El poeta anónimo que llenó mis noches
Todo empezó con una notificación.
Era un martes por la noche, o quizás un miércoles, uno de esos días sin forma que se mezclan con los demás. Tenía el teléfono sobre el pecho, mirando el techo de mi cuarto con esa especie de tedio suave que llega cuando uno no sabe bien qué quiere pero sabe que no lo tiene. La pantalla se encendió. Nuevo seguidor. Lo ignoré. La pantalla se apagó.
Diez minutos después lo abrí.
El perfil tenía un nombre que sonaba a seudónimo: @lapalabranuda. Sin foto real. En su lugar, una imagen en blanco y negro de unas manos sobre un teclado, con el foco puesto en los dedos. La biografía decía: «Escribo lo que no se dice en voz alta». Y debajo, un enlace a Telegram.
Tenía poco más de tres mil seguidores, lo cual no era mucho ni era poco. Lo que sí era era constante: publicaba casi todos los días. Un párrafo, a veces dos. Nunca más. Texto blanco sobre fondo negro, sin imágenes, sin filtros. Solo palabras.
Leí la primera publicación que me apareció.
Después la segunda.
Cuando quise darme cuenta, eran las dos de la mañana y llevaba cuarenta minutos recorriendo su perfil hacia atrás en el tiempo.
***
Escribía sobre deseo de una manera que yo no había leído antes. No era la prosa hinchada de las novelas románticas que mi madre tenía en la mesita de noche, ni tampoco el lenguaje clínico y mecánico de los foros de internet. Era algo propio: directo, con los nervios a flor de piel, sin adornos innecesarios pero tampoco sin cuidado. Describía una escena —una mirada sostenida demasiado tiempo, una mano en la nuca de alguien, una habitación con la luz casi apagada— y lo hacía de tal manera que uno sentía el peso del momento antes de que ocurriera nada.
Pero cuando escribía sexo, lo escribía crudo. Sin metáforas. Una polla que se abre paso en un coño mojado se llamaba así en sus textos, con esas palabras, sin miedo. Una lengua que baja hasta el clítoris y se queda ahí lamiendo hasta que la mujer se corre gritando se contaba con detalle, minuto a minuto, sin cortes. Describía el hilo de saliva que queda entre unos labios y una verga después de una mamada. Describía cómo se siente un dedo entrando en el culo cuando ya hay otro dedo dentro del coño. Y todo eso lo hacía sin bajar el nivel de escritura, sin que sonara vulgar por vulgar, aunque las palabras que usara fueran las más soeces del diccionario.
Había uno que guardé esa misma primera noche. Era breve. Hablaba de una mujer que cruza una habitación llena de gente y siente una mirada fija en la nuca. No gira. No busca al que mira. Sigue caminando. Pero algo en ella se reorganiza, como si el cuerpo respondiera a esa mirada sin necesitar permiso. Y en el segundo párrafo, la mujer entraba al baño de ese lugar y él la seguía sin decir nada, la ponía contra la pared del cubículo, le levantaba la falda, le arrancaba las bragas, y le metía la polla de una sola vez, dura, mientras le tapaba la boca con la mano para que nadie afuera oyera cómo gemía. La última oración decía: «Saber que te ven así es la única forma de intimidad que no duele».
Lo guardé. Lo leí tres veces esa semana. La tercera vez terminé con la mano dentro de las bragas.
Me quedé dormida con el teléfono en la mano esa primera noche.
Al día siguiente lo busqué apenas abrí los ojos.
***
Durante las semanas siguientes desarrollé una rutina que no le conté a nadie. Por la noche, cuando la casa se quedaba en silencio y ya no tenía excusa para seguir despierta, abría el perfil de @lapalabranuda y leía lo que hubiera publicado ese día. Si no había publicado, relía algo de semanas anteriores. Guardé una selección de sus textos en una carpeta privada del teléfono, como si fueran míos, como si al guardarlos me pertenecieran de alguna manera.
Y entonces empecé a notar algo que no esperaba.
