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Relatos Ardientes

Lo que Darío guardaba tras el entrenamiento

Darío es moreno. De ese moreno profundo que parece absorbido de años al sol, de herencia, de algo que no necesita explicación. El pelo oscuro y rizado, los labios marcados, siempre con un brillo que me distraía en los momentos más inoportunos del entrenamiento. El cuerpo de quien trabaja en serio: espalda ancha, abdomen marcado sin ostentación, piernas largas y rápidas. Lateral izquierdo en nuestro equipo universitario de balonmano. Dieciocho años recién cumplidos y ya era el jugador al que todos miraban cuando había que resolver una jugada imposible. El que nunca dudaba, el que no retrocedía, el que avanzaba aunque hubiera tres tíos colgados de él.

Yo lo miraba por razones distintas.

No lo admití durante mucho tiempo. Me decía que era admiración deportiva, que era lo que cualquiera sentiría viendo a alguien que se movía así por el campo. Pero la admiración no te deja con el corazón acelerado cuando alguien simplemente gira la cabeza. La admiración no te hace apartar la vista deprisa cuando los ojos de otro te encuentran de frente y se quedan ahí un segundo más de lo esperado.

Llevábamos año y medio entrenando juntos. Llegué a la universidad, me apunté al equipo porque necesitaba hacer algo con el cuerpo además de estudiar, y Darío ya estaba ahí desde el primer día. Lo primero que noté fue su forma de calentar: sin pausa, sin mirar alrededor, completamente metido en lo que hacía. El resto del equipo tardaba en arrancar. Él no.

En el equipo éramos diez más el portero. Entrenábamos tres veces por semana en un pabellón de los de siempre: suelo de madera con rayas desgastadas, taquillas con la pintura cuarteada, duchas que a veces funcionaban con agua caliente y a veces no. El entrenador, Marcos, era un hombre serio de cuarenta y tantos que hablaba poco pero miraba mucho. Cuando te corregía, lo hacía con una sola frase y no la repetía. Si no la entendías a la primera, problema tuyo.

Darío y yo coincidíamos en los ejercicios de defensa. Nos tocaba trabajar juntos, cuerpo contra cuerpo, aprendiendo a leer los movimientos del otro antes de que ocurrieran. Esos momentos eran los peores y los mejores al mismo tiempo. Peores porque tenía que mantener la cabeza fría mientras sentía su peso contra el mío, su respiración cerca, el calor que emanaba de su piel después de veinte minutos de carrera. Mejores por exactamente la misma razón.

Hacía meses que vivía con esa contradicción sin nombre.

***

Aquel miércoles llegué tarde al vestuario.

Marcos me había retenido diez minutos más para revisar una jugada de defensa que no estaba saliendo bien, una lectura de posición que yo seguía haciendo mal aunque él me lo había explicado tres veces. Para cuando solté la bolsa sobre el banco, el ruido de las duchas era ya solo el de una. El vapor flotaba en el aire caliente y denso, mezclado con olor a jabón barato y algo más difícil de identificar.

Metí la clave en la taquilla y entonces lo oí salir.

Darío cruzó la puerta de las duchas con una toalla colgada del cuello y el pelo oscuro aplastado contra la frente. La piel todavía húmeda, brillante bajo la luz blanca del techo. Las gotas bajaban por su pecho, por los flancos, siguiendo la línea de los músculos con una lentitud que parecía deliberada.

Se inclinó hacia su taquilla para buscar algo. Miré.

No fue una decisión. Fue un reflejo, de esos en que el cuerpo reacciona antes de que el cerebro pueda intervenir con alguna instrucción sensata. La toalla resbaló un poco con el movimiento. Vi lo suficiente para que el corazón me diera un golpe seco en el pecho, un golpe que resonó más abajo de lo que debería.

Para cuando se irguió ya se había puesto los calzoncillos. Grises. Ajustados. Y lo que había debajo del tejido no era algo que pudiera ignorarse sin un esfuerzo consciente. Sentí calor en la cara, en el cuello. Más abajo también.

Entonces Darío giró la cabeza.

Y me encontró mirando.

Aparté los ojos de inmediato. Demasiado tarde, lo supe en el mismo instante. Demasiado rápido, demasiado evidente. Me agaché hacia la mochila y fingí buscar algo, cualquier cosa, aunque sabía perfectamente dónde estaba todo. El sonido de su taquilla cerrándose fue lo único que escuché durante los siguientes segundos.

Cuando levanté la vista estaba vestido y se iba hacia la puerta.

No dijo nada.

***

Salí del pabellón unos minutos después, con la ropa de entrenamiento todavía pegada a la piel y una especie de vergüenza caliente instalada en algún lugar entre el estómago y la garganta.

