Seis hombres esperaban en aquella casa de las afueras
Conocí a Rodrigo hace años, cuando era el amigo de mayor confianza de mi padre. De esos que aparecen en las reuniones familiares, que brindan en los cumpleaños y que todos terminan llamando por su nombre como si fuera de la casa. Yo lo vi envejecer mientras yo crecía de verdad. Y un verano, cuando ya era adulta y las circunstancias nos pusieron solos en el lugar equivocado, pasó lo que pasó.
No voy a entrar en ese primer episodio. Solo digo que ocurrió, que los dos decidimos que no volvería a ocurrir, y que pasaron meses sin que nos viéramos.
Hasta que me mandó un mensaje un martes por la mañana diciéndome que si quería comer con él ese fin de semana.
***
Tardé tres días en responderle. Al final le dije que sí, más por curiosidad que por otra cosa, diciéndome que probablemente solo quería charlar, que ya éramos adultos y podíamos estar en el mismo sitio sin que pasara nada.
Quedamos en mi casa y de ahí fuimos en su coche a un restaurante del centro. Comimos bien. Hablamos de cosas sin importancia: su trabajo, mi trabajo, el tiempo. Yo pensé que me había equivocado en mis sospechas y que realmente solo era una comida.
Entonces llegó el café y cambió todo.
—Quiero proponerte algo —dijo, con esa voz cuidadosa que usan los hombres cuando saben que lo que van a decir puede salir muy mal.
Me explicó que tenía una casa en las afueras, a unos setenta kilómetros de la ciudad. Que solía ir algunos fines de semana con un grupo de amigos cercanos. Que les había hablado de mí. Me dijo todo eso despacio, sin prisa, mirándome a los ojos, antes de llegar al punto: que la idea era que yo pasara ese fin de semana con él y con esos cinco amigos, y que todos juntos —todos, subrayó— me follarían por turnos, o a la vez, o como me diera la gana a mí.
No tuve que preguntarle qué entendía por «follar». Lo entendí perfectamente. Seis pollas. Un fin de semana. Yo, en el medio.
Me levanté. Le di las gracias por la comida con una frialdad que debió dolerle y salí sin esperar a que pagara la cuenta. En el coche de vuelta a mi casa me repetí que ese hombre estaba loco, que yo no era esa clase de persona, que no volvería a hablarle en la vida.
Duré exactamente nueve días con esa certeza.
***
El problema era que la propuesta no me había escandalizado tanto como me dije a mí misma en ese primer momento. Me había asustado, sí. Me había incomodado, claro que sí. Pero escandalizar, lo que se dice escandalizar, no. Y esa diferencia me quitó el sueño. Me la pasé nueve noches metiéndome los dedos pensando en seis viejos desnudándome a la vez, y cuando me corría no podía mirarme al espejo al día siguiente.
Lo llamé un miércoles por la noche. Le dije que quería más detalles antes de decidir nada.
Él no se sorprendió. Me contó que eran cinco amigos de toda la vida, todos de su generación, entre los sesenta y los setenta años. Me dijo que eran hombres discretos, que nadie hablaría de nada fuera de esas paredes. Que si en algún momento quería parar, todo se detenía sin preguntas. Me hizo esa promesa con una calma que, por algún motivo, me resultó más tranquilizadora que cualquier otra cosa.
Le pregunté si todos estaban sanos. Me dijo que sí, y que de todas formas habría protección disponible. Le aclaré que la protección no era opcional, era obligatoria. Que si alguno se ponía tonto y quería metérmela sin condón, se iba a la calle. Me respondió que entendido, sin dudar.
Colgué el teléfono y me quedé sentada en el sofá durante una hora larga. Enumeré todos los motivos por los que era mala idea. Los dije en voz alta, uno por uno, como si escucharlos me ayudara a convencerme de que no debía ir.
No funcionó. Terminé con la mano dentro de las bragas, imaginándome a los seis a la vez, y me corrí antes de haber terminado de dar el argumento número tres.
Le mandé un mensaje antes de acostarme: «El próximo viernes».
***
Rodrigo pasó a buscarme a las seis de la tarde. Yo llevaba una bolsa pequeña, lo justo para dos noches, y los nervios guardados detrás de una cara que intentaba parecer serena. Debajo del vestido llevaba un conjunto de encaje negro que no me había puesto en años. Me dije que si en algún momento quería irme, me iba. Eso me ayudó.
