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Relatos Ardientes

Lo que pasó en aquel todoterreno con dos extraños

Aurelio Villalba miró la pantalla del móvil mientras Damián Castro encendía el motor del todoterreno. Doscientos cuarenta kilómetros por delante, un trato cerrado a sus espaldas y el silencio cómplice de dos socios que se conocían demasiado bien.

—Bueno, ya está hecho —dijo Aurelio acomodándose en el asiento del conductor.

Era un hombre alto, cuello corto, perilla entrecana y nariz de boxeador retirado. Lo opuesto a Damián, que era bajo, enjuto, con una calva que cada año le ganaba un centímetro a la frente.

—Faltaba que aceptaran el precio —respondió Damián—. Ahora, a montar la maquinaria y a cobrar.

—Y a seguir untando concejales —añadió Aurelio con una media sonrisa—. Tu hija al final, ¿qué? ¿Empresariales en Cornelíaca?

—Esa va. Privada. Le sale el doble que la pública, pero no veo a mi niña en un aula con doscientos.

—A la mía igual. Yo tengo los estudios justos, tú también, pero ellas no van a pasar por lo mismo.

Damián se rio sin ganas y miró por la ventanilla. La carretera bordeaba acantilados, el mar destellaba a la derecha. Hablaron de coches: Aurelio le había comprado un Mercedes a su mujer, él prefería ese todoterreno. Damián decía lo mismo de su BMW familiar.

—¿Y al final fuiste a Lavernia? —preguntó Damián, bajando el volumen del aire.

—Fui. Tu hija mayor te debió consultar la factura, ¿no?

—Algo me dijo.

—Vale cada euro. La chica nueva, esa de los espejos, tiene una boca como una aspiradora. La suite es la hostia consagrada: ves todo desde mil ángulos. Salí seco.

—¿Sin condón?

—Encima. Me gusta deslechar fuera, ya sabes. La dejé bien marcada.

—A mí cada vez me tira más el culo —dijo Damián sin mirarlo—. Esa noche fui anal. Acabé en goma.

—A mí también, de vez en cuando, me da por ahí —Aurelio sonrió—. La carne fresca no entiende de etiquetas.

A los cuarenta minutos, el estómago de Damián gruñía. Aurelio salió en un desvío hacia un restaurante con terraza sobre una cala minúscula, vegetación marina entre las rocas y mesas con manteles a cuadros. Pidieron langosta, una botella de albariño y, al final, cigarros y dos copas de whisky de veinte años.

Salieron a pasear para bajar la comida. La playa estaba casi vacía. Casi.

A unos cien metros, sentados en la arena, un chico y una chica jugaban con un altavoz inalámbrico que escupía reggaetón. Ella era pelirroja, baja, con piernas finas, pecas en los hombros, una camiseta blanca de tirantes sin sujetador, una minifalda vaquera y un piercing en la ceja. Él tenía el pelo en una coleta, pendientes, otro piercing en el tabique y los antebrazos tatuados. Mochilas a un lado.

—Mira lo que nos hemos encontrado —dijo Damián—. Antes los críos iban con radiocasete, ahora con altavoz Bluetooth.

Al verlos acercarse, el chico cambió la canción. La pelirroja se levantó, sacudió las caderas con la naturalidad de quien lo hace todos los días, se puso de espaldas a ellos y bajó hasta tocar la arena con las manos. Movía el culo en círculos lentos. El tanga de hilo se asomaba bajo la falda. El chico marcaba el compás con palmadas.

—Tela —masculló Aurelio.

—Pedazo de culo —añadió Damián.

—¿Nos invitarían a fumar, señores? —preguntó el chico sin levantarse.

Aurelio se acercó. Le ofreció fuego. Vio entonces que el chaval también llevaba las uñas pintadas, de un negro mate.

—Buen meneo, chiquilla —dijo Damián.

—Me gusta perrear de verdad —respondió ella mirándolo sin parpadear.

—Para entretener a lo más selecto —soltó Aurelio con sorna.

Se presentaron. Tato y Alma, veintiún años cada uno, camareros de temporada, ahora desocupados, aprovechando las duchas de la playa hasta saber dónde dormir. Pretendían llegar a San Pedro del Río, noventa kilómetros más al norte.

