Le confesé a mi novia mi fantasía con otro hombre
Carla siempre supo que yo guardaba algo. Lo notaba en mis silencios después del sexo, cuando me quedaba mirando el techo más tiempo de la cuenta, como si estuviera buscando las palabras para decirle algo que todavía no me animaba a pronunciar. Llevábamos cuatro años juntos, dos viviendo bajo el mismo techo, y había aprendido a leerme tan bien que a veces me asustaba.
Aquella noche, con la lluvia golpeando contra la ventana y la lamparita pequeña encendida sobre la mesita, decidí que era el momento. Llevábamos casi tres horas en la cama, sin hacer nada más que besarnos despacio, hablando de cosas sueltas, dejando que el cansancio del día se nos fuera por la piel.
—Tengo que contarte algo —le dije, casi sin voz.
Ella se incorporó sobre el codo y me miró con esa sonrisa que pone cuando sabe que voy en serio. La luz tibia le bajaba por el cuello hasta perderse en la curva del hombro, y yo sentí un nudo en el estómago.
—Si es algo malo, prefiero que me lo digas rápido —murmuró.
—No es malo. Es… una fantasía.
Me costó arrancar. Le hablé despacio, casi en susurros, como si las palabras pesaran demasiado para decirlas en voz alta. Le conté que llevaba meses pensando en lo mismo, que aparecía en mi cabeza cuando estábamos juntos y también cuando no estábamos. Le conté que no sabía si era algo que iba a poder pedirle alguna vez, pero que necesitaba que lo supiera.
—Quiero que estemos los dos con alguien más —le dije al fin—. Otro hombre. Elegido por nosotros. Y quiero que ese alguien me mire también a mí.
Carla no dijo nada por un rato largo. Se mordió el labio, despacio, y yo pensé que la había arruinado. Que lo había dicho mal, o demasiado pronto, o demasiado directo.
Pero entonces se acercó, me besó la oreja y me susurró:
—Cuéntamelo. Como si ya estuviera pasando.
Y empecé.
***
Le pedí que se imaginara la habitación tal cual estaba, con la lamparita baja y la lluvia afuera, pero con un detalle distinto: la puerta entornada. Le dije que estaríamos los dos en el centro de la cama, besándonos como ahora, abrazados, con esa calma que nos pone a mil antes de que pase nada. Que ella tendría puesta la tanga azul de tiras finas, esa que se le hunde apenas entre las nalgas, y nada más.
Le conté que lo escucharíamos antes de verlo. Pasos lentos en el pasillo, una respiración más profunda que la nuestra, el roce de la puerta abriéndose despacio.
—Y entra él —le susurré—. Sin apuro. Sin decir nada. Solo se queda parado en el umbral, mirándonos.
Carla cerró los ojos. La sentí apretarse más contra mi pecho.
—Y nosotros no nos separamos —seguí—. Seguimos besándonos. Pero con más ganas, porque su llegada es la señal que estábamos esperando.
Le conté que él se acercaría hasta sentarse al borde de la cama. Que ella seguiría en el centro, preciosa, con la respiración un poco más rápida cada segundo. Que sus manos empezarían a recorrerle la espalda, despacio, mientras las mías le bajarían por la cintura, y todo se mezclaría: sus dedos rozándole las caderas, los míos subiéndole por los costados, ella respirando más fuerte porque sentiría que los dos estábamos ahí solo para ella.
—Te arquearías un poquito cuando mis manos llegaran a la tela —murmuré contra su oreja—. Yo dibujaría círculos lentos por encima, sintiendo cómo te humedeces más con cada pasada.
Carla soltó un suspiro corto. Fue casi imperceptible, pero lo escuché.
***
Le seguí contando. Él, por detrás, le acariciaría las nalgas con la yema de los dedos, presionando suave contra esa zona que la hace gemir bajito y apretar las caderas contra los dos. Sin entrar. Solo despertándola.
Yo me colocaría entre sus piernas, le bajaría la tela despacio, sintiendo lo mojada que estaba. La dejaría a un lado y la penetraría lento, sintiendo cómo me apretaba, cómo su cuerpo se abría para mí como tantas otras veces, pero esta vez con la diferencia de que otras manos también estaban encima.
—Tú gemirías contra mi boca mientras él te seguiría rozando, presionando con la yema, haciéndote sentir ese cosquilleo que te sube por la espalda —le susurré—. Y yo lo miraría de reojo, viendo cómo se desnudaba, cómo dejaba caer los bóxers blancos que eran lo único que llevaba puesto.
Le conté que ella no podría quitarle los ojos de encima. Que recorrería su cuerpo desde el pecho y bajaría poco a poco, midiéndolo, deseándolo, y que esa mirada lo encendería todavía más.
Los tres nos sincronizaríamos. Yo follándola despacio, profundo, sintiendo cómo se contraía cada vez que él le pasaba los dedos por el ano. Él, atrás de ella, haciendo círculos cada vez más amplios, excitándola hasta que el cuerpo le temblara entre los dos.