Hablamos poco en el coche. Era un silencio tranquilo, no incómodo. Como si los dos supiéramos que había cosas que ya no necesitaban más palabras.
La casa era grande y de piedra, rodeada de pinos. Había luz en todas las ventanas. Rodrigo aparcó en el camino de entrada y me miró antes de bajar.
—Si en cualquier momento quieres irte, me dices. Sin preguntas y sin explicaciones.
—Lo sé —respondí.
Dentro, cinco hombres se pusieron de pie cuando entramos. Rodrigo los fue presentando: Sebastián, que tendría sesenta y cuatro años y tenía las manos grandes y una sonrisa amplia; Fermín, el más callado del grupo, que me saludó con una inclinación de cabeza; Ramiro, el más alto, con el pelo completamente blanco y una elegancia discreta que no esperaba; Ernesto, el mayor de todos, que tendría cerca de setenta y que me tomó la mano con una delicadeza que me desarmó desde el principio; y Diego, que era cubano y tenía un acento que reconocí de inmediato.
Todos educados. Todos con sus años encima, pero sin el aspecto cansado que yo me había imaginado durante esa semana de deliberaciones. Me ofrecieron algo de beber y me indicaron mi habitación.
Dejé la bolsa en la cama, me senté un momento y respiré despacio. Ya estás aquí. Ya no tiene sentido darle más vueltas. Van a follarte los seis y viniste sabiéndolo.
***
La noche empezó sin prisa. Bebimos, pusieron música suave, charlamos. Había algo extraño en sentarme con seis hombres en una sala sabiendo todos para qué estábamos ahí, y al mismo tiempo algo casi normal en la conversación. Hablaban de sus vidas, de viajes que habían hecho, de política. Me preguntaron por mí con una atención que no esperaba encontrar en esa situación.
Los nervios se fueron diluyendo con el tiempo y con el vino. No desaparecieron del todo, pero pasaron de ser algo agudo a algo más sordo, casi manejable. Casi una especie de anticipación. Podía sentir cómo se me humedecían las bragas mientras hablábamos de un viaje de Ramiro a Grecia. Nadie sabía lo mojada que estaba menos yo, y esa idea me calentaba todavía más.
Fue Rodrigo quien se movió primero. Se levantó del sillón, se acercó a donde yo estaba sentada y me extendió la mano sin decir nada. La tomé.
Me llevó a un sofá grande que había en un extremo de la sala, algo apartado del resto. Los demás se quedaron donde estaban, sin acercarse todavía. Rodrigo me besó despacio, sin apresurarse, con las manos en mi cara, y yo me dejé llevar sin pensar en nada más.
Me quitó los zapatos primero. Pasó los pulgares por la planta de mis pies, los besó, y ese gesto simple me encendió más de lo que esperaba. Fue subiendo la boca por la pierna, mordiéndome despacio la pantorrilla, la cara interna del muslo, deteniéndose ahí, a un centímetro de las bragas, respirando encima como si quisiera que yo le rogara. Me quitó el vestido por la cabeza. Me desabrochó el sujetador y me lo bajó por los brazos. Los cinco de enfrente no habían dicho una palabra en cinco minutos.
Me quedé en bragas, sentada al borde del sofá, con seis pares de ojos encima. Rodrigo se arrodilló entre mis piernas y me bajó las bragas con los dientes. Me abrió los muslos con las manos y me miró el coño de cerca antes de tocarlo, como si estuviera comprobando algo.
—Estás empapada —dijo en voz baja, para mí sola.
—Lo sé —respondí.
Me pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, despacio, saboreándome. Después chupó los labios uno por uno, cerrando la boca sobre ellos, tirando suavemente. Cuando llegó al clítoris lo rodeó primero, sin tocarlo del todo, mientras yo movía las caderas buscándolo. Me hundió dos dedos y curvó las yemas contra el punto de dentro justo cuando cerró los labios sobre el clítoris y empezó a chuparlo con un ritmo constante.