—No hay autobuses hasta mañana —dijo Tato, mirando el todoterreno con cristales tintados aparcado al otro lado del paseo—. Y el dinero está justo.

Aurelio cruzó una mirada con Damián. Damián asintió.

—Subid. Pasamos por allí.

—Llevamos costo y papel —añadió Alma con una sonrisa pequeña.

—De puta madre —dijo Damián.

Pararon detrás de unos matorrales, en una secundaria estrecha. Liaron dos canutos. La hierba era buena, lo notó Aurelio en la primera calada.

—Tienen experiencia, los abuelos —dijo Tato.

—Si la edad es la suya, la experiencia será de la semana pasada —replicó Damián, mordaz.

—Tenemos veintiuno. Casi veintidós.

—Qué viejos —soltó Aurelio—. Vamos. Quedan noventa kilómetros.

Alma se acomodó de copiloto. Sacó un pendrive del bolso, lo conectó al USB y dejó sonar reggaetón a volumen medio. Movía las manos y los hombros sin parar, todavía sentada. Aurelio le miraba el muslo derecho, que se le subía con cada bote del coche.

Atrás, Damián miró las uñas pintadas de Tato, los tatuajes que le subían por el bíceps. Le puso una mano en la rodilla.

—¿También tienes tatuajes en la polla? —preguntó, cerrándole la mano sobre la bermuda.

Tato sonrió con los ojos entornados, todavía emporrado. Damián se inclinó y le comió la boca. La intensidad subió rápido. Tirón a las bermudas. Tato levantó la cadera para ayudar.

Alma giró la cabeza un instante.

—Vaya tela, van a full.

—Mi socio es entusiasta —dijo Aurelio, mirándola por encima de las gafas de sol—. Igual que yo.

El resplandor anaranjado de un túnel iluminó el habitáculo. Damián tenía ya la polla del chaval en la boca, chupando con la concentración del que lleva años sin permitirse hacerlo. Tato se aferraba al respaldo del asiento, los talones apoyados en el suelo.

—Llevas una coleta moderna, hasta entrecana —dijo Tato entre jadeos.

—Y si vieras lo que tengo entre las piernas —respondió Damián, masajeándose el bulto de la bragueta.

Damián se quitó los pantalones. Tato se descalzó y se quitó las bermudas. Damián le levantó las piernas, le abrió las nalgas con las manos, le pasó la lengua sin prisa.

—Necesito lubricante —pidió, con la voz raspada.

—Guantera —dijo Aurelio sin apartar los ojos de la carretera.

Alma abrió. Sacó un bote de gel, una caja de preservativos, un paquete de toallitas húmedas. Sonrió.

—Qué preparados, los caballeros.

—Profesionales —respondió Aurelio.

—Toma, lúcete —le dijo Alma a Damián, alargándole el bote sobre el respaldo—. ¿No queréis funda?

—No creo que me preñe —respondió Tato con media sonrisa.

Damián engrasó al chaval con dos dedos. Tato se mordía el dorso de la mano para no gemir más alto. Damián le dio dos cachetes en el culo, vio cómo le temblaban las nalgas, sonrió.

Tato se acomodó de espaldas al asiento, sentado sobre Damián, mirando hacia el parabrisas. Empezó a moverse, a botar despacio, después más rápido. La cabeza se le asomaba entre los dos asientos delanteros, el sudor en la frente.

—¿Haces mucho de esto? —le preguntó Aurelio sin mirarlo.

—A veces —gruñó Tato.

Aurelio buscó los ojos de Alma en el espejo.

—¿Y tu novio juega seguido a esto?

—Lleva años. Yo lo dejé seis meses al cumplir los dieciocho. Quería vivir, irme a la zona hotelera. Él hizo lo suyo, yo hice lo mío. Volvimos.

—Lo tuyo fue pasar de polla en polla, intuyo.

—Casi cada noche. Cogía colocones y el resto venía solo.

—Una fácil.

—Una libre —corrigió ella.

—Cuando acaben, me gustaría follarte —dijo Aurelio con la naturalidad de quien pide la cuenta—. Llámalo peaje del viaje.

—Cabronazo.

Atrás los soplidos se volvieron urgentes. Damián tenía las dos manos en las caderas de Tato, marcándole el ritmo.

