Le confesé mi noche con él y quiso vivirla conmigo
Era principios de noviembre de 2019, y el aire de Oporto ya traía ese frescor húmedo del Atlántico que se metía en los huesos al cruzar el puente de madrugada. Había pasado un mes desde aquella noche con Mateus en el Plano B, y aunque intentaba seguir mi rutina en la facultad y en el piso de Ribeira, mi cabeza volvía una y otra vez a esa polla enorme, a cómo me había abierto contra el lavabo, a cómo me había hecho sentir sucia y deseada al mismo tiempo. Ya no era la chica que llegó de Madrid con las maletas llenas de planes ordenados y citas de café por la tarde. Quería más. Quería sentirme desbordada otra vez.
Mi compañera de piso se llamaba Carolina. Tinerfeña, de un pueblo en el norte de la isla. Veinticuatro años, morena de piel como caramelo recién hecho, pelo negro liso hasta media espalda, ojos oscuros enormes que siempre parecían estar pensando en otra cosa. Era delgada, casi frágil de figura: cintura estrecha, piernas largas pero finas, pechos pequeños y firmes que apenas llenaban una copa B. Vestía siempre ropa holgada o tonos oscuros, como si quisiera pasar desapercibida por las calles empedradas. Hablaba poco, observaba mucho.
Cuando reía lo hacía bajito, casi tímida, pero cuando se soltaba… joder, se soltaba de verdad. Había roto con su novio de la adolescencia tres meses antes y desde entonces estaba en una especie de modo observación: miraba Tinder, miraba tíos en la facultad, pero nunca daba el paso. Hasta que le conté lo de Mateus.
Aquella noche, entre botellas de Super Bock en el balcón del piso, le solté todo sin filtro. Cómo me había follado la boca en el baño, cómo me había partido en dos contra la encimera del lavabo, cómo había sentido cada chorro caliente dentro. Carolina me escuchaba en silencio, mordiéndose el labio inferior, las mejillas encendidas. Al final solo dijo, con voz muy baja:
—Joder… yo nunca he sentido algo así. Me da envidia.
La miré fijo.
—Pues vente conmigo el sábado. Hay una rave en una nave abandonada en Matosinhos. Dark techno, gente rara, hasta que amanezca. Si aparece Mateus, te lo presento. Y si no, pues nos buscamos la vida las dos.
Se quedó callada un buen rato, mirando las luces del Duero al fondo. Luego asintió despacio.
—Vale. Pero no me dejes sola mucho rato, ¿eh?
***
Nos arreglamos en el piso. Yo fui directa: body negro de encaje transparente que dejaba ver los pezones y el piercing del ombligo, minifalda vaquera deshilachada que apenas me tapaba el culo, botas altas y eyeliner corrido a propósito. Carolina dudó mucho frente al armario. Al final se decidió por un vestido negro ajustado pero largo hasta medio muslo, de cuello alto y manga larga, con una espalda casi al aire que dejaba ver su piel morena perfecta. Tacones bajos, pelo suelto, un poco de brillo en los labios. Parecía una versión tímida y elegante de una chica dispuesta a devorar la noche sin que nadie lo esperase.
Llegamos a la nave sobre las dos y cincuenta. La cola era corta pero intensa: máscaras de látex, vinilo, piercings en sitios extraños, olor a porro y sudor caliente. Entramos y el bajo nos aplastó contra el pecho. Dark techno industrial, kicks que te masajeaban el estómago desde dentro. Nos metimos en la pista. Yo bailaba sin vergüenza, brazos en alto, el culo moviéndose al ritmo. Carolina al principio se quedó más atrás, moviendo solo las caderas, mirando todo con esos ojos enormes. Pero poco a poco se fue soltando. Bailábamos pegadas, su cuerpo delgado contra el mío, riéndonos bajito, con la respiración mezclada.
