Lo que hicimos esa noche en la finca
Llegamos a la finca de Felipe el viernes por la tarde, cuando el sol todavía pegaba fuerte sobre el camino de tierra. Éramos cinco: Felipe, Tomás, Rafa, Bruno y yo, Mateo. Los padres de Felipe ya estaban allí, Ernesto y Claudia, que nos recibieron con una bandeja de sándwiches recién hechos y una nevera llena de cervezas. Era el fin de semana largo que llevábamos meses esperando, y la finca cumplía con todo lo que la imaginación promete: piscina, zona de parrilla, billar cubierto y una zona arbolada que se perdía detrás de la casa cuando caía la noche.
No me detengo en Rafa porque no hay mucho que decir. Tomás era el más cuidado del grupo: piel canela, cara bien proporcionada, cuerpo trabajado en el gimnasio desde los catorce años. Felipe medía casi un metro ochenta, espalda ancha, con tatuajes en el pecho y los brazos que le daban ese aire de tipo que no se deja de nadie. Bruno era distinto a todos: alto, cerca del metro noventa, de piel oscura y facciones finas, siempre con ese aire de quien sabe exactamente cuánta atención ocupa en cualquier habitación. Nos conocíamos desde el colegio y había ciertos rumores sobre él —sobre el tamaño de la verga que se cargaba— que nadie se había molestado nunca en desmentir.
Pero lo que me robó la atención ese día no fue ninguno de mis amigos.
El padre de Felipe, Ernesto, tenía cuarenta y dos años y el cuerpo de alguien que no se ha descuidado ni un día. Cabeza rapada, barba negra bien recortada, tatuajes en ambos antebrazos y uno más grande en el lado derecho del pecho. Sus brazos eran el resultado de años de entrenamiento constante, y cuando hablaba lo hacía con una voz grave que llenaba el espacio. Lo conocía desde hacía tiempo, claro, pero nunca me había dado el lujo de mirarlo de verdad. Ese fin de semana fue diferente.
La tarde pasó entre la piscina, las risas y los juegos de siempre. Claudia, rubia y con esa energía de quien genuinamente disfruta de la compañía joven, se sumó a algunos de los retos y apostó junto a Ernesto en el billar. Hubo cervezas, música, bromas que nadie recordaría al día siguiente. Todo lo ordinario de un día de finca.
Cuando cayó la noche la dinámica cambió. Ernesto tomó el control del parlante y la salsa desplazó al reguetón. Se encendió la parrilla y el olor a carne asada y chorizo empezó a mezclarse con el humo de la madera. Claudia se retiró temprano, diciendo que el aguardiente le había ganado la batalla. Los demás continuamos afuera, con la música alta y la noche todavía joven.
Fue entonces cuando noté que Bruno se escabulló hacia la parte trasera de la casa.
Lo seguí a distancia, tomando un camino diferente al suyo. Lo encontré apoyado contra un árbol, fumando un porro con la calma de quien llevaba horas esperando ese momento. Se sobresaltó al verme llegar.
—Qué susto —dijo, exhalando el humo lentamente—. Pensé que era don Ernesto.
—Tranquilo. Dame un jalón.
Me pasó el cigarrillo. Nos quedamos en silencio unos segundos, oyendo la música que llegaba amortiguada desde la casa. Bruno miró el cielo sin decir nada.
—Qué noche —dijo por fin—. Solo faltan las mujeres.
—O algo —respondí, sin pensarlo demasiado.
Me miró de reojo. Una sonrisa torcida que no decía exactamente nada pero tampoco era inocente.
—El ron me activa —dijo—. Esta noche lo que se cruce se lo lleva. Tengo la verga parada desde hace rato, hermano. Necesito descargar.
