo cuando estaba a punto de cerrar el despacho.
Llevo doce años trabajando en la misma empresa de diseño de interiores de lujo, y en ese tiempo he aprendido a leer a las personas por sus objetos. Los tapizados que eligen, el gramaje del papel que usan, la letra con que firman sus contratos. Así que cuando la recepcionista me trajo aquella carta, supe antes de abrirla que venía de alguien acostumbrado a conseguir lo que quería.
No había remite. Solo mi nombre, escrito a mano con pluma estilográfica. La caligrafía era precisa, inclinada hacia la derecha, sin ninguna vacilación.
Esperé a estar sola en mi despacho para romper el sello de lacre granate.
«Señora Montero: mi hijo Rodrigo ha expresado un interés particular en conocerla en un contexto más privado. Me permito ofrecerle una velada con él, con la discreción y la compensación económica que merece una mujer de su posición. Si le interesa, conteste a este número antes del jueves. Atentamente, Enrique Salas.»
Conocía el nombre. Enrique Salas era el hombre detrás de varios hoteles de cinco estrellas en la costa y dos resorts en las islas. Su hijo Rodrigo aparecía de vez en cuando en las páginas de sociedad: treinta años, mandíbula cuadrada, sonrisa de alguien que nunca ha necesitado pedir nada dos veces.
Doblé la carta con cuidado y la metí en el bolso. Volví a mi pantalla, fingí trabajar durante veinte minutos y acabé marchándome antes de lo habitual.
El camino a casa fue extraño. No incómodo, sino extraño, como cuando de niña encontraba un billete en el suelo y no sabía si guardarlo o buscar a su dueño. Tengo treinta y ocho años, un matrimonio sólido con Pablo, médico de urgencias, con quien llevo once años compartiendo la misma cama, el mismo sofá y más discusiones sobre quién saca la basura que sobre cualquier otra cosa. No soy infeliz. Pero aquella carta me había abierto algo en el pecho que no sabía que tenía cerrado. Y más abajo del pecho también, en un sitio que llevaba meses sin pedir nada en voz alta.
Pablo estaba en la cocina cuando llegué, con el delantal puesto y una cuchara de madera en la mano, removiendo algo que olía a ajo y vino tinto. Dejé el bolso en la encimera, saqué la carta y la puse sobre la mesa sin decir nada.
Él leyó. Yo lo observé.
No hubo celos. Tampoco indignación. Solo una pausa larga, ese silencio suyo que conozco tan bien, hasta que Pablo dobló el papel con calma y lo dejó donde estaba.
—¿Y bien? —pregunté.
—¿Y bien qué? —dijo él, mirándome con esa expresión suya de médico que acaba de leer un resultado y ya ha tomado una decisión.
—¿No vas a decir nada?
Pablo apoyó la cuchara en el borde de la olla y se acercó. Me cogió por la cintura con las dos manos, como hace siempre, y me miró desde muy cerca.
—Creo que deberías ir —dijo.
Sentí el suelo moverse un centímetro bajo mis pies.
—¿Qué?
—He pensado muchas cosas en los últimos dos minutos —continuó, con una calma que me desconcertó—. Y ninguna de ellas es que no vayas.
Acabamos cenando casi en silencio. No era un silencio tenso, sino el silencio de dos personas que procesan algo al mismo tiempo. Mientras recogíamos, nuestras manos se rozaron más de lo habitual, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza lo que estaba pasando.
Aquella noche, mientras apagábamos las luces, Pablo me explicó en voz baja lo que quería. Que fuera. Que dejara que ese tío me follara sin frenos ni disculpas, todo lo que a mí me diera la gana. Y que volviera y se lo contara todo, palabra por palabra, sin ahorrarme una sola guarrada, tumbada a su lado en esa misma cama.
—¿Por qué? —le pregunté en la oscuridad.
—Porque confío en ti —dijo—. Y porque llevas tiempo sin ser del todo tú. Y porque, joder, me pone. Imaginarte con otro me pone como un animal, ¿lo sabías?
