Le conté a mi marido lo que hice ese verano
Acabábamos de terminar la cena cuando Martín me miró desde el otro lado de la mesa con esa expresión que ya conocía. La copa de vino vacía, los ojos un poco más oscuros que de costumbre, esa forma de apoyar la mandíbula en la mano. Llevábamos doce años casados y todavía sabía leerlo como si fuera un libro abierto.
—Cuéntame algo —dijo, con la voz más baja de lo normal.
—¿Algo de qué?
—Algo de antes. De cuando todavía no estábamos juntos.
Sonreí sin contestar. Era nuestro juego, uno que habíamos descubierto casi por accidente unos meses atrás, una madrugada cualquiera, cuando le confesé sin pensarlo demasiado un encuentro que había tenido en mis veintipocos. Recuerdo cómo se le aceleró la respiración mientras yo hablaba, cómo me pidió más detalles sin atreverse a mirarme, cómo aquella noche cogimos hasta el amanecer como no lo hacíamos desde el primer año juntos. Desde entonces, cada tanto, él volvía a pedirme lo mismo. Y yo, cada tanto, le iba dando algo nuevo.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Lo del verano del puerto. Sé que me dejaste algo en el tintero.
Sabía perfectamente a cuál se refería. Era la única historia que le había mencionado a medias, dejándole apenas un par de pistas sueltas, esperando justo este momento. Me terminé la copa, me levanté sin prisa y le tendí la mano por encima de la mesa.
—Subamos.
***
En el dormitorio me senté en el borde de la cama y él se acomodó frente a mí, apoyado contra el cabecero. Me quité los pendientes con calma, los dejé en la mesilla, me solté el pelo sin mirarlo a los ojos. Él me observaba sin tocarse, sabiendo que esta vez yo iba a llevar el ritmo de todo.
—Lo conocí en un bar del puerto. Uno de esos sitios oscuros donde los pescadores entraban a tomarse la primera cerveza al volver del mar. Yo había bajado sola porque mi amiga se había quedado dormida en el hostal después de la sangría.
—¿Y? —su voz ya tenía esa textura ronca que solo le aparecía cuando algo lo excitaba de verdad.
—Se sentó a mi lado sin pedir permiso. Era el único en el sitio que no llevaba ropa de trabajo. Olía a colonia cara y a cigarro, y tenía las manos más grandes que había visto en mi vida.
Vi cómo Martín tragaba saliva.
—Se llamaba Iván. Me dijo que era arquitecto, que estaba de paso, que se quedaba dos noches más en la zona y que prefería los bares de obreros porque los hoteles le daban claustrofobia. Le creí todo y nada. Daba igual.
Me deslicé un poco hacia él, apoyé la mano en su pierna por encima del pantalón y noté que ya estaba duro. Sonreí sin que se me notara demasiado.
—A las dos cervezas ya me había puesto la mano en el muslo. A las tres me había invitado al hostal donde se quedaba, que casualmente era el mismo en el que estaba yo. Subimos juntos en el ascensor sin tocarnos, sin decir una palabra, mirando los dos al suelo. Cuando se cerró la puerta de su habitación me dijo «dame cinco minutos» y se metió a la ducha.
—¿Y qué hiciste?
—Me senté en el sillón del cuarto a esperarlo. Y empecé a sentir que el corazón me iba a salir por la boca.
***
—Cuando salió del baño, yo todavía estaba vestida.
Martín tenía las manos cerradas en puños sobre la sábana. Yo me había acomodado a horcajadas sobre sus muslos, sin tocarle todavía donde quería, jugando con la idea de hacerlo esperar.
—Solo llevaba una toalla pequeña en la cintura. Se la quitó delante de mí, sin teatro, como si lo hubiera hecho mil veces en su vida. Y entonces lo vi.
—Cuéntame cómo era.
Me incliné sobre su oreja para hablar más bajo.
