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Relatos Ardientes

Lo que mis profesoras particulares me enseñaron

4.5 (43)

Esto ocurrió en Sevilla, en el verano de 2002. Tenía dieciocho años, acababa de aprobar las pruebas de acceso a la universidad y era, en lo que se refiere a las mujeres, un caso perdido.

No es que fuera feo. Mis amigos me decían que no, al menos. Pero era tan introvertido que me costaba mantener una conversación con una chica de mi edad sin que el silencio se volviera incómodo a los treinta segundos. Mientras ellos llevaban dos años contándome sus aventuras los lunes por la mañana, yo los escuchaba con una mezcla de admiración y resignación. No salía a discotecas. No coqueteaba en clase. Había días en que me preguntaba si había algo raro en mí.

En Física y en inglés había tenido notas muy bajas durante el bachillerato, y mis padres me buscaron profesoras particulares para los dos últimos años. A Natalia la tuve para Física; a Valentina, para inglés. Las dos tenían algo en común, además de la edad —las dos rondaban los treinta y dos años— y la paciencia que hace falta para explicarle a alguien como yo las leyes del movimiento y la diferencia entre el presente perfecto y el presente simple.

Las dos eran mujeres que yo había aprendido a mirar de reojo.

***

Natalia llevaba el pelo rubio recogido en una cola baja que se deshacía a medida que avanzaba la clase. Ojos claros, casi grises, que se achicaban cuando quería asegurarse de que yo la había entendido. Un cuerpo que vestía sin pretensiones —jerseys anchos, pantalones cómodos— pero que no pasaba desapercibido. Había algo en su manera de moverse, en la forma en que se inclinaba sobre mis apuntes para señalar un error, que me ponía nervioso de una manera que yo intentaba mantener lo más lejos posible de mi cabeza durante las clases.

En julio, cuatro días después de que yo me matriculara en Ingeniería Industrial, Natalia me llamó por teléfono.

—Necesito verte antes de irme —dijo.

—¿Irte adónde?

—Te cuento el sábado.

El sábado llegó puntual y con una maleta pequeña de mano. Mis padres habían salido esa tarde con unos amigos y no volverían hasta las nueve. Natalia entró, dejó la maleta en el recibidor y me explicó, de pie en el pasillo, que le habían ofrecido una plaza como investigadora en una universidad de Toronto. Llevaba años buscando esa oportunidad. Su vuelo salía en dos horas.

—¿Dos horas? —repetí.

—He querido despedirme de ti en persona.

Le había comprado un regalo para agradecerle los dos años de clases. Un perfume y un pañuelo de seda. Ella los abrió con cuidado, sonrió y los dejó sobre la mesa del salón.

—No tenías que haberte molestado —dijo—. De verdad.

Luego me miró de una manera distinta. No era la mirada con la que me explicaba los principios de la termodinámica.

—Yo también tengo algo para ti —dijo.

No entendí a qué se refería. Me quedé quieto, esperando.

Se quitó la chaqueta. Luego se desabrochó la blusa despacio, sin apartar los ojos de los míos. Debajo llevaba un sujetador de encaje en color crema que se quitó también, con el mismo gesto tranquilo, como si lo que estaba haciendo no fuera nada extraordinario.

Era la primera vez que veía unos senos en persona. Grandes, redondos, con una piel pálida que contrastaba con el bronceado del cuello y los brazos. Me quedé sin saber dónde poner las manos.

—Sé que has estado mirándolos durante dos años —dijo—. Así que es justo que los veas bien antes de que me vaya.

Me acerqué. Los toqué primero con las yemas de los dedos, luego con las palmas. No sabía qué hacer ni en qué orden, y supongo que se notaba. Natalia no pareció importarle. Cerró los ojos un momento y puso una mano sobre la mía para guiarla.

Llevábamos quizás cinco minutos así cuando ella retrocedió un paso y bajó la vista hacia mis pantalones con una expresión de sorpresa genuina.

—¿Todo eso es tuyo? —preguntó.

Hasta ese momento no me había dado cuenta del estado en que estaba.

