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Relatos Ardientes

La japonesa que me llevó a un onsen esa noche

3.8 (17)

El aterrizaje en Haneda fue como quitarse un peso de encima. Venía de Singapur con una escala de casi veinte horas que me había dejado sin fuerzas. Por suerte, mi estatus de viajero frecuente —tantos años cruzando el mundo tenían que servir para algo— me dio acceso a la sala VIP del aeropuerto. Me duché, comí algo decente y esperé el vuelo mirando las pantallas de noticias sin procesar nada de lo que veía. Cuando el avión por fin tocó tierra en Tokio, sentí que recuperaba la condición humana.

En Business la cabina estaba casi vacía. Salí de los primeros, atravesé la terminal a buen paso con la maleta rodando sobre el suelo impecable del aeropuerto y me dije lo mismo que siempre en estos viajes: solo quería un taxi y una cama.

Mi empresa había reservado el Hotel Katsura, en pleno Shinjuku, para que no perdiera tiempo desplazándome a las reuniones. Era el típico cuatro estrellas japonés: minimalista, silencioso, con esa atmósfera aséptica que tanto agradeces cuando llevas dos días cruzando husos horarios.

Y justo al cruzar la entrada giratoria, me la encontré.

No sé cómo describirlo con precisión. Era el tipo de mujer que desorganiza cualquier pensamiento ordenado: imposible adivinar si tenía veinte años o treinta y cinco. Piel de porcelana, estructura delicada, pero con una presencia que llenaba el espacio. Llevaba un vestido de color marino de corte discreto que le marcaba las caderas de un modo que hacía imposible mirar hacia otro lado. Nuestros ojos se cruzaron un segundo —uno solo— y algo se encendió entre los dos, algo eléctrico e involuntario.

Pagué el taxi, recogí la llave en recepción y, cuando giré la cabeza, ella ya había desaparecido entre la gente del lobby. No le di más vueltas. Subí a la habitación, pedí un whisky al servicio de habitaciones y me quedé dormido encima de la cama con los zapatos puestos.

***

A la mañana siguiente, el teléfono me sacó del sueño. Era una voz femenina con acento japonés marcado y un castellano casi perfecto. El señor Tanaka no podría recibirme hasta las seis de la tarde. Tenía la mañana y la tarde libres.

Me duché, me puse lo más cómodo que encontré en la maleta y bajé al lobby.

Y ahí estaba ella.

Sentada en uno de los sillones junto a la cafetería del hotel, ahora con un traje de chaqueta gris marengo, completamente corporativa. En cuanto me vio, se levantó y caminó hacia mí con una sonrisa difícil de interpretar.

—Buenos días. Soy Yuki, la nieta del señor Tanaka. Mi abuelo me ha pedido que le haga de guía hoy.

Me tendió la mano. La estreché. Era pequeña, de dedos finos, con un apretón firme y cálido al mismo tiempo.

—Marcos —dije—. Encantado. Y aliviado: no habría durado ni una hora solo en esta ciudad.

Ella soltó una risa corta, como si la hubiera sorprendido, y señaló hacia la salida.

***

Nos metimos en un taxi grande, de esos de asientos altos y tapicería blanca, camino al Santuario Meiji. Yuki me explicó el programa del día: el santuario, el mercado de Toyosu, quizás Harajuku si daba el tiempo.

Yo asentía y respondía, pero mi atención era solo parcial. La falda del traje se le había subido ligeramente al sentarse, lo justo para dejar a la vista el borde de un liguero de encaje negro contra su piel blanquísima. Fue un detalle que no debería haber visto y que se me grabó en la memoria al instante. Desvié la vista rápidamente, pero al hacerlo me choqué de lleno con sus ojos, que me miraban con una expresión imposible de descifrar. Los dos nos pusimos colorados como si nos hubieran sorprendido haciendo algo que no debíamos y terminamos mirando por ventanas distintas durante el resto del trayecto.

El día entero fue así. Un juego de miradas furtivas y de tensión acumulada en pequeños gestos. Yo me perdía en su perfil, en la manera en que movía las manos al hablar. Ella, de vez en cuando, me observaba con una discreción que no era del todo discreta. En el santuario, cuando me explicó el ritual del purificador de agua, sus dedos rozaron los míos sin ninguna necesidad real de hacerlo. En el mercado de Toyosu, nuestros hombros se tocaron durante más tiempo del necesario mientras mirábamos una bandeja de atún rojo. Nada explícito. Todo cargado.

Caminamos por Harajuku cuando ya empezaba a caer la tarde. Los turistas y el ruido de la calle creaban esa burbuja extraña de intimidad que a veces generan los lugares concurridos: los dos juntos en medio de todo, como si el resto del mundo fuera decorado.

***

Fue entonces cuando Yuki se detuvo en una esquina y me miró con una expresión más seria, como si hubiera tomado una decisión.