Nos reímos, pero la risa mía salió más nerviosa de la cuenta. El humo de la marihuana había relajado algo en mí, y la oscuridad entre los árboles creaba esa sensación particular de que todo lo que pasara ahí dentro quedaba encerrado ahí. Bruno siguió hablando, cada vez con menos rodeos, hasta que en algún momento se bajó el short y sacó la polla sin mayor preámbulo. La luna apenas alcanzaba a iluminarla, pero era suficiente. Era exactamente como los rumores prometían: larga, gruesa, con una vena bien marcada que recorría el tallo de abajo hacia arriba y una cabeza ancha, oscura, brillando de precum. Estaba a medio empalmar y ya se veía imposible.
Se la agarró por la base y se dio dos golpes lentos, mirándome fijo.
—¿No habrá alguien por acá que me ayude con esto? —dijo—. Está pidiendo boca.
Guardé silencio. Sentí el deseo y el nervio compitiendo en el mismo segundo. La boca se me llenó de saliva.
—Con alguien de confianza —agregó—. Ya lo he hecho antes. Más de una vez. Y el que se arrodilla no se arrepiente, te lo prometo.
Antes de que pudiera responder, escuchamos voces desde la casa. Felipe y Tomás nos buscaban. Bruno guardó todo en un segundo, se acomodó el bulto dentro del short —que ya no disimulaba nada— y me miró fijo.
—Después terminamos. No te me escapes.
***
De regreso en la piscina, alguien propuso el juego de los caballos: jinetes sobre los hombros de sus compañeros, luchando por tumbar a las otras parejas. Ernesto aceptó sumarse, y por una dinámica que no terminé de entender del todo, quedamos emparejados él y yo. Yo de jinete.
Subirme a sus hombros fue una experiencia sin nombre. Sus manos agarrando mis muslos con firmeza, los dedos gruesos hundiéndose en la carne blanda de la parte interna, la solidez de su cuerpo debajo sosteniéndome sin esfuerzo aparente, el calor de su piel bajo el agua fría. Fue imposible controlar lo que pasó después. Se me paró la polla dentro del bañador, dura y palpitante contra la tela mojada, apretada contra la nuca rapada de Ernesto. La decidí ignorar, convenciéndome de que nadie la notaría bajo la superficie.
Ernesto no dijo nada. Pero en algún momento cambió el agarre y sus manos subieron levemente por mis muslos, los pulgares acariciando de arriba abajo, muy lento, un movimiento que podía leerse como acomodo o como algo mucho más deliberado. Sentí que se me escapó un chorrito de precum dentro del bañador. Él ladeó apenas la cabeza y creo que rozó a propósito la punta de mi polla contra su cuello.
El juego escaló, como siempre pasa cuando hay licor y oscuridad. Primero los castigos de tomarse un trago, luego hacer ejercicio en el borde de la piscina, hasta que yo aposté fuerte: que los que perdieran se quitaran el bañador. Rafa y Tomás lo hicieron sin mucho drama. Felipe también. Ernesto se negó en un principio, pero cedió después de la insistencia colectiva y las burlas de su propio hijo. Se lo quitó despacio, lo tiró al borde y yo alcancé a verla un segundo antes de que se metiera al agua: la polla del hombre colgando gruesa entre las piernas, incluso en reposo con un peso que se notaba, los huevos grandes y bajos, todo enmarcado por una mata de vello negro bien cuidada. Yo hice lo mismo, con la mía todavía tiesa, y agradecí que el agua tapara la evidencia.
No había manera de que eso terminara bien para mí.
El agua cubría todo, pero los roces, los movimientos bruscos y las manos que se agarraban como parte del juego creaban una tensión que flotaba sobre la superficie como aceite. Cuando Ernesto me propuso cambiar el rol —que él fuera el jinete y yo su caballo— acepté sin cuestionarlo. Era mucho peso, pero lo aguanté. Lo más difícil fue cuando se montó directamente sobre mis hombros sin ponerse ninguna camiseta como barrera. Sentí su piel contra la mía, y algo más: el peso caliente y blando de su polla y sus huevos apoyados contra mi nuca, moviéndose contra mí cada vez que él se acomodaba. La sentí ir creciendo. Poco a poco, engordando contra mi cuello, hasta que ya no había forma de ignorar que el hombre estaba empalmado sobre mi hombro.
