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Relatos Ardientes

El precio que fue subiendo cuarto por cuarto

4.6(7)

Marcelo tenía treinta y cuatro años y todo lo que se supone que eso implica cuando uno viene de donde venía él: un piso en Palermo Chico con ventanales desde el techo hasta el suelo, un auto negro guardado en cochera propia, y una agenda que nunca tenía huecos libres. Alto, de complexión fuerte y esa calma en la mirada que se aprende con los años, no con el dinero. Aunque el dinero ayudaba. El dinero siempre ayudaba.

Su verdadero vicio era más discreto que el lujo. Le gustaba saber hasta dónde llegaba la capacidad de una persona para ceder cuando el precio era el correcto. No era crueldad, se decía. Era curiosidad.

Cuando se mudó al departamento nuevo, llamó a una agencia de limpieza. Pidió a alguien diferente. Algo que rompiera la monotonía de los martes iguales.

La foto de Camila lo hizo detenerse.

Colombiana. Veintiocho años. Recién llegada a Buenos Aires. Ojos oscuros que miraban directo a la cámara, cabello negro liso hasta los hombros, el tipo de cuerpo que ninguna fotografía de perfil logra describir del todo. La agencia la calificaba como puntual, metódica y discreta. Él la contrató esa misma tarde, con el doble del precio de tarifa. «Necesito orden total y confidencialidad absoluta», le escribió por mensaje. Ella respondió en menos de diez minutos: «De acuerdo, señor».

De acuerdo, señor. Tres palabras. Ya era algo.

***

Camila llegó a las nueve en punto, un martes frío de julio. Blusa celeste abotonada hasta arriba, jean oscuro, zapatillas blancas. Bolsa con sus productos, pelo recogido en una cola alta. El subte la había dejado con un leve brillo en los pómulos y el andar rápido de quien sabe que el tiempo vale.

Marcelo la recibió en la puerta con café en la mano y traje gris sin corbata. Le hizo el recorrido: parquet oscuro en el living, cocina abierta de acero inoxidable, ventanales que daban al parque, baño en mármol negro, dormitorio con cama king.

Camila escuchaba, asentía, hacía preguntas concretas sobre los productos que usaba él para los pisos.

—Empezá cuando quieras —dijo él—. Yo trabajo desde la biblioteca.

No fue a la biblioteca.

Se acomodó en el sillón del living con la notebook sobre las piernas y los ojos en ella.

Camila limpiaba con método: primero las superficies altas, después las bajas, de punta a punta, sin saltarse nada. Cada vez que se inclinaba a alcanzar algo, la tela del jean se ajustaba sobre ese culo redondo y firme, y él apartaba la mirada un segundo antes de volvérsela a conceder.

Cuando llegó a las estanterías del comedor, acercó la escalera de dos peldaños del trastero. Para llegar al estante de arriba había que subirse y estirarse. La blusa subía con ella, dejando ver una franja de piel oscura sobre la cintura del jean.

Marcelo cerró la notebook.

***

Al mediodía apareció en la cocina con una taza extra.

—Trabajás rápido —dijo, apoyado en el marco de la puerta—. No es lo habitual.

—Gracias, señor —respondió Camila sin dejar de fregar la encimera.

—¿Cuánto tiempo llevás en Buenos Aires?

—Cuatro meses. Mis viejos están en Cali. Les mando lo que puedo cada quincena.

Él asintió, tomó un sorbo y dejó la taza sobre la encimera que ella acababa de limpiar. Ella la levantó sin decir nada y la pasó al fregadero.

Eso le gustó. La eficiencia sin actitud.

—Hay un detalle —dijo él un rato después, cuando ella guardaba el trapo—. Las estanterías de arriba necesitan limpieza a fondo. Para no rayar el parquet nuevo, mejor trabajar sin zapatos mientras estés por esa zona. Si te los quitás, te doy cincuenta mil pesos más al final del día.

Camila lo miró un instante. Cincuenta mil pesos eran casi lo que ganaba en un turno completo.

—Sin problema —dijo, y se descalzó.

Marcelo la observó subir a la escalera. Sus pies oscuros sobre el parquet claro. Las uñas pintadas de bordó intenso.

Primer peldaño, pensó.

***

La segunda condición llegó dos horas después, cuando ella empezaba el baño principal.

—El vapor del desinfectante mancha la tela —dijo desde la puerta—. Si querés proteger la blusa, podés quitártela. Cien mil pesos más.

Camila se detuvo. El cepillo en la mano, la baldosa de mármol a medio fregar.

—Señor, eso no es parte de lo acordado.

—No. Por eso te ofrezco más. Solo eficiencia, no hay otra intención.

Una pausa larga.

—Doscientos —dijo ella.

Él sonrió, apenas.

—Doscientos —confirmó.