Se me abrieron las piernas solas. Le agarré la nuca y le apreté la cara contra el coño sin ninguna vergüenza. Los cinco viejos miraban desde sus sillones, y yo los miraba a ellos mientras Rodrigo me la comía. Sebastián tenía la copa de vino olvidada en la mano y el bulto del pantalón se le marcaba a un lado. Ernesto se había levantado y se había acercado un poco más, con los dedos flexionándose como si le picara la piel. Diego se había desabotonado la camisa hasta el ombligo. Fermín se pasaba la lengua por los labios sin darse cuenta. Ramiro tenía la mano metida por dentro de los pantalones, sin sacarse la polla todavía, pero apretándose por encima.
El miedo y la excitación eran la misma cosa en ese momento. No sé cómo explicarlo de otra manera. Me corrí en la boca de Rodrigo con los ojos abiertos, mirando a los cinco, temblándome las piernas encima de sus hombros. Rodrigo no paró; me chupó el clítoris durante la corrida entera, alargándomela, hasta que le empujé la cabeza porque no aguantaba más.
Rodrigo se incorporó, con la boca y la barbilla brillando, y me miró.
—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja.
—Bien —respondí. Era verdad.
Me deslicé del sofá y me arrodillé en la alfombra. Le desabroché el cinturón y le bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón. La tenía dura, gruesa, la piel tirante, brillando en la punta. La tomé con la mano en la base y me la metí en la boca hasta donde pude, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo. Se la chupé despacio primero, mojándola bien, dejando que un hilo de saliva le corriera por los huevos. Después empecé a moverme más rápido, con la boca cerrada apretada contra la carne, mientras con la mano libre le acariciaba los huevos de abajo hacia arriba.
Los demás se fueron acercando despacio, sin precipitarse, esperando en silencio a que yo marcara el ritmo. Escuché el sonido inconfundible de cinco cinturones abriéndose casi a la vez.
Cuando levanté la vista con la polla de Rodrigo dentro de la boca, los cinco estaban de pie alrededor de nosotros. Cada uno se había quitado los pantalones. Cinco pollas duras, de distintos tamaños y grosores, colgando a la altura de mi cara. Ninguno me había tocado aún. Solo esperaban.
Les pedí que se pusieran el condón antes de cualquier otra cosa. Lo hicieron sin ningún comentario, con naturalidad, sin que nadie pusiera mala cara. Escuché el crujido de los envoltorios en distintos puntos de la sala. Eso me importó más de lo que podría haber imaginado en ese momento.
Me arrodillé en el centro del semicírculo, con las tetas al aire y las rodillas separadas sobre la alfombra. Empecé a tomarlos en la boca de uno en uno, pasando de uno a otro sin orden establecido, siguiendo lo que me pedía el cuerpo en cada instante. Le pasaba la lengua por toda la polla a uno mientras con las manos apretaba la de otros dos a los costados. Me apretaba la cara contra los huevos, respiraba encima, volvía a metérmela hasta el fondo. Sebastián tenía las manos grandes y me sostuvo la nuca con una suavidad que contrastaba con el tamaño; su polla era gruesa y me llenaba la boca hasta hacerme lagrimear un poco. Fermín era el más silencioso, pero el que más respiraba cuando yo lo tocaba, el que más delataba lo que sentía; se le escapó un gemido ronco cuando le lamí toda la longitud desde los huevos hasta la punta. Ramiro me decía palabras sueltas en voz baja —«así, preciosa, así»— que llegaban a medias pero que sonaban bien.
Ernesto me miraba a los ojos cada vez que yo lo miraba. Eso fue lo más inesperado de toda esa noche. Esa mirada directa, sin disimulo, sin desviarla, mientras yo tenía su polla en la boca hasta la garganta. Había algo en eso que me excitaba más que cualquier otra cosa; algo que me hacía querer chupársela mejor, más profundo, para no romper el hilo de esa mirada.
Diego fue el último. Cuando llegué a él me di cuenta de que era la primera vez que estaba con un hombre negro. No lo había pensado de antemano; simplemente ocurrió. La tenía más larga que los demás y de un color oscuro precioso que contrastaba con mi mano blanca alrededor. Me la metí hasta donde pude, sintiendo cómo me daba en el fondo de la garganta, y él me sostuvo el pelo con las dos manos, sin forzar, dejándome marcar el ritmo. Me gustó de una manera que no habría sabido anticipar.
