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Relatos Ardientes

Lo que mis profesoras particulares me enseñaron

4.5(43)

Esto ocurrió en Sevilla, en el verano de 2002. Tenía dieciocho años, acababa de aprobar las pruebas de acceso a la universidad y era, en lo que se refiere a las mujeres, un caso perdido.

No es que fuera feo. Mis amigos me decían que no, al menos. Pero era tan introvertido que me costaba mantener una conversación con una chica de mi edad sin que el silencio se volviera incómodo a los treinta segundos. Mientras ellos llevaban dos años contándome sus aventuras los lunes por la mañana, yo los escuchaba con una mezcla de admiración y resignación. No salía a discotecas. No coqueteaba en clase. Había días en que me preguntaba si había algo raro en mí.

En Física y en inglés había tenido notas muy bajas durante el bachillerato, y mis padres me buscaron profesoras particulares para los dos últimos años. A Natalia la tuve para Física; a Valentina, para inglés. Las dos tenían algo en común, además de la edad —las dos rondaban los treinta y dos años— y la paciencia que hace falta para explicarle a alguien como yo las leyes del movimiento y la diferencia entre el presente perfecto y el presente simple.

Las dos eran mujeres que yo había aprendido a mirar de reojo.

***

Natalia llevaba el pelo rubio recogido en una cola baja que se deshacía a medida que avanzaba la clase. Ojos claros, casi grises, que se achicaban cuando quería asegurarse de que yo la había entendido. Un cuerpo que vestía sin pretensiones —jerseys anchos, pantalones cómodos— pero que no pasaba desapercibido. Había algo en su manera de moverse, en la forma en que se inclinaba sobre mis apuntes para señalar un error, que me ponía nervioso de una manera que yo intentaba mantener lo más lejos posible de mi cabeza durante las clases.

Aunque mentiría si dijera que lo conseguía siempre. Cada vez que se agachaba sobre la mesa, el escote de su jersey caía hacia delante y me dejaba ver el nacimiento de unas tetas que parecían pesadas, llenas, apretadas contra el sujetador. Yo apartaba la vista demasiado rápido, fingía concentrarme en una fórmula, y por debajo de la mesa tenía que cruzar las piernas para disimular la polla que se me ponía dura sin pedirme permiso.

En julio, cuatro días después de que yo me matriculara en Ingeniería Industrial, Natalia me llamó por teléfono.

—Necesito verte antes de irme —dijo.

—¿Irte adónde?

—Te cuento el sábado.

El sábado llegó puntual y con una maleta pequeña de mano. Mis padres habían salido esa tarde con unos amigos y no volverían hasta las nueve. Natalia entró, dejó la maleta en el recibidor y me explicó, de pie en el pasillo, que le habían ofrecido una plaza como investigadora en una universidad de Toronto. Llevaba años buscando esa oportunidad. Su vuelo salía en dos horas.

—¿Dos horas? —repetí.

—He querido despedirme de ti en persona.

Le había comprado un regalo para agradecerle los dos años de clases. Un perfume y un pañuelo de seda. Ella los abrió con cuidado, sonrió y los dejó sobre la mesa del salón.

—No tenías que haberte molestado —dijo—. De verdad.

Luego me miró de una manera distinta. No era la mirada con la que me explicaba los principios de la termodinámica.

—Yo también tengo algo para ti —dijo.

No entendí a qué se refería. Me quedé quieto, esperando.

Se quitó la chaqueta. Luego se desabrochó la blusa despacio, sin apartar los ojos de los míos. Debajo llevaba un sujetador de encaje en color crema que se quitó también, con el mismo gesto tranquilo, como si lo que estaba haciendo no fuera nada extraordinario.

Era la primera vez que veía unas tetas en persona. Grandes, redondas, con una piel pálida que contrastaba con el bronceado del cuello y los brazos. Los pezones rosados se le habían puesto duros, apuntando hacia mí como si me estuvieran señalando. Me quedé sin saber dónde poner las manos, con la boca seca y la polla ya empujando contra la cremallera del pantalón.

—Sé que has estado mirándolas durante dos años —dijo—. Así que es justo que las veas bien antes de que me vaya. Y que las toques. Y todo lo demás.