No lo sabía. Me giré hacia él en la oscuridad y le metí la mano dentro del pantalón del pijama sin decir nada. La tenía dura como una piedra, palpitando contra mi palma. Se le escapó un jadeo cuando le cerré los dedos alrededor de la polla y empecé a moverlos despacio, arriba y abajo, sintiendo cómo la piel se tensaba y una gota se le escapaba por la punta.
—Estás empapado —murmuré contra su oído—. Solo de pensarlo.
—Solo de pensarlo —repitió él con la voz rota.
Le bajé el pantalón hasta la mitad del muslo y me deslicé bajo las sábanas. Le metí la polla en la boca entera, hasta que la punta me tocó la garganta, y él soltó un gruñido que no le había oído en meses. Le chupé despacio, con toda la lengua, dejando que el hilo de saliva le resbalara por los cojones. Le lamí de arriba abajo, le mamé la punta con los labios cerrados, y cuando lo tuve al borde me lo saqué de la boca y me subí encima. Estaba tan mojada que se me metió de una sola embestida, y se me escapó un gemido largo cuando lo sentí llegar hasta el fondo.
—Córrete dentro —le dije, cabalgándolo con las manos apoyadas en su pecho—. Córrete pensando en él. Piensa en él follándome mientras te vengas.
Pablo me agarró las caderas y empujó desde abajo, buscando el fondo, y no aguantó ni un minuto más. Se corrió con un rugido apretado, chorreándome por dentro, y yo me dejé caer sobre su pecho sintiendo cómo su polla seguía sacudiéndose dentro de mí.
No dormí bien esa noche. Pero el jueves por la mañana, respondí al número.
***
La suite estaba en el último piso del hotel más caro de la ciudad.
Tardé dos horas en prepararme, y no porque no supiera qué ponerme, sino porque cada prenda que sacaba del armario me obligaba a hacerme una pregunta diferente sobre quién era yo en todo eso. Al final elegí un vestido burdeos de crepé que me llegaba a la rodilla, con escote en V y la espalda prácticamente al aire. Debajo, un conjunto de encaje negro que había comprado esa misma tarde sin pensarlo demasiado. Cuando terminé de maquillarme, me miré en el espejo más tiempo del que era necesario.
En el ascensor del hotel, volví a mirarme en el espejo de la puerta.
¿Qué estás haciendo, Sofía?
La respuesta llegó antes de que pudiera buscarla: exactamente lo que quería hacer.
Llamé a la puerta del 1204. Rodrigo Salas abrió en menos de cinco segundos, como si hubiera estado esperando justo al otro lado. Era más alto de lo que parecía en las fotos de revista, con esa clase de cuerpo que no se hereda sino que se construye, amplio en los hombros, estrecho en la cintura. Llevaba una camisa azul marino sin corbata y el primer botón desabrochado.
—Sofía —dijo. No «señora Montero», no «buenas noches». Solo mi nombre, como si ya nos conociéramos de hace años.
—Rodrigo —respondí.
Él se hizo a un lado y yo entré.
La habitación olía a madera y a algo cítrico, limón quizás. Las luces estaban bajadas, lo suficiente para que el ambiente resultara íntimo sin caer en lo artificial. Había una botella de champán abierta sobre la mesita, dos copas, y una vista de la ciudad que desde allí parecía un mapa de constelaciones.
—¿Champán? —ofreció él.
—Por favor.
Me quedé de pie junto a la ventana mientras él servía. Me pregunté si debería decir algo, romper el silencio con alguna frase de circunstancias. Pero Rodrigo se acercó con las copas y me miró de una manera que hacía superflua cualquier charla educada.
—Mi padre me dijo que eras brillante —dijo, entregándome la copa—. Pero no me dijo que fueras así.
—¿Así cómo?
—Así —repitió, y su mirada bajó un momento antes de volver a mis ojos.