—Hay algo que podría interesarte antes de cenar —dijo—. Un onsen. Pero no uno cualquiera. Es un konyoku.

—¿Un konyoku?

—Un baño termal mixto. Hombres y mujeres juntos, sin separación.

Lo dijo con una naturalidad absoluta, como si me estuviera proponiendo tomar un café. Pero sus ojos decían otra cosa completamente.

—Vamos —respondí, sin pensarlo más.

Llegamos por un sendero de piedra iluminado con faroles de bambú. Un hombre mayor nos recibió en silencio, nos guió a cuartos separados y dejó sobre un banco de madera una bata de algodón blanco. Me duché con agua fría siguiendo las indicaciones de un cartel en japonés que Yuki me había traducido de antemano y bajé hacia el estanque de piedra que emanaba vapor en la oscuridad.

El agua estaba muy caliente. Me senté en los escalones de piedra, apoyé la nuca en el borde y cerré los ojos. El ruido de la ciudad había desaparecido por completo. Solo había vapor, el olor mineral del agua termal y el canto de algún insecto nocturno entre los árboles.

Entonces oí el chapoteo.

Yuki entró al agua sin ropa, despacio, con una calma que hacía que todo pareciera natural. Y quizás para ella lo era. Para mí fue un impacto físico. Tenía el cuerpo que yo ya sospechaba detrás del traje y los vestidos: pechos medianos y firmes con aureolas grandes y oscuras, una cintura que acentuaba las curvas de sus caderas, y entre las piernas un vello muy cuidado que enmarcaba unos labios carnosos. Se metió al agua con parsimonia, dejando que el vapor la envolviera, y se colocó frente a mí.

Había dejado de ser la nieta del señor Tanaka.

Se acercó flotando, sin prisa. Me rodeó el cuello con los brazos y me besó. No fue un beso tentativo ni ceremonioso. Fue directo, con un hambre contenida, como si llevara horas esperando el momento.

Bajo el agua, su mano me encontró y me acarició despacio, con una exploración deliberada que me puso duro en segundos. El calor del agua sobre la piel, sus dedos moviéndose con una paciencia que rozaba la crueldad, su lengua en mi boca. Yo le recorrí los pezones con las yemas de los dedos, sintiendo cómo se endurecían, y bajé por su vientre hasta encontrar lo que buscaba.

Estaba húmeda de una manera que no tenía nada que ver con el agua del onsen.

Estuvimos así un tiempo indefinido. La oscuridad, el vapor y el silencio del lugar amplificaban cada contacto. Me perdí en la textura de su piel, en los pequeños sonidos que se le escapaban cuando la tocaba en el sitio exacto. Ella me sostenía con una firmeza que contrastaba con la delicadeza del resto de sus gestos.

***

De repente, se levantó del agua.

El agua resbalaba por su cuerpo mientras permanecía de pie frente a mí durante un segundo. Luego dio media vuelta y me hizo un gesto con la mano. La seguí por un pasillo de madera hasta una habitación pequeña y cálida, iluminada solo con velas, con un futón en el suelo cubierto por una sábana blanca.

Me tumbé. Ella se arrodilló entre mis piernas, me miró desde abajo y empezó.

Empezó desde el principio, sin prisa. Besó mi abdomen, el hueso de la cadera, el muslo interior, todo menos donde yo necesitaba que fuera, hasta que abrió la boca y me tomó por completo. El calor húmedo fue una sacudida eléctrica. Yuki trabajaba con un ritmo lento y deliberado, usando la lengua para rodear la corona mientras sus ojos —oscuros, brillantes por la luz de las velas— se clavaban en los míos desde abajo.

Esa mirada desde abajo era lo más desestabilizador de todo. Una mezcla de entrega y de algo completamente opuesto, como si supiera exactamente lo que estaba haciendo y disfrutara de cada efecto que producía.

—Yuki... —murmuré, arqueando la espalda sin querer.

Se detuvo un momento, solo para lamer la base con la punta de la lengua, y luego me hundió de nuevo hasta el fondo de su garganta. Las mejillas se le apretaban contra mí. Hundí las manos en su pelo negro y lacio, guiando el ritmo sin forzar, dejándome llevar por completo.

Después de varios minutos que no podría haber medido, se incorporó lentamente. Tenía los labios hinchados y brillantes. Se posicionó sobre mí a horcajadas, dándome la espalda, y su cuerpo quedó exactamente sobre mi cara. El aroma del onsen, esa mezcla de mineral, vapor y su piel limpia y excitada, lo llenaba todo.

Se inclinó hacia adelante y me rodeó con la boca de nuevo, esta vez desde un ángulo diferente, mientras su sexo quedaba justo encima de mí. El mensaje era imposible de malinterpretar.