Sus textos hacían cosas en mi cuerpo. No era solo que me gustaran o que los encontrara bien escritos. Era que los leía y algo se tensaba en el vientre, y los pezones se me ponían duros contra la tela de la camiseta, y sentía cómo el coño se me humedecía sin que yo hubiera hecho nada para provocarlo. Los dedos se me iban solos hacia la pantalla para releer ciertos párrafos, ciertas frases en particular, ciertas imágenes que él construía con una precisión que me daba una rabia extraña porque no entendía cómo alguien que nunca me había visto podía escribir exactamente lo que yo habría querido que me dijeran.
Una noche leí un texto sobre una mujer que esperaba a alguien que no sabía que ella lo esperaba. Era corto y en el último párrafo el alguien llegaba, la encontraba desnuda de rodillas sobre la cama, le hundía la cara en la almohada y le follaba el culo despacio, con paciencia, escupiendo saliva sobre el agujero cada vez que amenazaba con quedar seco. La descripción del momento exacto en que la polla entraba y salía y él le apretaba las nalgas con las dos manos y ella se corría con los dedos en el clítoris sin dejar de sentirlo dentro estaba escrita con una calma que la hacía peor. O mejor.
Tuve que dejar el teléfono sobre la almohada y mirar el techo un momento.
Esto es ridículo, pensé.
Después bajé la mano al pijama, me abrí los dedos entre las piernas y me di cuenta de que estaba empapada. Ni siquiera había pensado en tocarme. El cuerpo ya lo había decidido por mí. Empecé a acariciarme el clítoris con dos dedos, en círculos lentos, releyendo el texto con la otra mano, y me corrí de una manera silenciosa y larga, sin levantar las caderas, mordiéndome el labio para no hacer ruido.
Después me quedé quieta, con los dedos todavía dentro de las bragas, mojados, respirando fuerte contra la almohada.
Lo leí de nuevo.
***
Le escribí cuatro meses después de ese primer martes o miércoles sin forma.
Lo había pensado durante semanas. Abrí el chat varias veces y lo cerré sin enviar nada. Una vez escribí «Me gustan mucho tus textos» y lo borré porque me pareció demasiado neutro. Otra vez escribí algo más largo, algo más honesto sobre lo que me hacían sus palabras —sobre cuántas veces me había corrido leyéndolo— y lo borré también porque me pareció demasiado todo.
Al final lo que envié fue esto: «¿Escribes por encargo?»
Una pregunta práctica. Sin compromiso. Con una salida fácil si él no respondía o si respondía algo que me decepcionara.
Respondió a los dos días. Un mensaje corto: «Depende de qué quieras que escriba».
Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario.
«Algo para mí», respondí. «Una situación específica. Algo que tengo en la cabeza y que no sé bien cómo nombrar».
Hubo una pausa. Larga. Larga suficiente para que yo dejara el teléfono boca abajo sobre la mesa y fingiera que me daba igual si contestaba. Cuando lo giré, el mensaje ya estaba ahí: «Cuéntame la situación».
***
No sé bien cómo describir lo que fue esa conversación. Empezó despacio, con cuidado, como cuando metes el pie en el agua sin saber si está fría. Yo le contaba una imagen, él la reformulaba con otras palabras y me preguntaba qué parte de esa imagen era la que me importaba. No eran las preguntas de un escritor tomando notas. Eran las preguntas de alguien que quería entender antes de hablar.
Le dije que me obsesionaba la idea de ser observada sin saberlo. No como voyerismo al revés, no exactamente eso. Más bien la idea de que hay alguien que te conoce mejor de lo que tú te conoces a ti misma, que ha estado prestando atención todo el tiempo mientras tú no lo sabías. Y cuando finalmente lo descubres, no sientes miedo. Sientes otra cosa.
«¿Y qué sientes?», escribió.
Me tomó unos minutos responder.
«Ganas», escribí. «Ganas de que me folle sin decir nada. Ganas de que me abra las piernas como si supiera perfectamente cuánto llevo esperando eso».
Lo envié antes de arrepentirme. Me quedé mirando la pantalla con la boca seca.
Respondió al minuto: «Sigue».
