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Relatos Ardientes

Confesión: lo que pasó en el taxi aquella noche

Aquel viaje de trabajo se me había hecho infinito. Tres días de reuniones en una ciudad costera del sur, con un calor pegajoso que entraba por las ventanas a pesar del aire acondicionado y unos zapatos de tacón que me dejaron los pies destrozados. En el ascensor del edificio de oficinas me los quité y me puse unas sandalias planas que llevaba en el bolso, agradecida de poder volver a respirar.

La blusa de seda blanca, sin sujetador desde el mediodía, se me pegaba a la piel como una segunda capa. Mis pechos —grandes, pesados, demasiado evidentes para esa tela tan fina— se marcaban con cada movimiento, los pezones oscuros adivinándose contra el algodón húmedo. La falda recta de tubo, gris pizarra, me ceñía las caderas hasta el límite y subrayaba el balanceo del culo cada vez que daba un paso. Yo lo notaba. Lo notaba todo el mundo.

Salí del edificio cerca de las diez de la noche. Estaba agotada, sí, pero también encendida con esa calentura sorda que me entra siempre que estoy lejos de casa. Lejos de mi vida, de mi nombre, de las miradas que me conocen. Pedí un taxi por la aplicación: un Toyota Camry oscuro a tres minutos. Esperé en la acera, sintiendo cómo la tela de la blusa se me enfriaba contra los pezones todavía duros del aire acondicionado del despacho.

El coche apareció en silencio. Cuando el conductor bajó para abrirme la puerta, lo miré una sola vez y supe que la noche no iba a terminar como yo había planeado. Cuarenta y tantos años, moreno de piel, el pelo casi rapado, la barba de varios días bien delineada en el contorno de la mandíbula. Llevaba la camisa azul oscuro arremangada hasta los codos. Los antebrazos, gruesos, cruzados de tatuajes negros que se perdían bajo la tela. Tenía esos ojos que no piden permiso para mirarte.

Me senté detrás, en el lado del copiloto, y crucé las piernas despacio. La falda subió un palmo. Él lo vio en el espejo retrovisor antes incluso de arrancar. Le di la dirección del hotel —un Eurostars cerca del centro— y le sostuve la mirada una fracción de segundo más de lo que correspondía. Sonrió apenas, casi para sí mismo, y metió primera.

—Es tarde para terminar de trabajar —dijo al cabo de un par de manzanas.

—No me he puesto a trabajar hasta las diez —contesté.

Sostuve la mirada otro instante en el espejo y, sin apartar los ojos, me llevé los dedos al primer botón de la blusa. Lo desabroché. Después el segundo. Después el tercero. La tela se abrió y dejó al descubierto el canalillo entero, sudoroso, brillante bajo las luces amarillas del alumbrado.

—Hace mucho calor en este coche —dije con una sonrisa lenta.

Él no contestó. Pero apretó las manos en el volante hasta que se le marcaron los nudillos.

***

Continué el juego sin prisa. Me incliné hacia delante como si buscara algo en el bolso del suelo. La blusa se me cayó por completo hacia los lados y los pechos quedaron al aire, balanceándose con los baches del asfalto. Volví a sentarme despacio, sin tapármelos. Me los agarré con las dos manos y me pellizqué un pezón mientras lo miraba en el espejo.

—Joder —murmuró él, y la voz le salió ronca—. ¿Sabes lo que estás haciendo?

—Sé exactamente lo que estoy haciendo —respondí.

—¿Y vas a seguir así todo el camino?

—Depende de lo que me digas.

El semáforo se puso en rojo. Él se giró un poco en el asiento, sin soltar el volante, y me miró de frente por primera vez. Tenía la mandíbula tensa, los labios apretados.

—Súbete la falda —dijo en voz baja—. Quiero ver lo que llevas debajo.

Lo hice. Me la subí hasta la cintura y separé las rodillas. El tanga de encaje negro estaba empapado, brillante, pegado a los labios.

—Quítatelo. Y abre las piernas como yo te diga.

Enganché los dedos en el elástico, me lo bajé despacio por los muslos y lo dejé caer al suelo del coche. Apoyé un pie en el asiento de delante y dejé la otra pierna abierta contra la puerta. Estaba tan mojada que sentía el frescor del aire acondicionado entre los muslos.