Camila dejó el cepillo apoyado en la bañera, se desabotonó la blusa con movimientos metódicos y la dobló sobre el borde del lavatorio. Debajo llevaba un corpiño negro sencillo que apenas contenía dos tetas grandes y llenas, la piel oscura y brillante bajo la luz de los focos empotrados del baño. Los pezones se marcaban a través de la tela.

Marcelo no entró. Se quedó en el marco, miró un segundo y se fue.

Pero no fue lejos.

***

A las cuatro, Camila estaba fregando el piso de la cocina de rodillas. El corpiño, el jean, los pies descalzos. Cada movimiento hacia adelante y hacia atrás era un vaivén que le sacudía las tetas dentro del corpiño, y él ya no intentaba disimular que miraba.

Se acercó despacio y se sentó en uno de los bancos de la isla.

—El jean te limita en el suelo —dijo—. No es lo más eficiente.

Camila levantó la vista. El trapo todavía en la mano.

—Ya sé adónde va esto, señor —dijo.

—¿Adónde va?

—Cada vez que acepto algo, aparece algo nuevo.

Marcelo no lo negó. La miró directo.

—Trescientos mil pesos —dijo—. Por lo que queda del día, solo en ropa interior.

Camila soltó el trapo sobre el balde. Se puso de pie despacio. Sus manos estaban quietas a los costados del cuerpo.

—Yo no soy esto —dijo, con la voz firme aunque más baja.

—No te estoy pidiendo que seas nada. Te estoy pagando para que terminés el trabajo.

El silencio duró lo que dura decidir algo que uno sabe que va a recordar.

Camila se desabrochó el jean.

Lo que quedó a la vista era exactamente lo que él había imaginado desde que la vio llegar esa mañana: caderas anchas, muslos fuertes, una bombacha negra de algodón que se le metía entre las nalgas mostrando la mitad de un culo colombiano parado, redondo, que se movía solo. Se arrodilló de nuevo y siguió fregando. Sus tetas, apenas contenidas por el corpiño, se balanceaban con cada pasada del trapo, y a Marcelo se le paró la verga adentro del pantalón mirándola.

Marcelo no habló durante veinte minutos. Solo miraba, con la mano apretándose la polla por encima de la tela.

***

El dormitorio fue el último cuarto.

Camila cambió las sábanas, pasó el plumero por la cabecera, limpió el espejo del placard de piso a techo. Él entró cuando ella estaba terminando de acomodar las almohadas, de espaldas a la puerta, en cuatro sobre la cama, con ese culo redondo apuntando a la puerta.

—Último trato —dijo.

Ella no se giró de inmediato.

—¿Cuánto? —preguntó.

—Quinientos mil. Y te dejo que yo te toque.

Camila se giró. Sus ojos no tenían miedo. Tenían algo más complicado que el miedo.

—No soy una chica de esas —dijo.

—Lo sé.

—¿Y entonces?

—Entonces es tu decisión.

El ventilador de techo daba vueltas despacio. El ruido de la avenida llegaba amortiguado, dieciséis pisos más abajo.

Camila bajó la mirada un momento y la volvió a subir.

—Un millón —dijo.

Él no esperó más.

***

Se acercó despacio, sin urgencia. Le pasó las manos por los hombros, siguiendo el borde del corpiño. Ella no se movió.

Cuando él desenganchó el cierre trasero y el corpiño cayó al piso, las tetas de Camila quedaron libres, dos frutas oscuras con los pezones marrones ya endurecidos, y ella respiró hondo pero no dio un paso atrás. Marcelo le tomó las tetas en las manos, el peso cálido y pesado en las palmas. Sus pulgares encontraron los pezones y los trabajaron, apretándolos, tirando de ellos hasta hacerla gemir bajo, un sonido corto que le salió sin permiso.

—Mirame la boca —dijo él, y bajó a chuparle un pezón, a metérselo entero, a mordérselo apenas hasta que ella se agarró de sus hombros.

Camila cerró los ojos. Sus manos buscaron detrás de ella el borde de la cama para no perder el equilibrio.

—Mirá —dijo él, en voz baja.

La llevó hacia el espejo del placard y se colocó detrás. Sus manos claras sobre la piel oscura de ella, siguiendo cada curva. Le bajó la bombacha despacio, sin apuro, arrastrándola por los muslos hasta que cayó al suelo de mármol y ella tuvo que sacarla de una patada. El coño de Camila quedó a la vista en el espejo, gordo, con los labios ya hinchados, brillando de mojado entre el vello negro y recortado.

Camila se miró en el espejo. Los labios apretados, la respiración más corta de lo habitual.

—¿Por qué hacés esto? —preguntó, sin apartar la vista del reflejo.

—Porque podía —dijo él—. Y porque vos querías que pudiera.

Ella no respondió.