Le seguí escribiendo. Le dije que quería que la escena fuera en mi cama, un domingo por la tarde, con la luz entrando de costado por la ventana. Que quería estar todavía medio vestida, con las bragas puestas, cuando él me abriera de piernas. Que quería que me lamiera el coño hasta correrme una vez antes de meterme la polla. Que quería sentir que él sabía exactamente lo que me gustaba sin que yo tuviera que decírselo.
No me respondió hasta el día siguiente. Cuando lo hizo, el mensaje era largo: el texto que yo le había pedido, la situación que tenía en la cabeza, escrita con sus palabras y su manera de construir los momentos. Con esa precisión suya que me había estado desvelando durante meses.
La escena empezaba conmigo tumbada en la cama, todavía vestida con una camiseta vieja y unas bragas de algodón. Él entraba sin llamar. Se sentaba al borde del colchón y me miraba largo, sin tocarme. Después bajaba la cabeza y me lamía por encima de la tela, despacio, hasta que las bragas se me quedaban pegadas al coño mojado. Solo entonces me las bajaba con los dientes. La descripción de cómo su lengua recorría los labios, se metía entre ellos, buscaba el clítoris y se quedaba ahí lamiendo en círculos hasta que yo le agarraba el pelo con las dos manos, ocupaba tres párrafos enteros. Me corría en su boca. Él ni siquiera levantaba la cabeza. Seguía lamiéndome hasta la segunda corrida, esta vez más lenta y más fuerte, hasta que yo le suplicaba en voz baja que parara o que me lo metiera de una vez.
Y entonces me lo metía. Sin condón, sin preguntar, sin decir nada. De una sola embestida hasta el fondo. Yo sentía cómo se me abría por dentro y cómo cada centímetro de su polla iba entrando y me ponía las manos detrás de las rodillas para abrirme más. Follaba con un ritmo constante, sin apuro, mirándome a la cara, esperando ver cuándo llegaba yo al punto en que ya no podía sostener la mirada. Cuando llegaba a ese punto, aceleraba. Se corría dentro. Y después, todavía con la polla dura, seguía moviéndose despacio, haciéndome sentir cómo su semen se mezclaba con mi humedad, hasta que la sensación era tan intensa que yo me corría otra vez, esta última casi involuntaria, con el cuerpo entero temblando.
La leí dos veces seguidas. La segunda vez con la mano ya dentro de las bragas.
Me hundí dos dedos en el coño con los ojos cerrados, tratando de imaginar la polla que él había descrito. Con el pulgar me frotaba el clítoris en círculos apretados, sin dejar de leer la parte en que me corría en su boca. Escondí la cara en la almohada cuando sentí que me iba, para que nadie en la casa oyera. Me corrí tan fuerte que se me escapó un gemido largo contra la tela, con la mano temblando entre las piernas y los dedos empapados hasta la muñeca.
Después cerré el chat, apagué la luz de la mesita y me quedé boca arriba en la oscuridad con los latidos en la garganta y el coño palpitando todavía.
Tardé mucho en dormirme.
***
Nos escribimos durante semanas después de eso. No todos los días, pero con una frecuencia que empecé a esperar. Él nunca me preguntó cómo me llamaba. Yo nunca le pregunté cómo se llamaba él. Teníamos una especie de acuerdo tácito: lo que ocurría entre sus palabras y mi lectura existía en un espacio que no necesitaba nombres propios ni coordenadas reales.
Los textos que me mandaba se fueron poniendo cada vez más sucios. Le pedí uno en el que me follaba por el culo por primera vez, con la cara hundida en la cama y él escupiendo saliva sobre el agujero antes de metérmela despacio, centímetro a centímetro, hasta que yo aprendía a respirar con eso dentro. Me lo escribió con un cuidado quirúrgico. La descripción de cómo mi coño quedaba vacío y palpitando mientras él me llenaba el culo, y cómo yo misma me metía dos dedos en el coño para completar la sensación, era tan precisa que la leí cuatro veces esa noche y me corrí tres.