El juego derivó en castigos de contacto. Alguien pidió que cada jinete agarrara a su caballo. Ernesto soltó una carcajada y ofreció su pelvis hacia adelante. «Las reglas son para cumplirlas», dijo, con esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que está haciendo. Metí la mano bajo el agua y la cerré alrededor de su polla. Estaba dura, gruesa, caliente incluso contra el frío del agua. No pude cerrar los dedos del todo. Él cubrió mi mano con la suya y la sostuvo así un momento, guiándome en un par de movimientos lentos de arriba abajo antes de soltar, un apretón que se sintió mucho más largo de lo que fue. Los demás gritaban y festejaban sin entender nada de lo que pasaba realmente.
Cuando salió de la piscina, dijo que ese juego estaba «demasiado peligroso» y se sentó en una tumbona con su vaso de licor. Cerca de las cinco de la mañana se levantó, dio una vuelta de despedida por el grupo, y al llegar a mí me revolvió el cabello con la mano: un gesto corto, cargado de algo que no supe cómo nombrar. Se fue a dormir sin mirar atrás.
Poco después, Tomás y Rafa se quedaron dormidos en las tumbonas. Solo quedábamos Bruno, Felipe y yo. Felipe aguantó media hora más antes de arrastrarse a su habitación. Bruno esperó a que la puerta se cerrara.
—Vamos afuera —dijo.
No fue una pregunta.
***
Salimos hacia la zona arbolada detrás de la casa, lejos de cualquier ventana encendida. Bruno prendió lo que le quedaba del porro y me miró con los ojos entornados, tomándose su tiempo.
—Ahora sí terminas lo que empezaste —dijo.
—Eso fue una locura —respondí.
—Vuélvete a enloquecer. Arrodíllate.
Con una mano sostuvo el cigarrillo y con la otra me tomó suavemente de la nuca y me empujó hacia abajo, sin violencia pero sin darme opción. Me arrodillé en el suelo entre los árboles, con el frío de la madrugada en la espalda y el silencio de los grillos alrededor. Le bajé la pantaloneta despacio, junto con el bóxer, y la polla le saltó a la cara. Ya estaba durísima. La cabeza brillaba, hinchada, con una gota espesa de precum colgando de la punta. El olor a hombre me golpeó de lleno: sudor, humo, ron. Se me hizo agua la boca al instante.
Saqué la lengua y le lamí primero esa gota, arrastrándola desde la punta hasta la boca. Bruno soltó un jadeo bajo. Después le pasé la lengua entera por debajo del tallo, de los huevos hasta la cabeza, mojándosela toda. Le chupé los huevos uno por uno, metiéndomelos en la boca despacio, sintiendo el peso, mientras con la mano le trabajaba la verga de arriba abajo.
—Ay, hijueputa —susurró—. Qué bien sabes hacerlo.
Le abrí la boca y me la metí. Al principio despacio, tentando el límite, sintiendo cómo la cabeza me abría los labios y me llenaba el paladar. Después con más fuerza, dejándola bajar hasta el fondo de la garganta. Me atraganté la primera vez y una hebra de saliva me cayó por la barbilla. Bruno apoyó su mano en mi cabeza sin presionar, dejándome llevar mi propio ritmo. Fumaba con calma, apoyado contra el árbol, con los ojos cerrados y la respiración cada vez más quebrada.
—Así —decía en voz baja—. Exactamente así. Mámamela toda, no me la dejes salir.
Empecé a moverme más rápido, chupándosela con ganas, con las dos manos: una en la base para lo que no me cabía, la otra masajeándole los huevos. Cada tanto la sacaba entera, escupía en la cabeza y volvía a metérmela, dejando que el ruido húmedo sonara fuerte entre los árboles. Le lamí toda la longitud otra vez, marcándole cada vena con la punta de la lengua, y volví a tragármela. La garganta me ardía. No me importaba. Podía sentir cómo se le tensaba todo el cuerpo, cómo se le empezaban a mover las caderas contra mi cara, empujando sin darse cuenta.