Pero sus caderas empujaron apenas hacia atrás contra él, contra el bulto durísimo que se le marcaba en el pantalón.

Marcelo le pasó una mano por el vientre y la bajó despacio, dedo tras dedo, hasta meterle la mano abierta entre las piernas. La palma se le llenó de la humedad del coño de Camila. Le abrió los labios con dos dedos y encontró el clítoris hinchado. Empezó a moverlo en círculos lentos, apretando apenas, mirándola en el espejo mientras a ella se le entrecerraban los ojos.

—Mirate —le dijo al oído—. Mirá cómo estás mojada. Todo el día limpiando y mirá cómo terminás.

—Cállese, señor —murmuró ella, pero echó la cabeza hacia atrás sobre el hombro de él y le abrió más las piernas.

Él le metió dos dedos adentro. El coño lo recibió apretado, caliente, chupándole los dedos como si tuviera boca propia. Camila soltó un gemido más largo, y él sacó los dedos brillando y se los puso en la boca para que ella se probara.

—Chupá —dijo.

Y ella chupó, obediente, los ojos cerrados, mientras él le metía la otra mano de nuevo entre las piernas y le seguía trabajando el clítoris.

***

La llevó a la cama de un empujón suave por la cintura. Camila cayó sentada primero y después se dejó caer de espaldas, el pelo negro desparramado sobre las sábanas blancas que ella misma había puesto una hora antes.

Marcelo se arrodilló al pie de la cama y le abrió las piernas con las dos manos, sin preguntar. La agarró de los muslos y la arrastró hacia el borde. El coño de Camila quedó a la altura de su boca, abierto, mojado, oliendo a hembra caliente.

Le pasó la lengua entera de abajo hacia arriba, de un solo lengüetazo largo, y Camila arqueó la espalda de la cama y gritó.

—Ay, hijueputa —jadeó, en colombiano, sin darse cuenta.

Marcelo sonrió contra su coño y le metió la lengua adentro. La sacó y volvió a subir hasta el clítoris. Lo chupó, lo mordió apenas, lo hizo círculos con la punta de la lengua. Le clavó dos dedos adentro y los movió hacia adelante buscando ese punto que se hincha, y cuando lo encontró Camila levantó la cadera de la cama sin poder controlarla.

—Así no, señor, así no me aguanto —jadeó ella.

—Aguantate —dijo él, y siguió.

Le chupó el clítoris con la boca entera, tirando de él con los labios, mientras adentro los dedos seguían golpeando ese punto. Camila le agarró la cabeza con las dos manos, primero para empujarlo lejos, después para hundirlo más contra ella. Los muslos le empezaron a temblar. Un temblor que le subió por el vientre hasta las tetas.

Se corrió con un grito ahogado, apretando la cabeza de él entre los muslos, el coño chorreándole en la boca. Marcelo no se movió. Se la bebió entera, la lengua todavía adentro, hasta que Camila se fue apagando y le abrió las piernas otra vez, agotada.

Ni siquiera se había sacado la camisa.

***

Se puso de pie al lado de la cama y empezó a desvestirse mirándola. Camila lo miraba respirando fuerte, con las tetas subiendo y bajando, el coño todavía abierto y palpitando.

Cuando él se bajó el pantalón y la polla saltó afuera, dura, gruesa, con la punta hinchada y brillante, Camila abrió los ojos un poco más. Se sentó en el borde de la cama sin que nadie se lo pidiera y se la agarró con la mano.

—Está grandota, señor —dijo, medio sonriendo, medio con miedo.

Y se la metió en la boca.

Marcelo tuvo que apoyarse con una mano en la pared. Camila mamaba con las dos manos y la boca, chupándole la punta primero, después bajando por el tronco lento, dejándole la verga brillante de saliva. Le lamió los huevos uno por uno, se los metió en la boca, subió otra vez y se la tragó hasta la garganta hasta que se le llenaron los ojos de agua.

—Así, puta, así —jadeó él, y le agarró el pelo con las dos manos.

Camila lo dejó hacer. Él le empujó la cabeza contra la pelvis, cogiéndole la boca despacio primero y más fuerte después, la verga entrando y saliendo entre esos labios llenos hasta que ella empezó a arcadear y él aflojó.

Le sacó la polla de la boca con un ruido húmedo y le limpió la saliva de la barbilla con el pulgar. Camila lo miraba desde abajo con los ojos brillantes.

—A la cama —dijo él—. Boca abajo.

***

Camila se dio vuelta obediente, ese culo colombiano parado sobre las sábanas, arqueando la espalda para ofrecérselo. Marcelo se subió detrás, le agarró las nalgas con las dos manos y se las abrió. El coño se le veía todo, mojado, todavía abierto de la primera corrida.

Se pasó la punta de la verga por la raja, arriba y abajo, mojándose bien. Camila movía las caderas contra él, buscándolo.