No tardó en aparecer Rui. Portugués, pelo largo recogido en un moño bajo, tatuajes subiéndole por el cuello, unos veintisiete. Se puso a bailar cerca de mí, rozándome sin invadir, esperando una señal. Le seguí el juego. Carolina se apartó un poco, pero no se fue; se quedó mirando, mordiéndose el labio.
Rui me cogió por la cintura.
—Olá, loira. Danças muito bem.
—Tú también —le contesté, pegándome más—. ¿Quieres más que bailar?
Sonrió y me miró los labios.
—Quero tudo.
Le dije a Carolina al oído:
—Voy un rato con él. Quédate cerca, ¿vale? Si me necesitas, silba o algo.
Ella asintió, nerviosa pero excitada. Rui me llevó detrás de unas cortinas de plástico a una zona con sofás viejos pegados a la pared. Me sentó en uno, me levantó la falda y me quitó las bragas despacio, como si estuviera desenvolviendo algo frágil.
—Estás molhada… —murmuró, metiendo un dedo—. Caralho, molhada para caralho.
Me comió el coño con hambre verdadera. Lengua plana sobre el clítoris, dos dedos curvándose dentro. Me corrí rápido, apretándole la cabeza, gimiendo contra mi propio brazo. Luego se puso de pie y se bajó los pantalones. Polla gruesa, venosa, la cabeza brillante. Me la metió en la boca y me follé la garganta despacio al principio, después más fuerte.
—Engole… assim… boa menina.
Me puso a cuatro patas en el sofá. Me penetró de una embestida. Dolió rico. Me folló duro, agarrándome las caderas con las dos manos.
—Gostas? Diz-me.
—Sí… fode-me mais —jadeé.
Se corrió dentro, gruñendo bajito. Salí de aquel rincón con las piernas flojas, semen goteando despacio por la cara interna de los muslos. Carolina me esperaba cerca de la barra, con una cerveza en la mano y cara de no saber dónde meterse.
—¿Bien? —preguntó muy bajito.
—Rápido y lleno —contesté riéndome—. ¿Y tú?
—He estado mirando… —admitió, sonrojada hasta las orejas—. Me ha puesto mala verte.
***
Sobre las cinco y cuarenta, cuando la fiesta ya olía a amanecer pero seguía latiendo con fuerza, lo vi. Mateus. En el centro de la pista, bailando con esa soltura animal que recordaba en sueños. Camiseta negra sin mangas, brazos tatuados llenos de sudor, piel chocolate brillando bajo las estroboscópicas. Nuestras miradas chocaron y todo lo demás se apagó. Sonrió de lado, esa sonrisa que me deshacía por dentro.
Sabía que vendría. Sabía que me había pasado un mes esperando justo esto.
Se acercó sin prisa, como si supiera que ya era suya.
—Olá, miúda. Voltaste —dijo grave, voz ronca por el humo.
—No podía olvidarte —contesté, acercándome más—. Y traje compañía.
Se giró hacia Carolina. La miró de arriba abajo, lento, apreciando cada centímetro.
—E tu és…?
—Carolina —dijo ella muy bajito, sin apartar la mirada—. La amiga.
Mateus sonrió más amplio.
—Prazer, Carolina. Gostas de dançar?
Ella tragó saliva.
—Un poco… sí.
La cogió de la mano con suavidad, luego a mí de la otra.
—Vem comigo. As duas.
***
Nos llevó a un rincón oscuro junto a unas columnas de hormigón. La pared estaba fría. El humo, denso. El bajo retumbaba dentro del pecho.
Primero me besó a mí, profundo, la lengua invadiéndome la boca como si quisiera recordar el sabor. Luego se giró hacia Carolina y le levantó la barbilla con dos dedos.
—Posso? —preguntó muy bajito.
Ella asintió, temblando un poco. La besó lento, exploratorio, con paciencia. Carolina gimió bajito contra su boca y yo sentí algo extraño y bonito al mismo tiempo, viendo a mi compañera abrirse así.
