Esa noche dejé que viera todo lo que escondía
Llevaba siete días sin Mateo y el cuerpo se me había puesto raro. No era solo la falta de él, era algo más turbio, más físico. La regla me había bajado el martes y, contra toda lógica, en lugar de dejarme apática me había puesto las hormonas dadas vuelta. Cada vez que me sentaba en la oficina sentía una corriente eléctrica que me subía por dentro, un cosquilleo pesado en el coño que no me dejaba concentrarme. En el subte miraba a los desconocidos y pensaba cosas que no debía pensar: bocas, manos, pijas duras contra mi culo en la hora pico. Por las noches me masturbaba en silencio bajo las sábanas, con dos dedos hundidos hasta los nudillos y el pulgar apretándome el clítoris, y me venía mordiendo la almohada; después me dormía con un vacío que ni el dedo más experto podía llenar. Necesitaba una verga adentro. La de él, específicamente.
El vuelo de Mateo aterrizaba a las diez y media. Salí del trabajo a las seis, me metí en la ducha, me depilé con esa atención obsesiva de quien sabe que va a ser tocada esa misma noche, y abrí el placard buscando algo. Algo que dijera lo que yo quería decir sin decirlo. Me decidí por un vestido rojo, ajustado, corto. Un vestido que era casi una declaración. Encima me puse un tapado negro porque hacía frío en Buenos Aires aquel agosto, pero debajo solo había piel, encaje y una decisión.
La decisión era esta: no le iba a avisar de la regla. Iba a dejar que la descubriera. Y, si Mateo se asustaba, si torcía la cara, si me proponía «mejor mañana», entonces yo sabría algo importante de nosotros. Pero si seguía adelante, si me devoraba igual, si me cogía con la boca llena de sangre, entonces sabría otra cosa.
Lo esperé en la salida de Ezeiza con un bolso pequeño colgando del hombro. Cuando lo vi salir por las puertas automáticas con esa cara de cansancio que tienen los que viajan demasiado, sentí que se me aflojaban las rodillas y que las bombachas se me empezaban a pegar. Mateo tiene esa forma de caminar de hombre que sabe que es esperado. No mira el cartel de los nombres ni busca a nadie con la vista perdida: levanta la cabeza, me encuentra de una, sonríe.
—Te ves distinta —me dijo cuando me abrazó.
—Estoy distinta —contesté contra su cuello.
Olía a avión y a colonia gastada y a algo solo de él que me hacía perder el pudor. Me empinó la cabeza con una mano y me besó como si tuviéramos meses de no vernos en lugar de una semana. Había gente alrededor. Familias con carteles, taxistas, una nena dormida sobre un perro. Nada de eso me importaba.
—Vamos a casa —le dije al oído—. Vamos ya.
El Uber tardó veinte minutos en llegar a Belgrano. Veinte minutos eternos. Apenas arrancamos, le puse la mano en el muslo y se la fui subiendo, despacio, hasta que sentí lo que ya estaba duro debajo del jean. Le apreté la verga por encima de la tela y la sentí latir contra la palma. Mateo me miró de reojo y soltó una risa baja, esa risa de él que no es burla sino aviso.
—¿Tan apurada? —murmuró.
—No tenés idea —dije—. Te la quiero mamar acá mismo.
El conductor manejaba con la radio en una FM de boleros. Yo me incliné, le besé el lóbulo de la oreja y le susurré que llevaba una semana esperándolo, que me había tocado todas las noches pensando en él, que me había metido tres dedos imaginando que eran su pija, que necesitaba tenerlo dentro antes de medianoche. Lo sentí estremecerse. Su mano viajó hasta mi muslo y empezó a subir por debajo del vestido, buscándome el coño con la yema del pulgar. La detuve antes de que llegara a destino.
—Acá no —le susurré—. No quiero arruinarte la sorpresa.
Mateo me miró con curiosidad. Sabía que algo le estaba escondiendo, pero confiaba en que valdría la pena. Bajó la mano hasta mi rodilla y la dejó ahí, apretando, avisando.
***
Llegamos al departamento y apenas cerró la puerta lo empujé contra ella. Me saqué el tapado de un tirón. Vio el vestido rojo, esos centímetros de muslo desnudo, y la respiración se le cortó.
—Por Dios —murmuró.
—Subamos —dije.
