El desvío del taxista en mi última noche fuera
Llevaba toda la semana en una ciudad que no era la mía, encerrada en una torre de cristal donde el aire acondicionado funcionaba como si quisiera sacarme del país. Reuniones interminables, presentaciones con clientes que solo escuchaban a medias, comidas pesadas en restaurantes con manteles blancos. A las diez de la noche del jueves, cuando por fin firmamos el último anexo, tenía los pies destrozados y un cansancio sordo que no se iba ni con tres cafés.
Me cambié los tacones por unas bailarinas que llevaba en el bolso desde primera hora y bajé al portal arrastrando los pies. La calle estaba caliente. Una de esas noches de junio en las que el asfalto devuelve todo el calor que ha tragado durante el día, y se te mete por las medias hasta los muslos.
La camisa blanca, fina, se me había transparentado al sudar. No me había vuelto a poner el sujetador después del almuerzo —en el baño del restaurante me lo había quitado para no aguantar la varilla y se me había olvidado, o no había tenido ganas—. Los pezones marcaban la tela como dos puntos oscuros que pedían atención. La falda lápiz, gris carbón, me ceñía las caderas y se subía un poco con cada paso largo.
Pedí el taxi por la aplicación sin pensar. Tres minutos. Skoda Octavia gris oscuro. Conductor: Andrés.
Cuando paró delante de mí y bajó la ventanilla, supe enseguida que la noche se iba a torcer. Tendría unos cuarenta y cinco años, moreno de los que se ponen morenos en la calle y no en la playa. Pelo corto, casi al uno, entradas marcadas. Una barba descuidada, oscura, de varios días. Una camisa azul arremangada hasta el codo dejaba ver dos antebrazos llenos de tatuajes desordenados, como si se los hubiera ido haciendo con los años sin pensar mucho en el conjunto.
—Buenas noches —dijo.
La voz me bajó por dentro como si me hubieran apagado un cigarro en el estómago.
Me senté detrás, en el lado del copiloto, no detrás de él. Quería que me viera bien por el retrovisor. Crucé las piernas y dejé que la falda subiera lo justo para que se notara el remate de la media. Le di la dirección del hotel y empecé.
—Es un trayecto largo —dijo—. Treinta y cinco minutos con tráfico.
—Sin tráfico, pues.
Lo vi sonreír en el retrovisor.
No estás haciendo nada todavía. Solo te has cruzado de piernas. Aún puedes parar.
No paré.
El primer botón fue casi un accidente. El segundo, una decisión. El tercero, una confesión. La camisa se abrió hasta el ombligo y dejó las tetas casi al aire, sostenidas solo por la presión de la tela. Me incliné hacia delante como si buscara algo en el bolso del suelo y dejé que se balancearan, pesadas, brillando con una capa de sudor que no se había ido.
Cuando levanté la cabeza, sus ojos estaban en el retrovisor, no en la carretera.
—Cuidado con el cinturón —dijo.
—¿El mío?
—El mío. Si sigues así, lo voy a romper.
Solté una risa baja, de las que no son de gracia. Tiré de la camisa hacia los lados hasta que las tetas salieron del todo. Me las cogí con las manos, las apreté despacio, jugué con un pezón hasta ponerlo duro como una piedra.
—Joder —dijo en voz baja, casi para él—. Qué tetas más bonitas.
—No te pongas educado ahora —contesté.
Tragó saliva. Vi la nuez subir y bajar.
—Qué tetas más grandes y blandas, zorra. ¿Vas a ir así todo el camino?
—Si tú quieres más, solo tienes que decirlo.
El siguiente semáforo nos pilló en rojo. Se giró media vuelta sobre su asiento, sin soltar el volante, y me miró sin parpadear.
—Quítate las bragas. Abre las piernas. Quiero ver ese coño.
Lo hice sin contestar. Me subí la falda hasta la cintura, enganché los dedos en el tanga de encaje negro y lo bajé despacio por los muslos. Lo dejé caer al suelo del coche, encima del bolso. Me apoyé contra la puerta y abrí las piernas hasta donde el asiento me dejaba.