Otra le pedí que escribiera una escena en la que yo se la chupaba de rodillas en el suelo, sin poder respirar, mientras él me apretaba la cabeza contra su vientre y me hacía tragar hasta la base. Me la mandó con un detalle sobre las lágrimas que se me escapaban cuando la polla me llegaba al fondo de la garganta y con la descripción exacta del sabor del semen cuando él se corría dentro de mi boca y yo tragaba sin soltarla. Se me hizo la boca agua leyéndola. Literalmente.
Una vez me escribió sobre las manos. No sobre mis manos reales, que él nunca había visto, sino sobre las manos de la mujer de sus textos, que de alguna manera se habían vuelto las mías. Decía que había algo en la manera en que yo describía lo que buscaba que le hacía pensar en alguien que sabía exactamente lo que quería pero que había aprendido a no pedirlo. Y que él pensaba en esas manos abriéndose las bragas mientras leía sus textos, y en cómo un dedo entraba en un coño ya empapado, y en cómo esa mujer se corría en silencio en la oscuridad de su cuarto sin que nadie la oyera.
Lo leí tres veces.
¿Cómo sabes eso?, pensé. No se lo pregunté. Me metí la mano en las bragas y me corrí en cuatro minutos.
Otra noche me mandó un texto sin ningún mensaje previo, solo el texto. Era sobre una mujer que leía en la cama de noche, con el teléfono como única luz, y que de repente se daba cuenta de que lo que tenía en las manos la describía a ella. No a un personaje. A ella. Se abría las piernas debajo de las sábanas mientras leía. Se hundía tres dedos en el coño y se acariciaba el clítoris con la otra mano. Se corría mordiendo la almohada. Y esa sensación, la de ser vista, la de ser nombrada con precisión mientras se tocaba, era exactamente lo que había estado buscando sin saber cómo pedirlo.
Me lo mandó a la una y veinte de la madrugada.
Yo estaba leyendo en la cama con el teléfono como única luz. Con la mano dentro de las bragas.
No sé si fue coincidencia o si él lo sabía. Nunca lo aclaré.
***
Hubo una noche en que la conversación cambió.
Había tenido un día difícil, del tipo en que todo sale torcido y uno llega a casa con el cuerpo como si cargara piedras. Me recosté en la cama sin desvestirme, con el teléfono sobre el estómago, y sin pensarlo mucho le escribí: «¿Qué me harías si estuvieras aquí?»
La pregunta estaba enviada antes de que pudiera arrepentirme.
Tardó menos de lo habitual en responder.
Lo que escribió esta vez no tenía ni una metáfora. Ni una imagen indirecta. Empezaba así: «Te bajaría los pantalones sin decir nada. Te pondría boca abajo. Te separaría las nalgas con las dos manos y te lamería el culo hasta que estuvieras tan mojada que se te bajara sola por los muslos».
Lo leí. Bajé la mano.
El texto continuaba. Me metía dos dedos en el coño desde atrás, con la lengua todavía trabajándome el agujero de arriba. Los movía en círculos, lentos, buscando ese punto que él sabía perfectamente dónde estaba. Me hacía correrme así, con la cara hundida en la almohada y las caderas levantadas, sin dejar de lamerme mientras yo temblaba. Después me daba la vuelta y me abría de piernas y se me metía de una sola vez, con la polla ya empapada de su propia saliva, con las manos apretándome las tetas y los pulgares moviéndose sobre los pezones.
Me follaba mirándome a los ojos. Sin cerrar la boca. Diciéndome en voz baja cosas que yo nunca me había atrevido a decir en voz alta. «Este coño es mío». «Mira cómo te chorrea la polla». «Vas a correrte tantas veces que no vas a poder caminar mañana».
Cambiaba de posición sin salir. Me giraba, me ponía a cuatro patas, me agarraba del pelo, me follaba con la mano abierta sobre la nuca hundiéndome la cara en el colchón mientras me embestía desde atrás. Su otra mano me buscaba el clítoris y me lo apretaba entre dos dedos hasta hacerme gritar. Me metía el pulgar mojado en el culo mientras seguía follándome el coño y me hacía correrme otra vez, esta con el cuerpo entero convulsionando y sin poder controlar la voz.