Me acerqué. Las toqué primero con las yemas de los dedos, luego con las palmas. Pesaban más de lo que había imaginado, llenándome la mano por completo. Le pellizqué un pezón sin pensarlo y Natalia soltó un suspiro corto, ronco, que me bajó directo a la entrepierna. No sabía qué hacer ni en qué orden, y supongo que se notaba. Natalia no pareció importarle. Cerró los ojos un momento y puso una mano sobre la mía para guiarla, enseñándome cómo amasarle las tetas y cómo apretarle los pezones entre los dedos hasta que se le escapó un gemido más grueso.

—Con la boca también —murmuró—. Chúpame.

Bajé la cabeza y le metí el pezón en la boca, chupando como pude, con torpeza al principio y luego con más hambre cuando noté que ella me agarraba la nuca y me apretaba contra el pecho. Le pasé la lengua por la aréola, le mordí suavemente, cambié de teta. Natalia jadeaba bajo y se restregaba contra mi pierna.

Llevábamos quizás cinco minutos así cuando ella retrocedió un paso y bajó la vista hacia mis pantalones con una expresión de sorpresa genuina. El bulto se marcaba abultado, obsceno, contra la tela.

—¿Todo eso es tuyo? —preguntó.

Alargó la mano y me apretó la polla por encima del pantalón. Me tembló todo el cuerpo. Hasta ese momento no me había dado cuenta del estado en que estaba.

—Joder —murmuró ella, casi para sí misma—. Esto hay que verlo bien.

Lo que vino después ocurrió en mi habitación, con las persianas a medio bajar y el ruido de la calle colándose por la rendija. Natalia tomó el control desde el principio: me explicó lo que iba a hacer antes de hacerlo, me corrigió cuando hacía algo mal y me animó cuando hacía algo bien. Era una profesora, y eso no cambiaba aunque hubiera cambiado la asignatura.

Me empujó de espaldas contra la cama, se arrodilló entre mis piernas y me desabrochó el pantalón con calma. Cuando me bajó el calzoncillo, la polla saltó hacia fuera tan dura que casi le golpea la barbilla. Natalia soltó una risa corta, sorprendida, y se quedó mirándola un segundo entero, como si calculara qué hacer con ella.

—Madre mía. Si lo llego a saber, no espero hasta el último día.

Me agarró la polla con la mano. Cerró el puño alrededor del eje y empezó a moverla despacio, apretando, midiendo cada centímetro. La punta ya estaba brillante de preseminal, y cuando ella pasó el pulgar por encima del glande y lo extendió por toda la longitud, yo solté un gemido que me sonó raro en mi propia voz. Natalia me miraba con la boca entreabierta, observando cómo se me marcaban las venas a lo largo del eje, cómo se me hinchaba más cada vez que ella apretaba.

—Así —dijo—. No te escondas. Déjame verte bien.

Se inclinó hacia delante, sacó la lengua y me lamió la punta con una precisión que me dejó sin aire. Una pasada larga, lenta, desde la base hasta el glande, recogiendo el preseminal con los labios. Luego abrió la boca y me tragó hasta la mitad, profundamente, sin prisa, y yo di un salto involuntario al notar el calor húmedo de su lengua y el roce de sus labios tensándose alrededor de mí. Bajó un poco más, y otro poco más, hasta que noté la punta golpearle el fondo de la garganta y la oí ahogarse un segundo antes de subir y volver a bajar.

—Joder, Natalia —gemí—. Joder.

Natalia me sujetó por las caderas para que no me moviera demasiado y empezó a mamarme con un ritmo lento, sucio, cada vez más decidido. Subía y bajaba con la boca llena, la lengua envolviéndome el eje, los labios apretados, dejando un rastro de saliva que le chorreaba por la barbilla y me caía caliente sobre los cojones. Cuando se ahogaba con sus propios jadeos, levantaba la vista para comprobar que seguía ahí, y la imagen de ella mirándome desde abajo con la polla metida hasta la garganta me hacía durar más y menos al mismo tiempo.