Bebí un sorbo. El champán estaba frío y seco, y lo sentí bajar despacio por mi garganta.
—¿Haces esto a menudo? ¿Que tu padre compre compañía para ti?
Rodrigo sonrió. No fue una sonrisa defensiva, sino genuina, casi divertida.
—Nunca. Pero cuando le dije que no podía sacarte de la cabeza, supongo que tomó cartas en el asunto.
—¿Y eso te parece normal?
—Me parece que estás aquí —dijo—. Así que quizás no importa tanto si es normal o no.
Dejé la copa sobre el alféizar. El espacio entre nosotros era cada vez más consciente de sí mismo.
Fui yo quien dio el primer paso.
Lo besé despacio al principio, explorando, calibrando. Rodrigo respondió con la misma mesura, una mano en mi mejilla, la otra quieta, como si quisiera darme tiempo. Pero cuando profundicé el beso, él soltó algo que llevaba contenido desde que yo había entrado, y sus manos encontraron mi cintura y me atrajeron hacia él con una fuerza que me dejó sin aire. Su polla ya estaba dura contra mi vientre, marcándose por debajo del pantalón, y yo restregué la cadera contra ella sin ningún pudor.
Nos separamos apenas.
—Eres la primera persona —murmuré contra sus labios— que espera a que yo empiece.
—Quería asegurarme de que lo querías —dijo.
—Lo quiero. Quiero todo lo que se te ocurra hacerme.
Rodrigo me llevó hacia la cama con calma, sus manos siguiendo la línea de mi espalda descubierta. Encontró el cierre del vestido sin buscarlo demasiado y lo bajó, y la tela burdeos cayó al suelo sin resistencia. Él retrocedió un paso para mirarme, ahí en medio de la habitación, en bragas y sujetador de encaje negro, con los pezones ya duros marcándose contra la tela.
—Dios —dijo, con una sencillez que resultó más excitante que cualquier piropo elaborado—. Date la vuelta.
Me di la vuelta despacio, dejándome mirar. Sentí sus manos rodearme desde atrás, subir por el vientre, encontrar mis tetas por debajo del encaje y apretarlas con una firmeza que me arrancó un gemido. Me pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice, y yo eché la cabeza atrás contra su hombro.
—Qué buen coño se te intuye por debajo de estas bragas —murmuró contra mi cuello—. Llevo tres semanas imaginándolo.
—Compruébalo tú mismo.
Su mano bajó por mi vientre, se coló bajo el encaje y sus dedos me encontraron ya empapada. Le arrancó un gemido a él antes que a mí. Me pasó dos dedos por toda la raja, de arriba abajo, embadurnándose en mi flujo, y luego se los llevó a la boca sin dejar de mirarme por encima del hombro.
—Joder —dijo—. Sabes a gloria.
Me giré, le agarré la camisa por los faldones y se la saqué por la cabeza sin desabrocharla del todo. Le desabroché el cinturón, le bajé el pantalón hasta las rodillas y le agarré la polla por encima del bóxer. La tenía enorme, dura, curvada hacia arriba contra el vientre. Le bajé la ropa interior y lo dejé desnudo, y me arrodillé en la moqueta sin darle tiempo a decir nada.
Le lamí toda la polla desde los cojones hasta la punta, en un solo trazo largo, y él soltó un gruñido contenido. La rodeé con la mano por la base y me la metí en la boca, primero solo la cabeza, chupándola despacio, saboreando la gota salada que ya le brotaba por la punta. Después me la fui tragando hasta que sentí el glande empujándome la garganta.
—Mierda, Sofía —jadeó, con las dos manos hundidas en mi pelo, sin llegar a empujar—. Así, joder, así.
Le mamé la polla con ganas, subiendo y bajando la cabeza a un ritmo constante, dejando que la saliva se derramara y le cayera por los cojones. Le chupé los huevos uno por uno mientras le hacía una paja lenta con la mano llena de flujo. Cuando volví a metérmela en la boca lo hice mirándole a los ojos, y él dejó escapar un «me voy a correr» apretado entre los dientes.