—Espera, espera —dijo, agarrándome del pelo y tirándome hacia atrás—. Si me sigues así me vengo ya, y quiero terminarme adentro tuyo.
Después de un buen rato así me levantó, me giró y empezó a bajarme el bañador de espaldas a él. Sentí su aliento en la nuca, sus manos apretándome los cachetes del culo, separándolos.
—Espera —le dije—. Si lo vas a hacer, prepáralo bien primero.
—¿Cómo?
—Chúpamelo. Con la lengua. Ábremelo bien antes de meterla, que la tienes gruesa.
Hubo un silencio largo. Solo su respiración en la oscuridad.
—Eso no —dijo—. Nunca lo he hecho con un tipo. Ni con vieja, casi.
—Entonces nada. Con eso que tienes seco no me vas a entrar.
Sobrevino una negociación en voz baja, casi susurrada, apoyados en el mismo árbol. Me confesó que con mujeres lo hacía a veces y le gustaba, pero que con un hombre era distinto. Le dije lo que había que decir: que cerrara los ojos si quería, que se olvidara de quién era yo, que solo sintiera. Que era la única forma de que aquella verga me cupiera. Tardó, pero finalmente aceptó, con la condición de que aquello nunca se contaría.
Se colocó detrás de mí. Me apoyé con los antebrazos en el tronco, arqueé la espalda y empujé el culo hacia atrás, ofreciéndoselo bien abierto. Escuché cómo contenía el aliento. Sus manos grandes me abrieron los cachetes con cuidado. Primero solo sentí su respiración caliente ahí, muy cerca, dudando. Luego un roce breve de la punta de la lengua, apenas un toque, y una pausa. Otro roce, más largo. Otra pausa. Hasta que algo en él cedió y empezó en serio.
Me pasó la lengua entera, de abajo hacia arriba, apretando bien. Después empezó a hacer círculos alrededor del hueco, ablandándolo, mojándolo. Yo tuve que morderme el brazo para no gemir. Le agarré la cabeza por detrás y se la apreté contra mí. Bruno gruñó y me clavó la lengua en serio, empujándola dentro, comiéndome el culo como si llevara meses queriéndolo hacer. Metía y sacaba, ensalivándome, entrando cada vez un poco más, mientras con una mano me agarraba la polla por delante y me la trabajaba lenta. Me dejó todo mojado, chorreando de saliva.
Lo hizo bien. Mejor de lo que esperaba de alguien que juraba no haber estado nunca en esa posición. Se tomó su tiempo, sin apuro, hasta que me tuvo abierto y palpitando. Cuando se levantó y apuntó la cabeza de su verga contra mí, yo ya estaba listo para recibirlo.
Me la metió despacio. Sentí cómo la cabeza me forzaba el anillo, cómo cedía de a poco, cómo el ardor daba paso a una sensación llena y honda a medida que la carne caliente se abría paso dentro de mí. Solté un gemido largo que no pude contener. Bruno me tapó la boca con la mano.
—Callado, hijueputa —susurró—. Que nos van a oír.
Se quedó un momento adentro, quieto, dejándome acomodar. Después empezó a moverse. Al principio suave, sacándola casi entera y volviéndola a meter con calma, cada estocada más profunda que la anterior, hasta que la tuve entera adentro, los huevos golpeándome el culo. Cuando entendió que ya no me estaba lastimando, empezó a metérmela con confianza. Recostó su pecho sobre mi espalda, me tomó de los hombros desde atrás y aumentó el ritmo. Yo me sostenía con ambas manos en el tronco del árbol, con los pies firmes en la tierra húmeda, empujando el culo hacia atrás para recibirle cada estocada. El cielo empezaba a aclarar apenas por el horizonte.
—Ahí, así —le pedí en voz baja—. Métemela toda. No pares.
—Qué culo tienes, marica —jadeaba pegado a mi oído—. Qué bien me aprietas. Estás hecho para esta polla.
