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Relatos Ardientes

Lo que hicimos esa noche en la finca

3.8 (22)

Llegamos a la finca de Felipe el viernes por la tarde, cuando el sol todavía pegaba fuerte sobre el camino de tierra. Éramos cinco: Felipe, Tomás, Rafa, Bruno y yo, Mateo. Los padres de Felipe ya estaban allí, Ernesto y Claudia, que nos recibieron con una bandeja de sándwiches recién hechos y una nevera llena de cervezas. Era el fin de semana largo que llevábamos meses esperando, y la finca cumplía con todo lo que la imaginación promete: piscina, zona de parrilla, billar cubierto y una zona arbolada que se perdía detrás de la casa cuando caía la noche.

No me detengo en Rafa porque no hay mucho que decir. Tomás era el más cuidado del grupo: piel canela, cara bien proporcionada, cuerpo trabajado en el gimnasio desde los catorce años. Felipe medía casi un metro ochenta, espalda ancha, con tatuajes en el pecho y los brazos que le daban ese aire de tipo que no se deja de nadie. Bruno era distinto a todos: alto, cerca del metro noventa, de piel oscura y facciones finas, siempre con ese aire de quien sabe exactamente cuánta atención ocupa en cualquier habitación. Nos conocíamos desde el colegio y había ciertos rumores sobre él que nadie se había molestado nunca en desmentir.

Pero lo que me robó la atención ese día no fue ninguno de mis amigos.

El padre de Felipe, Ernesto, tenía cuarenta y dos años y el cuerpo de alguien que no se ha descuidado ni un día. Cabeza rapada, barba negra bien recortada, tatuajes en ambos antebrazos y uno más grande en el lado derecho del pecho. Sus brazos eran el resultado de años de entrenamiento constante, y cuando hablaba lo hacía con una voz que llenaba el espacio. Lo conocía desde hacía tiempo, claro, pero nunca me había dado el lujo de mirarlo de verdad. Ese fin de semana fue diferente.

La tarde pasó entre la piscina, las risas y los juegos de siempre. Claudia, rubia y con esa energía de quien genuinamente disfruta de la compañía joven, se sumó a algunos de los retos y apostó junto a Ernesto en el billar. Hubo cervezas, música, bromas que nadie recordaría al día siguiente. Todo lo ordinario de un día de finca.

Cuando cayó la noche la dinámica cambió. Ernesto tomó el control del parlante y la salsa desplazó al reguetón. Se encendió la parrilla y el olor a carne asada y chorizo empezó a mezclarse con el humo de la madera. Claudia se retiró temprano, diciendo que el aguardiente le había ganado la batalla. Los demás continuamos afuera, con la música alta y la noche todavía joven.

Fue entonces cuando noté que Bruno se escabulló hacia la parte trasera de la casa.

Lo seguí a distancia, tomando un camino diferente al suyo. Lo encontré apoyado contra un árbol, fumando un porro con la calma de quien llevaba horas esperando ese momento. Se sobresaltó al verme llegar.

—Qué susto —dijo, exhalando el humo lentamente—. Pensé que era don Ernesto.

—Tranquilo. Dame un jalón.

Me pasó el cigarrillo. Nos quedamos en silencio unos segundos, oyendo la música que llegaba amortiguada desde la casa. Bruno miró el cielo sin decir nada.

—Qué noche —dijo por fin—. Solo faltan las mujeres.

—O algo —respondí, sin pensarlo demasiado.

Me miró de reojo. Una sonrisa torcida que no decía exactamente nada pero tampoco era inocente.

—El ron me activa —dijo—. Esta noche lo que se cruce se lo lleva.

Nos reímos. El humo de la marihuana había relajado algo en mí, y la oscuridad entre los árboles creaba esa sensación particular de que todo lo que pasara ahí dentro quedaba encerrado ahí. Bruno siguió hablando, cada vez con menos rodeos, hasta que en algún momento sacó su verga sin mayor preámbulo. La luna apenas alcanzaba a iluminarla, pero era suficiente. Era exactamente como los rumores prometían: larga, con una vena gruesa que recorría el tallo de abajo hacia arriba.

—¿No habrá alguien por acá que me ayude con esto? —dijo, mirándome directo.

Guardé silencio. Sentí el deseo y el nervio compitiendo en el mismo segundo.

—Con alguien de confianza —agregó—. Ya lo he hecho antes. Más de una vez.

Antes de que pudiera responder, escuchamos voces desde la casa. Felipe y Tomás nos buscaban. Bruno guardó todo en un segundo y me miró fijo.

