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Relatos Ardientes

Seis hombres esperaban en aquella casa de las afueras

3.9 (8)

Conocí a Rodrigo hace años, cuando era el amigo de mayor confianza de mi padre. De esos que aparecen en las reuniones familiares, que brindan en los cumpleaños y que todos terminan llamando por su nombre como si fuera de la casa. Yo lo vi envejecer mientras yo crecía de verdad. Y un verano, cuando ya era adulta y las circunstancias nos pusieron solos en el lugar equivocado, pasó lo que pasó.

No voy a entrar en ese primer episodio. Solo digo que ocurrió, que los dos decidimos que no volvería a ocurrir, y que pasaron meses sin que nos viéramos.

Hasta que me mandó un mensaje un martes por la mañana diciéndome que si quería comer con él ese fin de semana.

***

Tardé tres días en responderle. Al final le dije que sí, más por curiosidad que por otra cosa, diciéndome que probablemente solo quería charlar, que ya éramos adultos y podíamos estar en el mismo sitio sin que pasara nada.

Quedamos en mi casa y de ahí fuimos en su coche a un restaurante del centro. Comimos bien. Hablamos de cosas sin importancia: su trabajo, mi trabajo, el tiempo. Yo pensé que me había equivocado en mis sospechas y que realmente solo era una comida.

Entonces llegó el café y cambió todo.

—Quiero proponerte algo —dijo, con esa voz cuidadosa que usan los hombres cuando saben que lo que van a decir puede salir muy mal.

Me explicó que tenía una casa en las afueras, a unos setenta kilómetros de la ciudad. Que solía ir algunos fines de semana con un grupo de amigos cercanos. Que les había hablado de mí. Me dijo todo eso despacio, sin prisa, mirándome a los ojos, antes de llegar al punto: que la idea era que yo pasara ese fin de semana con él y con esos cinco amigos, y que todos juntos —todos, subrayó— pasaríamos el tiempo.

No tuve que preguntarle qué entendía por «pasar el tiempo». Lo entendí perfectamente.

Me levanté. Le di las gracias por la comida con una frialdad que debió dolerle y salí sin esperar a que pagara la cuenta. En el coche de vuelta a mi casa me repetí que ese hombre estaba loco, que yo no era esa clase de persona, que no volvería a hablarle en la vida.

Duré exactamente nueve días con esa certeza.

***

El problema era que la propuesta no me había escandalizado tanto como me dije a mí misma en ese primer momento. Me había asustado, sí. Me había incomodado, claro que sí. Pero escandalizar, lo que se dice escandalizar, no. Y esa diferencia me quitó el sueño.

Lo llamé un miércoles por la noche. Le dije que quería más detalles antes de decidir nada.

Él no se sorprendió. Me contó que eran cinco amigos de toda la vida, todos de su generación, entre los sesenta y los setenta años. Me dijo que eran hombres discretos, que nadie hablaría de nada fuera de esas paredes. Que si en algún momento quería parar, todo se detenía sin preguntas. Me hizo esa promesa con una calma que, por algún motivo, me resultó más tranquilizadora que cualquier otra cosa.

Le pregunté si todos estaban sanos. Me dijo que sí, y que de todas formas habría protección disponible. Le aclaré que la protección no era opcional, era obligatoria. Me respondió que entendido, sin dudar.

Colgué el teléfono y me quedé sentada en el sofá durante una hora larga. Enumeré todos los motivos por los que era mala idea. Los dije en voz alta, uno por uno, como si escucharlos me ayudara a convencerme de que no debía ir.

No funcionó.

Le mandé un mensaje antes de acostarme: «El próximo viernes».

***

Rodrigo pasó a buscarme a las seis de la tarde. Yo llevaba una bolsa pequeña, lo justo para dos noches, y los nervios guardados detrás de una cara que intentaba parecer serena. Me dije que si en algún momento quería irme, me iba. Eso me ayudó.

Hablamos poco en el coche. Era un silencio tranquilo, no incómodo. Como si los dos supiéramos que había cosas que ya no necesitaban más palabras.

La casa era grande y de piedra, rodeada de pinos. Había luz en todas las ventanas. Rodrigo aparcó en el camino de entrada y me miró antes de bajar.

—Si en cualquier momento quieres irte, me dices. Sin preguntas y sin explicaciones.

—Lo sé —respondí.

