La audición que cambió todo lo que pensaba de mí
Camila tenía veintisiete años cuando decidió que estaba harta de ser invisible. Trabajaba como bibliotecaria en una sucursal del barrio y pasaba sus días entre estantes silenciosos, devolviendo los saludos con una sonrisa apenas dibujada. Era la clase de mujer en la que nadie reparaba al primer vistazo, aunque al segundo, si había un segundo, solía quedarse atrapado más tiempo del previsto. Tenía el pelo castaño hasta los hombros, ojos claros y una boca que parecía estar siempre a punto de decir algo que nunca terminaba de salir.
Esa mañana de jueves, sin embargo, había salido del edificio con un sobre marrón debajo del brazo y una decisión tomada. Había respondido a un anuncio en internet. Una agencia de modelos para adultos buscaba caras nuevas. Caras desconocidas, decía el aviso. Y a Camila no se le ocurría una mejor descripción de sí misma.
Le habían citado a las cuatro de la tarde en un edificio sin cartel, en una calle estrecha del centro. Subió tres pisos en un ascensor demasiado pequeño y llamó a una puerta de madera oscura. Le abrió un hombre de unos cuarenta años, con camisa blanca remangada y la barba recortada con la precisión de quien se mira mucho al espejo.
—Andrés —dijo, tendiéndole la mano—. Tú debes ser Camila.
—Sí —murmuró ella, y sintió que la voz le salía más débil de lo que hubiera querido.
La hizo pasar a una sala que no parecía una oficina. Sofá de cuero gris, lámpara de pie con luz tenue, una alfombra que le tragó el ruido de los tacones. En una esquina había una cámara montada sobre un trípode, apuntando al sofá. Camila tragó saliva.
—Siéntate, por favor —dijo Andrés, señalando el sofá—. Antes de empezar quiero dejar algo claro. Aquí no se firma nada hoy. Lo que hagamos en esta sala se queda en esta sala, a menos que tú decidas lo contrario. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —contestó ella.
No supo si esa frase la tranquilizaba o la asustaba más.
Él se sentó frente a ella en una butaca de cuero gemela del sofá. Cruzó las piernas, apoyó las manos en los brazos del asiento y la miró directamente. No había prisa en su mirada, pero tampoco indulgencia.
—¿Por qué quieres hacer esto, Camila?
Ella había ensayado la respuesta durante días en el camión que la traía del suburbio. Había preparado frases sobre liberación, sobre dinero, sobre romper con una vida que no le pertenecía. Pero al abrir la boca, todas esas frases se evaporaron.
—No lo sé —dijo, y se sintió estúpida al instante.
Andrés sonrió por primera vez. Una sonrisa pequeña, casi paternal.
—Esa es una respuesta sincera. Las otras me hubieran preocupado.
***
Le hizo preguntas durante casi una hora. Algunas eran tontas: cuándo había sido su primer beso, qué había hecho el último fin de año. Otras la dejaban en silencio durante demasiados segundos. Si estaba sola en una habitación con un hombre que le gustaba mucho, ¿qué haría primero? ¿Cuándo había sido la última vez que se había tocado pensando en alguien que conocía? ¿Había fantaseado alguna vez con que la miraran más de una persona a la vez?
Camila respondió a todo. No con elocuencia, pero con verdad. Y cada respuesta la hacía sentir un poco menos vestida, aunque seguía con la blusa abotonada hasta el cuello.
—Bien —dijo Andrés finalmente—. Ahora viene la parte difícil. Necesito ver cómo te mueves. Necesito ver tu cuerpo. No tienes que hacer nada que no quieras. Pero si quieres seguir adelante con esto, tienes que cruzar esa línea hoy. Conmigo o con cualquier otro. Aquí, al menos, hay una cámara que puedes mirar antes de aprender a olvidarla.
Ella miró la cámara. La cámara no le devolvió nada. Miró a Andrés. Andrés esperaba.
—¿Quieres seguir? —preguntó él.
—Sí —dijo ella, sin saber de dónde había salido la palabra.
Se levantó. Las piernas le temblaban un poco, pero no tanto como había imaginado. Empezó por la blusa. Botón a botón, sin mirarlo, mirándose las manos como si le pertenecieran a otra. La blusa cayó sobre el sofá con un sonido de tela ligera. Llevaba un sujetador beige, el menos sexy que había encontrado esa mañana, porque le había dado vergüenza ponerse algo bonito para una situación que aún no entendía.