—Metémela, señor, ya —murmuró contra la almohada.

Él se la metió de una sola envestida, hasta el fondo, y Camila soltó un grito largo contra la sábana. La agarró de las caderas y empezó a cogerla desde atrás, un ritmo firme, la piel chocando contra la piel, ese culo enorme rebotando contra su pelvis con cada empujón.

—Qué apretada estás, puta —jadeó él—. Qué coño más rico.

—Más fuerte, señor, más fuerte —le respondió ella, arqueándose más.

Marcelo le agarró el pelo con una mano y le tiró la cabeza hacia atrás. Con la otra le clavó los dedos en la cadera y le empezó a coger más fuerte, la cama crujiendo contra la pared, las tetas de Camila balanceándose debajo de ella. Le metió un dedo pulgar humedecido con la saliva de los dos en el culo, apenas la punta, y Camila se corrió otra vez, un espasmo largo que le apretó la verga adentro como un puño.

—Ay, papi, ay, papi —repetía, sin darse cuenta de que había cambiado el señor por otra cosa.

Él no aflojó. La dio vuelta boca arriba con un movimiento, le agarró las dos piernas y se las puso sobre los hombros. Se la volvió a meter mirándola a los ojos. Camila le agarró la cara con las dos manos.

Se movieron durante mucho tiempo. Él le chupaba las tetas mientras la cogía, le mordía el cuello, le buscaba la boca con la lengua. Ella le clavaba las uñas en la espalda, le apretaba la cintura con los muslos, le pedía cosas en susurros que él no siempre entendía porque le salían en colombiano.

Cuando la sintió a punto de correrse otra vez, aflojó apenas para que durara. La cogió más despacio, casi sacándosela entera y volviéndola a meter, mirándola desencajarse debajo suyo. Camila se corrió por tercera vez agarrada de sus antebrazos, la boca abierta sin sonido, el coño chorreándole por los muslos.

Él aguantó lo que pudo. Cuando ya no pudo más, se la sacó, se subió sobre su pecho a horcajadas y se la cascó dos veces contra los labios entreabiertos de Camila antes de vaciarle toda la corrida en la boca y en las tetas. Ella recibió lo que pudo, tragó lo primero, se pasó lo demás con dos dedos por los pezones sin dejar de mirarlo.

Cuando terminaron, él se dejó caer al lado de ella en la cama. Quedaron tendidos sobre las sábanas limpias que ella misma había puesto hacía menos de una hora, ahora arrugadas, húmedas, con manchas oscuras entre las piernas de los dos. El ventilador de techo. El silencio del departamento. La respiración pesada de los dos volviendo despacio a la normalidad.

***

—¿Volvés el martes que viene? —preguntó él, después de un rato largo.

Camila estaba de costado, de espaldas a él. Tardó en responder.

—Depende de cuánto seguís pagando extra —dijo. En la voz había algo que podría haber sido humor o algo más difícil de nombrar.

Él miró el techo sin contestar.

—Lo que quieras —dijo finalmente.

Camila se sentó en el borde de la cama y empezó a buscar su ropa en el suelo. Encontró el corpiño primero, después la blusa, después el jean. Se vistió con la misma calma con la que había llegado esa mañana, como si el proceso fuera tan mecánico y tan normal como fregar una encimera, aunque todavía le corría el semen por el interior del muslo debajo del jean.

Cuando estuvo lista, él le tendió el sobre desde la mesita de noche. Ella lo tomó y lo puso en la bolsa sin contarlo.

—El miércoles me viene mejor —dijo desde la puerta.

Y se fue.

Marcelo escuchó el ascensor cerrarse detrás de ella. Después el silencio del departamento, que ahora olía a ella, a producto de limpieza y a algo más cálido que no tenía nombre fácil.

Miércoles, pensó. Está bien.

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4.6(7)

Comentarios(10)

DiegoCba22

Genial!!! se hizo corto, quería mas

Vanessa

Por favor una segunda parte, el final me dejó con ganas de saber qué pasó después. Muy bueno

NachoB

Increible como lo contaste, parece que fue real de verdad. Sigue escribiendo!

Marcos_del_sur

Me recordó a una situación parecida que viví hace unos años, no tan extrema pero algo así jaja. Me gustó mucho

ClaudioR77

tremendo relato, sigue así!!

PatriciaLectora

Lo que mas me gustó fue esa sensación de que ninguno planeó nada pero todo fue pasando igual. Eso pasa en la vida real. Esperando mas relatos de los que se sienten verdaderos

Esesisoyyo

Y después se volvieron a ver?? quedó muy abierto el final jajaja

FernandoTuc

Muy buen relato, de los mejores que leí en este categoria

MarinaK

Adictivo. Lo leí dos veces :)

pepeCTBA

Excelente!! así me gustan, sin vueltas

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