El aparcamiento estaba casi vacío. La luz de las farolas dibujaba sombras largas sobre el asfalto mojado. Hacía frío, de ese frío de otoño que todavía no es invierno pero ya avisa. Me puse los auriculares sin poner nada, solo necesitaba el gesto, el escudo.

—Oye.

Me detuve.

Darío estaba apoyado en la valla que separaba el aparcamiento del sendero que se internaba en el pequeño bosque detrás del pabellón. Tenía las manos en los bolsillos del chándal. Me miraba de frente, sin prisa, con esa calma suya que siempre me había parecido la de alguien que sabe cosas que los demás todavía no han aprendido.

—¿Vienes un momento? —Señaló con la cabeza hacia el sendero. —Solo un momento.

No supe decir que no. Nunca había sabido decirle que no, aunque hasta ese día no lo hubiera formulado así de claro.

Caminamos sin hablar. El sendero estaba cubierto de hojas húmedas que crujían bajo las zapatillas. Los árboles eran jóvenes, no muy altos, y entre sus ramas se colaba la luz fría del exterior. El olor era a tierra mojada, a resina, a ese tipo de silencio que tiene textura propia. Me seguía dando vueltas en la cabeza la imagen del vestuario: la piel húmeda, los ojos oscuros encontrando los míos, la certeza de haberme puesto en evidencia de una manera de la que no podía salir.

Darío se detuvo cuando ya no se veía el pabellón.

Metió la mano en el bolsillo del chándal y sacó un paquete de cigarrillos.

Lo miré. No encajaba. En el equipo era el más estricto con los horarios de descanso, con la alimentación, con el sueño. Marcos lo ponía como ejemplo cuando alguien llegaba con resaca o comido mal.

—¿Fumas? —preguntó.

—No —dije.

Sonrió. Una sonrisa pequeña, solo en un lado de la boca.

—Yo tampoco debería.

Sacó un cigarrillo y lo colocó entre los labios. El mechero hizo un chasquido seco en el silencio del bosque. La llama iluminó su cara un instante: el pómulo alto, los labios cerrados alrededor del cigarrillo, los ojos entornados.

Aspiró despacio. El humo salió lento, en una nube blanca que se deshizo entre los dos árboles más cercanos.

—¿Quieres probar? —Me miró directamente.

—Nunca he fumado.

—Siempre hay una primera vez.

Dio un paso hacia mí. Me ofreció el cigarrillo. Lo tomé. Nuestros dedos se rozaron apenas un segundo, algo caliente y breve que me subió por el brazo antes de que pudiera razonar sobre ello.

Llevé el cigarrillo a los labios. Inhalé demasiado fuerte. Tosí. Darío rió, una risa baja que no parecía burla sino algo más cercano, más difícil de clasificar.

—Despacio —dijo. Se acercó. Puso su mano sobre la mía, guiando el gesto, ajustando el ángulo con una firmeza tranquila. —Así.

Aspiré otra vez. Más lento. El humo salió despacio entre los dos y se quedó flotando un momento antes de deshacerse.

Y entonces empezó algo distinto.

Tomó el cigarrillo y aspiró sin apartar los ojos de mí. Cuando exhaló, no lo hizo hacia arriba ni hacia el lado. Lo hizo directo, hacia mi cara, despacio, como si midiera cada centímetro. El humo llegó antes de que pudiera apartarme. Lo respiré sin querer. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del bosque.

Volvió a hacerlo. Aspiró más profundo esta vez y se inclinó un poco más antes de soltar el aire. Tan cerca que pude sentir el calor de su respiración antes de que el humo llegara. El olor del tabaco se mezclaba con el de su piel, con el jabón que todavía persistía después de la ducha.

—Respira —dijo.

Obedecí.

El cigarrillo iba y venía entre nosotros como si tuviera su propio ritmo, marcando algo que ninguno de los dos nombraba. Cada vez que me lo acercaba, lo retiraba un momento antes de llegar. Cada vez que lo volvía a ofrecer, la distancia era un poco menor. Como si disfrutara de ese espacio mínimo entre los dos, lo estirara y lo comprimiera a voluntad, lo convirtiera en algo que dolía un poco.

Sabía exactamente lo que estaba haciendo.

En un momento aspiró hondo y en lugar de soltar el humo al aire, acercó su boca a la mía. No llegó a tocarme. Pero la distancia era tan pequeña que pude sentir el calor de sus labios, el movimiento del aire cuando exhaló. El humo entró en mi boca sin que yo pudiera evitarlo. Lo respiré entero.

El corazón me latía en la garganta.

—¿Ves? —murmuró. Su voz sonó diferente. Más baja. Como si el bosque la hubiera cambiado de escala.

