La cantante que alimentó todas mis fantasías
Era domingo por la noche y al día siguiente no tenía que madrugar. Llevaba varios años sin pareja, así que mi vida sexual se resumía, sin eufemismos, en la masturbación. Con 36 años mi líbido seguía siendo bastante activa, y recurría a ella con regularidad, no siempre en casa. Pero aquella noche en particular no tenía ganas de perder el tiempo en Instagram ni en otras redes. Tenía una colección de fotos guardada en el ordenador, bastante completa y bien organizada: algunas carpetas por color de pelo —rubias, morenas, pelirrojas—, otras con etiquetas como «MILFs» o «chicas jóvenes», algunas dedicadas a actrices que me gustaban y otras a conocidas del trabajo. Cualquier otra noche habría abierto alguna de esas carpetas sin pensarlo dos veces. Pero esa noche me dejé arrastrar por la nostalgia.
Me acordé de ella: Sofía Méndez. La cantante colombiana que había sido la musa indiscutible de mis pajas adolescentes y de buena parte de las de mis veinte años. Puede que no fuera la mujer más guapa del panorama musical, ni la que mejor cantara según los críticos, pero tenía algo que ninguna otra tenía. Solo ella conseguía hacerme eyacular con tan solo escucharla gemir en su canción «Te dejo Valencia», la ciudad donde yo había vivido dos años con mi familia. Me preguntaba con sincera perplejidad: ¿por qué me excita tanto? El videoclip era bastante normalito. No movía demasiado las caderas ni mostraba apenas carne. Pero era llegar al minuto uno con cuarenta y cinco segundos y escuchar aquellos gemidos, y todo lo demás desaparecía. Un vecino muy religioso me dijo una vez que esa canción tenía algo demoníaco. Lo tomé por loco, aunque el efecto que me producía a mí me dejaba sin argumentos para rebatirlo del todo.
Pronto descubrí que «Te dejo Valencia» no era la única canción en la que Sofía gemía. Cuando encontré «Mi última canción» fue como abrir una segunda puerta dentro de la primera. En esa canción jadeaba con más intensidad, como si algo la consumiera por dentro, como si ya no pudiera contenerse. Por las noches me ponía los auriculares en la cama y me frotaba contra la almohada moviendo la pelvis al ritmo de su voz, despacio al principio y con más urgencia según avanzaba la canción, hasta que llegaba ese grito final —«¡Me rindo! ¡Me rendí! Ah, ah, ah, es mejor así»—, y yo lo imaginaba como si me lo dijera directamente, como si estuviera debajo de mí y esas palabras fueran su forma de rendirse. El videoclip la mostraba en uno de sus mejores momentos físicos, bailando con una seguridad total, con las caderas marcando cada tiempo sin esfuerzo aparente. Quiero que quede claro: que estuviera buena era lo de menos. Era su voz jadeando lo que me hacía llegar al orgasmo. Que estuviera buena era, simplemente, un plus.
No se puede hablar de esa etapa de Sofía sin mencionar «Fortuna», la canción con la que muchos la descubrimos. Aquí también estaba en su mejor momento, y era difícil que cualquier hombre viera el videoclip sin quedarse pegado a la pantalla, sobre todo en ese instante en que trazaba círculos lentos sobre su camiseta cantando «suerte que mi cuerpo es lo que es y no tienes que imaginarte nada» con esa sonrisa entre inocente y completamente consciente de lo que estaba haciendo. Y esos golpes de cadera, uno tras otro, como si midiera el tiempo con ellos.
Esta era la etapa con la que Sofía comenzó a hacerse conocida fuera de su país. La transición hacia algo más abiertamente sexual llegó después, con el dueto que grabó junto a Marco Navarro: «El tormento». El videoclip era sensual pero mantenía una cierta elegancia. No descargaba la tensión, la acumulaba. Era como quedarse en la antesala de algo sin que te dejen pasar.
La puerta se abrió de par en par con «La fiera». Ahí Sofía decidió que ya no necesitaba guardar ningún tipo de compostura. Bailaba como una bailarina de club, aullaba dentro de una jaula metálica y en varias escenas se inclinaba hacia adelante con los glúteos apuntando a la cámara, como si fuera una invitación directa y sin ninguna ambigüedad. Ese videoclip era pornografía suave con presupuesto alto. Sofía doblada hacia adelante, mirando a cámara por encima del hombro, aullando. Perdí la cuenta de las veces que me masturbé con ese videoclip. Literalmente perdí la cuenta.
Después llegó «Furiosa», y fue cuando empecé a sentir que algo se había roto. Sofía aparecía bailando sobre una barra americana en ropa interior, imitando una estética que ya habían explotado otras antes que ella, y lo peor era que no había ni un solo gemido. Solo letras como «oye, nene, vuélveme loca, aráñame la espalda y muérdeme la boca», que sonaban más a anuncio de perfume que a deseo real. Imitaba a Stella Kane como si fuera una tarea escolar y salía bailando en lencería sobre una barra de bar, sin gracia y sin gemidos. Fue el momento en que empecé a despreciarla un poco.
