Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El poeta anónimo que llenó mis noches

4.3 (4)

Todo empezó con una notificación.

Era un martes por la noche, o quizás un miércoles, uno de esos días sin forma que se mezclan con los demás. Tenía el teléfono sobre el pecho, mirando el techo de mi cuarto con esa especie de tedio suave que llega cuando uno no sabe bien qué quiere pero sabe que no lo tiene. La pantalla se encendió. Nuevo seguidor. Lo ignoré. La pantalla se apagó.

Diez minutos después lo abrí.

El perfil tenía un nombre que sonaba a seudónimo: @lapalabranuda. Sin foto real. En su lugar, una imagen en blanco y negro de unas manos sobre un teclado, con el foco puesto en los dedos. La biografía decía: «Escribo lo que no se dice en voz alta». Y debajo, un enlace a Telegram.

Tenía poco más de tres mil seguidores, lo cual no era mucho ni era poco. Lo que sí era era constante: publicaba casi todos los días. Un párrafo, a veces dos. Nunca más. Texto blanco sobre fondo negro, sin imágenes, sin filtros. Solo palabras.

Leí la primera publicación que me apareció.

Después la segunda.

Cuando quise darme cuenta, eran las dos de la mañana y llevaba cuarenta minutos recorriendo su perfil hacia atrás en el tiempo.

***

Escribía sobre deseo de una manera que yo no había leído antes. No era la prosa hinchada de las novelas románticas que mi madre tenía en la mesita de noche, ni tampoco el lenguaje clínico y mecánico de los foros de internet. Era algo propio: directo, con los nervios a flor de piel, sin adornos innecesarios pero tampoco sin cuidado. Describía una escena —una mirada sostenida demasiado tiempo, una mano en la nuca de alguien, una habitación con la luz casi apagada— y lo hacía de tal manera que uno sentía el peso del momento antes de que ocurriera nada.

No describía cuerpos de manera inventarial. No enumeraba partes. Describía sensaciones: el calor de estar cerca de alguien que todavía no te ha tocado, la tensión de esperar algo que sabes que va a suceder y que precisamente por eso todavía no sucede. Cada texto era una antesala. Y yo no podía salir de esa antesala.

Había uno que guardé esa misma primera noche. Era breve, apenas cinco oraciones. Hablaba de una mujer que cruza una habitación llena de gente y siente una mirada fija en la nuca. No gira. No busca al que mira. Sigue caminando. Pero algo en ella se reorganiza, como si el cuerpo respondiera a esa mirada sin necesitar permiso. La última oración decía: «Saber que te ven así es la única forma de intimidad que no duele».

Lo guardé. Lo leí tres veces esa semana.

Me quedé dormida con el teléfono en la mano esa primera noche.

Al día siguiente lo busqué apenas abrí los ojos.

***

Durante las semanas siguientes desarrollé una rutina que no le conté a nadie. Por la noche, cuando la casa se quedaba en silencio y ya no tenía excusa para seguir despierta, abría el perfil de @lapalabranuda y leía lo que hubiera publicado ese día. Si no había publicado, relía algo de semanas anteriores. Guardé una selección de sus textos en una carpeta privada del teléfono, como si fueran míos, como si al guardarlos me pertenecieran de alguna manera.

Y entonces empecé a notar algo que no esperaba.

Sus textos hacían cosas en mi cuerpo. No era solo que me gustaran o que los encontrara bien escritos. Era que los leía y algo se tensaba en el vientre, y los dedos se me iban solos hacia la pantalla para releer ciertos párrafos, ciertas frases en particular, ciertas imágenes que él construía con una precisión que me daba una rabia extraña porque no entendía cómo alguien que nunca me había visto podía escribir exactamente lo que yo habría querido que me dijeran.

Una noche leí un texto sobre una mujer que esperaba a alguien que no sabía que ella lo esperaba. Era breve, cuatro párrafos. En el último, el alguien llegaba y la encontraba ahí. No pasaba nada más. Solo la descripción del momento exacto en que él la veía y ella lo sabía, ese segundo en que una persona deja de ser invisible para otra.

Tuve que dejar el teléfono sobre la almohada y mirar el techo un momento.