—Después terminamos.

***

De regreso en la piscina, alguien propuso el juego de los caballos: jinetes sobre los hombros de sus compañeros, luchando por tumbar a las otras parejas. Ernesto aceptó sumarse, y por una dinámica que no terminé de entender del todo, quedamos emparejados él y yo. Yo de jinete.

Subirme a sus hombros fue una experiencia sin nombre. Sus manos agarrando mis piernas con firmeza, la solidez de su cuerpo debajo sosteniéndome sin esfuerzo aparente, el calor de su piel bajo el agua fría. Fue imposible controlar lo que pasó después. Tuve una erección dentro del agua que decidí ignorar, convenciéndome de que nadie la notaría bajo la superficie.

Ernesto no dijo nada. Pero en algún momento cambió el agarre y sus manos subieron levemente por mis pantorrillas.

El juego escaló, como siempre pasa cuando hay licor y oscuridad. Primero los castigos de tomarse un trago, luego hacer ejercicio en el borde de la piscina, hasta que yo aposté fuerte: que los que perdieran se quitaran el bañador. Rafa y Tomás lo hicieron sin mucho drama. Felipe también. Ernesto se negó en un principio, pero cedió después de la insistencia colectiva y las burlas de su propio hijo. Se lo quitó. Yo hice lo mismo.

No había manera de que eso terminara bien para mí.

El agua cubría todo, pero los roces, los movimientos bruscos y las manos que se agarraban como parte del juego creaban una tensión que flotaba sobre la superficie como aceite. Cuando Ernesto me propuso cambiar el rol —que él fuera el jinete y yo su caballo— acepté sin cuestionarlo. Era mucho peso, pero lo aguanté. Lo más difícil fue cuando se montó directamente sobre mis hombros sin ponerse ninguna camiseta como barrera. Sentí su piel contra la mía y lo dejé pasar.

El juego derivó en castigos de contacto. Alguien pidió que cada jinete agarrara a su caballo. Ernesto soltó una carcajada y ofreció su pelvis hacia adelante. «Las reglas son para cumplirlas», dijo, con esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Lo toqué con mano nerviosa. Él cubrió mi mano con la suya y la sostuvo así un momento que se sintió mucho más largo de lo que fue. Los demás gritaban y festejaban sin entender nada de lo que pasaba realmente.

Cuando salió de la piscina, dijo que ese juego estaba «demasiado peligroso» y se sentó en una tumbona con su vaso de licor. Cerca de las cinco de la mañana se levantó, dio una vuelta de despedida por el grupo, y al llegar a mí me revolvió el cabello con la mano: un gesto corto, cargado de algo que no supe cómo nombrar. Se fue a dormir sin mirar atrás.

Poco después, Tomás y Rafa se quedaron dormidos en las tumbas. Solo quedábamos Bruno, Felipe y yo. Felipe aguantó media hora más antes de arrastrarse a su habitación. Bruno esperó a que la puerta se cerrara.

—Vamos afuera —dijo.

No fue una pregunta.

***

Salimos hacia la zona arbolada detrás de la casa, lejos de cualquier ventana encendida. Bruno prendió lo que le quedaba del porro y me miró con los ojos entornados, tomándose su tiempo.

—Ahora sí terminas lo que empezaste —dijo.

—Eso fue una locura —respondí.

—Vuélvete a enloquecer.

Con una mano sostuvo el cigarrillo y con la otra me tomó suavemente de la nuca y me dirigió hacia abajo. Me arrodillé en el suelo entre los árboles, con el frío de la madrugada en la espalda y el silencio de los grillos alrededor. Le bajé la pantaloneta despacio y lo que encontré delante de mí era todo lo que los rumores habían prometido.

Me lo metí en la boca con una ansiedad que me sorprendió a mí mismo. Al principio despacio, tentando el límite, y después con más fuerza, sintiendo cómo llegaba hasta el fondo de mi garganta y cómo Bruno apoyaba su mano en mi cabeza sin presionar, dejándome llevar mi propio ritmo. Fumaba con calma, apoyado contra el árbol, con los ojos cerrados y la respiración cada vez más quebrada.

—Así —decía en voz baja—. Exactamente así.

Después de un buen rato me levantó, me giró y empezó a bajarme el bañador. Sentí su aliento en la nuca.

—Espera —le dije—. Si lo vas a hacer, prepáralo bien primero.

—¿Cómo?

—Chúpamelo.

