Lo que descubrí de mi tía durante el temporal
Me llamo Daniel, tengo treinta y cuatro años, y después de mucho dudar me he decidido a contar algo que en otros círculos sería casi imposible compartir. No solo por el tabú evidente del tema, sino porque deja en evidencia ciertas grietas en mi propia profesión.
Soy psicólogo. Doy clases en la facultad y atiendo pacientes en consulta privada. No me he especializado en terapia familiar, pero conozco bien los temas edípicos. Mi función es ayudar a quien acude a mí a desactivar esos complejos heredados que aparecen tantas veces disfrazados de otra cosa. La pregunta es cuánto puede aguantar uno como ser humano cuando el deseo se cruza con la propia familia.
Mi tía Carmen es periodista, con cierta reputación en los medios. Tiene sesenta años, mide casi metro setenta y tiene un cuerpo bien proporcionado a pesar de la edad. Se puede decir, sin faltarle al respeto, que está rotunda. Estuvo casada con mi tío Eduardo durante décadas, hasta que él murió hace cinco años. Tienen un hijo, mi primo Lucas, un año mayor que yo, casado con Marta y mudado a un pueblo cercano a Bilbao por el trabajo de él. Como mi tía me decía a menudo, yo me había convertido en su segundo hijo desde que Lucas se marchó al norte.
Mis padres habían fallecido durante la pandemia y mis tíos se volcaron conmigo en aquellos meses. Cuando ella enviudó, fui yo quien la acompañó en los peores días. Lucas siempre le decía: «Mamá, hay que mirar hacia adelante, la vida sigue».
Carmen no es una periodista estrella, pero tampoco una desconocida. Tiene un nombre, sobre todo en documentales de temas sensibles. Y precisamente su último trabajo fue sobre el asunto que me trajo hasta aquí: el incesto.
Como buena profesional, lo abordó con seriedad. Aprovechó que tenía un sobrino psicólogo y me entrevistó dos veces, casi una hora cada vez, para hablar de las relaciones madre-hijo. Yo le di mi opinión clínica, ella tomó notas. También consultó a antropólogos, abogados y a personas que habían atravesado esa situación. El documental se emitió en un canal de pago y tuvo eco. Carmen ganó el sobrenombre de «la periodista del incesto» y la invitaron a otros programas. En uno de esos directos, un colaborador le preguntó si ella había vivido alguna experiencia de ese tipo. Carmen sonrió con picardía y respondió: «No».
Pero la sonrisa no terminaba de ajustar con la respuesta.
***
Hasta ese momento yo no había deseado a mi tía. La veía atractiva, una mujer interesante con esa elegancia de quien lleva años delante de cámaras. Pero era la hermana de mi madre. Algunos amigos me la elogiaban; yo no la miraba así. Las conversaciones del documental me parecieron material académico útil para una tesis que estaba preparando sobre hipnosis, y nada más. Después llegó el detonante.
Estaba en el bar de la facultad cuando dos alumnos en la mesa de al lado comentaban su última entrevista.
—Mira que está buena la periodista, una madurita en todo su esplendor —dijo uno.
—Yo creo que esa risita pícara con la que respondió lo del incesto la delató. Le calienta tener al hijo en la cama —añadió el otro guiñando el ojo.
Algo se movió. No es mi función analizarme, pero empecé a darle vueltas. Quizá los chicos, sin saberlo, tenían razón. Y de pronto el plano teórico se desplazó hacia un terreno más sucio, lleno de ganas y ansiedad. Empecé a pensar en Carmen como una mujer a la que se podía llevar a la cama.
A decir verdad, mi tía estaba muy bien para su edad. Por trabajar en pantalla siempre se cuidó. El pelo rubio impecable, piernas largas que sabía lucir con pantalones ajustados, cintura aún definida, nalgas generosas y un par de pechos que rondaban la talla ciento diez y desbordaban cualquier sostén que se pusiera encima.
Yo nunca me había fijado en mujeres maduras, pero tampoco tenía pareja estable. Había roto un noviazgo desastroso meses antes, y entre tanto mis encuentros eran con profesionales o con aventuras sin consecuencia. Polvos sin sentido. No sabía nada de la vida íntima de Carmen tras enviudar; intuía que tenía algún encuentro discreto con un colega de la cadena, pero ningún novio formal.
Desde el comentario de los alumnos, el morbo del incesto se me coló dentro. Una tarde fui a su piso a arreglarle una fuga del fregadero. Vivimos en el mismo edificio, en pisos diferentes. Carmen había salido a comprar. La curiosidad pudo conmigo y entré en su despacho.