Lo que vino después ocurrió en mi habitación, con las persianas a medio bajar y el ruido de la calle colándose por la rendija. Natalia tomó el control desde el principio: me explicó lo que iba a hacer antes de hacerlo, me corrigió cuando hacía algo mal y me animó cuando hacía algo bien. Era una profesora, y eso no cambiaba aunque hubiera cambiado la asignatura.

Me sorprendió durar tanto. Cuando me masturbaba solo no aguantaba diez minutos; con ella pasé más de media hora sin entender por qué mi cuerpo funcionaba de manera tan distinta. Natalia gritaba, se aferraba a la almohada, me pedía más y luego me pedía que no parara. Yo obedecía lo mejor que podía, siguiendo sus indicaciones y el instinto, que resultó ser más útil de lo que esperaba.

Cuando terminamos me quedé tumbado mirando el techo, sin saber qué decir. Natalia ya estaba incorporándose, buscando su ropa entre las sábanas revueltas.

—Eres increíble —dijo—. Con lo tímido que eres, no me lo esperaba.

—Tú me has ayudado —respondí.

—Algo, sí. —Se rio en voz baja—. Pero el mérito es tuyo.

Antes de salir por la puerta se detuvo en el umbral y se giró.

—Empieza a salir con chicas, por favor. Con lo que tienes, sería un desperdicio quedarse en casa.

Cogió la maleta. Cerró la puerta. Escuché sus pasos alejarse por las escaleras y luego nada más. Me quedé en medio del pasillo, sin saber muy bien si lo que acababa de ocurrir era real.

***

Dos días después fui a casa de Valentina para despedirme de ella.

Valentina era francesa, aunque hablaba español sin el menor rastro de acento y lo escribía mejor que muchos nativos. Pelo castaño oscuro, ojos verdes, una boca grande con una sonrisa que desarmaba antes de que uno pudiera ponerse en guardia. Llevaba siempre vestidos cortos —los más cortos que yo había visto fuera de una pantalla— y tenía la costumbre de cruzar las piernas de una manera que hacía muy difícil concentrarse en los ejercicios de gramática inglesa.

No era tan llamativa como Natalia a primera vista. Pero había algo en ella más difícil de definir: una manera de mirarte cuando te hablaba que hacía sentir que eras la única persona en la habitación.

Le llevé un perfume y una bufanda de lana fina. Ella los recibió con la misma sonrisa de siempre, los dejó sobre la mesa y anunció que también tenía malas noticias: volvía a Lyon. Una empresa de comunicación le había ofrecido un puesto que no podía rechazar. Se iba pasado mañana.

—Son muchas despedidas esta semana —dije.

—El verano es así. —Hizo una pausa—. El aire acondicionado se ha estropeado, por cierto. He decidido no abrir las ventanas igualmente.

No entendí la lógica de eso hasta unos minutos después.

Me besó. Primero en la mejilla izquierda, luego en la derecha y luego, muy despacio, en los labios. Se apartó y me miró con esa expresión de los profesores que esperan a que el alumno termine de entender.

—Antes de irme quiero enseñarte algo —dijo—. Para que sepas lo que haces cuando estés con alguien.

Me hizo sentar en la silla de madera que tenía frente a su escritorio. Se subió el vestido, se quitó la ropa interior sin ninguna prisa y apoyó una pierna en el borde de la mesa. Con una paciencia que me recordó a sus mejores clases de inglés, me fue guiando: dónde poner la boca, cómo mover los dedos, qué señales escuchar. Era una clase, y yo era el alumno más concentrado que había sido en mi vida.

Tardé unos diez minutos en hacerla llegar. Lo noté porque Valentina arqueó la espalda, soltó un sonido largo y profundo y se quedó quieta varios segundos con los ojos cerrados y los nudillos blancos sobre el borde de la mesa.

—Bien —dijo, cuando volvió a respirar con normalidad—. Muy bien.