Soltó la polla un momento, escupió sobre la punta y la usó como lubricante, deslizando la mano arriba y abajo mientras me lamía los cojones uno a uno, metiéndoselos en la boca, chupándolos con cuidado. Luego volvió a tragarme entero, atragantándose un poco a propósito, gimiendo con la boca llena.

—No te corras todavía —murmuró, soltándome un segundo para respirar—. Aguanta un poco más. Te quiero dentro.

Yo obedecía como podía, con las manos crispadas en las sábanas, mientras ella alternaba la boca con la mano, deslizando saliva por toda la longitud y volviendo a bajar hasta la base con una calma obscena. Me chupaba como si llevara meses esperando, con un hambre real que no parecía actuada. Cuando notó que estaba al límite, se apartó, se incorporó y se quitó el resto de la ropa con una naturalidad que me dejó paralizado.

Se quedó desnuda delante de mí, con las tetas todavía húmedas de mi saliva, las caderas anchas, el coño rubio cubierto por una mata corta y prolija. Se llevó dos dedos a la boca, los chupó y se los pasó entre los muslos. Cuando los retiró, los vi brillantes.

—Mira cómo me has puesto —dijo, mostrándomelos.

Se tumbó en la cama y abrió las piernas. El coño se le abrió delante de mí, rosado, hinchado, con los labios menores asomando empapados.

—Ven —dijo—. Quiero que aprendas bien.

Me acerqué torpemente, todavía temblando, y me colocó entre sus muslos. Tenía el coño húmedo, caliente, ya abierto por la excitación, y cuando pasé los dedos por allí noté la humedad resbalando contra mi mano. Le metí un dedo despacio y Natalia soltó un gemido bajo, apretando alrededor. Le metí otro, los curvé, los moví como pude, y ella me agarró la muñeca y me marcó el ritmo, hundiéndome los dedos hasta los nudillos.

—Así, así, sigue —jadeó—. Pero ahora la polla. Métemela ya.

Me agarró la polla con la mano, me la guio hasta la entrada del coño y me la frotó arriba y abajo, mojándomela bien, antes de hacerme empujar despacio.

Entré en ella con una presión que me cortó la respiración. Su coño me apretó de una manera brutal, estrecho y ardiente, y tuve que detenerme un segundo para no correrme de inmediato. Sentí cómo se me cerraba alrededor de la polla, cómo me chupaba hacia dentro, cómo cada milímetro de carne me iba apretando más conforme avanzaba. Natalia gemía debajo de mí, con la boca abierta, las tetas rebotándole con cada pequeño empujón.

—Hasta el fondo —me ordenó—. Toda. Méteme toda la polla.

Empujé hasta el fondo, sintiendo el choque contra su cérvix, y Natalia soltó un grito ahogado que me hizo perder el último resto de timidez. Me agarró la nuca y me besó con hambre, metiéndome la lengua, mordiéndome el labio inferior, moviendo la cadera para obligarme a entrar más.

—Eso es —dijo entre dientes—. Ahora fóllame. Fóllame bien.

Empecé a moverme como pude, primero corto, luego más hondo, sintiendo cada embestida en la base de la polla y el golpeteo de sus muslos contra los míos. El ruido de mis cojones golpeando contra su culo llenaba la habitación, mezclado con el chapoteo húmedo del coño tragando mi polla una y otra vez. Natalia abría más las piernas, se las llevaba al pecho, me las apoyaba sobre los hombros, echaba la cabeza hacia atrás y me pedía que no aflojara, que se la diera entera, que se la diera más fuerte.

—Más, más, así, no pares —gemía—. Joder, qué bien me la metes. No te ibas a quedar sin estrenar tú.

Yo la obedecía con una mezcla de vergüenza y orgullo que me quemaba por dentro. La giré como pude, sin saber muy bien cómo, y ella se dejó poner a cuatro patas con una facilidad que me hizo entender que ya había decidido por mí. El culo se le levantó hacia arriba, redondo, blanco, partido por la sombra del coño abierto y brillante de mi saliva y de la suya. Le agarré las caderas, le clavé los dedos en la carne y la penetré de un solo empujón hasta dentro.

Natalia gritó contra la almohada. Yo empecé a follármela con todo lo que tenía, con la polla entrando y saliendo a un ritmo cada vez más bestia, viéndola desaparecer dentro de ella y volver a salir empapada. Le di una palmada en el culo casi sin pensarlo, y Natalia soltó un quejido de placer que me animó a darle otra, más fuerte.