Sobre la mesa había una carpeta cuya portada decía: «Incesto madre-hijo: ¿una relación tolerada por la sociedad?». La abrí. Películas, enlaces a páginas porno con escenas familiares, revistas eróticas con relatos del estilo. Encendí su ordenador. No tenía contraseña. El historial estaba lleno de búsquedas vinculadas al tema, todas posteriores al cierre del documental. Aquello le había gustado más de la cuenta.
Empecé a sospechar que Carmen, en el fondo, deseaba a Lucas. Y desde que él se mudó, esa intensidad maternal se había trasladado hacia mí. ¿Y si no era a su hijo, sino a su sobrino, a quien la cabeza le daba vueltas?
***
Pasar de la fantasía a la acción es siempre el problema. ¿Cómo decirle que sabía lo suyo y que a mí también me corría algo parecido por dentro?
Esa noche cené con ella. Hablamos de trabajo, del tiempo, de Lucas y Marta. Volví a mi piso con el estómago apretado y le dediqué una buena masturbación pensando en su escote, en sus muslos, en su boca abriéndose para mí. Imaginé escenas concretas, postura tras postura, su voz pidiéndome más.
Ideé un plan modesto. La invitaría a cenar a mi casa, pondría algo de vino, y como sobremesa propondría volver a ver el documental. Sacaría el tema del incesto desde el ángulo psicológico y dejaría caer la idea de que su risa había sido reveladora.
Carmen aceptó la cena. Apareció directa del trabajo, con un traje negro y una blusa blanca que le marcaba el pecho. Cenamos. Después puse el documental, le hablé del lenguaje no verbal, de cómo una sonrisa puede traicionar lo que la palabra niega, de cómo un «no» puesto entre risas casi siempre esconde un «sí». Y entonces solté la pregunta: «Tía, ¿no estarás escondiendo un sí, quiero sexo con mi hijo?».
Esperé su reacción. Carmen me miró con una intensidad que jamás le había visto, una mezcla de desafío y diversión, y respondió:
—Puede ser.
Me quedé mudo. Un calor espeso me subió por la nuca.
—¿Qué te pasa, Daniel? —preguntó al verme abstraído.
—Nada, nada —dije bajando la mirada—. Pensaba en estas vacaciones cortas en la facultad. Tengo que avanzar con la tesis sobre hipnosis y no consigo concentrarme.
—Mira, mañana tengo que ir a Bilbao. Estamos preparando un especial sobre las elecciones municipales y mi equipo me espera allí. Si te apetece, vente. Trabajas desde el hotel y yo no viajo sola. Quizá hasta me uses como conejillo de indias para tu tesis.
Algo se encendió en mi cabeza. Hipnosis regresiva con Carmen. Si tenía algún trauma escondido detrás de esa obsesión por el tema, quizá podría sacarlo. Y, por qué no, jugar mientras tanto.
—Acepto. Me viene bien cambiar de aire.
—Perfecto. Mañana por la mañana tengo reunión en la cadena. Te paso a buscar a las cuatro.
Esa noche también me toqué pensando en ella. Imaginé que me corría entre sus pechos y ella se inclinaba a lamerse la leche del escote.
***
Al día siguiente preparé una maleta pequeña. La televisión avisaba de un temporal de nieve fuerte en el norte. Esperaba que no nos pillara. A las cuatro sonó el telefonillo. Bajé y me acomodé en el asiento del copiloto.
—Hola, Carmen, ¿qué tal?
—Muy bien, sobrino —respondió, y me dio dos besos.
—¿Cómo fue la reunión?
—Tirando. Estoy reventada, me levanté a las cuatro de la mañana.
—Si quieres conduzco yo. Aprovecha y duerme un rato.
Aceptó. A los pocos kilómetros ya tenía los ojos cerrados. Aproveché para mirarla de reojo. Llevaba un vestido oscuro de gasa, suelto, que con el movimiento de las piernas se le iba subiendo por encima de la rodilla. Las medias oscuras le marcaban los muslos. ¿Liguero o pantis? La pregunta me hizo apretar las manos sobre el volante. «Concéntrate, Daniel», me dije.
A pocos kilómetros de salir de Madrid empezó a llover con fuerza. Carmen se despertó con el ruido de las gotas contra el parabrisas.
—La cosa se está poniendo fea.
—Es solo agua. Pasada la sierra mejorará.
