Dos semanas pensando en él y lo encontré en la esquina
Hay encuentros que te marcan de una manera que no tiene nombre. La primera vez que me hice suya fue uno de esos. Después de que Damián se fuera aquella noche, me quedé acostada mirando el techo con la certeza de que algo había cambiado, aunque no supiera bien qué.
Las dos semanas que siguieron fueron una forma suave de tortura.
Me acostaba tarde. Me despertaba antes de la alarma sin ninguna razón aparente. En la oscuridad del cuarto revivía todo con una precisión que me desesperaba: cómo había pasado la lengua por mi cuello antes de bajar, cómo me había tomado del pelo, cómo yo había dejado de pensar en cualquier otra cosa en el momento en que lo tuve en la boca por primera vez. La sensación de llenura, de rendirme completamente, de dejar de ser la chica calculadora que era el resto del tiempo. Eso era lo que me seguía a todas partes. Me sorprendí mirando el teléfono con la esperanza de que me apareciera un mensaje. Nada. Ni una sola palabra en quince días.
Lo que más me incomodaba, lo que no me animaba a contarle a nadie, era que no solo fantaseaba con lo que me había hecho a mí. También pensaba en su novia. Me preguntaba si con ella era así, si ella conocía esa versión de él que yo había conocido, si alguna vez se había entregado de la misma manera que yo aquella noche. Esos pensamientos no me enorgullecían. Pero tampoco podía apagarlos.
Quince días después, llegó el mensaje.
Era miércoles a la tarde. Estaba en la casa de Sofía, las dos frente al espejo grande de su cuarto, ella con el delineador en la mano y yo inclinando la cabeza para que me pintara mejor. Íbamos a salir a bailar. Me había llevado casi media hora elegir el vestido negro corto que al final tenía puesto, uno que se me subía con cada paso y que me hacía dudar si salir con él era buena idea o no.
El teléfono vibró sobre la cama.
Hola.
Una palabra. Sin nombre. Sin ningún contexto. Lo reconocí igual, de inmediato, sin ninguna duda.
Le escribí que pensé que no iba a volver a saber de él. Me respondió preguntando si lo había extrañado, que si quería tomar un café esa noche. Tardé en contestar, buscando el tono justo, el que diera a entender que podía o no podía, que no había ninguna urgencia de mi parte, aunque mi cuerpo me pedía que cancelara todo y fuera a donde me dijera.
—Hoy tengo planes —escribí—. Mañana puedo. Decime dónde nos cruzamos.
—¿Qué planes? Contame adónde vas a estar —respondió.
Le conté que salíamos a bailar, que estaba en la casa de una amiga preparándome. Sofía me preguntó algo sobre los tacos y tuve que dejar el teléfono. Cuando lo retomé, tenía una llamada perdida de él y un mensaje corto:
Salí a la esquina de donde estás.
—Bajo un segundo —le dije a Sofía.
—¿Quién es? —preguntó sin apartar la vista del espejo.
—Nadie importante —dije.
Mentira.
Me acomodé el vestido y salí. Caminé los veinte metros hasta la esquina sintiendo los tacos resonar en el asfalto húmedo. Él estaba ahí, apoyado en la moto, con esa postura suya de hombre que tiene todo el tiempo del mundo. Me miró de arriba abajo sin ningún disimulo.
—Demasiado linda para ir a bailar sola —dijo—. ¿Qué es lo que estás buscando en realidad?
—Lo mismo que buscás vos con tu novia —respondí.
Se me quedó mirando un segundo. Después se levantó de la moto, me rodeó con los brazos y me apretó contra él. Me besó con fuerza, con esa boca que yo había soñado quince noches seguidas, y me mordió el labio inferior hasta que el dolor y el placer se mezclaron. Bajó al cuello. Volvió a morder. Y sin ningún aviso me bajó el escote del vestido y apoyó la boca en mi pecho, ahí, en plena vereda, con los autos pasando a dos metros.
—Vamos allá —dijo señalando con la cabeza un descampado oscuro al lado de una obra sin terminar—. Quiero que me hagas algo antes de que te vayas.
—Damián, no podemos. Sofía me está esperando arriba. Esta noche no.
Me levantó en brazos antes de que terminara la frase. Caminó hacia el descampado con toda la calma del mundo mientras yo protestaba en voz demasiado baja como para convencer a nadie. Mis brazos lo rodearon por reflejo. Mi cuerpo sabía cosas que mi cabeza todavía no había procesado.
Una vez adentro me besó más despacio. Con las manos en mi cara, sin apuro, como si hubiera pasado un mes desde la última vez y quisiera recordar cada detalle. Me solté de él. Retrocedí un paso. Y me arrodillé en el piso de tierra con el vestido negro extendido a los costados, mirándolo desde abajo.