—Eso, eso —gimió—. Más fuerte. Dame en el culo. Fóllame como te apetezca.

Le agarré el pelo, le tiré de la cola que ya estaba medio deshecha y la embestí más rápido, sin freno, sintiendo cómo se le contraía el coño alrededor de mí. Cuando noté que se le tensaba todo el cuerpo y empezaba a temblar, ella se llevó una mano a la entrepierna y se frotó el clítoris a un ritmo frenético hasta que se corrió debajo de mí con un grito largo, ahogado contra la almohada, apretándome la polla en un espasmo que casi me arrastra con ella.

—Córrete, córrete dentro —jadeó, mirándome por encima del hombro con los ojos vidriosos—. Acábame dentro. Quiero sentirlo.

Empujé tres, cuatro veces más, hasta el fondo, y me corrí dentro de ella con un tirón que me sacudió las piernas. Sentí la polla pulsando, vaciando chorros calientes contra el fondo de su coño, y Natalia gimió debajo de mí, apretándome todavía, ordeñándome hasta la última gota. Me quedé un momento dentro, sin poder moverme, escuchándola respirar.

Cuando salí, vi cómo el semen le caía despacio por el muslo. Natalia se giró boca arriba, se llevó dos dedos al coño, recogió lo que pudo y se lo metió en la boca, lamiéndoselos como si fuera lo más natural del mundo.

Me quedé tumbado mirando el techo, sin saber qué decir, todavía con el corazón a mil. Natalia ya estaba incorporándose, buscando su ropa entre las sábanas revueltas.

—Eres increíble —dijo—. Con lo tímido que eres, no me lo esperaba. Y con esa polla, encima.

—Tú me has ayudado —respondí.

—Algo, sí. —Se rio en voz baja—. Pero el mérito es tuyo.

Antes de salir por la puerta se detuvo en el umbral y se giró.

—Empieza a salir con chicas, por favor. Con lo que tienes entre las piernas, sería un desperdicio quedarse en casa haciéndose pajas.

Cogió la maleta. Cerró la puerta. Escuché sus pasos alejarse por las escaleras y luego nada más. Me quedé en medio del pasillo, con la polla todavía pegajosa y sin saber muy bien si lo que acababa de ocurrir era real.

***

Dos días después fui a casa de Valentina para despedirme de ella.

Valentina era francesa, aunque hablaba español sin el menor rastro de acento y lo escribía mejor que muchos nativos. Pelo castaño oscuro, ojos verdes, una boca grande con una sonrisa que desarmaba antes de que uno pudiera ponerse en guardia. Llevaba siempre vestidos cortos —los más cortos que yo había visto fuera de una pantalla— y tenía la costumbre de cruzar las piernas de una manera que hacía muy difícil concentrarse en los ejercicios de gramática inglesa. Más de una tarde, durante las clases, había alcanzado a verle el borde de las bragas cuando descruzaba las piernas, y me había pasado el resto de la sesión con la polla dura debajo del cuaderno.

No era tan llamativa como Natalia a primera vista. Pero había algo en ella más difícil de definir: una manera de mirarte cuando te hablaba que hacía sentir que eras la única persona en la habitación.

Le llevé un perfume y una bufanda de lana fina. Ella los recibió con la misma sonrisa de siempre, los dejó sobre la mesa y anunció que también tenía malas noticias: volvía a Lyon. Una empresa de comunicación le había ofrecido un puesto que no podía rechazar. Se iba pasado mañana.

—Son muchas despedidas esta semana —dije.

—El verano es así. —Hizo una pausa—. El aire acondicionado se ha estropeado, por cierto. He decidido no abrir las ventanas igualmente.

No entendí la lógica de eso hasta unos minutos después.

Me besó. Primero en la mejilla izquierda, luego en la derecha y luego, muy despacio, en los labios. Me metió la lengua sin preguntar y yo se la devolví como pude, con el corazón ya golpeándome contra las costillas. Cuando se apartó, tenía los labios brillantes y una sonrisa torcida.