No subimos enseguida. Nos besamos en el ascensor, con su mano bajo la falda amasándome el culo por encima del encaje, con mi mano buscándole el bulto y apretando fuerte. En el pasillo me arrinconó contra la pared y me mordió el cuello mientras yo le desabrochaba el cinto sin pensar. Contra la mesada de la cocina, cuando bajé un instante a buscar agua, me arrancó las bombachas hasta la mitad de los muslos y me metió dos dedos de una, sin preámbulo, y yo grité contra su boca porque estaba tan mojada que se le hundieron enteros. Los sacó brillosos, más de lo que él esperaba, y se los quedó mirando un segundo bajo la luz de la cocina.
—Arriba —dijo, con la voz más ronca—. Ya.
Para cuando llegamos al cuarto, ya tenía los tacos en la mano y la cremallera del vestido a media espalda. Mateo me la terminó de bajar mientras me chupaba el cuello con esa lentitud calculada que él sabe que me deshace. El vestido cayó al piso. Quedé en bombacha negra y nada más.
—Esperá —dijo cuando vio el corpiño descartado—. Quiero verte así un rato.
Me quedé parada en el medio de la habitación, dejándome mirar. Mateo se sacó la camisa sin apuro, sin dejar de observarme, como si me estuviera memorizando otra vez. Se bajó el jean y quedó en calzoncillos, con la pija marcada, tensando la tela, la punta ya humedeciéndole el algodón. Esa mirada me hacía sentir que era la primera vez. Cada vez.
Me empujó con suavidad hacia la cama y me hizo recostar. Empezó por la boca y bajó por el cuello, por el escote, por el pecho. Tengo los pezones sensibles incluso fuera de los días de la regla; con la regla son una zona prohibida que arde con cualquier roce. Cuando me los chupó la primera vez, mordisqueándolos con los dientes y estirándolos apenas, se me escapó un grito que me sorprendió hasta a mí. Mateo levantó la vista, vio que no era un grito de dolor, y siguió. Me tomó una teta entera en la boca y la chupó hasta que se la sacó con un ruido húmedo. Después la otra. Después los dos pezones a la vez, apretándolos entre los dedos mientras me lamía el hueco entre las tetas.
—Cuánta hambre que tenés —murmuró contra mi piel.
—Hace una semana que aguanto —contesté con la voz quebrada—. Cogeme ya, por favor.
—Callate. Todavía no.
Su lengua bajó por mi vientre. Bordeó el ombligo, recorrió el hueso de la cadera, se entretuvo en el pliegue de la ingle. Yo sabía a dónde iba y empecé a temblar antes de que llegara. Me abrió las piernas con las dos manos, sin apuro, apoyándome las rodillas contra el colchón, y se acomodó boca abajo entre mis muslos. La bombacha la corrió con los dientes, tironeándola de un lado, sin mirarme, y después se quedó quieto un segundo. Un segundo apenas. Lo suficiente para procesar lo que veía: mi coño hinchado, brillante, la sangre asomando entre los labios, un hilo espeso corriéndome hacia el culo.
Levantó los ojos.
—Nina —dijo.
Mi nombre. Solo mi nombre. Me quedé sin aire.
—¿Te molesta? —pregunté con una voz que no me reconocí—. Si querés paramos, si querés…
Mateo no contestó con palabras. Bajó la cabeza otra vez y me besó ahí, despacio, sin urgencia, un beso con boca cerrada sobre los labios del coño, como si me estuviera diciendo que no hacía falta esconder nada. Después abrió la boca y me lamió de abajo hacia arriba con una decisión que me arrancó otro grito. Sentí su lengua entera plana contra el clítoris, su barba raspándome los labios, y un calor que era tibio y rojo y mío. La lengua se le puso puntiaguda y me la clavó adentro, entrando y saliendo, follándome con la boca. Estaba dejando una marca en él. Estaba dejando una marca en las sábanas. No me importó.
—Mateo… —jadeé—. Mateo, te estás manchando.
—Bien —contestó él con la voz ronca, sin sacar la boca—. Quiero mancharme. Quiero comerte entera. Con todo.
Volvió a hundir la cara. Le agarré la cabeza con las dos manos y lo apreté contra mí. Él no se quejó. Siguió chupándome el clítoris con esa intensidad de animal contenido, alternando entre la lengua y los labios, succionando el capullo hasta hacerme arquear la espalda entera del colchón. Después bajó otra vez a la entrada y me metió la lengua como una pija chiquita, hundiéndose en mí como si quisiera tomarme entera. Sentí que me subía la marea. Me metió un dedo, después dos, y siguió chupándome arriba mientras me curvaba los dedos adentro buscando ese punto que solo él sabe encontrar.
—Ay, Mateo, así, así, no pares, no pares, me voy a venir…
—Vení en mi boca —murmuró contra mí—. Vení, dale, cogete mi cara.