—No mires al suelo —dijo Andrés desde la butaca—. Mírame a mí.
Ella levantó la vista. Él no estaba haciendo nada distinto. Seguía sentado, las manos quietas, la mirada firme. Pero esa firmeza la sostuvo más que cualquier otra cosa que hubiera escuchado en años.
Se desabrochó el pantalón. Lo dejó caer y salió de él pisando el dobladillo con una torpeza que la avergonzó. Quedó en ropa interior. La luz tenue le dibujaba sombras en las clavículas y en el vientre. Se sintió fea durante medio segundo y, después, ya no se sintió nada concreto, solo expuesta de una manera que no terminaba de doler.
—Date la vuelta despacio —dijo él—. Quiero verte entera.
Lo hizo. Una vuelta completa, con los brazos un poco separados del cuerpo, como si fuera un cuadro al que alguien le ajusta la luz. Cuando volvió a estar de frente, él asintió.
—Sigue.
Se quitó el sujetador. Los pechos le quedaron al aire, pequeños y firmes, los pezones recogidos por el frío y por todo lo demás. Se quitó las bragas con una velocidad que la sorprendió, como si hubiera entendido que cuanto más tardara, más difícil se haría. Y después se quedó ahí, de pie en una alfombra que le tragaba los pies, completamente desnuda frente a un hombre al que había conocido hacía dos horas.
Esperaba sentir vergüenza. Sentía algo más raro: alivio.
***
—Siéntate otra vez —dijo Andrés—. En el sofá. Pon los pies sobre los reposabrazos.
Ella obedeció sin pensar. Cuando estuvo en posición, el sofá la abrazaba por la espalda y sus rodillas quedaban abiertas, apuntando a las dos esquinas opuestas de la sala. Era la postura más expuesta en la que había estado nunca delante de alguien. Más que cualquier visita al ginecólogo, porque allí había un protocolo y aquí no había nada parecido.
Andrés se levantó. Se acercó despacio. Se arrodilló frente a ella, no encima, sino al lado, como un experto que estudia un objeto antes de tocarlo.
—Voy a tocarte —dijo—. No sexual. Profesional. Quiero ver cómo respondes a manos ajenas. Si quieres que pare en cualquier momento, dices «para» y paro. ¿Entendido?
—Entendido.
La tocó. Le pasó los dedos por los muslos hacia adentro, sin prisa, como quien comprueba la textura de una tela cara. Le rozó las caderas, le subió por el costado, le bajó por el vientre. Camila notó que estaba conteniendo la respiración y forzó el aire a entrarle de nuevo.
Cuando los dedos de él llegaron al interior de los muslos, ella ya estaba mojada. No sabía en qué momento había empezado a estarlo. Quizás cuando se había desabrochado el primer botón. Quizás antes, cuando él había dicho su nombre por primera vez en el rellano. Quizás semanas atrás, cuando había abierto el correo de respuesta de la agencia y había leído la fecha de la cita.
—Estás lista —dijo él, y no había sorpresa ni triunfo en su voz, solo constatación.
Ella asintió, incapaz de hablar.
—Voy a seguir tocándote. Esto sí es sexual. ¿Quieres?
—Sí.
***
Lo que pasó después no fue lo que ella había imaginado en las noches de insomnio previas a la cita. No hubo violencia, no hubo prisa, no hubo nada que se pareciera a las películas que había visto a escondidas en el cuarto de su exnovio. Hubo una mano que sabía exactamente lo que hacía y un hombre que dejaba pausas largas entre cada gesto, como si quisiera comprobar que ella seguía dentro de su propio cuerpo.
Camila gimió por primera vez cuando él introdujo dos dedos. Fue un sonido bajo, medido, que la sorprendió a ella misma porque no se reconoció en él. Andrés siguió moviéndose despacio, observándole la cara más que el sexo, y a ella le pareció que esa mirada era casi más íntima que la mano.
—¿Quieres más? —preguntó él.
Ella respondió con un movimiento de caderas que no había decidido hacer. Él entendió.