Dentro, cinco hombres se pusieron de pie cuando entramos. Rodrigo los fue presentando: Sebastián, que tendría sesenta y cuatro años y tenía las manos grandes y una sonrisa amplia; Fermín, el más callado del grupo, que me saludó con una inclinación de cabeza; Ramiro, el más alto, con el pelo completamente blanco y una elegancia discreta que no esperaba; Ernesto, el mayor de todos, que tendría cerca de setenta y que me tomó la mano con una delicadeza que me desarmó desde el principio; y Diego, que era cubano y tenía un acento que reconocí de inmediato.

Todos educados. Todos con sus años encima, pero sin el aspecto cansado que yo me había imaginado durante esa semana de deliberaciones. Me ofrecieron algo de beber y me indicaron mi habitación.

Dejé la bolsa en la cama, me senté un momento y respiré despacio. Ya estás aquí. Ya no tiene sentido darle más vueltas.

***

La noche empezó sin prisa. Bebimos, pusieron música suave, charlamos. Había algo extraño en sentarme con seis hombres en una sala sabiendo todos para qué estábamos ahí, y al mismo tiempo algo casi normal en la conversación. Hablaban de sus vidas, de viajes que habían hecho, de política. Me preguntaron por mí con una atención que no esperaba encontrar en esa situación.

Los nervios se fueron diluyendo con el tiempo y con el vino. No desaparecieron del todo, pero pasaron de ser algo agudo a algo más sordo, casi manejable. Casi una especie de anticipación.

Fue Rodrigo quien se movió primero. Se levantó del sillón, se acercó a donde yo estaba sentada y me extendió la mano sin decir nada. La tomé.

Me llevó a un sofá grande que había en un extremo de la sala, algo apartado del resto. Los demás se quedaron donde estaban, sin acercarse todavía. Rodrigo me besó despacio, sin apresurarse, con las manos en mi cara, y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.

Me quitó los zapatos primero. Pasó los pulgares por la planta de mis pies, los besó, y ese gesto simple me encendió más de lo que esperaba. Siguió subiendo, quitándome la ropa capa por capa, hasta que me quedé sin nada encima. No sentí vergüenza en ese momento. Solo la sensación de estar completamente expuesta frente a todos, y de que nadie miraba con otra cosa que no fuera deseo.

Rodrigo me dio placer con la boca durante un tiempo que no supe medir. Yo tenía los ojos entreabiertos y podía ver a los demás desde donde estaba: Sebastián tenía la copa en la mano y no podía desviar la mirada; Ernesto se había levantado y se había acercado un poco más; Diego se había desabotonado la camisa.

El miedo y la excitación eran la misma cosa en ese momento. No sé cómo explicarlo de otra manera.

Rodrigo se incorporó y me miró.

—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja.

—Bien —respondí. Era verdad.

Me puse de rodillas y le bajé los pantalones. Lo tomé en la boca y sentí cómo se tensaba. Los demás se fueron acercando despacio, sin precipitarse, esperando en silencio a que yo marcara el ritmo.

Cuando levanté la vista, los cinco estaban de pie alrededor de nosotros. Cada uno se había quitado los pantalones. Ninguno me había tocado aún. Solo esperaban.

Les pedí que se pusieran el condón antes de cualquier otra cosa. Lo hicieron sin ningún comentario, con naturalidad, sin que nadie pusiera mala cara. Eso me importó más de lo que podría haber imaginado en ese momento.

Me arrodillé en el centro y empecé a tomarlos en la boca de uno en uno, pasando de uno a otro sin orden establecido, siguiendo lo que me pedía el cuerpo en cada instante. Sebastián tenía las manos grandes y las usaba con una suavidad que contrastaba con el tamaño. Fermín era el más silencioso, pero el que más respiraba cuando yo lo tocaba, el que más delataba lo que sentía. Ramiro decía palabras sueltas en voz baja que llegaban a medias pero que sonaban bien.

Ernesto me miraba a los ojos cada vez que yo lo miraba. Eso fue lo más inesperado de toda esa noche. Esa mirada directa, sin disimulo, sin desviarla. Había algo en eso que me excitaba más que cualquier otra cosa.

Diego fue el último. Cuando llegué a él me di cuenta de que era la primera vez que estaba con un hombre negro. No lo había pensado de antemano; simplemente ocurrió. Me gustó de una manera que no habría sabido anticipar.

***

Rodrigo fue el primero. Se tumbó boca arriba en el sofá y me indicó que me pusiera encima. Lo hice. Los demás miraban desde el semicírculo que habían formado, y eso me ponía de una forma difícil de describir: saber que todos los ojos estaban sobre mí añadía algo que no esperaba encontrar.