Me cambió de posición dos veces. Primero me hizo separar más los pies y arquear más la espalda para poder entrarme más recto, con el pecho pegado a mi espalda y las manos apretándome las tetillas. Después quería verme con las manos en el suelo y el culo levantado, en cuatro sobre la tierra, completamente a su disposición. Lo obedecí sin cuestionarlo. Se hincó detrás de mí, me agarró de las caderas y me embistió con ganas, cada golpe seco haciendo sonar sus huevos contra los míos, un ruido húmedo y rítmico que se mezclaba con los grillos. Cada vez que me sentía cerca del límite y le apretaba la verga con el culo, paraba y esperaba, respirando fuerte, alargando todo lo posible.
—Todavía no —me decía, apretándome el culo con las dos manos, mirando cómo se la tragaba—. Que quiero cogerte más.
En una de esas me sacó la polla, me giró y me tiró bocarriba sobre la tierra. Me levantó las piernas, se las puso al hombro y volvió a metérmela de un envión, hasta el fondo. Ahora podía verle la cara: los ojos entornados, la boca entreabierta, el sudor bajándole por el cuello. Me miraba fijo mientras me la metía, y esa mirada fue casi peor que la verga. Yo me trabajaba la mía con la mano derecha al ritmo que él me follaba, sintiendo cómo la polla ajena me tocaba algo por dentro que me hacía temblar las piernas.
Cuando finalmente llegó al punto de no retorno, me aferró con fuerza de los muslos, hundió la cara contra mi cuello y se corrió adentro con un gemido largo que intentó ahogar contra mi piel. Sentí los chorros calientes vaciándose dentro de mí, uno tras otro, mientras seguía moviéndose despacio, apurando hasta la última gota. Sacó la verga despacio, todavía dura, chorreando semen y saliva, y la acercó a mi boca. La limpié con la lengua sin que nadie me lo pidiera, saboreando su propia corrida en la cabeza de su polla, tragando lo que quedaba.
Me puse de pie. Llevaba minutos masturbándome sin llegar. Bruno, todavía respirando fuerte, se acomodó contra el árbol y empezó a orinar. El chorro caía cerca, demasiado cerca, sonando fuerte contra la corteza. El licor, el cansancio y el calor de todo lo que acababa de pasar se mezclaron en un impulso que no supe analizar en ese momento: tomé su verga con la mano y dirigí el chorro hacia mí. Sentí el calor del líquido recorriéndome el pecho, bajándome por el abdomen, mojándome la mano con la que me la sacudía. Me lo acerqué a la boca y bebí un sorbo, sintiendo el sabor amargo y salado. Bruno soltó un gruñido ahogado al ver aquello.
Me corrí ahí mismo, en silencio, con las rodillas en la tierra, disparando un chorro largo y espeso sobre la hojarasca mientras el resto del pis de Bruno se me terminaba de vaciar en el pecho.
***
Nos miramos un momento. Ninguno dijo nada. Volvimos a la casa; yo me tiré a la piscina para limpiarme y él se fue directo a la habitación. Me bañé con agua fría, me cambié y me acosté.
Tardé en dormirme. Llevaba años conociendo a Bruno: en clase, en los partidos de fin de semana, en las salidas del grupo. Nunca había sentido nada parecido a lo de esa noche. Siempre lo había visto como un amigo más, sin más historia. Pero esa madrugada había descubierto algo que no sabía que buscaba, y el recuerdo no me dejaba quieto: su peso encima de mí, el olor a madera mojada y humo, la sensación de su polla moviéndose sin apuro dentro de mí, el calor de su corrida quedándome adentro.
Me hice una paja antes de cerrar los ojos, recordándolo todo con detalle, corriéndome otra vez contra la sábana.
Al día siguiente todo fue como siempre. Bruno me trató exactamente igual que antes. El tema nunca se mencionó, ni ese día ni después. Yo lo interpreté como una travesura de madrugada, el tipo de cosa que pasa entre hombres cuando hay demasiado licor y demasiada oscuridad. Con los días entendí que no había sido tan casual como me convenía creer.