Me equivoqué. Una hora después, en lugar de mejorar, empezó a caer aguanieve. Y luego nieve. Y luego nieve de verdad. El asfalto se volvió blanco a una velocidad que no había visto nunca. Coches detenidos en el arcén, otros patinando, todos avanzando a treinta por hora.
—Sobrino, ¿qué hacemos? —preguntó Carmen, ya nerviosa.
—No sé. Volver atrás es imposible. Tenemos que seguir.
Pocos kilómetros después vimos un cartel anunciando un motel en la siguiente salida.
—¿Has visto? —dijo Carmen señalándolo—. Salgámonos. Llamo a Patricia, mi ayudante, y le aviso de que no llegamos. Mañana vemos.
—Sí, es lo más sensato.
Cogimos la salida. El polígono industrial estaba ya completamente blanco. Aparqué como pude en el primer hueco. Cogí la maleta y los dos corrimos bajo la nieve hacia la entrada. Cuando cruzamos las puertas estábamos calados.
***
El sitio se llamaba Motel Aurora. Por fuera, modesto. Por dentro, la decoración nos puso en alerta enseguida. Paredes blancas, sofás bajos, carteles por todos los pasillos: «Motel Aurora, una experiencia única», «Vive un momento íntimo con tu pareja», «Descubre nuestras suites para disfrutar en pareja».
—Bienvenidos al Motel Aurora —dijo la recepcionista—. ¿Tienen reserva?
—No —respondió Carmen, mojada de pies a cabeza—. Pero díganme que les queda alguna habitación libre.
—No se preocupen. Tenemos dos. ¿La quieren por noche o por horas?
«¿Por horas?». Aquello no era un motel de carretera. Era un picadero.
—Por noche, por favor —respondió Carmen.
—Tengo la Suite Luna por ochenta y cinco euros y la Suite Tántrica por trescientos ochenta.
—La Luna —respondió rápido Carmen—. ¿Te importa que la compartamos? No vamos a gastarnos eso.
—Sin problema —dije.
Nos dieron la llave y caminamos por un pasillo decorado con láminas que destilaban erotismo. Aquello terminó de confirmarme la sospecha. Al abrir la puerta de la habitación me quedé sin palabras.
Una pequeña antesala con una mesa y dos sillas hacía de zona de paso. Una pared media separaba esa parte del dormitorio. Allí dentro, una cama enorme de sábanas blancas, cabecero acolchado con una barandilla metálica encima, y un cuadro en blanco y negro de una mujer en sujetador y antifaz, sosteniendo una manzana roja. La pared que separaba las dos zonas tenía un espejo gigante que reflejaba la cama entera. Y el techo, sobre la cama, otro espejo rodeado de luces.
—¿Dónde nos hemos metido? —dije, riéndome para no quedarme paralizado—. Tía, esto no es un motel, esto es un picadero. Bueno, lo importante es no morir congelados.
Carmen sonrió y miró todo en silencio.
El baño era de mármol blanco con detalles plateados. Hortera pero amplio. Dos lavabos, ducha enorme, un par de albornoces colgados.
—Menos mal que hay albornoces —dijo Carmen—. Tengo la ropa empapada. Me cambio y la pongo a secar en la calefacción. Después llamo a Patricia.
Yo, por suerte, llevaba ropa seca en la maleta. Salí del baño para que se cambiara tranquila. Me tumbé en la cama y encendí la televisión. Fui descubriendo detalles: una rosa pintada al lado de un interruptor que cambiaba el color de las luces de la habitación —azul, morado, blanco—. Sobre la mesilla, una carpeta con la carta del room service. Debajo, otra carpeta. La saqué con cuidado.
«Catálogo de juguetes eróticos. Pídalos al servicio de habitaciones y los recibirá discretamente en su puerta». Empezaba con tres disfraces —enfermera, sirvienta, colegiala— y seguía con una colección de juguetes que ni sabía nombrar. Quise mirar más, pero oí la puerta del baño y escondí el catálogo bajo la mesilla.
Carmen apareció solo con el albornoz blanco del motel. El pelo aún mojado, despeinado, le caía sobre los hombros. Nunca la había visto así. Y nunca, hasta esa noche, la había mirado así. La había visto en bikini cien veces, pero ahora, con la cabeza ya intoxicada por todo lo del documental y por el «puede ser» de la otra noche, mi cuerpo entero la registraba diferente. ¿Llevaría algo debajo del albornoz?
—¿Has llamado a Patricia? —pregunté para distraerme.
—Sí, le he dicho que mañana, si se despeja, intentamos llegar.
