La primera vez que lo tuve entero en mi boca
Aquella tarde no planeábamos nada. Pero cuando se bajó el pantalón frente a mí, supe que iba a probar algo que nunca había probado.
Aquella tarde no planeábamos nada. Pero cuando se bajó el pantalón frente a mí, supe que iba a probar algo que nunca había probado.
Abrí la caja delante de él porque dentro venía la excusa perfecta. Lo que no esperaba era que el vecino se atreviera a tanto, ni que yo le dejara hacerlo.
Por la curva no apareció una grúa moderna, sino un camión oxidado y un hombre enorme que olía a campo. Y supe, antes de que abriera la boca, cómo nos iba a cobrar.
Nunca había aceptado la invitación de un hombre al que acababa de conocer. Pero algo en su sonrisa, y en cómo miraba mi escote, me hizo decir que sí.
A los ochenta y siete años creía haberlo oído todo. Entonces ella se arrodilló al otro lado de la rejilla y empezó a contarme lo que hacía cuando su marido viajaba.
Cuando lo cargaron dormido hasta la cama, supe que esa noche no terminaría como las demás. Y no me arrepiento de nada de lo que pasó después.
Empezó con un mensaje sobre un relato mío. Terminó conmigo en la cama, a oscuras, obedeciendo cada cosa que ella escribía desde el otro lado de la pantalla.
Desde abajo, mientras ella empujaba la guía en lo alto de la escalera, la camiseta se le separaba del cuerpo y Adrián descubrió que aquel verano no iba a ser como los demás.
El coche iba tan cargado que solo quedaba un sitio: las rodillas de su hijo. Marisol no imaginó que cinco horas de carretera bastarían para cruzar la única línea que jamás debió cruzar.
Bajé por agua a medianoche y la encontré despierta, dispuesta a darle a mi esposa la única clase que yo nunca había logrado enseñarle.
Bajó las escaleras esperando una tarta y un coro de felicitaciones. En su lugar encontró doce velas, dos hombres en silencio y una venganza largamente planeada.
Nunca pensé que una charla de madrugada con mi abuela, las dos copas a medias y la tele de fondo, terminaría destapando lo que cada sábado ocurría en la otra casa del pueblo.
Siempre digo que soy tímida, pero la verdad es que nada me calienta más que la posibilidad de que alguien abra la puerta en el peor momento.
Tenía curiosidad y un poco de asco, pero ella insistió hasta que me oí decir que sí. Lo que pasó esa tarde en su casa todavía me hace sonreír.
Bajé a un pueblo perdido de los Andes a cerrar un negocio. Esa noche descubrí por qué allí nadie preguntaba por los parentescos.
Mi amiga me prometió presentarme a su hermano para que olvidara mis problemas. No me dijo que él me espiaría mientras me ponía el bikini.
Empezó con bromas a solas y terminó con capturas de pantalla que ninguno de los dos debería haberle enseñado al otro. A ella le gustaban las chicas; a mí, su descaro.
Cuando su prima volvió borracha esa noche y empezó a contarme detalles, entendí que la historia que mi esposa me había dado era apenas la mitad de la verdad.
Apenas oí sus llaves peleando con la cerradura supe que iba a tener que disimular. Lo que no sabía era que ella había venido decidida a no dejarme.
No hubo gritos ni reproches. Solo el calor pegajoso de la ciudad y dos cuerpos que sabían que se tocaban por última vez, aunque nadie lo dijera en voz alta.