—Quiero que me llenes la boca —dije en voz baja—. Por favor.
Él no respondió de inmediato. Me miró un momento, los ojos oscuros, la respiración un poco más pesada.
—Abrí la boca, entonces —dijo.
Lo tomé despacio, sintiendo el calor y el peso en la lengua, encontrando el ritmo con los labios. Empecé a moverme más profundo, alternando la presión, pasándole la lengua por todas partes. Le tomé las caderas con las manos para tener algo de control, pero él me agarró la cabeza y marcó los tiempos él solo. Cerré los ojos. Dejé de pensar en el club, en Sofía, en el vestido, en todo. Solo existía eso: el piso de tierra bajo mis rodillas, su olor, el ruido lejano de la calle, y la satisfacción extraña de estar exactamente donde quería estar.
Cuando llegó cerca me avisó con un sonido que aprendí a reconocer la primera vez. No me aparté. Me quedé quieta hasta el final, con los ojos cerrados y las manos en sus caderas. Después me levanté despacio, me pasé la lengua por los labios y lo besé en la boca.
—Ahora sí me voy —dije.
Me agarró del brazo.
Me quedé quieta. Sentí su respiración todavía agitada, su mano firme en mi muñeca. Algo en ese gesto me dijo que no había terminado.
Me dio vuelta. Quedé de espaldas a él, mi espalda pegada a su pecho, su mano cerrándose suave alrededor de mi cuello. Sentí que su cuerpo volvía a responder.
—Falta algo más —dijo con la boca en mi oreja—. Quiero mostrarte algo que todavía no sabés lo que es.
—¿Qué cosa? —pregunté, aunque algo en el cuerpo ya intuía la respuesta.
Me subió el vestido. Con una mano empezó a explorar despacio, los dedos pasando de un lugar a otro, recogiendo humedad y llevándola más arriba, presionando apenas en ese territorio que nunca nadie había tocado así. El cuerpo entero se me tensó.
—Damián —dije.
—Shhh. Respirá. Mirá hacia allá y respirá.
Su boca no paraba de besarme el cuello, el hombro, la nuca. La presión de sus dedos era apenas perceptible, una pregunta más que una imposición. Pero yo sabía lo que venía. Y me dio miedo. Le dije que parara. Le dije que me iba a doler, que no quería eso, que esa noche no.
—Te pregunto en serio —dijo sin moverse—. ¿Querés que pare del todo?
Esperó. La mano quieta donde estaba. La boca todavía en mi cuello. Su cuerpo irradiando calor contra mi espalda.
No quería que parara del todo.
Tomé su mano libre y la puse en mi cadera. No hizo falta decir nada más. Él entendió y avanzó muy despacio, milímetro a milímetro, diciéndome en voz baja que confiara, que respirara, que no iba a lastimarme.
Cuando entró por primera vez me paralicé.
La sensación no tenía clasificación posible. Intensa, nueva, diferente a todo lo que conocía. Él se quedó quieto unos segundos, dejándome acostumbrarme, sin moverse. Después empezó, muy despacio, con las caderas, con una paciencia que no esperaba de él.
—Así —dije, y no reconocí mi propia voz.
Algo se soltó. El miedo, la vergüenza, la idea de que eso no era para mí. Me moví con él y encontré el ritmo. Empecé a pedirle más con el cuerpo antes de animarme a decirlo con palabras. Él aceleró. Me tomó el pelo con una mano y apoyó la otra en mi boca cuando los gemidos se volvieron demasiado ruidosos para la noche abierta. Me apretó contra el árbol que teníamos delante. Sentí la corteza áspera en la palma de las manos, los nudos de la madera, el frío de la noche que dejé de sentir hace rato.
—Así te quería —dijo entre dientes.
Terminó adentro, apretándome contra él, con la boca en mi hombro y las manos cubriéndome las caderas. Nos quedamos quietos un momento, los dos sin hablar, con el ruido lejano del tráfico y el olor a tierra y perfume mezclados en el aire.
***
Llegué a la casa de Sofía diez minutos después. El maquillaje, de milagro, seguía casi intacto. Me acomodé el vestido frente al espejo del ascensor y practiqué cara de que no había pasado nada.
—Tardaste —dijo ella cuando abrió la puerta.
—Era el vecino del edificio —mentí—. Me quería pedir algo prestado.
—¿Tu vecino vive en este barrio?
—Largo de contar —dije, y fui al baño a retocarme.
Esa noche bailé hasta las cuatro. Tomé lo que me pusieron enfrente. Reí cuando correspondía reír. Me moví al ritmo de canciones que no escuché de verdad, porque en mi cabeza no había música. Solo el descampado oscuro, el árbol, su voz diciéndome que respirara.
Y la certeza absoluta de que iba a volver a buscarlo antes de que terminara la semana.