—Me han contado un pajarito que Natalia te despidió bien —dijo, pasándome un dedo por el pecho—. No iba a ser yo menos.

—¿Cómo lo…?

—Las mujeres hablamos. —Se rio—. Y dice que tienes algo entre las piernas que merece ser repetido. Tengo que comprobarlo.

Me llevó al salón. Me hizo sentar en la silla de madera que tenía frente a su escritorio. Se subió el vestido despacio, dejándome ver las medias hasta arriba, las bragas blancas pequeñas que se quitó tirando de ellas hasta los tobillos y dejándolas caer. Apoyó una pierna en el borde de la mesa y se abrió delante de mí. El coño le brillaba, depilado entero, con los labios menores asomando hinchados y los muslos manchados por dentro de su propia humedad.

—Lo primero que tienes que aprender —dijo, con esa voz pausada de profesora— es a comer un coño. Bien. No por encima.

Con una paciencia que me recordó a sus mejores clases de inglés, me fue guiando: dónde poner la boca, cómo mover los dedos, qué señales escuchar. Era una clase, y yo era el alumno más concentrado que había sido en mi vida.

Le separé los muslos con las manos y me incliné entre ellos. Su coño estaba mojado, caliente, con el olor dulce y pesado de una excitación que llenaba la habitación. Empecé por lamer despacio, arriba y abajo, probando la textura de sus labios, escuchando cómo le cambiaba la respiración cada vez que pasaba la lengua por el punto exacto. Le metí la lengua dentro, todo lo que pude, y le saqué un gemido ronco. Subí hasta el clítoris, hinchado, brillante, y empecé a chuparlo con cuidado.

—Más despacio. Círculos. Eso. Ahora dos dedos.

Le metí dos dedos en el coño mientras seguía chupándole el clítoris, y Valentina arqueó la espalda contra la mesa, agarrándome del pelo y apretándome la cara contra ella. Sentí cómo se le contraía el coño alrededor de mis dedos, cómo se le mojaba más con cada movimiento. La lamí sin descanso, le metí la lengua y los dedos a la vez, le chupé los labios uno a uno y volví al clítoris.

—Ahí. Sí. No pares ahí. Joder, sigue así.

Yo no dejaba de chupar, de lamer, de meterle la lengua con ganas mientras ella se frotaba contra mi boca y me indicaba, en voz baja, cuándo ir más fuerte. La saliva y el flujo se me mezclaban en la barbilla, le chorreaban por el culo hasta la madera de la silla. No me importaba. Le metí los dedos hasta el fondo, los curvé buscando ese punto que ella había mencionado en algún momento, y noté cómo se le tensaban todos los músculos.

—Sigue, sigue, sigue, joder…

Tardé unos diez minutos en hacerla llegar. Lo noté porque Valentina arqueó la espalda, soltó un sonido largo y profundo y se quedó quieta varios segundos con los ojos cerrados y los nudillos blancos sobre el borde de la mesa. El coño le pulsaba contra mis dedos, apretándolos en espasmos cortos. Cuando aparté la cara, tenía toda la barbilla brillante de ella.

—Bien —dijo, cuando volvió a respirar con normalidad—. Muy bien. Aprendes rápido.

Lo que vino después fue diferente a lo que había vivido con Natalia. No peor ni mejor, sino completamente distinto en su forma. Natalia había tenido el control desde el principio con una claridad casi clínica. Valentina alternaba sin aviso entre dejarse llevar y tomar las riendas, como si el ritmo de todo fuera una decisión suya que ella tomaba en tiempo real y yo simplemente tenía que seguir.

Me hizo levantarme y me quitó la camiseta. Luego se arrodilló delante de mí y me desabrochó el pantalón ella misma, mordiéndose el labio cuando vio el bulto. Me bajó el calzoncillo y la polla saltó fuera, dura como una piedra, con la punta ya goteando.

—Ah —dijo, agarrándomela y sopesándola—. Ahora entiendo a Natalia.

