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Relatos Ardientes

Dos semanas pensando en él y lo encontré en la esquina

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Hay encuentros que te marcan de una manera que no tiene nombre. La primera vez que me hice suya fue uno de esos. Después de que Damián se fuera aquella noche, me quedé acostada mirando el techo con la certeza de que algo había cambiado, aunque no supiera bien qué.

Las dos semanas que siguieron fueron una forma suave de tortura.

Me acostaba tarde. Me despertaba antes de la alarma sin ninguna razón aparente. En la oscuridad del cuarto revivía todo con una precisión que me desesperaba: cómo había pasado la lengua por mi cuello antes de bajar entre mis piernas, cómo me había separado los muslos con las manos y me había chupado el coño hasta hacerme temblar, cómo me había tomado del pelo mientras yo tenía su verga entera en la boca por primera vez. Me acordaba del gusto salado del semen bajándome por la garganta, de la manera en que él me sostuvo la cabeza para que no me apartara, de la sensación de tener la boca llena y no poder respirar bien y no querer que terminara. Me acordaba de cómo después me había cogido en cuatro sobre la cama, de sus dedos hundidos en mis caderas, del sonido húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño empapado. Eso era lo que me seguía a todas partes.

Me despertaba con la mano entre las piernas sin darme cuenta. Me metía los dedos y pensaba en él, en su verga, en cómo me la había clavado hasta el fondo esa noche. Me corría mordiendo la almohada para que mi compañera de cuarto no me escuchara y después me quedaba con los dedos pegajosos, humillada de necesitarlo tanto. Me sorprendí mirando el teléfono con la esperanza de que me apareciera un mensaje. Nada. Ni una sola palabra en quince días.

Lo que más me incomodaba, lo que no me animaba a contarle a nadie, era que no solo fantaseaba con lo que me había hecho a mí. También pensaba en su novia. Me preguntaba si con ella era así, si a ella también le hacía tragar la corrida, si le clavaba la polla hasta el fondo como me lo había hecho a mí, si ella conocía esa versión de él que yo había conocido, si alguna vez se había entregado de la misma manera que yo aquella noche. Esos pensamientos no me enorgullecían. Pero tampoco podía apagarlos.

Quince días después, llegó el mensaje.

Era miércoles a la tarde. Estaba en la casa de Sofía, las dos frente al espejo grande de su cuarto, ella con el delineador en la mano y yo inclinando la cabeza para que me pintara mejor. Íbamos a salir a bailar. Me había llevado casi media hora elegir el vestido negro corto que al final tenía puesto, uno que se me subía con cada paso y que me hacía dudar si salir con él era buena idea o no.

El teléfono vibró sobre la cama.

Hola.

Una palabra. Sin nombre. Sin ningún contexto. Lo reconocí igual, de inmediato, sin ninguna duda.

Le escribí que pensé que no iba a volver a saber de él. Me respondió preguntando si lo había extrañado, que si quería tomar un café esa noche. Tardé en contestar, buscando el tono justo, el que diera a entender que podía o no podía, que no había ninguna urgencia de mi parte, aunque mi cuerpo me pedía que cancelara todo y fuera a donde me dijera.

—Hoy tengo planes —escribí—. Mañana puedo. Decime dónde nos cruzamos.

—¿Qué planes? Contame adónde vas a estar —respondió.

Le conté que salíamos a bailar, que estaba en la casa de una amiga preparándome. Sofía me preguntó algo sobre los tacos y tuve que dejar el teléfono. Cuando lo retomé, tenía una llamada perdida de él y un mensaje corto:

Salí a la esquina de donde estás.

—Bajo un segundo —le dije a Sofía.

—¿Quién es? —preguntó sin apartar la vista del espejo.

—Nadie importante —dije.

Mentira.

Me acomodé el vestido y salí. Caminé los veinte metros hasta la esquina sintiendo los tacos resonar en el asfalto húmedo. Él estaba ahí, apoyado en la moto, con esa postura suya de hombre que tiene todo el tiempo del mundo. Me miró de arriba abajo sin ningún disimulo.

—Demasiado linda para ir a bailar sola —dijo—. ¿Qué es lo que estás buscando en realidad?

—Lo mismo que buscás vos con tu novia —respondí.