—Tócate —ordenó—. Que te vea. Despacio.

Llevé la mano al sexo y me acaricié con dos dedos, abriéndome para él. Me los hundí dentro y me los saqué brillantes. Él me miraba por el espejo y por encima del hombro a partes iguales, sin disimular ya, conduciendo casi sin mirar la carretera.

—Eres una guarra. ¿Lo sabías?

—Llevo todo el día sabiéndolo —jadeé.

***

Cambió el rumbo. No fuimos hacia el hotel. Apagó el taxímetro con un gesto seco y giró por una calle lateral hacia la zona de los polígonos, donde a esa hora ya no quedaba nadie. Naves cerradas, contenedores apilados, una farola fundida cada veinte metros. Aparcó en un descampado entre dos almacenes, se bajó del coche y abrió mi puerta de un tirón.

—Sal. Ya no aguanto más.

Salí con la falda enrollada en la cintura, la blusa abierta de par en par y los pechos al aire. La noche era cálida, espesa. Olía a goma quemada y a mar lejano. Él se acercó a mí, me agarró de la nuca con una mano y me besó por primera vez. Fue un beso violento, sucio, lleno de saliva y dientes. Su otra mano me agarró un pecho y lo apretó hasta hacerme gemir contra su boca.

—Llevo desde que has subido al coche aguantándome —dijo con la boca pegada a mi cuello—. Eres consciente de lo que has provocado, ¿verdad?

—Para eso me he subido —contesté.

Me empujó contra el lateral del Toyota. El metal estaba tibio contra mi espalda. Me bajó la cabeza con la mano que tenía libre hasta que quedé de rodillas en el suelo polvoriento. Se desabrochó el cinturón, se bajó la cremallera. La polla salió ya dura, gruesa, ligeramente curvada hacia arriba, brillante en la punta.

—Ábrela. Y no la sueltes hasta que yo te diga.

Abrí la boca y me la metió de un empujón. Me llegó al fondo de la garganta y me hizo lagrimear. Empezó a moverse despacio al principio, sujetándome la nuca con las dos manos, marcándome el ritmo. Yo le ayudaba con la lengua, succionaba, lo babeaba entero. Sentía el sabor a sal, a piel limpia, a hombre sudado por una noche larga al volante.

—Así, así, trágatela hasta el fondo… qué bien lo haces… no la sueltes…

De pronto aceleró. Me follaba la boca a embestidas cortas y profundas, sujetándome la cabeza para que no me apartara. Yo no quería apartarme. Me agarré a sus muslos con las dos manos y aguanté hasta que él mismo decidió sacarla, de golpe, dejándome un hilo de saliva colgando de la barbilla.

—Levántate. Apoya las manos en el capó.

***

Lo hice. El metal del capó conservaba el calor del motor todavía. Puse las palmas sobre la chapa, separé las piernas y arqueé la espalda. Sentí cómo me agarraba las caderas con las dos manos y cómo se hundía detrás de mí, deslizando la polla entre los labios mojados sin penetrarme aún, solo restregándomela arriba y abajo.

—Dilo —murmuró—. Dime qué quieres.

—Quiero que me la metas por el culo —jadeé—. Lo quiero desde que te he visto bajar del coche.

No hizo falta más. Escupió en su mano, me embadurnó el ano con saliva y empujó la cabeza contra el orificio. Tardó. Empujó despacio, parándose, dejándome respirar. Sentí cómo se abría camino dentro de mí, cómo el ardor se mezclaba con un placer que me subía por la columna. Cuando estuvo entero dentro, soltó un gruñido largo contra mi nuca.

—Joder, qué apretado…

—Muévete —le pedí—. Por favor.

Empezó a moverse despacio. Salía hasta la mitad y volvía a entrar hasta el fondo, dándome tiempo a acostumbrarme. Yo apretaba las manos contra el capó, dejaba que mis pechos rebotaran contra el metal caliente, le dejaba hacer. Poco a poco aceleró. Me agarró del pelo y me tiró la cabeza hacia atrás.

—¿Te gusta así? Dímelo.

—Sí… más fuerte… no pares…

—Eres una golfa —gruñó—. Te he calado nada más verte. Sabía que ibas a acabar así.