Rodrigo estuvo varios minutos conmigo así, con una cadencia lenta que me desesperó de una forma agradable. Cuando paró, se levantó y cedió el sitio sin ceremonia.

Sebastián fue el siguiente. Me tumbó boca arriba, se puso encima de mí y esperó un momento antes de entrar, buscando mi mirada. Yo asentí. Lo que siguió fue distinto a Rodrigo, más lento al principio y más intenso después, y duró varios minutos antes de que se apartara.

Ramiro fue el tercero. Alto, de manos grandes. Me susurró algo al oído que no llegué a entender del todo, y me cogió de espaldas a él. Esa posición era nueva para mí. No esperaba que me gustara tanto como me gustó.

Fermín llegó después. Era el más corpulento del grupo y eso me hizo suponer que sería el más brusco; me equivoqué por completo. Fue el más cuidadoso de todos, el que me preguntó dos veces si estaba bien, el que esperó antes de cada movimiento. Paradójicamente fue también el que más tiempo estuvo, y el que más me costó ocultar que lo estaba disfrutando.

Diego me levantó del sofá y me tuvo de frente a él, con mis brazos alrededor de su cuello y los pies casi sin tocar el suelo. Así, sostenida completamente por él, sentí una sensación de ingravidez que no había sentido antes. Fue breve pero intenso.

Y Ernesto fue el último. El mayor de todos. Me miró durante un momento largo antes de tocarme, como si quisiera asegurarse de algo. Luego me tumbó con una delicadeza que me desarmó por segunda vez esa noche.

Cuando todo terminó, yo estaba tumbada boca arriba en el sofá con el techo encima. Los seis hombres estaban dispersos por la sala. Solo se escuchaba la música de fondo y la respiración de todos.

***

El sábado fue diferente. Más suelto, más natural. Desayunamos juntos como si fuéramos personas normales de fin de semana, hablando de cualquier cosa, y durante un buen rato lo éramos.

Por la tarde volvimos a estar juntos, pero sin el orden de la noche anterior. Las cosas fluyeron de otra manera, más espontáneas, menos estructuradas. Yo tomé más iniciativa. Eso me sorprendió de mí misma, y de una manera que me gustó.

Al final de esa tarde tomé una decisión que no había planeado. Con Ernesto y con Diego, los dos que más me habían mirado a los ojos durante todo ese tiempo, pedí que no usaran protección. No sé si fue una decisión del todo racional. En ese momento era lo que quería, y lo fue.

***

Rodrigo me llevó de vuelta el domingo por la tarde. Yo miré por la ventana durante casi todo el viaje sin decir demasiado. Él tampoco habló mucho.

Antes de bajar del coche, me preguntó cómo estaba.

—Bien —le dije. Era cierto, igual que lo había sido el viernes. Solo que ahora «bien» significaba algo diferente que no supe explicarle.

¿Volvería a hacerlo? No lo sé. No lo he descartado del todo, lo que ya me dice algo sobre mí misma. Pero tampoco lo he buscado repetir. Fue una experiencia que existió en su propio tiempo, en esa casa, con esos hombres, y que de alguna manera se quedó ahí cuando nos fuimos.

Lo que sí sé es que durante ese fin de semana fui algo que no había sido antes: completamente presente, completamente yo, haciendo exactamente lo que quería sin disculparme por ello ni pedirle permiso a nadie.

Eso, aunque suene extraño, no tiene precio.

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3.9 (8)

Comentarios (10)

marianela_82

esos 9 dias pensandolo... ese detalle me mató jajaja. tremendo relato!!

VeroLectora

Por favor seguí contando, quedé con muchísimas ganas de saber todo lo que pasó esa noche

curiosoLector

me pregunto qué fue lo que la convenció después de tanto tiempo... esa duda lo dice todo. Muy bien escrito

FelipeMza

la tension del arranque te atrapa desde el primer parrafo, se nota que sabe narrar

gatita1028

Dios mío que historia!!! te deja con ganas de mas desde el principio. segunda parte porfa!!

Elena_Mdz

Que valentia la verdad. Me recordó a cuando yo también tuve que tomar una decision complicada jajaja. muy bien narrado

CamiloBaires

excelente!!! seguí escribiendo por favor

PatriciaM

Los 9 dias de duda son el mejor detalle del relato. Se siente autentico. Espero la continuacion!!

Lucho_BA

increible como en tan pocas lineas ya me engancho. esperando ansioso el resto

Fabian_77

Se hizo cortisimo jaja, quiero saber todo lo que vino despues de esa llamada

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