Esto es ridículo, pensé.

Lo leí de nuevo.

***

Le escribí cuatro meses después de ese primer martes o miércoles sin forma.

Lo había pensado durante semanas. Abrí el chat varias veces y lo cerré sin enviar nada. Una vez escribí «Me gustan mucho tus textos» y lo borré porque me pareció demasiado neutro. Otra vez escribí algo más largo, algo más honesto sobre lo que me hacían sus palabras, y lo borré también porque me pareció demasiado todo.

Al final lo que envié fue esto: «¿Escribes por encargo?»

Una pregunta práctica. Sin compromiso. Con una salida fácil si él no respondía o si respondía algo que me decepcionara.

Respondió a los dos días. Un mensaje corto: «Depende de qué quieras que escriba».

Me quedé mirando la pantalla más tiempo del necesario.

«Algo para mí», respondí. «Una situación específica. Algo que tengo en la cabeza y que no sé bien cómo nombrar».

Hubo una pausa. Larga. Larga suficiente para que yo dejara el teléfono boca abajo sobre la mesa y fingiera que me daba igual si contestaba. Cuando lo giré, el mensaje ya estaba ahí: «Cuéntame la situación».

***

No sé bien cómo describir lo que fue esa conversación. Empezó despacio, con cuidado, como cuando metes el pie en el agua sin saber si está fría. Yo le contaba una imagen, él la reformulaba con otras palabras y me preguntaba qué parte de esa imagen era la que me importaba. No eran las preguntas de un escritor tomando notas. Eran las preguntas de alguien que quería entender antes de hablar.

Le dije que me obsesionaba la idea de ser observada sin saberlo. No como voyerismo al revés, no exactamente eso. Más bien la idea de que hay alguien que te conoce mejor de lo que tú te conoces a ti misma, que ha estado prestando atención todo el tiempo mientras tú no lo sabías. Y cuando finalmente lo descubres, no sientes miedo. Sientes otra cosa.

«¿Y qué sientes?», escribió.

Me tomó unos minutos responder.

«Alivio», escribí. «Como si alguien finalmente hubiera visto lo que estaba ahí todo el tiempo».

No me respondió hasta el día siguiente. Cuando lo hizo, el mensaje era largo: el texto que yo le había pedido, la situación que tenía en la cabeza, escrita con sus palabras y su manera de construir los momentos. Con esa precisión suya que me había estado desvelando durante meses. La leí dos veces seguidas. Después cerré el chat, apagué la luz de la mesita y me quedé boca arriba en la oscuridad con los latidos en la garganta.

Tardé mucho en dormirme.

***

Nos escribimos durante semanas después de eso. No todos los días, pero con una frecuencia que empecé a esperar. Él nunca me preguntó cómo me llamaba. Yo nunca le pregunté cómo se llamaba él. Teníamos una especie de acuerdo tácito: lo que ocurría entre sus palabras y mi lectura existía en un espacio que no necesitaba nombres propios ni coordenadas reales.

Una vez me escribió sobre las manos. No sobre mis manos reales, que él nunca había visto, sino sobre las manos de la mujer de sus textos, que de alguna manera se habían vuelto las mías. Decía que había algo en la manera en que yo describía lo que buscaba que le hacía pensar en alguien que sabía exactamente lo que quería pero que había aprendido a no pedirlo.

Lo leí tres veces.

¿Cómo sabes eso?, pensé. No se lo pregunté.

Otra noche me mandó un texto sin ningún mensaje previo, solo el texto. Era sobre una mujer que leía en la cama de noche, con el teléfono como única luz, y que de repente se daba cuenta de que lo que tenía en las manos la describía a ella. No a un personaje. A ella. Y que esa sensación, la de ser vista, la de ser nombrada con precisión, era exactamente lo que había estado buscando sin saber cómo pedirlo.

Me lo mandó a la una y veinte de la madrugada.

Yo estaba leyendo en la cama con el teléfono como única luz.

No sé si fue coincidencia o si él lo sabía. Nunca lo aclaré.

***

Hubo una noche en que la conversación cambió.

