Cuando Valeria llamó pidiendo otro masaje
Estaba ordenando una remesa nueva de artículos cuando sonó el teléfono. Levanté la vista hacia la pantalla y el nombre me detuvo en seco: Valeria.
Habían pasado casi dos semanas desde la última vez. Dos semanas en las que no me había llamado y en las que yo tampoco me había atrevido a marcarle. Asumí que el peso de lo que habíamos hecho la habría convencido de no repetirlo. Que tal vez se había arrepentido, que había decidido que lo nuestro había sido un error y que era mejor dejarlo ahí.
Contesté.
—Pensé que me llamarías tú —dijo.
—He estado ocupado con el negocio. ¿Estás bien?
—Más o menos. ¿Me invitas a comer?
Hubo una pausa breve. Luego ella continuó:
—Hoy no puedo, en realidad. Rodrigo llega temprano del trabajo. Pero si tienes tiempo, podríamos escribirnos por el chat, como hacíamos antes. Es más seguro para mí.
—Dame una hora para terminar lo que estoy haciendo y te aviso.
—Ahí estaré.
Terminé lo que tenía entre manos de cualquier manera: no podía concentrarme. Cuando entré al chat, ella ya estaba conectada.
Hablamos casi dos horas. Me contó que desde nuestra primera tarde juntos no había podido dejar de pensar en lo que había pasado. Que con Rodrigo las cosas eran siempre iguales: él apagaba la luz, se ponía encima sin muchos preámbulos, terminaba rápido y se daba la vuelta a dormir. Que cuando hacía dobles turnos podían pasar semanas enteras sin tocarse. Que nunca nadie le había prestado atención de la manera en que yo lo había hecho.
Ese tipo de confesiones crean una intimidad extraña, más densa que el deseo físico. Le pregunté si había disfrutado el masaje. Me dijo que había soñado con él dos veces esa semana.
Eso lo cambia todo, pensé.
***
Tres días después me escribió: «El viernes Rodrigo dobla turno. Las niñas van a estar en casa de mi amiga Romina. Puedo desde las nueve de la mañana.»
Le respondí de inmediato. Le dije que pasaba a recogerla a las diez en punto.
El viernes llegué puntual. Ella me esperaba en la esquina de su calle, no frente a su edificio. Llevaba un vestido verde oscuro que le llegaba por encima de la rodilla, zapatos de tacón bajo y un bolso pequeño que cruzaba en el pecho. Se subió al coche, cerró la puerta y me miró con esa mezcla de nervios y determinación que ya le conocía de la primera vez.
—¿A dónde vamos? —preguntó.
—Conozco un lugar tranquilo, lejos de aquí.
No dijo nada más. Puso la mano en mi muslo y se quedó mirando la calle pasar. Conduje sin apurar. En los semáforos nos besábamos despacio. Ella se tensaba un poco cada vez que un auto se detenía a nuestro lado, pero nunca retiró la mano.
—Me dijiste que sabes dar masajes —dijo en voz baja, a la altura de una avenida grande.
—Traje los aceites.
—Tengo los hombros destruidos. Llevo días cargando tensión.
—Ya lo arreglamos —dije, y ella se rio por lo bajo, soltando algo de lo que cargaba.
***
El motel era uno de esos lugares diseñados para pasar desapercibidos: fachada sin letrero llamativo, entrada por un lateral, poca iluminación en el estacionamiento. Nadie que entrara se veía desde la calle. Subimos sin cruzarnos con nadie.
La habitación era amplia. Cama grande, sábanas limpias, un espejo de cuerpo entero en la pared lateral que Valeria no vio de inmediato. Había un minibar con bebidas y snacks. Me fui directo a servirles dos copas mientras ella inspeccionaba la suite sin saber bien qué hacer con las manos.
—Es la primera vez que vengo a un lugar así —dijo.
—¿Te sientes incómoda?
—No. Nerviosa. Es diferente.
—Si en algún momento quieres irte, nos vamos. Sin problema.
Me miró como si esa frase le hubiese sacado un peso de los hombros. Tomó la copa que le ofrecí y chocó la suya contra la mía.
—Por lo que sea que viene —dijo.