—Enorme, Martín. Nunca había visto algo así, ni siquiera de lejos en una película. Lo tenía a medio empalmar, apoyado contra el muslo, y aun así parecía que nunca iba a caber dentro de mí.
—¿Más grande que la mía?
Le mordí el lóbulo despacio antes de contestar.
—Mucho más grande, mi amor. Otra cosa.
Lo sentí estremecerse debajo de mí. No eran celos, no era envidia. Era exactamente lo que él buscaba escuchar y los dos lo sabíamos perfectamente.
—Sigue.
—Me hizo un gesto con la barbilla para que me acercara. Me arrodillé en la alfombra, entre sus piernas, y me quedé un rato larguísimo solo mirándolo. La piel rosada, las venas marcadas a lo largo de toda la longitud, la cabeza ya brillante de tanto que se le había acumulado por dentro. Y los testículos, Martín. Eran pesados, perfectos, sin un pelo, recogidos contra el cuerpo. Me dieron ganas de morderlos.
—Joder.
—Lo agarré con una mano y no conseguí cerrar los dedos a su alrededor. Lo levanté un poco para verle la base, porque no me lo podía creer, y la primera lamida la di desde ahí, subiendo despacio, recorriendo cada vena con la punta de la lengua hasta llegar arriba del todo.
***
Cogí la mano de mi marido y la puse sobre mi pecho izquierdo, por encima del vestido. Apreté sus dedos contra mí y seguí hablando sin perderle la cara.
—Para esa época yo casi no chupaba, ya lo sabes. Lo hacía como un trámite, por compromiso. Pero esa noche, con esa cosa delante de la cara, fue distinto. Me lo metí en la boca y sentí que el cuerpo entero se me ponía a cien. La concha empezó a empaparme las bragas sin que él me hubiera tocado todavía con la mano.
—¿Te corriste?
—Casi. Solo de chuparlo.
Le subí el dobladillo del vestido y guié su mano hasta donde quería, y él comprobó por sí mismo que no estaba inventando nada. Estaba mojada, completamente empapada, solo de recordar.
—Lo lamí entero, le besé los huevos, le pasé la lengua por toda esa piel arrugada, y notaba cómo se le iban escondiendo dentro del cuerpo cada vez que se los chupaba. En un momento tuvo que apartarme con suavidad y decirme que parara, que no quería terminar tan rápido. Y me reí en su pierna, porque a mí siempre me había costado conseguir que un hombre me dijera eso.
—¿Y después?
—Después se levantó del sillón, me hizo levantarme a mí también y me empujó muy despacio para que volviera a sentarme. Pensé que me lo iba a meter en la boca otra vez, pero no.
***
—Se puso de rodillas frente al sillón, me bajó el vestido hasta la cintura y me miró las tetas como si fuera la primera vez en su vida que veía unas. Se llenó la boca de saliva, escupió entre ellas y me las juntó él mismo con las dos manos.
Martín ya tenía la respiración agitada. Yo seguía sentada sobre él, sin frotarme todavía, dejándolo cocer a fuego lento.
—Me las apretó tan fuerte que le quedó sitio justo para meter ese trozo de carne entre las dos. Y empezó a moverse despacio, mirándome a los ojos. Yo le veía la cabeza asomar entre mis pezones a cada empujón, brillante, hinchada, y cada vez que salía me daban ganas de inclinarme y atraparla con la boca.
—¿Lo hiciste?
—Lo hice. Cada dos o tres embestidas bajaba la cabeza y se la chupaba un segundo. Él gemía como si nunca le hubieran hecho eso antes. Yo me sostenía las tetas con las manos y le ayudaba con el ritmo, y la fricción de su piel contra mis pezones me iba volviendo loca por dentro. En algún momento le supliqué que parara, que no aguantaba más, que necesitaba que me lo metiera de una vez.
Le abrí la camisa a Martín mientras hablaba, botón por botón, sin dejarle ni un segundo de tregua.