Se me quedó mirando un segundo. Después se levantó de la moto, me rodeó con los brazos y me apretó contra él. Me besó con fuerza, con esa boca que yo había soñado quince noches seguidas, y me mordió el labio inferior hasta que el dolor y el placer se mezclaron. Bajó al cuello. Volvió a morder. Y sin ningún aviso me bajó el escote del vestido y sacó una de mis tetas afuera, ahí, en plena vereda, con los autos pasando a dos metros. Me chupó el pezón con la boca abierta, se lo metió entero, me lo mordió despacio hasta que se me escapó un gemido corto que traté de tragar. Sentí su mano libre metiéndose bajo el vestido, subiendo por el interior del muslo, y cuando encontró la bombacha me la corrió al costado con dos dedos y me tocó el coño directo, sin preámbulos. Estaba empapada. Se rió bajito contra mi cuello cuando lo comprobó.

—Mirá cómo estás —dijo—. Ni te tuve que tocar.

Metió un dedo. Después dos. Los movió despacio adentro mío mientras seguía mordiéndome el pezón afuera. Me tuve que agarrar de sus hombros para no caerme. Un auto pasó despacio y yo apreté los ojos rogando que el conductor no mirara para el costado.

—Vamos allá —dijo señalando con la cabeza un descampado oscuro al lado de una obra sin terminar—. Quiero que me hagas algo antes de que te vayas.

—Damián, no podemos. Sofía me está esperando arriba. Esta noche no.

Me levantó en brazos antes de que terminara la frase. Caminó hacia el descampado con toda la calma del mundo mientras yo protestaba en voz demasiado baja como para convencer a nadie. Mis brazos lo rodearon por reflejo. Mi cuerpo sabía cosas que mi cabeza todavía no había procesado.

Una vez adentro me besó más despacio. Con las manos en mi cara, sin apuro, como si hubiera pasado un mes desde la última vez y quisiera recordar cada detalle. Me solté de él. Retrocedí un paso. Y me arrodillé en el piso de tierra con el vestido negro extendido a los costados, mirándolo desde abajo.

—Quiero que me llenes la boca —dije en voz baja—. Por favor.

Él no respondió de inmediato. Me miró un momento, los ojos oscuros, la respiración un poco más pesada.

—Abrí la boca, entonces —dijo.

Le desabroché el cinto con las dos manos, le bajé el pantalón y el bóxer de un tirón hasta la mitad del muslo. Su verga saltó afuera, dura, gruesa, apuntándome a la cara. La agarré con la mano y le pasé la lengua desde la base hasta la punta, lento, sintiendo la vena gruesa vibrar contra mi lengua. Le di vuelta la cabeza con la lengua, chupé la punta como si fuera un caramelo, con los ojos clavados en los suyos. Escupí sobre la punta y la trabajé con la mano, después la volví a meter en la boca.

Lo tomé despacio, sintiendo el calor y el peso en la lengua, encontrando el ritmo con los labios. Empecé a moverme más profundo, alternando la presión, pasándole la lengua por todas partes. Le tomé las caderas con las manos para tener algo de control, pero él me agarró la cabeza con las dos manos, me hundió los dedos en el pelo y marcó los tiempos él solo. Me la clavó hasta el fondo de la garganta. Me dieron arcadas, se me llenaron los ojos de lágrimas, la saliva empezó a caerme por la comisura de la boca y bajarme al mentón. No paró. Siguió empujando, retirándose apenas para dejarme respirar y volviendo a fondo, con la respiración cada vez más pesada.

—Así, puta, así —murmuró—. Con toda la boca.

Le pasé la lengua por debajo, le chupé los huevos uno por uno mientras le seguía haciendo la paja con la mano, sintiéndolos tensarse contra mis labios. Volví a metérmela hasta la garganta. Cerré los ojos. Dejé de pensar en el club, en Sofía, en el vestido, en todo. Solo existía eso: el piso de tierra bajo mis rodillas, el olor a macho, el gusto salado del líquido preseminal que ya me llenaba la boca, el ruido lejano de la calle, y la satisfacción extraña de estar exactamente donde quería estar, arrodillada, con una verga hasta el fondo de la garganta.