Se la metió en la boca sin más preámbulos. Me la tragó entera, hasta la garganta, ahogándose un segundo y volviendo a subir con la boca llena de saliva. Me chupó con una técnica diferente a la de Natalia: más rápida, más sucia, con la lengua moviéndose sin descanso por todo el eje, escupiéndome sobre la polla y deslizando la mano arriba y abajo a juego con la boca. Me agarró los cojones con la otra mano y me los apretó suave, justo cuando creí que no iba a aguantar más.

—Quieto. No te corras. Quiero esa polla dentro.

Se levantó, me empujó hasta el sofá y me hizo sentarme. Luego se montó sobre mí sin ceremonia, agarrándome la polla con la mano y guiándosela ella misma al coño. Se sentó despacio, centímetro a centímetro, sin dejar de mirarme a los ojos, hasta que la tuve metida hasta el fondo. Gimió al sentirme dentro, larga y profundamente, y me obligó a sujetarla por las caderas mientras empezaba a moverse con una cadencia lenta, profunda, marcando cada subida y cada bajada como si quisiera saborear la fricción entera.

—Más hondo —me ordenó—. Empuja desde abajo. Y mírame.

Yo la miraba y ella me devolvía la mirada con una intensidad que me desarmaba. Las tetas le bailaban delante de mí con cada bote, y se las agarré con las dos manos, amasándoselas, pellizcándole los pezones. Valentina jadeaba sobre mí, cambiando el ritmo a capricho: a veces subía y bajaba rápido, golpeándose el culo contra mis muslos con un chasquido húmedo; a veces se quedaba quieta, hundida hasta abajo, y rotaba las caderas en círculos lentos haciendo que la polla se le moviera dentro sin entrar ni salir.

—Joder, qué bien me llenas —gimió, mordiéndose el labio—. Tan dura. Tan gorda.

Se inclinaba hacia delante para frotarse el clítoris contra mi cuerpo, luego se echaba hacia atrás para dejar que la polla le abriera el coño una y otra vez en un ángulo distinto. Cada vez que yo creía haber entendido el patrón, ella lo cambiaba. No era frustrante. Era lo contrario.

El calor del cuarto sin ventilación lo convertía todo en algo más denso, más inmediato. El sudor le caía por entre las tetas, le brillaba en el cuello, se mezclaba con el mío en el sitio donde se nos pegaban los muslos. El olor a sexo, a sudor, a coño caliente lo llenaba todo. Le chupé las tetas mientras se montaba sobre mí, le mordí los pezones, y Valentina gimió más fuerte y se movió más rápido.

Pasamos horas así, con pausas cortas en las que ella tomaba agua y volvíamos a empezar. Perdí la cuenta de las posturas y los comienzos de cada nueva escena. La puse contra la pared del salón y se la metí por detrás, con las manos de ella apoyadas en los azulejos, viéndola arquear la espalda para sacarme el culo hacia atrás. La tumbé en la alfombra y la follé con sus piernas sobre mis hombros, mirando cómo se le hundía la polla entera y le salía brillante de ella. La giré de lado, levantándole una pierna, y la embestí desde detrás mientras le chupaba el cuello y le apretaba las tetas.

Valentina se movía sobre mí con la misma convicción con la que corregía mis composiciones en inglés: sabiendo exactamente lo que quería, sin rodeos.

Cuando se cansaba de ir arriba, me empujaba de espaldas y me abría las piernas, sentándose sobre mi cara hasta que la lengua le arrancaba otro orgasmo. Se restregaba contra mi boca con descaro, ahogándome con el coño, agarrándose la cabecera del sofá para tener apoyo. Yo le metía la lengua y los dedos y le chupaba el clítoris hasta que volvía a temblar y a chorrearme sobre la barbilla.

—Joder, qué boca tienes —gemía—. Quién te ha enseñado a comer así un coño.

—Tú —respondía yo, con la boca llena de ella.

Después me ponía de rodillas, me cogía la polla con la mano y me la metía entre los labios para mamarme con una paciencia casi cruel, chupando hasta que me tensaba por completo y volvía a pedirme otra cosa. Me lamía los cojones, me los chupaba uno a uno, subía por el eje con la lengua plana, escupía sobre la punta y la usaba para deslizarse arriba y abajo con la mano apretada. Cada cambio venía acompañado de instrucciones breves, sucias, directas.

—Así. Más lento. Ahora más fuerte. No seas tímido. Métemela en la garganta.