Nos sentamos en el sofá pequeño. Le pasé un puñado de nueces y un trozo de chocolate mientras me acomodaba a su lado. Puse mi mano sobre su rodilla y empecé a subirla lentamente por el interior del muslo. Ella apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos a medias.
Mis dedos avanzaron bajo la tela del vestido. La sentí cálida mucho antes de llegar a tocarla. Cuando llegué a su ropa interior noté que ya estaba húmeda a través de la tela.
—Has pensado mucho en esto —le dije al oído.
—Toda la semana —admitió, sin abrir los ojos.
La besé en el cuello. Ella giró la cabeza y me buscó la boca. Nos besamos mientras yo apartaba la tela a un lado y empezaba a tocarla directamente. Primero despacio, recorriendo sus labios de arriba abajo, dejando que la humedad se extendiera. Luego con más concentración: el pulgar dando círculos lentos sobre su clítoris mientras metía un dedo adentro, lo curvaba, buscaba el punto exacto que la hacía tensarse.
—Ahí —murmuró, aferrándose a mi brazo.
Seguí. Su respiración se fue acortando. Cuando gimió fue un sonido contenido, casi sorprendido, como si su propio cuerpo la tomara desprevenida.
***
La ayudé a levantarse. Al ponerse en pie el vestido le cayó a los pies. Se quedó en ropa interior, con medias oscuras y un liguero que no esperaba encontrar. Me miró de frente, con menos vergüenza que la primera vez. Algo había cambiado en ella desde entonces.
—El masaje —recordó, señalando su hombro.
—Date vuelta.
Se recostó boca abajo sobre la alfombra. Me quité la ropa y saqué los aceites: romero y sándalo, los mismos de la otra vez. Los calenté entre las palmas antes de empezar.
Tenía los músculos genuinamente contraídos. Trabajé desde el nacimiento del cuello hacia los omóplatos, luego bajé por los lados de la columna. Ella fue soltando la rigidez poco a poco, respirando más lento y profundo con cada pasada de mis manos.
Cuando llegué a la espalda baja le bajé el cierre del liguero. Mis manos recorrieron sus glúteos con calma y ella arqueó la espalda levemente. Mi erección rozaba sus nalgas con cada movimiento. Ella lo sentía. Lo buscaba sin decirlo.
—Ya no me duelen los hombros —dijo en voz baja.
—Ahora le toca al otro.
Se rio y se dio vuelta. Me miró desde abajo, los senos apenas cubiertos por un brasier que desabroché sin tardar. Me coloqué a horcajadas sobre ella, con mi pene entre sus senos, y empecé a moverme lentamente mientras la miraba a los ojos.
—¿Nunca lo has hecho así? —le pregunté.
—No. Con Rodrigo nunca.
Acerqué mi pene a su boca sin insistir. Ella lo miró, me miró a mí. Sacó la lengua y pasó la punta por el glande, probando. Lo saboreó. Luego abrió la boca y se lo fue metiendo despacio, sosteniéndolo por la base con una mano.
No era la primera vez que lo hacía en su vida, pero sí la primera que no lo retiraba antes de que la cosa se pusiera intensa. Lo que siguió fue una de las mamadas más honestas que recuerdo: sin técnica aprendida, pero con concentración real. Me miraba a los ojos de vez en cuando. Apretaba en los momentos exactos. Mi pene creció al máximo dentro de su boca y ella lo notó y ajustó la presión de sus labios.
Me giré para quedar en posición de sesenta y nueve. Separé sus muslos y enterré la cara entre ellos. La lamí despacio al principio, luego con más insistencia, alternando el clítoris con la entrada de su vagina, introduciéndole dos dedos mientras usaba la lengua con ritmo. Ella gemía alrededor de mi pene, lo que añadía una vibración que me costaba ignorar.
Cuando llegó al orgasmo lo hizo con un grito que no pudo contener del todo. Su cuerpo se sacudió, sus muslos me apretaron la cabeza y siguió moviéndose contra mi boca hasta que la tensión se fue disolviendo poco a poco.
***
La llevé a la cama.
La senté al borde del colchón, le separé las piernas y me coloqué de pie frente a ella. Entré despacio, sin forzar nada, dejando que su cuerpo me fuera recibiendo. Valeria echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados. Cuando llegué al fondo me quedé quieto un momento, solo sintiendo cómo respiraba.