Lo que vino después fue diferente a lo que había vivido con Natalia. No peor ni mejor, sino completamente distinto en su forma. Natalia había tenido el control desde el principio con una claridad casi clínica. Valentina alternaba sin aviso entre dejarse llevar y tomar las riendas, como si el ritmo de todo fuera una decisión suya que ella tomaba en tiempo real y yo simplemente tenía que seguir.

Me decía cuándo ir despacio y cuándo acelerar. Paraba, se giraba, buscaba el ángulo que quería, me indicaba con las manos cómo colocarme. Cada vez que yo creía haber entendido el patrón, ella lo cambiaba. No era frustrante. Era lo contrario.

El calor del cuarto sin ventilación lo convertía todo en algo más denso, más inmediato. El sudor, el olor, el contacto de la piel sin ninguna distancia entre medias. Valentina ignoraba todo lo que no fuera lo que estaba haciendo y se concentraba en ello con una intensidad que me resultó tan intimidante como excitante.

Pasamos horas así, con pausas cortas en las que ella tomaba agua y volvíamos a empezar. Perdí la cuenta de las posturas y los comienzos de cada nueva escena. Valentina se movía sobre mí con la misma convicción con la que corregía mis composiciones en inglés: sabiendo exactamente lo que quería, sin rodeos.

Cuando al final me pidió que terminara, se puso de rodillas frente a mí y me miró desde abajo con esa sonrisa suya que nunca era completamente inocente.

—Quiero saber a qué sabes —dijo.

Cuando me vestí para irme, Valentina sacó del bolso una tarjeta de visita y me la puso en el bolsillo de la camisa.

—Cuando vengas a Lyon, llámame. Y si paso yo por aquí, también.

La llamé dos meses después. No contestó. Le dejé un mensaje. No respondió nunca. Supongo que hay despedidas que son exactamente eso: despedidas sin continuación posible.

***

En las semanas siguientes intenté entender lo que había pasado. No los detalles físicos, que mis amigos me explicaron con un entusiasmo que no les pedí cuando les conté lo esencial. Sino la otra parte: por qué dos mujeres adultas, con sus propias vidas y sus propios planes, habían decidido despedirse de mí de esa manera.

La respuesta más honesta que encontré, después de mucho darle vueltas, fue también la más sencilla: porque quisieron. Porque podían. Y porque, quizás, en algún momento de esos dos años de clases habían visto algo en mí que yo no era capaz de ver desde dentro.

Me pregunté si Natalia o Valentina pensarían en aquello alguna vez. Si en Toronto o en Lyon, en algún momento cualquiera, uno de esos recuerdos asomaba sin que nadie lo llamara. No lo sé. Yo sí lo pienso. Lo pienso todavía, de vez en cuando, en esos ratos de insomnio en que la cabeza decide volver a los dieciocho años sin previo aviso ni disculpa.

No fue amor. Ni siquiera fue algo que se le pareciera. Fue generosidad, probablemente. O curiosidad. O las dos cosas mezcladas, que a veces son exactamente lo mismo.

Pero lo que aprendí esas dos tardes de verano tardé años en encontrarlo en otra parte.

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4.5 (43)

Comentarios (9)

lector87

Buenisimo!! De los mejores relatos que lei en un buen tiempo. Gracias por compartirlo.

vikingo33

Hay segunda parte?? Quede con ganas de saber como siguio todo jaja

MartinaK

Me encanto como esta narrado, se siente muy real sin pasarse. Sigue asi!

Dante_cba

jajaja me transporte directo a mis 18 años leyendo esto... esa epoca en que todo era nuevo y sorprendente. Muy bien escrito, con detalles que hacen que uno se imagine estar ahi. Esperando el proximo!

Carmen_R

Ojala hubiera tenido yo profesores asi jajaja. Muy entretenido y buen ritmo, no se hace largo para nada.

Rulo_cba

Excelente!! la espera del proximo relato va a matar jeje

nochero91

tremendo, gracias por escribir esto

LuciaBA77

Muy buen relato, se nota que le pusiste ganas al escribirlo. Espero que no sea el ultimo que nos mandas!

Marcos_BA

El comienzo me engancho de entrada, no pude parar. Segui asi!!

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