Sentí que el orgasmo me llegaba desde un lugar muy profundo, no desde la piel sino desde adentro del hueso. Le clavé los talones en los hombros. Cuando finalmente exploté, le tiré del pelo sin querer y se me escapó el nombre de él como un rezo. Le apreté la cabeza contra el coño mientras me sacudía, empapándolo de todo, mientras él seguía lamiendo, tragando, sin dejarme respirar.
Mateo se incorporó con la boca pintada de mí. Tenía la barbilla roja, el bigote rojo, una gota corriéndole hasta el cuello. Me miró con ese fuego en los ojos y yo me eché a reír. Una risa nerviosa, agradecida, vergonzosa.
—Parecés un payaso —le dije.
—Soy tu payaso —contestó, y se inclinó para besarme.
Me besó en la boca con todo eso encima. Sentí el sabor metálico, mi propio sabor, el suyo mezclado con el mío. Su lengua entró en mi boca cargada de mí, y yo se la chupé como si le estuviera chupando la pija. Tendría que haberme dado asco. No me dio asco. Me dio una clase de ternura que no sabía que existía. Le bajé la mano hasta el calzoncillo, se lo corrí, y le agarré la verga con la palma toda pegajosa. Estaba durísima, caliente, mojada en la punta. Le pasé el pulgar por el glande y él gimió contra mi boca.
—Ahora vení acá —le dije.
***
Después de ese primer orgasmo me senté sobre él. Mateo se había recostado sobre la espalda y me esperaba con una sonrisa que era media provocación y media adoración, la verga parada contra el vientre, brillándole. Me agaché primero. Le pasé la lengua desde la base hasta la punta, lentamente, mirándolo a los ojos. Me la metí en la boca hasta el fondo, hasta que se me clavó en la garganta, y volví a subir despacio dejando un rastro de saliva. La chupé un rato así, hundiéndomela entera, apretándole las bolas con la otra mano, hasta que sentí que él empezaba a temblar y me tiró del pelo hacia arriba.
—Basta, basta, así me voy a venir en tu cara y todavía no quiero.
Me trepé encima. Le agarré la pija con la mano y me la apoyé en la entrada del coño, restregándomela por los labios, empapándola. Después me hundí sobre su verga de a poco, sintiendo cómo entraba sin esfuerzo, todo resbaloso, todo encendido, cada centímetro abriéndome de un modo que después de una semana sin él me parecía una novedad. Me quedé un momento quieta, con él entero adentro, respirando, dejando que se me acomodara el cuerpo alrededor de esa presencia dura.
—Movete cuando quieras —dijo él con las manos en mis caderas.
Me moví. Despacio al principio, un vaivén corto, apenas sacando la punta y volviendo a bajar. Después subiendo más, dejándolo salir casi entero antes de dejarme caer de golpe. Empecé a rebotar sobre él con las tetas saltándome en la cara, y Mateo me las agarró con las dos manos, apretándolas, retorciéndomelas los pezones entre los dedos. Encontré un ritmo que me hacía bien, un ritmo sucio, animal, con la pelvis moliéndome contra la suya cada vez que bajaba. Lo miraba a los ojos. Mateo tenía los labios entreabiertos, esa expresión que pone cuando está cerca y todavía aguanta.
—Cabalgame más fuerte —jadeó—. Más fuerte, Nina, cogeme.
Sentí mi propia sangre corriéndome por los muslos, mojándome a mí y mojándolo a él, pintándole el vientre, empapándole las bolas, pintando el cuarto de un color que no era el del pudor. Bajé la vista y vi la escena: su verga entrando y saliendo de mí toda roja, la base cubierta de mí, un charco espeso en su ingle. En vez de cortarme, me prendió más fuego. Me metí un dedo en la boca, lo saqué mojado y me lo llevé al clítoris. Empecé a hacerme círculos mientras seguía rebotando sobre él.
—Mirame —le dije—. Miralo. Mirá lo que te estoy haciendo.
—Sos hermosa —dijo con la voz quebrada—. Sos lo más hermoso que vi en mi vida.
—No me digas eso ahora —pedí—. Me hacés llorar.
Lloré igual. Lloré mientras me venía por segunda vez, sin dejar de tocarme, con la cara apoyada en su hombro y los dedos clavados en su pecho. No fue un orgasmo de los que se gritan. Fue uno silencioso, denso, casi triste de tan profundo, un temblor que me sacudió el coño entero apretándole la verga por dentro. Sentí que él se contenía, que apretaba los dientes para no venirse conmigo. Mateo me sostuvo entera mientras me sacudía, con las manos abiertas en mi espalda, empujando desde abajo despacio para acompañarme.