Había tenido un día difícil, del tipo en que todo sale torcido y uno llega a casa con el cuerpo como si cargara piedras. Me recosté en la cama sin desvestirme, con el teléfono sobre el estómago, y sin pensarlo mucho le escribí: «¿Qué harías si estuvieras aquí?»

La pregunta estaba enviada antes de que pudiera arrepentirme.

Tardó menos de lo habitual en responder.

Lo que escribió no era explícito en el sentido convencional. No había nada mecánico ni inventariado. Era la descripción de una presencia: alguien que llega a una habitación y no dice nada, que se sienta al borde de la cama, que pone una mano sobre el tobillo de la otra persona sin apretarlo, solo apoyándolo. Y espera. No hace nada más que estar ahí y esperar a que el cuerpo del otro se decida a aflojarse.

Lo leí y algo en mi pecho cedió.

Después seguía: la misma mano que sube despacio por la pantorrilla, sin apuro, deteniéndose en el hueco de la rodilla como si ese fuera el lugar más importante del cuerpo. La descripción de cómo la persona que espera siente el momento exacto en que la tensión abandona al otro. Y solo entonces, solo cuando el cuerpo ya no se resiste, la mano continúa.

Tuve que soltar el teléfono.

Lo dejé sobre el colchón y cerré los ojos. Tenía la mano sobre el vientre, debajo de la camiseta, y no recordaba haberla puesto ahí. La habitación estaba en silencio. Afuera pasó un coche. Yo empecé a moverme despacio, sin apuro, pensando en ese texto, en esa mano que subía sin prisa, en la idea de alguien que espera a que el cuerpo del otro se rinda antes de continuar.

Dejé que tardara. No tenía ningún apuro.

Pensé en la última oración de ese texto: «No hay nada más íntimo que esperar a que alguien te dé permiso sin que tú se lo hayas pedido». La repetí para mí misma, en silencio, con los ojos cerrados, mientras la mano seguía moviéndose. Cuando terminé, me quedé quieta un buen rato, con la respiración aún acelerada y el techo como único punto de referencia.

No le escribí esa noche. Pero al día siguiente le mandé un mensaje corto: «Fue exactamente lo que necesitaba».

Respondió con una sola palabra: «Lo sabía».

***

Han pasado tres años desde esa primera notificación.

Todavía lo sigo. Todavía leo todo lo que publica. A veces me manda un texto que parece pensado para mí y a veces hay semanas de silencio. Nunca nos hemos visto. No sé si alguna vez voy a saber cómo se llama o cómo es su cara o si efectivamente tiene el cuerpo que él mismo describió una vez respondiendo preguntas de seguidoras curiosas.

Lo que sí sé es lo que cambió en mí.

Antes de él, no sabía nombrar lo que buscaba. Tenía deseos que no terminaban de tomar forma, como esas palabras que uno tiene en la punta de la lengua y que no llegan. Él no me los dio. Me ayudó a encontrarlos. Hay una diferencia entre las dos cosas, aunque desde afuera quizás no se vea.

A veces me pregunto si él sabe lo que hizo. Si sabe que hay una mujer en algún lugar que guarda sus textos en una carpeta privada del teléfono y que los vuelve a leer cuando necesita recordar que el deseo puede ser nombrado con cuidado y con exactitud.

Probablemente no lo sabe.

O quizás sí. Quizás por eso escribe.

Valora este relato

4.3 (4)

Comentarios (8)

Emi_Cordoba

increible!!!

Romina_84

por favor que haya segunda parte!! quede con ganas de mas, no puede quedar ahi

LorenaZ22

me recordo a algo que me paso hace años, esa sensacion de leer a alguien en secreto y no animarte nunca a escribirle. tremendo relato

PalomitoNocturno

jaja yo tambien tengo carpeta con cosas que no le muestro a nadie... bueno, de otro tipo. en serio, muy bueno esto

NatyRBsAs

que hermoso... me llego al alma de verdad. gracias

CristinaLect

se siente tan real que por un momento crei que era una historia verdadera. de esos relatos en que uno se queda pensando despues

Fernando8090

me enganche desde la primera linea, muy bien narrado. esperando ansioso la continuacion

AnaLuzReads

bellisimo, tan diferente a lo que suele haber por aca. gracias por escribir algo asi

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.