—Y tú mandarías el ritmo —murmuré—. Cuando quisieras más rápido, apretarías las caderas contra los dos. Cuando quisieras lento, nos harías ir lento. Con susurros, con miradas. Como haces siempre conmigo.
Carla me clavó las uñas en el brazo, suave. No me interrumpió.
***
Le conté la parte que más me costaba decir. Le dije que en algún momento nos cambiaríamos de lugar.
Que él se colocaría entre sus piernas y la penetraría poco a poco, llenándola completa mientras ella se arquearía contra él. Que yo me pondría a su lado, abrazándola como pudiera, besándole el cuello, bajando la mano hasta acariciarle por fuera con la yema, presionando suave, justo en el punto que tanto le gusta.
Le dije que sentiría a otro hombre dentro de ella, moviéndose profundo y fuerte, y mis dedos rozándole por afuera. Que me llevaría el dedo a la boca para humedecerlo y se lo introduciría apenas, despacio, sintiéndola llena de los dos a la vez.
Y que al mismo tiempo, yo sentiría cómo él me tocaba la espalda y las nalgas. Y ella me besaría mientras le seguía acariciando.
Carla tragó saliva. Se le marcaron los huesos del cuello.
—¿Y después? —preguntó.
—Después —le contesté— tú me mirarías con esa sonrisa tuya, esa que pones cuando sabes algo que yo todavía no sé. Me besarías fuerte. Y me dirías al oído lo que más miedo me da pedirte.
—¿Qué cosa?
Me costó. Tomé aire.
—Que quieres ver cómo me lo hacen a mí mientras te follo.
Ella abrió los ojos. Me miró fijo, sin sonreír, sin asustarse. Solo midiéndome.
—Sigue —dijo.
***
Le conté que volvería a colocarme entre sus piernas. Que la penetraría otra vez, lento y profundo, sintiendo cómo me apretaba, mientras él se acomodaría detrás de mí.
Que él me lubricaría con cuidado. Sus dedos rozándome por fuera primero, presionando suave, círculos lentos, dejándome relajar, dejándome sentir ese cosquilleo nuevo que me subiría por la espalda. Después uno, despacio, girando para abrirme. Después dos.
Que mientras tanto yo no dejaría de follarla a ella, empujando más profundo con cada movimiento de él, dejándome llevar por el vaivén.
—Tú verías cómo me penetra —le susurré—. Cómo mi cuerpo se tensa, cómo tiemblo encima tuyo mientras te sigo follando. Lento, profundo, rápido, profundo otra vez. Sintiendo cómo me aprietas con cada embestida.
Le dije que él aceleraría detrás de mí, saliendo casi del todo y volviendo a entrar con fuerza, sin parar, y que cada empujón suyo me haría empujar más fuerte dentro de ella. Y que ella estaría en el centro, sintiéndome dentro y viendo al mismo tiempo cómo me abrían a mí. Las dos cosas a la vez.
—Y tú seguirías mandando —le murmuré—. Cuando quisieras más rápido, lo pedirías. Cuando quisieras más lento, también. Como ahora. Como siempre.
***
Le dije cómo terminaría. Le dije que el final llegaría para los tres al mismo tiempo. Que él se correría dentro de mí, profundo, caliente, llenándome por detrás. Que yo sentiría eso y eso me haría explotar dentro de ella, llenándola en chorros largos, temblando contra su cuerpo. Y que ella llegaría justo después, apretándome fuerte, temblando entre los dos, disfrutando de mí dentro y de la imagen de cómo me llenaban a mí.
Que nos quedaríamos los tres jadeando un momento, sintiendo el calor mezclado, sintiéndola a ella en el centro, brillando.
Que después él se iría en silencio, sin palabras, igual que había llegado.
Y que volveríamos a quedarnos solos. Sudados, con la respiración entrecortada, besándonos despacio mientras escuchábamos sus pasos alejarse por el pasillo. Que nos miraríamos a los ojos y sonreiríamos, sabiendo que lo habíamos compartido todo, y que era apenas el principio.
Cuando terminé de contarle todo, me quedé sin aire. La habitación estaba más quieta que nunca. Solo se escuchaba la lluvia.
Carla no dijo nada por un rato. Después se subió encima de mí, despacio, hasta quedar sentada sobre mis caderas. Me apoyó las manos en el pecho y me miró desde arriba, con el pelo cayéndole sobre la cara.
—¿Hace cuánto piensas en esto? —me preguntó.
—Meses.
—¿Y por qué tardaste tanto?
No supe qué contestar. Ella sonrió, esa sonrisa que pone cuando me lee mejor que yo mismo.
—Lo vamos a pensar —dijo—. Los dos. Sin apurarnos. Pero quiero que sepas algo.
Se inclinó hasta tener su boca a un centímetro de la mía.
—Que me lo hayas contado así, como me lo contaste, ya me hizo desearte el doble.
Me besó. Larga, lenta, profundamente. Y entonces apagó la lamparita.
Lo demás, esa noche, fue solo nuestro. Pero la conversación, la verdadera, recién empezaba.