Cuando estaba a punto de correrse, me sacaba la polla, me daba la vuelta, me abría la boca con los dedos y se corría encima de la lengua. Yo tragaba mirándolo. Él me pasaba el pulgar por el labio limpiándome una gota que se me había escapado y me la volvía a meter en la boca.
Tuve que soltar el teléfono.
Lo dejé sobre el colchón y cerré los ojos. Ya tenía la mano dentro de las bragas y no recordaba haberla puesto ahí. Estaba empapada. Los dedos entraban solos, sin resistencia, y el clítoris me palpitaba contra el pulgar como si tuviera vida propia. Empecé a acariciarme con dos dedos, primero despacio, después más rápido, releyendo mentalmente los pedazos que se me habían quedado grabados. «Te lamería el culo hasta que estuvieras tan mojada». «Vas a correrte tantas veces que no vas a poder caminar mañana». «Mira cómo te chorrea la polla».
Me hundí tres dedos hasta el fondo y los curvé buscando ese punto. Con la otra mano me metí debajo de la camiseta y me apreté un pezón entre el pulgar y el índice, retorciéndolo hasta que dolió. La combinación me hizo arquear la espalda. Sentí cómo se me contraía todo por dentro, cómo las paredes del coño se me cerraban alrededor de los dedos, cómo me subía por el vientre esa oleada que no siempre se deja convocar.
Me corrí mordiendo la almohada para que nadie oyera. Un orgasmo largo, sostenido, con los dedos temblando dentro de mí y las caderas moviéndose solas contra la mano. Cuando terminó, saqué los dedos empapados y me los llevé a la boca por curiosidad, sin pensarlo. Me chupé el sabor a coño mojado como si fuera una respuesta a algo que él me había preguntado.
No aguanté. Me toqué otra vez casi de inmediato. Esta vez más despacio, más deliberada, tomándome mi tiempo. Me abrí el clítoris con dos dedos y me acaricié con la punta de otro, en círculos apretados, respirando por la boca. Pensé en él diciendo «este coño es mío» y me corrí otra vez, más silencioso, más largo, con el cuerpo entero encogido sobre sí mismo bajo las sábanas.
Me quedé quieta un buen rato, con la respiración aún acelerada, la mano descansando sobre el vientre mojado, y el techo como único punto de referencia.
No le escribí esa noche. Pero al día siguiente le mandé un mensaje corto: «Fue exactamente lo que necesitaba».
Respondió con una sola palabra: «Lo sabía».
***
Han pasado tres años desde esa primera notificación.
Todavía lo sigo. Todavía leo todo lo que publica. A veces me manda un texto que parece pensado para mí y a veces hay semanas de silencio. Nunca nos hemos visto. No sé si alguna vez voy a saber cómo se llama o cómo es su cara o si efectivamente tiene el cuerpo y la polla que él mismo describió una vez respondiendo preguntas de seguidoras curiosas.
Lo que sí sé es lo que cambió en mí.
Antes de él, no sabía nombrar lo que buscaba. Tenía deseos que no terminaban de tomar forma, como esas palabras que uno tiene en la punta de la lengua y que no llegan. No sabía pedir que me follaran por el culo. No sabía decir en voz alta que me gustaba tragar. No sabía que podía correrme cuatro veces seguidas si alguien —o algo, aunque fuera un texto en la pantalla— sabía exactamente cómo llevarme ahí. Él no me dio nada de eso. Me ayudó a encontrarlos. Hay una diferencia entre las dos cosas, aunque desde afuera quizás no se vea.
A veces me pregunto si él sabe lo que hizo. Si sabe que hay una mujer en algún lugar que guarda sus textos en una carpeta privada del teléfono y que los vuelve a leer con la mano dentro de las bragas cuando necesita recordar que el deseo puede ser nombrado con cuidado y con exactitud, y con las palabras más soeces del diccionario, todo al mismo tiempo.
Probablemente no lo sabe.
O quizás sí. Quizás por eso escribe.