—¿Has terminado en el baño?
—Todo tuyo.
Entré, cerré la puerta y me apoyé en el lavabo. Estaba sudando. Me eché agua en la cara. Y entonces vi sobre el radiador, junto a la ropa de Carmen, su sujetador y sus bragas negras secándose. No llevaba nada debajo del albornoz. Nada. Mi polla reaccionó al instante. Respiré hondo varias veces antes de salir.
Carmen estaba ya tumbada en la cama, viendo la televisión, con el albornoz cubriéndola pero abriéndose ligeramente por el escote. Se le marcaba el inicio del pecho.
—Pido la cena al room service —dijo—. Estoy molida. Una ensalada para mí, ¿y tú?
—Una hamburguesa.
Cenamos en la pequeña mesa de la antesala, frente a frente. El albornoz se le abría un poco más con cada movimiento. El canalillo aparecía y desaparecía. Yo no sabía hacia dónde mirar.
—Yo me voy a dormir —dijo dejando la ensalada a medias—. Llevo en pie desde las cuatro.
—Vale, tía. Yo me quedo un rato leyendo material para la tesis.
—Buenas noches, Daniel.
***
Me quedé a la mesa con los apuntes sobre hipnosis. Apenas leí. Cuando me metí en la cama, con cuidado de no rozarla, ella ya respiraba profundo. Cerré los ojos. Y entonces empezaron los ruidos.
Venían de la habitación de al lado, justo detrás del cabecero. Primero un gemido apagado. Luego más claros.
—¡Joder, sí! ¡Más fuerte! ¡Dame!
Una mujer. Y un hombre que respondía con bufidos y frases agresivas. No había duda de qué estaba pasando ahí dentro. Probablemente un cliente con una chica de pago. Mi polla se puso dura en cuestión de segundos. Miré a Carmen. Seguía dormida, con la respiración pesada, dándome la espalda.
—¿Te gusta, eh? Yo sé cómo follar a una puta —se oía decir al tipo.
—Ahhh, sí, eres el mejor, no pares —respondía ella, fingiendo seguramente.
No aguantaba más. Decidí tocarme allí mismo. Si me iba al baño me perdía la banda sonora. Bajé el pantalón del pijama hasta las rodillas con todo el sigilo que pude y agarré mi polla. Empecé despacio, mirando al techo, escuchando. Pero los ojos se me iban hacia ella.
Levanté un poco la sábana. El albornoz le marcaba las nalgas redondas. Bajé un poco más. Ahí estaba, dormida, indefensa, completamente reflejada en el espejo de la pared. Y, sobre todo, su escote: el albornoz se le había abierto mientras dormía y un pecho asomaba casi entero, blanco, lleno, con el pezón apenas tapado por la tela.
Por la pared seguían los gemidos.
—¿Crees que mi polla te entrará entera en la boca? Pruébalo.
Los ruidos bajaron de tono. Yo, ya entregado, di un pequeño golpe con el dedo en la espalda de Carmen.
—¿Estás dormida, tía? —susurré.
No respondió. Le tiré un poco del cuello del albornoz, lo justo para que el pecho se le escapase del todo. Lo vi reflejado en el espejo. Mi polla palpitó en la mano. Empecé a meneármela más rápido, sin perderla de vista.
Mi mano izquierda se fue, casi sola, a su nalga. La rocé apenas, como un pájaro que se posa. Aparté la mano justo a tiempo. Me corrí de golpe. El primer chorro le cayó en el albornoz, a la altura del culo. Dos sacudidas más. El resto, en la sábana entre los dos.
—Dios… —se me escapó en voz muy baja.
Tardé un rato en reaccionar. Cogí papel del baño, limpié con cuidado la sábana y, con muchísima delicadeza, también el albornoz. Le ajusté la tela como estaba. Me quedé dormido mirando al techo.
***
A la mañana siguiente me despertó su voz.
—Daniel, despierta. Tenemos que hablar.
Abrí los ojos de golpe. El estómago se me cerró. Carmen estaba ya vestida con la ropa del día anterior, mirándome con cara seria.
—¿Sí? ¿Qué pasa? —dije incorporándome.
—Mira por la ventana.
Me asomé. Más de un metro de nieve cubría todo. En la televisión hablaban de carreteras cortadas en toda la zona.
—Joder —dije, tan aliviado de que su gesto no tuviera nada que ver con lo de la noche anterior que casi me reí.
—Vamos a tener que quedarnos, por lo menos, una noche más —sentenció.
(continuará)