Lo aparté. No así, todavía no.
—A la cama —dije.
Me tendió sobre la colcha y me arrancó las bragas de un tirón limpio. Se separó las piernas él mismo, con las dos manos en el interior de mis muslos, y se agachó entre ellas. La primera pasada de lengua me arrancó un gemido tan alto que se debió oír en el pasillo. Me lamió el coño de arriba abajo, con la lengua plana, sin prisa, saboreándome. Me chupó los labios uno por uno, me metió la lengua dentro tan hondo como pudo, y luego subió al clítoris y se quedó ahí, dibujando círculos precisos con la punta de la lengua mientras me metía dos dedos y los curvaba hacia arriba, buscando el punto exacto.
—Ahí —dije con la voz rota—. Justo ahí, no pares.
Y no paró. Me lo trabajó como si llevara años estudiando cómo hacerme correr. Sus dedos entraban y salían con un chapoteo obsceno, encontrando ese sitio dentro de mí una y otra vez, mientras la lengua no dejaba el clítoris ni un segundo. Me aferré a su pelo con las dos manos y arqueé la espalda de la cama. Sentí cómo el orgasmo me subía desde las plantas de los pies, se me acumulaba en el vientre y explotaba, y grité sin ningún control mientras las caderas se me disparaban contra su boca. Rodrigo no me soltó. Me siguió chupando durante todo el temblor, alargándomelo, hasta que le tuve que apartar la cabeza porque no aguantaba más.
—Espera, espera —jadeé—. Demasiado.
Él subió con la boca brillante de mi corrida y me besó, y me pasó mi propio sabor por la lengua. Yo lo empujé y lo hice rodar de espaldas.
—Tu turno —dije, y me puse a horcajadas sobre él.
Le agarré la polla, la coloqué en mi entrada y me la fui bajando encima muy despacio, centímetro a centímetro, dejando que me abriera. Cerré los ojos. Era gruesa, más gruesa de lo que estaba acostumbrada, y me llenó de un modo que me hizo soltar el aire de golpe cuando terminé de sentarme, con toda la polla dentro y los cojones apoyados contra mi culo.
—Dios mío —murmuré—. Estás dentro hasta el fondo.
—Estás apretadísima —dijo él con los dientes apretados—. Voy a durar dos minutos así.
—Aguántalo.
Empecé a moverme. Al principio despacio, ondulando las caderas, dejando que la polla me rozara por dentro sin salir del todo. Después me incorporé más y empecé a subir y bajar de verdad, apoyando las manos en su pecho, dejando que las tetas se me sacudieran delante de su cara. Rodrigo me miraba con la boca entreabierta, las manos agarrándome las caderas, ayudándome a caer con más fuerza cada vez.
—Chúpame las tetas —le pedí, inclinándome sobre él.
Se metió un pezón en la boca y lo mordió con los labios, tirando un poco. Le agarré la nuca y lo apreté contra mí mientras seguía cabalgándole. El sonido de la piel golpeando contra la piel llenaba la habitación, y por debajo, el chapoteo húmedo de la polla saliendo y entrando de mi coño encharcado.
—Ponte a cuatro patas —dijo él, con la voz reducida a un gruñido—. Necesito follarte así.
Me quité de encima y me puse en la cama de rodillas, la cara contra la almohada y el culo levantado. Rodrigo se colocó detrás de mí, me agarró de las caderas y se hundió de una embestida entera. Grité contra la almohada. Empezó a follarme fuerte, empujando hasta el fondo cada vez, y con cada golpe se me escapaba un gemido.
—Así, joder —jadeé—. Fóllame así, fuerte.
—¿Te gusta así, Sofía? ¿Te gusta que te la meta hasta arriba?
—Me encanta, no pares, no pares, no pares.