Vino también «África en el corazón», el tema del mundial de ese año, que era un espectáculo verla bailar pero que tampoco aportaba nada a lo que yo buscaba en ella. Ni un jadeo. Ni un suspiro. Solo tambores y movimiento de caderas puros y mundanos.
Y luego empezó a salir con García, el futbolista. Sus declaraciones políticas que no me convencían, sus problemas con hacienda, entrevistas aquí y allá diciendo cosas que me quitaban las ganas de escucharla. Fui perdiendo el interés de manera gradual. Solo «El paseo» me parecía animado, y «Sin memoria», el dueto con Ayanna, me hacía llegar al orgasmo, aunque hay que ser honesto: era más por Ayanna que por ella.
Pero esa noche de domingo quise apartar mis convicciones un momento y volver a todos esos recuerdos. Quizás necesitaba desinhibirme. Sofía tenía cosas buenas. Me sacaba doce años, así que en cierto modo podíamos considerarla una MILF a sus 49. Además medía 1,57 frente a mis 1,84, lo que hacía que en la imaginación fuera fácil de sostener, de mover, de posicionar sin esfuerzo. Tenía lo mejor de una mujer madura —la seguridad, la experiencia, el cuerpo que sabe lo que hace— y la facilidad de manejo de una mujer pequeña. Una combinación que no abunda.
Y había otra cosa importante. Sus canciones y sus videoclips iban a estar ahí para siempre. No era como echar de menos a una ex a la que no puedes llamar. Este material no se iba a ningún lado. Generaciones futuras lo iban a encontrar igual. Me imaginé a un chico joven en el año 2090 escuchando «Instinto» por primera vez, esa voz de Sofía que lo mismo sube que te susurra al oído que quiere ser tu «víctima casi perfecta», mientras baila con ropa de cuero y una peluca que parece sacada de otra era. El deseo no caduca. Los gemidos tampoco.
Así que le di una oportunidad a su material más reciente y busqué el videoclip de «Sin cadenas». Y hay que reconocer que no estaba mal. Sofía aparecía en bikini sobre un yate haciendo movimientos pélvicos lentos, con esa soltura de quien sabe perfectamente lo que está mostrando. Luego en la escalera de una discoteca apoyada en la pared, con las manos detrás y el trasero empujando hacia atrás en un ritmo lento y repetido que no dejaba lugar a interpretaciones. Después en un jacuzzi con la espalda desnuda, el agua resbalándole por los omóplatos, rodeada de chicas jóvenes como una reina entre sus damas. Daban ganas de acercar la cara y pasarle la lengua desde la nuca hasta la cintura. Era puro fanservice, Sofía ofreciéndote su cuerpo mientras te comunicaba que estaba sola y que se lo pasaba muy bien. Algo de empoderamiento acorde con los tiempos y algo de rencor hacia García disfrazado de independencia. Pero ni un solo gemido. Cero.
La solución llegó sola. Volví a poner el videoclip, le bajé el volumen hasta cero y abrí en otra pestaña la lista de reproducción con sus canciones antiguas. Así, mientras escuchaba a Sofía jadear sobre Valencia o cantar que ya no podía más, contemplaba su cuerpo de mujer de casi cincuenta años, maduro, seguro de sí mismo, con esa espalda larga saliendo del jacuzzi.
***
Cuando en el videoclip empezó a mover las caderas en la escalera, apoyada en la pared, con ese ritmo lento y deliberado que no era baile sino otra cosa, y al mismo tiempo sonaba en mis auriculares su voz de veinte años atrás gimiendo que se iba, que ya no aguantaba más, que era mejor así, la combinación funcionó de una manera que no había anticipado del todo. La fricción entre la imagen madura y la voz joven era algo que mi cerebro procesaba como una sola persona desdoblada en el tiempo. Sofía, eres lo peor que me ha pasado y no puedo dejarte ir. Lo pensé sin ironía y sin vergüenza.
Me moví más despacio de lo que solía, dejando que la tensión se acumulara en lugar de liberarla de golpe. Sofía en el yate. Sofía en la escalera. Sofía en el jacuzzi. Y en mis oídos su voz de entonces, sin filtros, sin producción excesiva, gimiendo como si estuviera en la habitación de al lado. Cerré los ojos un momento y la imaginé de pie frente a mí, con esa diferencia de altura que hacía que yo la doblara por completo, con las manos de ella en mis hombros buscando apoyo.
Cuando se giró hacia la cámara en el jacuzzi y la miró directamente, con esa expresión entre desafiante y completamente abierta, y justo en ese momento sonó en mis auriculares el grito final de «Mi última canción», solté tal cantidad de semen que me quedé sin fuerzas durante varios segundos. Tuve que apoyar la cabeza en la almohada y esperar a que me volviera la visión completa. Me limpié el torso con papel que tenía en la mesita de noche y tardé menos de dos minutos en quedarme profundamente dormido.
Al despertar un rato después, con la mente todavía a medio arrancar y la pantalla del ordenador ya en modo ahorro, pensé: Tendría que probar esto con Lola Reyes.