Mateus me miró a los ojos.
—Tira o vestido, miúda. Quero ver.
Carolina se quitó el vestido despacio, quedando en tanga negro y sujetador a juego. Piel morena perfecta, cuerpo delgado temblando contra la pared. En la luz roja parecía sacada de una fotografía clandestina.
Mateus se bajó la cremallera. Sacó esa polla que yo recordaba en sueños: larga, gruesa, curvada, venosa, la cabeza oscura e hinchada. Carolina abrió mucho los ojos.
—Madre mía… —susurró—. ¿Eso entra?
—Vai entrar —dijo Mateus, riéndose bajito—. Vem cá.
Me arrodillé primero. La lamí despacio, saboreando el precum salado, la sal mezclada con el almizcle. Carolina se arrodilló a mi lado, tímida al principio. Lamimos juntas: las lenguas rozándose, besándonos alrededor del glande, riéndonos cuando nos chocaban las narices. Mateus gruñó por encima de nosotras.
—Foda-se… as duas… assim…
Luego me puso contra la pared, me levantó una pierna y me penetró despacio. Gemí alto, sin pudor.
—Joder… otra vez… me partes…
—Calma… aguentas tudo —susurró, empezando a moverse profundo, golpeando un sitio que solo él parecía conocer.
Carolina se acercó por detrás, me besó el cuello, me pellizcó los pezones por encima del encaje. Luego se arrodilló y lamió donde se unían: mi clítoris, sus testículos, el contorno de la polla entrando y saliendo.
—Sabe… a los dos —murmuró, voz ronca, cambiada.
Mateus me folló más fuerte. Me corrí temblando, las piernas perdiendo fuerza, jugos bajándole por los muslos.
***
Luego le tocó a ella. La puso a cuatro patas contra la columna. Se frotó primero, cubriéndose con mis fluidos. Empujó despacio.
Carolina jadeó, asustada y rendida a la vez.
—Es… demasiado… despacio…
—Respira, miúda. Vais gostar —dijo Mateus, entrando centímetro a centímetro, dándole tiempo a su cuerpo.
Cuando estuvo dentro del todo, ella soltó un gemido largo, casi un quejido de gratitud.
—Joder… me llena… me llena entera…
Mateus empezó a moverse. Yo me puse delante, le metí la lengua en la boca mientras él la follaba por detrás, sintiendo cómo se le tensaban los músculos del cuello bajo mis dedos. Luego me senté en el suelo delante de ella y abrí las piernas. Carolina me comió el coño mientras Mateus la embestía sin pausa.
—Diz que és minha… as duas —gruñó Mateus, voz cargada.
—Sou tua… —jadeó Carolina—. Fode-me… mais…
Se corrió apretándolo, temblando de pies a cabeza, los gemidos ahogados contra mi coño. Mateus aceleró y se vació dentro de ella con un rugido que se confundió con el bajo de la pista.
Al final volvimos a mí. Me levantó, las piernas alrededor de su cintura, y me folló contra la pared mientras Carolina lamía desde abajo, recogiendo lo que caía. Me corrí gritando, él se corrió dentro otra vez, los chorros calientes rebosando sobre la lengua de ella.
***
Salimos al amanecer, los tres pegados, oliendo a sexo y a sudor, con la ropa medio puesta. Caminamos por la marginal mientras el cielo se ponía rosa sobre los tejados de Matosinhos. Carolina me cogió la mano con la suya, voz muy bajita.
—Gracias… por traerme.
Mateus nos miró a las dos con esa media sonrisa que ya no me sorprendía.
—Próxima vez… na minha casa. Cama grande. Sem pressa.
Yo sonreí, con el cuerpo dolorido y lleno por dentro, sintiendo cómo Carolina se apretaba contra mi costado como si llevara meses esperando un sitio donde apoyarse.
—Hecho.