Le agarré la cabeza con las dos manos y la follé por la boca, despacio al principio, luego más decidido, viéndola tragar mi polla entera, oyendo cómo se ahogaba y volvía a abrir más para que entrara más. La saliva le chorreaba por la barbilla y le caía sobre las tetas. Cuando se apartó para respirar, tenía los ojos llorosos y una sonrisa de satisfacción.

Cuando al final me pidió que terminara, se puso de rodillas frente a mí y me miró desde abajo con esa sonrisa suya que nunca era completamente inocente.

—Quiero saber a qué sabes —dijo—. Quiero que me la pintes toda. La boca, la cara, las tetas. Donde caiga.

Me agarró la polla y empezó a hacerme una paja rápida, apretada, con la boca abierta debajo de la punta y la lengua fuera. Yo aguanté lo que pude, viéndola así, hasta que no pude más. Me corrí con un tirón brutal, eyaculando el primer chorro sobre su lengua, el segundo sobre la mejilla y la nariz, el tercero sobre las tetas que se había sacado del vestido. Valentina no apartó la boca ni un segundo, tragando lo que le caía dentro, recogiendo lo que se le quedaba en los labios con un dedo y chupándoselo, restregándose el semen del pecho con la palma de la mano y lamiéndoselo después. Luego levantó la barbilla y sonrió, con la respiración agitada y la cara húmeda, brillante de mí.

—Riquísimo —dijo, pasándose la lengua por los labios.

Cuando me vestí para irme, Valentina sacó del bolso una tarjeta de visita y me la puso en el bolsillo de la camisa.

—Cuando vengas a Lyon, llámame. Y si paso yo por aquí, también.

La llamé dos meses después. No contestó. Le dejé un mensaje. No respondió nunca. Supongo que hay despedidas que son exactamente eso: despedidas sin continuación posible.

***

En las semanas siguientes intenté entender lo que había pasado. No los detalles físicos, que mis amigos me explicaron con un entusiasmo que no les pedí cuando les conté lo esencial. Sino la otra parte: por qué dos mujeres adultas, con sus propias vidas y sus propios planes, habían decidido despedirse de mí de esa manera.

La respuesta más honesta que encontré, después de mucho darle vueltas, fue también la más sencilla: porque quisieron. Porque podían. Y porque, quizás, en algún momento de esos dos años de clases habían visto algo en mí que yo no era capaz de ver desde dentro.

Me pregunté si Natalia o Valentina pensarían en aquello alguna vez. Si en Toronto o en Lyon, en algún momento cualquiera, uno de esos recuerdos asomaba sin que nadie lo llamara. No lo sé. Yo sí lo pienso. Lo pienso todavía, de vez en cuando, en esos ratos de insomnio en que la cabeza decide volver a los dieciocho años sin previo aviso ni disculpa.

No fue amor. Ni siquiera fue algo que se le pareciera. Fue generosidad, probablemente. O curiosidad. O las dos cosas mezcladas, que a veces son exactamente lo mismo.

Pero lo que aprendí esas dos tardes de verano tardé años en encontrarlo en otra parte.

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4.5(43)

Comentarios(9)

lector87

Buenisimo!! De los mejores relatos que lei en un buen tiempo. Gracias por compartirlo.

vikingo33

Hay segunda parte?? Quede con ganas de saber como siguio todo jaja

MartinaK

Me encanto como esta narrado, se siente muy real sin pasarse. Sigue asi!

Dante_cba

jajaja me transporte directo a mis 18 años leyendo esto... esa epoca en que todo era nuevo y sorprendente. Muy bien escrito, con detalles que hacen que uno se imagine estar ahi. Esperando el proximo!

Carmen_R

Ojala hubiera tenido yo profesores asi jajaja. Muy entretenido y buen ritmo, no se hace largo para nada.

Rulo_cba

Excelente!! la espera del proximo relato va a matar jeje

nochero91

tremendo, gracias por escribir esto

LuciaBA77

Muy buen relato, se nota que le pusiste ganas al escribirlo. Espero que no sea el ultimo que nos mandas!

Marcos_BA

El comienzo me engancho de entrada, no pude parar. Segui asi!!

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