Me agarró del pelo, no con violencia pero sí con firmeza, y me tiró un poco de la cabeza hacia atrás. La otra mano me la puso en la nalga y me dio una palmada que resonó en la habitación. Me arrancó un gemido agudo que me sorprendió a mí misma.
—Otra —murmuré.
Me pegó otra palmada, y otra, alternando culo con embestidas, y yo estaba fuera de mí. Metió el pulgar en mi propia humedad y me lo pasó por el otro agujero, presionando apenas, dibujando un círculo. No lo metió, solo se quedó ahí, y esa amenaza sola casi me hace correrme otra vez.
—Boca arriba —dijo, saliendo de mí.
Me giró y me tumbó de espaldas. Me agarró un tobillo, me lo apoyó contra su hombro, me abrió el otro muslo y volvió a entrar. En esa postura llegaba más hondo todavía. Podía verle la cara, los músculos del pecho tensos, el sudor brillándole en la frente, y él podía verme a mí, con las tetas rebotando a cada embestida y la boca abierta buscando aire.
—Tócate —dijo—. Quiero verte tocarte mientras te follo.
Bajé la mano y me busqué el clítoris. Empecé a frotármelo en círculos rápidos, y con él dentro de mí a ese ritmo, no aguanté más de un minuto. El segundo orgasmo me pilló con fuerza. Sentí cómo el coño se me cerraba a espasmos alrededor de su polla, cómo lo apretaba desde dentro, y él dejó escapar un gemido largo al notarlo.
—Me voy a correr —jadeó—. ¿Dónde quieres?
—Contigo —dije—. Dentro. Córrete dentro de mí.
Rodrigo se hundió las últimas veces y se rindió al mismo tiempo, con la frente apoyada contra la mía, temblando, y sentí su polla latir dentro de mí mientras me llenaba en oleadas calientes. Se quedó quieto por fin, respirando contra mi cuello.
Estuvimos un rato en silencio, el techo blanco encima de nosotros y la ciudad parpadeando al otro lado de la ventana. Cuando salió de mí, sentí cómo su corrida se me escapaba entre los muslos, calentita, y no me molesté en limpiarla enseguida. Luego él se levantó, fue al baño, volvió con una toalla. Ninguno de los dos dijo nada trascendente. No era necesario.
***
A las dos de la mañana pedí un taxi desde la recepción del hotel.
En el camino de vuelta, con la ciudad quieta afuera y el asiento de cuero frío contra mi espalda, pensé en Pablo. No con culpa, sino con algo parecido a la anticipación. Algo nuevo y viejo al mismo tiempo. Todavía tenía dentro parte de la corrida de Rodrigo, notaba la humedad pegándome las bragas al coño, y solo de pensar en meterme en la cama con Pablo así se me disparaba el pulso.
Las luces de la casa estaban encendidas cuando llegué.
Pablo no estaba dormido. Estaba tumbado en nuestra cama con la lámpara de la mesita encendida y un libro cerrado sobre el pecho, mirando el techo. Cuando entré, se incorporó despacio y me miró de esa manera suya, directa, sin intermediarios.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —dije.
—¿Muy bien?
Sonreí.
—Muy bien.
Me metí en la cama sin cambiarme. Me acerqué a él y Pablo me rodeó con el brazo, atrayéndome hacia su pecho, y noté que ya estaba despierto en todos los sentidos. La tenía dura por debajo del pantalón del pijama, y cuando le puse la mano encima soltó un gemido bajo.
—Cuéntame —dijo en voz baja, su mano empezando a moverse despacio por mi espalda—. Sin ahorrarte nada. Todo.
Y le conté.
Le conté la suite, el champán, los silencios cargados de los primeros minutos. Le conté que había sido yo quien había dado el primer paso, y que Rodrigo había esperado, y la sorpresa extraña y buena que eso me había producido. Le conté cómo me arrodillé en la moqueta y le comí la polla hasta la garganta, y cómo la tenía enorme, y cómo se le escapaba la corrida por la punta mientras yo le lamía los cojones.