***
Después nos quedamos un rato en silencio. Me deslicé de él y me tiré a su lado. Su verga seguía dura, apoyada contra el vientre, brillante y roja hasta la mitad. Él me acariciaba la espalda, yo le mordía despacio el lóbulo de la oreja y le agarraba la pija de vez en cuando, apretándola apenas para escucharlo gemir. Las sábanas eran un desastre. Había manchas rojas, manchas más oscuras, una huella de mi mano en su pecho, una silueta de mi culo marcada donde había estado sentada. Tendría que poner las sábanas en remojo a la mañana siguiente. No me importaba.
—¿Estás bien? —preguntó él al rato.
—Estoy mejor que bien.
—¿Y qué era eso que me querías decir?
Levanté la cabeza. Mateo me miraba con una sonrisa que sabía. Que ya sabía.
—Que llevaba años con vergüenza —dije bajito—. Que cada vez que me bajaba la regla me alejaba un poco. Que no quería que vieras esto. Que pensaba que te iba a dar asco.
—¿Asco vos? —dijo él, y se rió suavemente—. ¿Vos viste cómo terminé yo? ¿Viste cómo tengo la pija todavía?
Me miré las manos. Le miré la cara, todavía pintada. Le miré la verga, dura entre las piernas. Me reí también, una risa que se me volvió un poco temblorosa.
—No te quiero esconder nada más —le dije—. No quiero apagar la luz. No quiero pedirte que esperemos a mañana. No quiero pedirte permiso para nada de lo que me pasa.
—No me lo pidas, entonces.
***
Esa madrugada lo tuve una vez más. La pedí yo, despacio, después de un rato largo de abrazo. Le pedí que se pusiera arriba. Que me apretara. Que me mirara. La postura más vieja, la más simple, la que siempre me había parecido boba y que esa noche, no sé por qué, me parecía la única.
Mateo se acomodó entre mis piernas, se agarró la pija con la mano y me la fue metiendo despacio, mirándome, viendo cómo se le hundía adentro centímetro a centímetro. Me abrí para él, le pasé las piernas por la cintura, lo abracé con los talones. Cuando estuvo entero adentro se quedó un segundo apoyando la frente contra la mía. Después empezó a moverse. Esta vez fue distinto. Esta vez no había sorpresa, ni adrenalina del reencuentro, ni el shock de la primera vista. Esta vez solo había peso, calor, intimidad. Sus embestidas eran lentas y hondas, cada una llegándome hasta el fondo, empujándome un poco más arriba del colchón. Lo sentía respirar contra mi cara. Lo sentía pensarme.
—Más despacio —le pedí—. Así. Quedate ahí adentro.
Él se quedó, hundido hasta el fondo, moviéndose apenas, moliéndome con la pelvis para que el hueso me rozara el clítoris. Me besó la boca, me besó los ojos, me chupó la lengua. Cada movimiento suyo me arrancaba un gemido bajito. No había ruido en el cuarto salvo el de nuestras respiraciones y el de los cuerpos pegoteados despegándose y volviéndose a pegar.
—Te amo —le dije, porque no se me ocurrió otra cosa.
—Yo también —contestó, y se le notó en los ojos.
Empezó a moverse más rápido, con la frente pegada a la mía, sin dejar de mirarme. Yo levanté la pelvis para recibirlo, para que cada empuje me llegara más adentro. Me vine por tercera vez esa noche, despacio, sin gritos, una ola larga que me subió desde el coño hasta la garganta y me hizo apretarle la espalda con las uñas. Él se vino casi con el mío, mordiéndome el hombro, hundiéndose una última vez hasta el fondo, y sentí ese pulso caliente adentro, ese chorro espeso mezclándose con todo lo que ya había, marcándome por dentro como yo lo había marcado por fuera. Me abrazó todavía más fuerte, como si tuviera miedo de soltarme.
Después me quedé dormida sobre su pecho con las sábanas hechas un mapa de nosotros dos, con su semen y mi sangre corriéndome despacio por el muslo, sin ganas de limpiarme, sin ganas de moverme. Antes de cerrar los ojos pensé que esa había sido la noche más sucia y la más limpia de toda mi vida. No le encontré la contradicción. Quizá no la había.
A la mañana siguiente, mientras tomábamos café en la cocina y yo miraba con cierta pena el bollo de sábanas en el balcón, Mateo me apoyó la mano en la nuca y me besó la frente sin decir nada. Y yo entendí que algo había cambiado. Que ya no me iba a esconder más. Que cuatro años después había aprendido a estar entera con alguien. Que eso, aunque no lo cuente nadie, también es una forma de confesión.