Cuando llegó cerca me avisó con un sonido que aprendí a reconocer la primera vez. No me aparté. Al contrario: me la metí más profundo. Sentí la primera oleada de semen espeso golpeándome la garganta, después la segunda, la tercera, y me la fui tragando de a poco mientras él me sostenía la cabeza y no me dejaba mover. Me quedé quieta hasta el final, con los ojos cerrados y las manos en sus caderas, sintiéndolo palpitar dentro de mi boca hasta la última gota. Después me levanté despacio, me pasé la lengua por los labios, me limpié un hilo de semen del mentón con el dedo y me lo chupé mirándolo. Lo besé en la boca y le dejé sentir el gusto de su propia corrida en mi lengua.

—Ahora sí me voy —dije.

Me agarró del brazo.

Me quedé quieta. Sentí su respiración todavía agitada, su mano firme en mi muñeca. Algo en ese gesto me dijo que no había terminado.

Me dio vuelta. Quedé de espaldas a él, mi espalda pegada a su pecho, su mano cerrándose suave alrededor de mi cuello. Sentí que su cuerpo volvía a responder, la verga endureciéndose otra vez contra mi culo a través de la tela del vestido.

—Falta algo más —dijo con la boca en mi oreja—. Quiero mostrarte algo que todavía no sabés lo que es.

—¿Qué cosa? —pregunté, aunque algo en el cuerpo ya intuía la respuesta.

Me subió el vestido hasta la cintura. Me bajó la bombacha con una mano, la dejó colgando entre los muslos. Con la otra empezó a explorar despacio, los dedos pasando de un lugar a otro, hundiéndose primero en el coño empapado, entrando y saliendo con un ruido húmedo que me dio vergüenza escuchar, recogiendo esa humedad y llevándola más arriba, presionando apenas en ese territorio que nunca nadie había tocado así. El cuerpo entero se me tensó. El dedo mojado de mis propios jugos giraba despacio, dibujando círculos, apretando sin entrar todavía.

—Damián —dije.

—Shhh. Respirá. Mirá hacia allá y respirá.

Su boca no paraba de besarme el cuello, el hombro, la nuca. Metió un dedo en el culo, apenas la primera falange, y yo dejé escapar un sonido que no supe si era queja o pedido. Lo movió con paciencia, lo hundió más despacio, sacándolo y volviéndolo a meter, cada vez un poco más adentro. Con la otra mano me buscó el clítoris y empezó a frotarlo en círculos, distrayéndome, mezclando el placer conocido con el desconocido. La presión de sus dedos era apenas perceptible, una pregunta más que una imposición. Pero yo sabía lo que venía. Y me dio miedo. Le dije que parara. Le dije que me iba a doler, que no quería eso, que esa noche no.

—Te pregunto en serio —dijo sin moverse—. ¿Querés que pare del todo?

Esperó. La mano quieta donde estaba. La boca todavía en mi cuello. Su cuerpo irradiando calor contra mi espalda. Los dedos en mi clítoris moviéndose apenas, suficiente para que no pudiera pensar bien.

No quería que parara del todo.

Tomé su mano libre y la puse en mi cadera. No hizo falta decir nada más. Él entendió. Se escupió en la mano y se lubricó la verga con saliva, pasó los dedos por mi coño una vez más para juntar más humedad y untarse. La apoyó donde tenía que apoyarla y avanzó muy despacio, milímetro a milímetro, diciéndome en voz baja que confiara, que respirara, que no iba a lastimarme.

Cuando entró por primera vez me paralicé.

La sensación no tenía clasificación posible. Un ardor primero, una presión que me sacaba el aire, la certeza de que no iba a caber. Después algo cedió y sentí la cabeza pasar, gruesa, caliente, abriéndome de una manera nueva. Se me escapó un quejido largo. Él se quedó quieto unos segundos, dejándome acostumbrarme, sin moverse, con una mano en mi cadera y la otra volviendo a mi clítoris para que no dejara de estar mojada, para que el placer no se separara del dolor. Después empezó, muy despacio, con las caderas, ganando un centímetro por vez, con una paciencia que no esperaba de él.

—Así —dije, y no reconocí mi propia voz.

Algo se soltó. El miedo, la vergüenza, la idea de que eso no era para mí. La verga entró un poco más, y otro poco, y de golpe me di cuenta de que la tenía toda adentro, hasta la raíz, y no me había muerto. Todo lo contrario. Un calor raro me subió por la espalda. Me moví con él y encontré el ritmo. Empujé el culo hacia atrás yo sola, buscándolo, sintiendo cómo salía casi entera y volvía a entrar. Empecé a pedirle más con el cuerpo antes de animarme a decirlo con palabras. Después las palabras salieron solas.