El semáforo se puso verde. Él no arrancó.
—Joder. Estás empapada.
—Llevo así desde la una.
Detrás nos pitó alguien. Avanzó despacio, mirando la calle a tramos y a mí entre tramo y tramo. A los doscientos metros giró a la derecha, hacia una zona que no era la mía. Yo no había estado en esa ciudad nunca, pero se notaba enseguida que dejábamos atrás el centro.
—¿No vamos al hotel?
—Vamos. Pero por el camino largo.
Las farolas empezaron a espaciarse. Calles más anchas, más oscuras, naves cerradas con persianas metálicas pintadas de chapas. El olor a aceite industrial entrando por las rejillas del aire. Apagó el taxímetro con un golpe seco. Lo vi en la pantalla del salpicadero.
—Voy a parar un momento —dijo—. Tú no te muevas.
Paró en un callejón sin luces, entre dos naves cerradas. Se bajó, dio la vuelta al coche con una calma que me puso peor, y me abrió la puerta.
—Sal.
Salí. Las piernas me temblaban un poco, no de miedo. La falda se quedó enrollada en la cintura. Las tetas, fuera. Las bailarinas crujieron contra el suelo de gravilla.
Él se había abierto el pantalón. La polla salió gruesa, oscura, con un brillo en la punta. Me agarró del pelo —no fuerte, pero firme— y me empujó hacia abajo.
—Antes de nada, mójala.
Me arrodillé en la gravilla, ignoré las piedras clavándose en las rodillas y abrí la boca. La tragué entera de una vez, hasta donde pude, y luego un poco más. El sabor a sal y a piel limpia me llenó la boca. Subí y bajé, despacio al principio, después con saliva que se me caía por la barbilla. Le lamí los huevos, le subí la lengua por todo el tronco. Él me sujetaba el pelo con las dos manos y me marcaba el ritmo, sin meter más de lo que yo aguantaba pero sin dejarme parar tampoco.
—Joder, qué bien la chupas. Trágala. Más adentro. Así. Buena chica.
Me sacó la polla de la boca de un tirón cuando notó que se le iba. Me la pasó por la cara, por los labios, por las tetas. Me ensució los pezones de saliva. Se inclinó y, sin soltarme el pelo, metió la mano libre entre mis piernas. Dos dedos. Luego tres. Luego cuatro, con un movimiento corto que sonaba a chapoteo.
—Mira cómo se abre este coño. Cuatro dedos y todavía pides más. Qué cerda eres.
—Más —dije, porque no me salía otra palabra.
Me levantó del pelo y me empujó contra el capó del coche. El metal estaba todavía caliente del motor. Las tetas se me aplastaron contra la chapa. Sentí cómo el sudor se mezclaba con el polvo del coche. Me cogió por las caderas y me las levantó hasta que quedé de puntillas.
—Te voy a follar el culo —dijo—. ¿Lo sabes, no?
—Sí.
—Dilo.
—Fóllame el culo.
Se mojó la polla con saliva y con lo que tenía mi coño. Apoyó la punta y empujó. La primera embestida me sacó un grito que rebotó entre las dos naves. La segunda lo apagó. La tercera ya no me dolía igual.
—Ahhh… joder… qué culo más apretado…
—Más fuerte —pedí, con la cara contra el capó—. Más fuerte. Por favor.
Me la metió hasta el fondo. Me cogió las tetas por debajo, una en cada mano, y las apretó hasta dejarme las marcas de los dedos. Me mordió el cuello, justo donde el cuello de la camisa no iba a tapar al día siguiente. Cada embestida me hacía rebotar contra el capó. Las nalgas le sonaban contra la cadera como un aplauso roto.
—Te encanta esto, ¿eh? Mira cómo te chorrea el coño mientras te abro el culo. Aprieta más. Así. Buena puta.
—Sí… ahhh… sí…
—Dime que eres mía esta noche.
—Soy tuya esta noche.