Me puse a trabajar. Hundí la lengua entre sus labios, buscando su clítoris con la punta, abriendo y cerrando los pliegues con la boca mientras ella respondía con un movimiento rítmico de cadera que me dejaba sin respiración. El sabor era intenso y cálido, mezclado con el rastro mineral del agua termal en su piel. Sus gemidos llegaban amortiguados, vibración pura contra mi cuerpo.

Fueron varios minutos en esa posición, los dos entregados al mismo tiempo, sin prisa, sin jerarquía. Hasta que ella se detuvo, se dio la vuelta y me miró con una expresión que era mitad pregunta y mitad decisión ya tomada.

Me buscó con la cadera, encontró el ángulo correcto y se fue bajando lentamente, centímetro a centímetro, hasta que me tuvo por completo.

La sensación fue brutal. Estaba muy estrecha. La sentía ajustarse a mí en tiempo real, con cada fracción de ese descenso. Cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás con el cuello largo y blanco completamente expuesto, y empezó a moverse. No arriba y abajo al principio: círculos lentos y precisos, moliendo su pelvis contra la mía con una concentración absoluta.

Mis manos bajaron a sus caderas, luego a sus nalgas, sintiendo la tensión de sus músculos con cada movimiento. El sonido de nuestros cuerpos uniéndose, sus suspiros en un japonés que yo no entendía pero que comprendía perfectamente, las velas proyectando sombras en las paredes de papel. Todo formaba una escena que parecía sacada de otro tiempo.

Ganó velocidad. Me empujé desde abajo para encontrarla, buscando fondo, sintiendo el impacto en cada embestida. Yuki se inclinó hacia adelante y aplastó su pecho contra el mío, buscando mi boca con urgencia. El beso fue profundo y desesperado. Sus uñas se clavaron en mis hombros.

—No pares —me dijo al oído, con ese acento que me ponía la piel de gallina.

La giré con cuidado hasta dejarla boca arriba. Le subí las piernas a mis hombros —esas piernas blancas que me habían obsesionado todo el día desde el taxi— y la penetré con fuerza. La vista era una provocación directa al cerebro: su cuerpo completamente abierto, sus labios oscuros estirándose con cada movimiento, sus ojos entornándose hasta cerrarse.

Sentí cómo se tensaba entera, cómo sus paredes se apretaban alrededor de mí en oleadas. Los muslos le temblaron. Los dedos se le clavaron en el futón. Y se corrió con un sonido gutural que rompió el silencio de la habitación, una tensión que arrancó desde adentro y se propagó por todo su cuerpo en espasmos largos y profundos.

Sus contracciones me arrastraron con ella. Me vacié dentro soltando un gruñido sordo, sintiendo los últimos espasmos de placer recorriéndonos a los dos sobre ese futón en el corazón de Tokio.

***

Después, nos quedamos tumbados durante un rato que no medí. El techo tenía una viga de madera oscura que contemplé sin pensar en nada concreto. Yuki tenía la cabeza apoyada en mi pecho y respiraba despacio, con una calma que contrastaba con todo lo que acababa de pasar.

—Mi abuelo espera que llegues descansado a la reunión —dijo al final, completamente en serio.

Me reí. No pude evitarlo. Ella también se rio, y el sonido llenó la pequeña habitación de papel y madera.

—Llegaré —le prometí—. No sé cómo, pero llegaré.

Se incorporó apoyándose en un codo, me miró con una expresión que mezclaba satisfacción y algo más difícil de nombrar, y dijo:

—Bienvenido a Tokio, Marcos-san.

Me quedé allí tumbado después de que saliera, escuchando el agua del onsen al otro lado de los paneles de madera, con el cuerpo vacío y la mente más despejada que en semanas. En todos mis años de viajes de negocios, nunca había llegado tan lejos de casa y al mismo tiempo tan cerca de sentir algo real.

Al día siguiente, la reunión con el señor Tanaka duró dos horas. Firmamos lo que había que firmar. Yuki estuvo presente durante toda la reunión, tomando notas, con el mismo traje gris de la mañana anterior.

No cruzamos ninguna mirada especial. No hizo falta ninguna.

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3.8 (17)

Comentarios (9)

durox

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Sandra1282

Por favor segui con la historia! quede con ganas de saber que paso despues

turista

me recordo a un viaje que hize por asia hace anos... hay cosas que no se olvidan jajaja

Ernesto

la japones hablaba bien espanol o se entendieron de otra manera?? jaja pregunta sincera

viajero73

Que buen relato, se siente autentico y no forzado. Eso es lo que mas me gusta, que parece que de verdad paso

Ibero54

los onsen tienen fama por algo jaja. Buenisimo

rosaviuda

me encanto la forma de contarlo, tan natural y sin exagerar. Esperando el proximo!

Marta_K

dios mio que envidia!! jaja

Ricardo

Muy bueno, se hizo corto. Una segunda parte no vendria mal :)

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