Lo hizo otra vez. Y otra. Cada vez un milímetro menos de distancia entre su boca y la mía. El cigarrillo se consumía entre sus dedos mientras el espacio entre nosotros se volvía más estrecho, más cargado, más difícil de sostener sin decir nada.

Me tomó la mano.

La levantó despacio. Colocó el cigarrillo entre mis dedos con los suyos cerrándose sobre los míos un segundo más de lo necesario para el gesto.

—Ahora tú.

Aspiré. Cuando solté el humo lo hice hacia él, imitando lo que había hecho, dirigiéndolo directo. Darío no se apartó. Respiró despacio, como si recogiera ese aire que yo acababa de expulsar. Sus ojos no se movieron de los míos en ningún momento.

Nuestras caras estaban tan cerca que podía ver cada detalle de su piel, la comisura de sus labios, el brillo oscuro de sus ojos. Podía sentir su respiración cadenciosa, regular, mucho más serena que la mía. El cigarrillo estaba casi apagado cuando nuestras manos volvieron a coincidir, y esta vez él dejó la suya encima de la mía. Sin moverla. Caliente y firme sobre mis nudillos.

Ninguno de los dos habló.

El silencio del bosque era distinto al de antes. Más espeso. Más lleno de algo.

—Mañana después del entrenamiento —dijo Darío en voz baja. —¿Vuelves aquí?

No lo pensé. La respuesta salió antes que cualquier deliberación.

—Sí.

—Bien.

Se quedó un momento sin moverse, mirándome. Luego, sin aviso y sin apresurarse, se inclinó hacia mí y rozó su boca contra la comisura de la mía. Apenas un contacto, menos de un segundo. Calor seco contra mi piel.

Se apartó. Miró hacia abajo un instante, hacia mi pantalón, donde ya no había manera de disimular nada. Luego bajó la vista hacia el suyo propio.

Sonrió.

—Veo que no soy el único.

Apagó lo que quedaba del cigarrillo contra la corteza de un árbol y se guardó la colilla en el bolsillo. Luego se fue por el sendero sin mirar atrás, con esa misma calma con que hacía todas las cosas, como si lo que acababa de ocurrir fuera algo que había calculado desde el principio.

***

Me quedé solo entre los árboles.

El frío volvió de golpe cuando él desapareció, como si su presencia hubiera estado calentando el aire a mi alrededor sin que yo me diera cuenta. Me apoyé contra el tronco más cercano y respiré despacio, intentando que el corazón volviera a un ritmo que no me asustara.

Darío. El primero en llegar al entrenamiento. El que corría los sprints sin medio paso de margen. El que no dejaba que nadie le leyera la jugada con anticipación. El que parecía vivir en un estado de permanente certeza del que yo me sentía excluido.

¿Cuánto tiempo llevaba él también mirando cuando yo no lo veía?

Pensé en el vestuario. En cómo me había encontrado mirando y no había dicho nada, no había apartado la vista, no había hecho el gesto reflejo que haría cualquiera al notar que alguien lo observa sin permiso. Solo me había devuelto la mirada un momento y luego había cerrado la taquilla y se había ido a esperarme fuera.

A esperarme. Eso también era nuevo.

Salí del bosque cuando ya no escuché sus pasos sobre las hojas. El aparcamiento estaba vacío. Las farolas seguían dibujando las mismas sombras largas sobre el asfalto. Me puse los auriculares. Esta vez sí puse algo, lo primero que encontré, aunque no escuché ni una nota de camino a casa.

Solo pensaba en el calor de su mano sobre la mía. En el humo que había ido y venido entre los dos como un lenguaje que ninguno de los dos había necesitado aprender porque ya lo sabíamos. En la sonrisa de medio lado cuando vio que yo tampoco podía fingir indiferencia.

En que mañana había entrenamiento.

Y después del entrenamiento, el sendero. Y las hojas húmedas crujiendo bajo las zapatillas. Y todo lo que no habíamos dicho todavía con palabras.

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Comentarios (10)

dracusor

Increible como lo narraste, se siente real de principio a fin. Muy buen relato!

MikelR

Hay continuacion? porque esto no puede quedar asi jajaja, quede con ganas de mas

TucMán88

uffff que relato!!! felicidades

NachoCba

Me recordo a algo que casi me pasa en el vestuario de mi club, pero yo me hice el distraido jaja. Tremendo

carlos_fdez

Excelente, muy bien escrito. Espero la segunda parte con ansias!

RenatoFdz

La tension del principio esta perfecta, se nota que le pusieron corazon. Sigan asi

NightReader_ARG

Buenisimo!!! sigue subiendo cosas de este estilo, no falla

Tomas_88

Me gusto mucho pero se hizo corto, queria mas jaja

Santi_MX

El giro del final no me lo esperaba para nada. Tremendo, 10 puntos

EnzoNoche

Genail!!! mas de estos por favor

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