***
Rodrigo fue el primero. Se tumbó boca arriba en el sofá y me indicó que me pusiera encima. Me subí a horcajadas, agarré su polla enfundada con la mano y la fui frotando entre los labios de mi coño antes de bajar. Cuando por fin me la metí, sentándome despacio hasta el fondo, se me escapó un gemido largo. Los demás miraban desde el semicírculo que habían formado, con las pollas en la mano, y eso me ponía de una forma difícil de describir: saber que todos los ojos estaban sobre mí, sobre mi culo subiendo y bajando encima de Rodrigo, añadía algo que no esperaba encontrar.
Empecé a montarlo despacio, meciéndome hacia adelante y hacia atrás más que subir y bajar, dejando que el clítoris me rozara contra su pubis. Rodrigo me agarró las tetas con las dos manos, tirando de los pezones, y yo apoyé las palmas en su pecho para tomar más ritmo. Me la metí más profundo, buscando el ángulo, mordiéndome el labio para no gritar. Rodrigo estuvo varios minutos así conmigo, con una cadencia lenta que me desesperó de una forma agradable, hasta que sentí que iba a correrme otra vez y bajé más el ritmo a propósito para alargarlo. Cuando paró, se levantó y cedió el sitio sin ceremonia, con la polla brillando todavía dentro del condón.
Sebastián fue el siguiente. Me tumbó boca arriba en el sofá, me abrió las piernas por debajo de las rodillas y esperó un momento antes de entrar, buscando mi mirada. Yo asentí. Se la fue metiendo poco a poco, y aunque yo estaba mojadísima me dolió un poco al principio por lo gruesa que la tenía. Cuando la tuvo dentro entera, se quedó quieto durante unos segundos, mirándome, y después empezó a moverse. Lo que siguió fue distinto a Rodrigo, más lento al principio y más intenso después, embistiéndome hasta el fondo, agarrándome las caderas con esas manos enormes para atraerme contra él en cada golpe. Al final me levantó las piernas, me las apoyó sobre sus hombros y me folló doblada casi por la mitad, con la cara colorada y la respiración pesada. Duró varios minutos hasta que se apartó, todavía duro dentro del látex.
Ramiro fue el tercero. Alto, de manos grandes. Me susurró algo al oído que no llegué a entender del todo —algo sobre lo bien que se me veía así—, y me cogió de espaldas a él, de rodillas sobre el sofá, con las manos apoyadas en el respaldo. Me agarró de la cintura con las dos manos y me la metió de golpe, entera, hasta el fondo. Se me escapó un grito. Esa posición era nueva para mí. No esperaba que me gustara tanto como me gustó. Me follaba hondo, con embestidas largas, mientras me pasaba una mano por la espalda y me la subía hasta la nuca para agarrarme del pelo con firmeza pero sin hacerme daño. Con la otra buscaba mi clítoris por debajo. Yo apretaba la cara contra el respaldo del sofá y gemía sin ninguna vergüenza, mordiéndome el brazo cuando sentía que iba a correrme. Me corrí con él dentro, apretándole la polla con el coño, y noté cómo se le tensaba todo el cuerpo detrás de mí antes de que se controlara para seguir.
Fermín llegó después. Era el más corpulento del grupo y eso me hizo suponer que sería el más brusco; me equivoqué por completo. Fue el más cuidadoso de todos, el que me preguntó dos veces si estaba bien, el que esperó antes de cada movimiento. Me tumbó de costado en el sofá, se metió detrás de mí, me levantó una pierna por la corva y se la metió despacio desde ese ángulo. Empezó con embestidas cortas, casi mimosas, mientras me besaba el hombro y me apretaba una teta con la mano. Paradójicamente fue también el que más tiempo estuvo. Le pedí más fuerte y me lo dio, agarrándome desde atrás, cambiándome de postura sin sacármela, poniéndome después a cuatro patas al borde del sofá para poder golpearme con la pelvis contra el culo. Fue el que más me costó ocultar que lo estaba disfrutando. Le rogué en voz baja que no parara, y no paró.