—Más fuerte —le dije en voz baja—. Cogeme más fuerte.

Él aceleró. Me tomó el pelo con una mano y tiró hacia atrás hasta arquearme la espalda. Me la clavó de arriba abajo, con embestidas más largas, más profundas. Apoyó la otra mano en mi boca cuando los gemidos se volvieron demasiado ruidosos para la noche abierta. Me mordí sus dedos. Le chupé dos, tres, mientras me la seguía metiendo. Me apretó contra el árbol que teníamos delante. Sentí la corteza áspera en la palma de las manos, los nudos de la madera, el frío de la noche que dejé de sentir hace rato.

Bajó la mano al coño otra vez, dos dedos me abrieron paso ahí también, y de repente lo tenía en los dos agujeros al mismo tiempo, sus dedos empujando adelante y su verga cogiéndome atrás con el mismo ritmo. Algo se rompió adentro mío. La primera oleada me agarró desprevenida, un espasmo que me atravesó de las rodillas a la cabeza. Grité contra la palma de su mano. El culo se me apretó alrededor de su polla y él soltó un gruñido bajo, animal.

—Así te quería —dijo entre dientes—. Corriéndote con la polla en el culo.

Siguió cogiéndome mientras yo temblaba, sin bajar el ritmo, aprovechando que ya no podía sostenerme sola. Sentí sus caderas golpeándome atrás, sus huevos chocándome el coño empapado con cada estocada. Unos segundos más y lo escuché apretar los dientes. Se hundió hasta el fondo y se quedó ahí. Terminó adentro, apretándome contra él, con la boca en mi hombro y las manos cubriéndome las caderas, vaciándose en oleadas que sentí latir profundo, muy profundo. Nos quedamos quietos un momento, los dos sin hablar, con el ruido lejano del tráfico y el olor a tierra, a sexo y a perfume mezclados en el aire.

Cuando se retiró, despacio, sentí un hilo tibio bajarme por la cara interna del muslo. Me agaché a levantar la bombacha con las piernas temblando. Él me la sacó de las manos, se la guardó en el bolsillo trasero del pantalón y me sonrió.

—Esta noche bailás sin bombacha —dijo—. Y pensás en mí cada vez que sientas cómo te chorrea.

***

Llegué a la casa de Sofía diez minutos después. El maquillaje, de milagro, seguía casi intacto. Me acomodé el vestido frente al espejo del ascensor y practiqué cara de que no había pasado nada. Sentí el semen bajándome despacio por la pierna y apreté los muslos.

—Tardaste —dijo ella cuando abrió la puerta.

—Era el vecino del edificio —mentí—. Me quería pedir algo prestado.

—¿Tu vecino vive en este barrio?

—Largo de contar —dije, y fui al baño a retocarme.

Esa noche bailé hasta las cuatro. Tomé lo que me pusieron enfrente. Reí cuando correspondía reír. Me moví al ritmo de canciones que no escuché de verdad, porque en mi cabeza no había música. Solo el descampado oscuro, el árbol, su voz diciéndome que respirara, el ardor todavía vivo entre las nalgas cada vez que me movía en la pista.

Y la certeza absoluta de que iba a volver a buscarlo antes de que terminara la semana.

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4.5(15)

Comentarios(9)

Danyfrank

Excelente relato, se nota que es real. Gracias por compartirlo!!

Sebastian

Me dejo con ganas de mas. Y despues que paso? Espero que lo hayas vuelto a ver jaja

PaulaV91

Me encanto como lo contaste, sin vueltas y directo. Me recordo a algo parecido que me paso hace dos años, esa certeza de saber exactamente como iba a terminar la noche... es una sensacion rara pero hermosa.

koque56

muy bueno!!

Chepe92

La parte del mensaje fue lo mejor, tan simple y tan decisivo jaja. Bien narrado

Carlox88

tremendo!! esperando la segunda parte

Nadia_R

Como escribis! Se siente que esta pasando de verdad, nada forzado ni exagerado. Subi mas por favor

Alex1706

La tension desde el principio es perfecta. Muy buen relato, me gusto mucho como termina

MisterJ

Dos semanas pensando en alguien... el mejor prologo posible jajaja. Muy bien contado, se hizo corto

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