—Me corro —gimió Tato, con la mano en su propia polla.

—Yo también, joder.

Damián gritó algo que se le quedó atragantado. Tato disparó por encima del freno de mano, un churretón largo que cayó en la palanca de cambios. Después se desplomó hacia adelante, jadeando.

Aurelio dio un volantazo, se metió por un camino de tierra y paró en un descampado entre rastrojos.

—Limpia esa mierda —le ladró a Damián—. Y bajaos a estirar las piernas, joder.

***

Damián y Tato bajaron desnudos de cintura para abajo, se fueron a unos pasos del coche y mearon largamente. Aurelio se encendió un cigarrillo, miró a Alma. Ella le pidió uno con la mirada. Se lo dio.

—Veamos el género —dijo él, abriéndose la bragueta. La polla se le levantó como un resorte—. Dieciocho centímetros. No me llaman señor polla grande por casualidad.

—Pedazo de rabo —dijo ella, y se mordió el labio inferior.

Aurelio se acercó, le agarró la mandíbula con dos dedos y la besó largo, con lengua. Le apretó las nalgas con las dos manos. Le susurró que se desnudara.

Damián y Tato volvían caminando despacio, fumando, mirando.

—Tu chica está al caer —dijo Damián.

Aurelio se quitó los pantalones del todo. Abrió la puerta del copiloto, echó el asiento hacia atrás, se sentó con las piernas abiertas. Alma se desnudó frente a él, en mitad del descampado. Cuerpo pecoso, caderas estrechas, pechos como limones, un tatuaje de un pájaro entre los pechos, un conejito en la ingle, sobre el coño depilado, un corazón en la nalga izquierda.

—No tienes mucho —dijo Aurelio pellizcándole un pezón—, pero parecen agujas.

Ella se arrodilló entre sus piernas y empezó la mamada en espiral. Un minuto y ya tenía media polla dentro. Otro minuto, y le bajaba la lengua hasta los testículos, los aspiraba uno a uno, los soltaba con un pop. Le caían hilos de saliva sobre el pecho.

—Buena técnica, no es la primera —comentó Damián desde fuera, encendiendo otro cigarro.

—Pasó por muchas cuando lo dejamos —dijo Tato sin asomo de incomodidad.

—Pues tú tampoco te haces de rogar.

Aurelio empezó a jadear, le tiró del pelo a Alma, le hizo un moño con una mano, vio cómo se le aceleraban los ojos.

—Trabaja como una profesional, tu chica —le dijo a Tato.

—Está bien adiestrada —respondió él, riendo.

Aurelio la levantó, la giró, la tumbó sobre el capó del todoterreno, todavía caliente del sol. Le abrió las piernas, le pasó la lengua por el coño con rabia, hasta que ella ronroneó. Después la empujó hasta que las rodillas le quedaron junto a la cabeza. Cogió posición.

—¿Funda? —preguntó Tato, todavía fumando a un lado.

—Soy de cabalgar a pelo —dijo Aurelio.

—Pues termina fuera —pidió ella.

El primer bombeo le sacó un suspiro a Alma que sonó en toda la era. Aurelio entró con precisión, sin prisa, marcando un ritmo de cinco golpes seguidos y dos a fondo, repitiendo el patrón como una máquina. Alma abrió los ojos y los dejó fijos en algo que no era él, los labios separados, la respiración suspendida.

Entonces se oyó un motor.

Un tractor verde se acercaba por la senda de tierra. Conducía un hombre de la edad de Aurelio, con gorra, la cara curtida, una barriga prominente bajo la camisa de cuadros. Paró el motor a unos pasos. Se bajó sin apagar el cigarrillo.

—¿Les ayudo en algo? —preguntó, mirando el espectáculo sin disimulo.

Aurelio no se detuvo. El bombeo siguió, espaciado, preciso, con la elegancia bestial del que folla mucho y bien.

—Nos hemos parado, mi socio y la chica querían terminar lo suyo —dijo Damián, encendiendo otro pitillo.

—Hostia, qué potencia —masculló el tractorista, con la mano ya tanteando la bragueta.

—Es un tumba hembras, este —dijo Damián.

—¿Puta de carretera? —preguntó el tractorista.

—No. Aquí está el novio —dijo Damián señalando a Tato.