Diego me levantó del sofá. Me sostuvo con las manos por debajo del culo y me hizo enroscarle las piernas alrededor de la cintura. Me quedé de frente a él, con mis brazos alrededor de su cuello y los pies casi sin tocar el suelo, y me la metió así, en el aire. Con cada empujón me subía y me bajaba encima de él, moviéndome como si yo no pesara nada. Su polla era la más larga y en esa posición me llegaba a un sitio distinto, más adentro, que me hacía apretar los dientes. Sostenida completamente por él, sentí una sensación de ingravidez que no había sentido antes. Enterré la cara en su cuello y le mordí el hombro cuando volví a correrme. Fue breve pero intenso.
Y Ernesto fue el último. El mayor de todos. Me miró durante un momento largo antes de tocarme, como si quisiera asegurarse de algo. Luego me tumbó con una delicadeza que me desarmó por segunda vez esa noche. Se puso encima de mí despacio, apoyando los codos a los costados de mi cabeza, y me buscó la boca para besarme mientras me la metía. Me folló mirándome a los ojos, sin apartar la mirada ni un segundo, con un ritmo pausado, hondo, que se sentía como si estuviera diciéndome algo con el cuerpo. Le agarré la espalda con las manos y le enredé las piernas alrededor de la cintura para atraerlo más. Cuando por fin se corrió lo hizo en silencio, con los músculos temblándole encima de mí, sin dejar de mirarme.
Cuando todo terminó, yo estaba tumbada boca arriba en el sofá con el techo encima, el coño palpitando, un hilo tibio de sudor bajándome entre las tetas. Los seis hombres estaban dispersos por la sala, algunos todavía desnudos, otros con las camisas por encima nada más. Solo se escuchaba la música de fondo y la respiración de todos.
***
El sábado fue diferente. Más suelto, más natural. Desayunamos juntos como si fuéramos personas normales de fin de semana, hablando de cualquier cosa, y durante un buen rato lo éramos. Yo bajé en camiseta larga y sin bragas y me hice la que no me daba cuenta de que se me marcaban los pezones a través de la tela.
Por la tarde volvimos a estar juntos, pero sin el orden de la noche anterior. Las cosas fluyeron de otra manera, más espontáneas, menos estructuradas. Yo tomé más iniciativa. Empecé chupándole la polla a Sebastián en el sofá mientras Ramiro me lamía el coño desde atrás, de rodillas en el suelo. Terminé montada encima de Fermín, mientras Rodrigo me la metía en la boca desde arriba y Diego me acariciaba el culo esperando su turno. Doble penetración, con Diego detrás por primera vez, muy despacio, muy mojada, con el resto mirando en silencio para no romper el momento. Eso me sorprendió de mí misma, y de una manera que me gustó.
Al final de esa tarde tomé una decisión que no había planeado. Con Ernesto y con Diego, los dos que más me habían mirado a los ojos durante todo ese tiempo, pedí que no usaran protección. Quería sentirlos de verdad, sin la barrera del látex, y quería que se corrieran dentro de mí. Ernesto me la metió despacio, a pelo, y noté la diferencia enseguida: la piel contra la piel, el calor distinto. Se corrió dentro después de mucho rato, apretándome contra él, dejándome llena. Diego vino después y me folló desde atrás, agarrándome de las caderas, y cuando se corrió lo hizo también dentro, en silencio, con la frente apoyada en mi espalda. No sé si fue una decisión del todo racional. En ese momento era lo que quería, y lo fue.
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Rodrigo me llevó de vuelta el domingo por la tarde. Yo miré por la ventana durante casi todo el viaje sin decir demasiado, con el coño todavía sensible y la sensación de tenerlos a los dos aún dentro. Él tampoco habló mucho.
Antes de bajar del coche, me preguntó cómo estaba.
—Bien —le dije. Era cierto, igual que lo había sido el viernes. Solo que ahora «bien» significaba algo diferente que no supe explicarle.
¿Volvería a hacerlo? No lo sé. No lo he descartado del todo, lo que ya me dice algo sobre mí misma. Pero tampoco lo he buscado repetir. Fue una experiencia que existió en su propio tiempo, en esa casa, con esos hombres, y que de alguna manera se quedó ahí cuando nos fuimos.
Lo que sí sé es que durante ese fin de semana fui algo que no había sido antes: completamente presente, completamente yo, follando exactamente como me daba la gana sin disculparme por ello ni pedirle permiso a nadie.
Eso, aunque suene extraño, no tiene precio.