Luego empecé a moverme.
Fue un ritmo constante y profundo. Sus manos buscaron el borde del colchón para sostenerse. Sus senos se movían con cada embestida y yo me inclinaba para besarle el cuello, la clavícula, morderle el hombro. Ella emitía sonidos cortos que se acortaban a medida que el ritmo aumentaba.
—Más —dijo.
La agarré de las caderas y aumenté el ritmo. Su respiración se fragmentó en sonidos cortos y seguidos. Cuando se corrió la segunda vez lo hizo con las piernas cruzadas alrededor de mi cintura y las uñas hundidas en mis antebrazos.
La tumbé sobre la cama. Subí encima. Volví a entrar. Esta vez desde arriba, cara a cara, mirándola directamente. Ella se mordía el labio inferior, los ojos entrecerrados, los brazos extendidos sobre la almohada. Era un gesto que no le había visto la primera vez. Estaba más suelta. Más ella misma.
—¿Quieres probar arriba? —le propuse.
Intercambiamos posiciones. Tardó un momento en encontrar el ángulo. Cuando lo encontró, cerró los ojos y empezó a moverse con un ritmo propio, más lento que el mío, más circular y deliberado. Luego vio el espejo en la pared.
—No lo había notado —dijo, deteniéndose un segundo.
No respondí. La vi mirar su propio reflejo unos instantes, con una expresión que no supe cómo leer. Y luego aceleró. Agarró mis hombros para equilibrarse y empujó hacia abajo con más fuerza. Su cabello le caía sobre la cara. Puse las manos en sus caderas y la ayudé a marcar el ritmo que yo necesitaba.
Eyaculé dentro de ella. Fue un orgasmo largo. Valeria siguió moviéndose unos segundos más, apretando, extrayendo lo último, antes de desplomarse sobre mi pecho con la respiración deshecha.
***
Nos quedamos quietos varios minutos. El silencio de la habitación era de esos que no incomodan. Su respiración se fue normalizando contra mi cuello.
Cuando me endurecí de nuevo me acerqué a ella por detrás, le levanté la pierna y volví a entrar. Valeria se quejó en voz baja.
—Estoy sensible —dijo.
—Dime si quieres que pare.
No dijo nada. Me moví despacio, sin apuro, besándole el cuello. Cuando mi dedo húmedo rozó su ano, ella se tensó de golpe.
—Quieto ahí —murmuró.
—¿Nunca lo has hecho?
—Nunca.
—Solo voy a tocar. No voy a ir más lejos si no quieres.
Hubo una pausa larga. Luego soltó el aire y se aflojó un poco. Continué moviéndome con el mismo ritmo lento mientras presionaba con suavidad desde afuera, sin insistir, hasta que su cuerpo fue cediendo poco a poco. No llegué a más que eso. Fue suficiente para que se corriera una última vez, con un gemido largo enterrado en la almohada.
Cuando paré, ella giró y me miró.
—¿Necesitas algo más? —preguntó.
Asentí hacia abajo con la mirada. Ella entendió. Se acomodó, tomó mi pene entre las manos y lo metió en su boca sin vacilación. Esta vez no había duda ni demora. Trabajó con paciencia y con calma, los ojos fijos en los míos, hasta que no pude aguantar más.
Empujé levemente hacia adelante cuando eyaculé. Ella no se retiró. Tragó, siguió lamiendo hasta que terminé del todo. Luego se limpió el labio con el dedo y me miró.
—No saben tan mal —dijo.
Me reí. Era la primera vez en toda la tarde que nos reíamos de verdad.
***
Nos duchamos rápido. Tenía que recoger a sus hijas en casa de Romina antes de que Rodrigo llegara del turno. Me pidió que la dejara a dos cuadras de su edificio, como la vez anterior.
Antes de bajar del coche se detuvo con la mano en la manija.
—Te escribo —dijo.
—Yo estaré.
Cerró la puerta y la vi alejarse por la acera sin mirar atrás. Sus pasos eran seguros, normales, los de alguien que acaba de comprar el pan. Arranqué el motor y tomé el camino de regreso al negocio, con los aceites en el asiento trasero y la certeza tranquila de que eso no había terminado todavía.