—¿Y eso te pone, chaval?

Tato encogió los hombros y dio una calada profunda.

—Cualquier agujero es bueno —añadió Damián.

—Mariconazos.

—Algo de eso.

El tractorista se fue acercando hasta el parabrisas del todoterreno, polla en mano, ya empalmado. Veía cómo los testículos de Aurelio rebotaban contra el culo de Alma.

—¿Qué se apuesta a que aún me la cepillo? —dijo, locuaz.

—Sírvase —concedió Damián con la naturalidad del anfitrión.

Aurelio aceleró. El chapoteo entre las piernas de Alma se volvió sonoro, los movimientos casi eléctricos. Ella le clavó las uñas en la espalda.

—No pa… no pares —pidió con la voz quebrada.

Aurelio aceleró más. Alma gritó. Cuando el orgasmo le pasó, él salió de golpe, le bramó algo a la luna y se vació en chorros sobre los pechos y la cara de la chica. El tractorista terminó casi a la vez, sacudiéndose contra el guardabarros.

—Termina afuera, decían —masculló el desconocido limpiándose las manos en su camisa.

Aurelio salió del todoterreno, sorprendido al ver al recién llegado todavía allí, abrochándose la cremallera con dedos torpes. Cogió el tanga rojo del suelo de Alma y se limpió el glande. Miró a Damián con una pregunta en los ojos.

—No pisen mucho el sembrado al irse —dijo el tractorista—. Y la chica, producto nacional, veo. No está mal. Pequeña, pero cojonuda.

Subió al tractor, escupió al lado y se fue por donde había venido.

***

Dos días después, en el túnel de lavado de Lavernia. Olor a jabón industrial, a ambientador artificial, ruido constante de aspiradoras. Una mujer de cuarenta y tantos largos entró con un vestido de seda estampado, joyas en ambas muñecas, gafas de sol Chanel y el pelo recién peinado. Entregó un ticket.

—Vengo a recoger el todoterreno de mi marido. Land Rover Defender, matrícula siete-siete-cinco-nueve JKN. Aurelio Villalba.

—¿Algo grave, señora?

—Un cólico nefrítico. Nada serio.

El encargado se fue al fondo. El todoterreno apareció reluciente. Le entregó la factura.

—¿Doscientos cincuenta euros no es un poco caro?

—Voy a consultar a los chicos.

Volvió. Habló bajo con un operario.

—¿Qué tan mal estaba? —oyó la mujer.

—Era un picadero. Apestaba.

—Explícaselo a la señora con tacto, anda.

El chico salió, captó el aroma a Chanel desde dos metros de distancia.

—Señora, hemos tenido que limpiar la tapicería completa. Las manchas estaban incluso en el salpicadero. Y…

—Y…

—En el suelo del copiloto encontramos esto. Hemos preferido entregárselo a usted. No abrimos la guantera.

Le tendió una bolsa transparente. Dentro, un tanga rojo, doblado con cuidado, con dos manchas oscuras secas que ningún detergente había conseguido borrar del todo.

La mujer lo miró un segundo. Después miró al chico. Después al techo del aparcamiento.

Se quitó las gafas muy despacio.

—Cárguelo a la tarjeta —dijo—. Y dele las gracias a los chicos.

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Comentarios (8)

RoloPuntano

Tremendo relato!! Me lo lei de un tiron sin parar jaja. Muy bueno.

NocheEnBerlin

El ambiente desde el principio te mete de lleno en la historia. Muy bien narrado, se nota que sabes escribir.

Celeste_cba

Por favor que haya una segunda parte!!! Quede con ganas de mas y eso no pasa seguido.

VagabundoH

Me recordo a un viaje de verano que hize hace años, en esas noches de playa todo puede pasar. Buenisimo el relato.

Santi_BA

Y el novio de ella, en ningun momento sospecho? Eso es lo que me quedo dando vueltas jaja

MarcoGdl

excelente!! sube mas relatos asi

PaulaLect92

Las confesiones son mi categoria favorita porque parecen reales. Este tiene esa sensacion de verdad sin ser burdo. Gracias por compartirlo!

Inquieto68

La descripcion del ambiente al inicio te pone en situacion perfectamente. Uno de los mejores que lei en un tiempo.

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