—Y aquí estoy —respondí entre jadeos.

***

Embistió más fuerte. Cada golpe me hacía resbalar un poco hacia delante sobre el capó. Me agarró un pecho con una mano y me lo apretó mientras me cogía de la cadera con la otra. Me daba palmadas en el culo, fuertes, sonoras, que dejaban la piel ardiendo. Yo gemía sin pudor, ya sin contención. Estábamos en un descampado vacío, pero podríamos haber estado en mitad de una plaza y no me habría importado.

Me dio la vuelta de un tirón. Me sentó sobre el capó, me abrió las piernas y volvió a hundirse, esta vez mirándome a la cara. Yo le pasé las piernas por las caderas y le clavé los talones. Él me besó otra vez, sin dejar de moverse, mordiéndome el labio inferior hasta hacerme jadear.

—Mírame —dijo—. Quiero ver tu cara cuando me corra dentro.

Lo miré. Tenía los ojos negros clavados en los míos, la frente brillante de sudor, la boca entreabierta. Aceleró el ritmo. Yo le rodeé el cuello con los brazos y me dejé llevar. Sentí cómo se tensaba entero, cómo se hundía hasta el fondo y se quedaba ahí, soltando un gruñido grave mientras me llenaba con un calor espeso que me bajaba por el interior de los muslos.

Se quedó así un rato largo, con la frente apoyada en la mía, respirando fuerte. Yo le acariciaba la nuca con la punta de los dedos, sin decir nada, escuchando solo el zumbido lejano de la autopista y el tictac del motor enfriándose.

—¿De verdad me llevabas al hotel? —pregunté al fin.

—Te llevo ahora —contestó con media sonrisa—. Pero la próxima vez que vengas a esta ciudad, escríbeme antes.

***

Me devolvió las bragas hechas un ovillo. No me las puse. Me bajé la falda como pude, me abroché un solo botón de la blusa y me senté en el asiento de atrás como si nada hubiera pasado. Él retomó el camino al hotel con el taxímetro encendido otra vez, en silencio. Solo cruzábamos miradas en el espejo, y cada una de aquellas miradas duraba un poco más que la anterior.

Me dejó en la puerta del Eurostars. Me bajé del coche con las piernas todavía temblándome y subí a la habitación sin mirar al recepcionista. En el ascensor me apoyé contra la pared y cerré los ojos. Mañana tengo otra reunión a las nueve. El pensamiento me hizo sonreír sola.

Entré en la habitación, me dejé caer en la cama vestida y me llevé los dedos al sexo otra vez. Estaba todavía hinchada, palpitante, mojada de él y de mí. Me masturbé despacio, con el móvil en la mesilla y su número guardado bajo otro nombre, pensando en el calor del capó contra mis pechos, en el olor a polígono vacío, en aquellos ojos negros que me habían reconocido a la primera.

Esto es lo que pasó. No espero que nadie me entienda, ni quiero que nadie me juzgue. Pero cuando vuelva a esa ciudad —y voy a volver, lo sé— le voy a escribir. Y él, en algún punto del sur, mirando el espejo retrovisor de un Toyota Camry oscuro, lo sabe también.

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Comentarios (9)

PaolaSC

tremendo relato!! espero la segunda parte

LoboNocturno7

Me quede pensando en ese taxista jaja. Que tension la que describis, se nota que es real

MarinaOk_52

increible como fluye, sigue asi!!

TatianaOk

Dios mio, esa imagen inicial con los tacones en la mano y la blusa pegada... lo describe todo sin decir nada. Genial

EstebanMDP

Y despues que paso?? no nos podes dejar asi jaja, quiero saber todo

FierroLector

Me recordo a una noche que yo tambien subi a un taxi en condiciones similares... la historia fue muy diferente pero el nervio en el estomago era igual jajaja

LunaR_77

confesiones es mi categoria favorita y este relato es de los mejores que lei por aca

RosalinaMar

Muy bien escrito, tiene ese tono de cosa que realmente ocurrio. Se nota en los detalles, muy creible todo

CarlitosG

El taxista sabia exactamente lo que hacia con esos ojos en el espejo jajaja, clasico

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