Se levantó. Se quitó la camisa con una calma que a ella se le hizo eterna. El cuerpo de él no era el de un modelo, pero tenía la solidez de quien camina mucho y no se mira demasiado en el espejo. Se acercó al sofá, le levantó las caderas con una mano y entró en ella sin advertencia, pero sin brusquedad. Camila sintió que se quedaba sin aire en el momento exacto en el que él se hundió hasta el fondo, y se quedó así, suspendida en un segundo que no parecía pertenecer a ningún reloj.
Después él se movió. Lo hizo despacio al principio, midiendo el ritmo de la respiración de ella, y poco a poco fue subiendo la intensidad hasta que el sofá empezó a chirriar bajo el peso de los dos. Camila se agarró al borde del cojín, después al respaldo, después a los brazos de él. Cada vez encontraba algo más cerca a lo que sostenerse, y eso le pareció un descubrimiento ridículo en medio de todo lo demás.
Hubo un momento en que él se detuvo, le pidió que se diera la vuelta y se pusiera a cuatro patas en el sofá. Ella obedeció. La nueva postura le abrió todo de una manera nueva, y cuando él volvió a entrar la sintió más adentro, más profundo, casi en algún sitio del estómago. Andrés la sostenía por las caderas con una sola mano. Con la otra le acariciaba la espalda, la nuca, el pelo, como si quisiera recordarle que no estaba sola dentro de esa escena.
—¿Quieres seguir así o quieres más?
—Más.
Él se inclinó sobre ella. Le susurró al oído lo que iba a hacer. Camila asintió antes de procesarlo del todo. Cuando sintió la presión en el otro orificio, contuvo el aliento y se relajó al mismo tiempo, porque había aprendido en la última hora que las dos cosas podían ocurrir a la vez. Andrés entró despacio, demasiado despacio, dándole tiempo a su cuerpo a entender lo que estaba pasando. Camila gimió, esta vez largo, esta vez sin medirse, esta vez sin importarle quién la oyera al otro lado de las paredes.
Cuando él se movió por primera vez en esa nueva intimidad, ella sintió una mezcla de incomodidad y de algo que no tenía nombre, algo parecido a abrir una puerta cerrada con llave durante años. Le dolió un poco. Le gustó más. Y cuando él alargó la mano y le buscó el clítoris con dos dedos, dejó de pensar del todo.
***
El clímax la atravesó como si alguien le hubiera tirado de una cuerda invisible que le recorría la columna entera. No fue largo. Fue intenso de una manera que la dejó muda durante algunos segundos. Él terminó poco después, retirándose y dejándose caer de rodillas en la alfombra, con la respiración rota.
Estuvieron callados un tiempo. Camila se incorporó con torpeza, con el cuerpo todavía temblando, y se quedó sentada en el sofá con las piernas pegadas al pecho. Andrés le pasó su camisa. Ella se la puso encima como si fuera una toalla.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí.
—¿De verdad?
Ella se quedó pensando la respuesta más tiempo del esperado.
—Sí. No esperaba estar bien. Pero estoy bien.
Él asintió. No sonrió. Se levantó, le sirvió un vaso de agua de una jarra que había en la mesita y se lo dejó al lado.
—La cámara no estaba grabando —dijo después—. No suelo grabar la primera prueba. Si quieres seguir adelante, te llamo la semana que viene y empezamos a trabajar en serio. Si no quieres, también está bien. No te debo nada y no me debes nada.
Ella se bebió el agua entera de un trago. Se vistió despacio. Se peinó con los dedos delante del espejo del recibidor. Cuando se dio la vuelta para despedirse, lo encontró ya con la camisa puesta y la puerta abierta.
—Llámame —dijo ella, y se sorprendió de la firmeza con la que había salido la palabra.
Bajó los tres pisos andando. En la calle, el sol del final de la tarde le dio en la cara y la obligó a entornar los ojos. Caminó hacia la parada del autobús con una sensación rara en el pecho, una especie de calor que no era exactamente felicidad pero se le parecía bastante.
Esa noche, en la cama, mirando el techo de su habitación, entendió por fin qué era lo que había pasado en aquella sala. No había descubierto que quería ser estrella del porno. Había descubierto que durante veintisiete años había tenido un cuerpo que no era del todo suyo, y que esa tarde, por primera vez, alguien la había ayudado a tomar posesión de él. Lo demás, si volvía a llamar, si firmaba algo, si seguía adelante con la agencia, ya era detalle.
Apagó la luz. Se quedó dormida con una sonrisa pequeña que nadie vio.