Pablo tragó saliva. Le agarré la polla por debajo del pijama y empecé a hacerle una paja lenta mientras le seguía contando.
—Y luego me la comió él a mí —le dije al oído—. Me arrancó las bragas de un tirón y me metió la lengua en el coño como si llevara semanas hambriento. Me hizo correr en su boca, Pablo. Grité tan fuerte que se debió oír en el pasillo.
—Dios —jadeó él, moviendo la cadera contra mi mano—. Sigue.
—Me monté encima. La tenía gruesa. Muy gruesa. Me costó bajarla del todo la primera vez.
—¿Más que la mía?
—Más gruesa —dije, y le apreté la polla en la mano—. Pero no mejor. Distinta.
Pablo gimió contra mi cuello.
—¿Y después?
—Después me puso a cuatro patas y me folló como un animal. Me tiró del pelo. Me pegó en el culo. Me metió el pulgar por detrás. Y yo, Pablo, yo estaba gritando que no parara. Estaba pidiéndoselo.
—Joder, joder, joder —murmuró él, con la respiración ya rota.
—Y me corrí otra vez. Y le dije que se corriera dentro. Y lo hizo. Me llenó, Pablo. Todavía la tengo dentro.
Eso fue lo que le acabó de romper. Me hizo girarme hacia él y me besó con una intensidad que hacía tiempo no le sentía. Sus manos eran urgentes, reconociéndome, reclamando algo que nunca había dejado de ser suyo y que esa noche volvía cargado de algo más. Me arrancó las bragas todavía húmedas y hundió los dedos entre mis muslos.
—Estás empapada —dijo con la voz espesa—. Estás llena de él.
—Ven a limpiarme —le desafié.
Pablo bajó por mi cuerpo y me abrió las piernas. Se quedó un segundo mirando el desastre entre mis muslos y luego se hundió ahí. Me lamió el coño lleno de la corrida de otro hombre como si nunca hubiera estado más excitado en su vida. Me chupó los labios, me metió la lengua, se tragó todo lo que encontró. Yo grité y me agarré a su pelo, empujándole la cabeza contra mí.
—Dios mío, Pablo, Dios mío.
Cuando subió, tenía la boca brillante y los ojos oscuros. Se colocó entre mis piernas y me la metió de golpe. Estaba tan mojada, tan abierta ya por todo lo anterior, que se hundió entera de una sola vez.
—Te quiero —dijo entre dientes, follándome a un ritmo desesperado.
—Lo sé —respondí, agarrándole el culo con las dos manos, empujándolo dentro de mí—. Fóllame, Pablo. Recupérame.
Me folló como no me follaba en años. Me puso encima de él, me puso de lado con la pierna en alto, me puso a cuatro patas y me la metió desde atrás mientras me mordía la nuca. Y con cada postura yo le seguía contando, jadeando entre embestidas, cómo había sido, qué me había hecho, qué me había gustado, hasta que ya no supe distinguir cuál de los dos hombres tenía dentro en cada momento y todo se convirtió en una sola cosa densa y caliente.
Me corrí dos veces más antes de que él se rindiera dentro de mí con un gemido apretado, mezclándose con lo que ya me habían dejado horas antes.
Nos quedamos derrumbados, sudados, con las piernas enredadas. Mientras Pablo me acariciaba el vientre con la respiración volviendo despacio, pensé que hay cosas que solo se aprenden dejando que pasen. Que ciertos deseos necesitan espacio para existir sin destruirte, y que la confianza real no es la ausencia de tentación, sino saber que el otro te espera al otro lado de ella. Y que te espera además con la polla dura y las ganas de escucharlo todo.
—¿Lo harías otra vez? —preguntó después, con la voz de alguien que ya conoce la respuesta.
Pensé durante un segundo.
—Pregúntame mañana —dije.
Y los dos nos quedamos en silencio, con el peso suave de la noche encima, sabiendo que mañana llegaría y que la respuesta no iba a ser no.