Hubo un silencio largo. Solo su respiración en la oscuridad.

—Eso no —dijo—. Nunca lo he hecho con un tipo.

—Entonces nada.

Sobrevino una negociación en voz baja, casi susurrada, apoyados en el mismo árbol. Me confesó que con mujeres lo hacía y le gustaba, pero que con un hombre era distinto. Le dije lo que había que decir: que cerrara los ojos si quería, que se olvidara de quién era yo, que solo sintiera. Tardó, pero finalmente aceptó, con la condición de que aquello nunca se contaría.

Se colocó detrás de mí. Me incliné levemente y ofrecí lo que pedía. Escuché cómo contenía el aliento. Sus manos grandes me abrieron con cuidado. Primero solo sentí su respiración caliente. Luego un roce breve, una pausa, otro roce, otra pausa. Hasta que algo en él cedió y empezó en serio.

Lo hizo bien. Mejor de lo que esperaba de alguien que juraba no haber estado nunca en esa posición. Se tomó su tiempo, sin apuro. Cuando se levantó y apuntó contra mí, yo ya estaba listo para recibirlo.

Me penetró despacio al principio, con cuidado mientras mi cuerpo se acomodaba, y después empezó a moverse con más confianza. Recostó su pecho sobre mi espalda, me tomó de los hombros desde atrás y aumentó el ritmo. Yo me sostenía con ambas manos en el tronco del árbol, con los pies firmes en la tierra húmeda. El cielo empezaba a aclarar apenas por el horizonte.

Me cambió de posición dos veces. Quería verme con las manos en el suelo y el culo levantado, completamente a su disposición. Lo obedecí sin cuestionarlo. Cada vez que estaba cerca del límite, paraba y esperaba, alargando todo lo posible.

Cuando finalmente llegó al punto de no retorno, me aferró con fuerza de los hombros y se corrió adentro con un gemido largo que intentó ahogar contra mi espalda. Sacó la verga despacio y la acercó a mi boca. La limpié con la lengua sin que nadie me lo pidiera.

Me puse de pie. Llevaba minutos masturbándome con la mano derecha. Bruno, todavía respirando fuerte, empezó a orinar contra el árbol. El chorro caía cerca, demasiado cerca. El licor, el cansancio y el calor de todo lo que acababa de pasar se mezclaron en un impulso que no supe analizar en ese momento: tomé su verga y dirigí el chorro hacia mí. Sentí el calor del líquido recorriendo el pecho. Me lo acerqué a la boca y bebí un sorbo.

Me corrí ahí mismo, en silencio, con las rodillas en la tierra.

***

Nos miramos un momento. Ninguno dijo nada. Volvimos a la casa; yo me tiré a la piscina para limpiarme y él se fue directo a la habitación. Me bañé con agua fría, me cambié y me acosté.

Tardé en dormirme. Llevaba años conociendo a Bruno: en clase, en los partidos de fin de semana, en las salidas del grupo. Nunca había sentido nada parecido a lo de esa noche. Siempre lo había visto como un amigo más, sin más historia. Pero esa madrugada había descubierto algo que no sabía que buscaba, y el recuerdo no me dejaba quieto: su peso encima de mí, el olor a madera mojada y humo, la sensación de su cuerpo moviéndose sin apuro.

Me hice una paja antes de cerrar los ojos.

Al día siguiente todo fue como siempre. Bruno me trató exactamente igual que antes. El tema nunca se mencionó, ni ese día ni después. Yo lo interpreté como una travesura de madrugada, el tipo de cosa que pasa entre hombres cuando hay demasiado licor y demasiada oscuridad. Con los días entendí que no había sido tan casual como me convenía creer.

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3.8 (22)

Comentarios (8)

Fercho22

Tremendo relato!!! me tuvo pegado de principio a fin, no pude parar de leer.

SantiagoMx

quede con muchas ganas de mas, hay segunda parte planeada?? esperando ansioso

NocteMx

ese ambiente de la finca, la tension antes de que todo pasara... muy bien construido. Sigue asi

PabloCba87

me recordo a una noche parecida con un amigo hace años jaja. que tiempos esos la verdad

pipi

increible!! de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

LectorSolo77

lo que mas me gusto es como narraste el momento previo, sin apuro, dejando que la tension crezca sola. Muy bien logrado

Norberto_B

buena narracion, se nota talento en el ritmo del relato. Espero leer mas cosas de este estilo

Dani_87

Bruno apagando el porro y esa mirada jaja tremendo arranque. Muy bueno el relato

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