Cambió el ritmo. Salía casi del todo y volvía a meterla hasta el fondo, despacio, para que sintiera bien cada centímetro. Después, ráfagas cortas y rápidas que me hacían gritar palabras que no recordaba haber dicho nunca. Me palmeó las nalgas. Me las apretó hasta hacerme arquear la espalda.
—Date la vuelta. Quiero verte la cara.
Me giró sin sacarme la polla del todo. Me sentó en el capó, me abrió las piernas y volvió a empalarme. Mis brazos rodearon su cuello casi por instinto. Las tetas le rebotaban contra el pecho. Él me miró a los ojos y no apartó la vista ni un segundo. Eso me derritió más que todo lo demás.
—Qué guapa eres cuando se te quita la vergüenza —dijo, y me besó por primera vez. La barba me raspó los labios.
—Sigue —contesté contra su boca—. No pares.
Me cogió por las caderas y me subió y bajó sobre él como si yo no pesara, mientras los dedos se le clavaban en mis nalgas. Le mordí el hombro a través de la camisa. Lo oí gruñir.
—Me voy a correr.
—Dentro.
—¿Dónde?
—Donde te dé la gana.
Se corrió con un sonido bajo, casi animal, mordiéndome el cuello. Sentí los chorros calientes llenándome el culo, después corriendo despacio por dentro de los muslos. Me quedé encima de él un buen rato, con la frente apoyada en su hombro, sintiéndolo respirar a saltos contra mi pecho. Los dos estábamos sudados y con el corazón disparado, como si hubiéramos corrido. Olía a sexo, a sudor y a polvo de coche.
Me ayudó a bajar del capó. Me pasó una mano por el pelo, me lo arregló como si pudiera arreglarse algo así. Sacó del coche unas servilletas de papel —de un bar, todavía con el logo— y me limpió por dentro de los muslos sin pedir permiso, con un cuidado raro para alguien que acababa de hacerme lo que me había hecho.
—Ponte la falda. Que llegamos al hotel decentes.
—Decentes ya no estamos —dije.
—Por fuera.
Me ayudó a recolocar la camisa. Me abrochó dos botones. Dejó el tercero abierto, no sé si por error o a propósito. Recogió mi tanga del suelo del coche, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.
—Para que te acuerdes.
—No me hace falta —contesté—. Pero quédatelo.
Hizo el resto del camino con una mano en el volante y la otra apoyada en mi muslo, debajo de la falda, sin moverla, solo apoyada. No hablamos. La radio sonaba bajo, una canción vieja en otro idioma que ya no recuerdo. La ciudad pasaba por la ventanilla como si nada de todo lo anterior hubiese ocurrido.
Me dejó en la puerta del hotel. Bajó él primero, me abrió la puerta como un caballero que no hubiera estado, diez minutos antes, mordiéndome el cuello en una zona industrial. Me dio una tarjeta con un número escrito a mano por detrás.
—La próxima vez que vuelvas a esta ciudad —dijo—, llámame antes. Y reserva la noche entera.
Cogí la tarjeta. Asentí. Subí las escaleras del hotel sin mirar a la recepcionista, con el culo lleno, las piernas flojas y una sonrisa que no se me iba.
En la habitación me tiré en la cama vestida, con la falda subida y la camisa medio abierta. Saqué la tarjeta del bolso, la dejé en la mesilla y me quedé un rato mirándola. Después me bajé la mano entre las piernas y me masturbé despacio, pensando en su barba, en su voz baja, en el sonido del capó del coche bajo mis tetas. Cuando me corrí, me pareció que la habitación seguía oliendo a aceite industrial.
***
El viernes, en la última reunión antes de coger el avión, me senté con las piernas cruzadas y los muslos todavía un poco doloridos. Mi cliente me preguntó si había dormido bien. Le dije que sí, que la ciudad era tranquila por las noches.
La tarjeta de Andrés sigue en mi cartera. La he mirado más de una vez. Todavía no he llamado.
Pero voy a volver. Y la próxima vez, voy a reservar la noche entera.