—Me empujó otra vez en el sillón, me abrió las piernas y se acomodó entre ellas. Le tuve que ayudar guiándolo con la mano, porque era tan ancho que no entraba solo. La primera embestida fue lentísima, milimétrica, y aun así sentí que me partía en dos.
—¿Te dolió?
—Al principio sí. Después ya no me importaba nada.
***
—Empezó a moverse con un ritmo raro, como si bailara, balanceando las caderas en lugar de embestir derecho. Me tenía las piernas flexionadas contra el pecho y se inclinaba sobre mí cada vez más, hasta casi tocarme la nariz con la frente. Me corrí a los tres minutos. Gemí tan fuerte que después me dio vergüenza pensar en los del cuarto de al lado.
Le bajé los pantalones a Martín hasta los tobillos y me volví a sentar encima, esta vez con la concha apoyada directamente sobre él. Solo la tela de mis bragas nos separaba ya, y las dos estábamos empapadas.
—Cuando le avisé que me había corrido, no se detuvo. Me puso los tobillos sobre los hombros y cambió el ritmo. Ahora era duro, plano, como si quisiera enterrarme contra el sillón con cada golpe. Yo me agarraba a sus brazos y notaba cómo me iba arrastrando hacia el respaldo a cada embestida.
—¿Cuántas veces te corriste?
—Dos seguro. La segunda fue la que me dejó temblando. Me agarró un pie, se lo llevó a la boca y empezó a chuparme los dedos uno por uno mientras seguía dentro de mí. No sé qué tiene eso, Martín, pero me volvió completamente loca.
Él me agarró las caderas con las dos manos y me apretó contra él. Yo empecé a moverme despacio, sintiendo lo duro que estaba debajo de la tela del calzoncillo.
—¿Y él? ¿Cuándo se corrió?
—Salió de mí justo a tiempo. Apoyó la cabeza contra mi vientre, se la apretó dos veces con la mano y soltó tanto que me llegó hasta el cuello. Me quedó la cara, las tetas, todo lleno. Y después siguió palpitando contra mi piel un rato más, como si no fuera a terminar nunca.
***
Martín me agarró por la cintura y me dio la vuelta sin preguntar. Quedé bocarriba debajo de él, con el pelo desordenado y el vestido enredado en la cintura. Me besó como hacía meses no me besaba, con la lengua, con los dientes, sin paciencia ninguna.
—¿Sigue siendo verdad? —me preguntó contra la boca.
—Cada palabra.
—¿Y volverías a hacerlo?
Le sostuve la cara entre las manos para que me mirara bien.
—No. Pero me gusta contártelo.
Me metió la mano entre las piernas, me corrió las bragas a un lado y comprobó por tercera vez en la noche que no le estaba mintiendo. Yo estaba tan mojada que sus dedos entraron sin esfuerzo, dos a la vez, hasta el fondo. Empezó a moverlos con esa cadencia que solo él conocía, la que me había aprendido en doce años de cama compartida, mientras yo le buscaba la boca y le mordía el labio inferior.
Esta es la diferencia, pensé. Iván sabía hacer una cosa. Martín sabe hacer todas las demás.
No tardamos mucho ninguno de los dos. Yo me corrí primero, agarrada a su pelo, mordiéndome la lengua para no gritar y despertar a los niños del cuarto de al lado. Él vino justo después, dentro de mí, con la cara enterrada en mi cuello y los dientes clavados en la piel del hombro.
Nos quedamos así un rato largo, sin separarnos, recuperando el aire por la nariz, todavía conectados de la única manera en la que él sabe estarlo. Cuando por fin se dejó caer a mi lado, me pasó el brazo por debajo del cuello y me atrajo hacia él como si tuviera miedo de que me fuera a algún sitio.
—La próxima semana —dijo, casi en un susurro contra mi pelo—, cuéntame lo del profesor de yoga.
Me reí en la oscuridad sin contestarle. Esa la tenía guardada para una ocasión muy especial, y todavía no le iba a dar el gusto.