Lo que me pidió el empleado de mi padre esa tarde
Habían pasado treinta y dos días desde aquella tarde de agosto en que mi cocina se convirtió en un escenario que aún me sigue avergonzando si lo recuerdo despierta. Treinta y dos días desde que Bouba, con la excusa de un atasco eléctrico que mi padre Ramón se había inventado para colarlo en mi casa, sacara aquel armatoste de carne oscura que me dejó sin aliento y a mi hija pequeña con cara de no haber visto algo así jamás. A Dios gracias, ella no entendió la mitad.
Un mes entero de silencio incómodo, en el que no podía pelar una zanahoria sin acordarme del bulto descomunal que casi me deja la mandíbula desencajada. Un mes en el que mi padre, ese viejo zorro, evitaba el tema delante de mi marido y me sonreía con sorna cada vez que me veía colocando los vasos en el mismo armario donde había sucedido todo.
Yo creía que la cosa había terminado ahí, que sería un episodio enterrado entre los dos. Pero subestimé a Ramón. Y subestimé también a Bouba, que llevaba semanas tan cargado, según supe después, que se le notaba a cien metros.
***
Aquella tarde de septiembre yo estaba en casa sola. Javier, mi marido, cogía siempre el AVE de las siete los miércoles para una reunión en Zaragoza y no volvía hasta el día siguiente. La niña se había ido a un cumpleaños de su prima y no la esperaba hasta las nueve. Tenía la casa para mí, las ventanas abiertas y un libro que no estaba leyendo porque pensaba en otras cosas.
Sonó el timbre. Un toque corto, casi pidiéndole permiso al propio timbre.
Cuando abrí la puerta, casi me caigo del susto. Bouba ocupaba todo el marco. Llevaba el uniforme azul de la nave, polvoriento, pero la cara y los antebrazos limpios, y un olor a desodorante barato que se notaba que se acababa de echar.
—Bouba, ¿qué haces aquí? —se me escapó—. ¿Le ha pasado algo a mi padre?
—No, señora Marisol. Don Ramón estar bien. Salud de hierro —dijo él, retorciendo la gorra entre las manos como si pudiera escurrirla—. Yo venir… venir por otra cosa.
Le miré la cara y la entrepierna casi a la vez, no pude evitarlo. La tela del pantalón estaba tensa de un modo escandaloso, como si por debajo viviera un animal pequeño tratando de salir.
—¿Qué cosa? —pregunté, ya con el estómago dándome vueltas.
Bouba bajó la mirada. La vergüenza le hacía brillar la frente.
—Don Ramón decirme que viniera. Que yo tener un problema. Problema… de hombre.
—¿De hombre?
—Estar… cargado, señora —soltó, eligiendo las palabras como si caminara sobre cristales—. Mucho mes sin… vaciar. Mi familia estar lejos. Dinero ser poco para gastar en mujeres de pago. Y don Ramón decirme que usted ser muy buena. Que si yo venir aseado y con respeto, usted tal vez ayudar a Bouba a… limpiar el sable.
El silencio que se hizo en el recibidor fue absurdo. Un mosquito que llevaba toda la tarde dándose contra el cristal del salón se oía desde donde estábamos. Yo tenía la boca abierta como una boba, intentando traducir el eufemismo de mi padre. Limpiar el sable. Por favor.
La indignación me subió por la garganta. Estuve a punto de cerrar la puerta y de mandar a mi padre a la mierda por teléfono. Cómo se atrevía, pensé. Cómo se atrevía a usar a una persona como mensajero de su humor zafio. Pero cuando volví a mirar a Bouba, vi que tenía los hombros encogidos, la cabeza ligeramente baja, los ojos suplicantes. No era un acoso. Era un hombre que llevaba un mes sin tocarse a sí mismo —¿por qué no se la había trabajado él solo? Esa pregunta me la haría más tarde, varias veces— y que se había plantado en mi puerta porque su jefe le había prometido que aquello era una opción.
Y, no voy a mentir, mi recuerdo del mes anterior se encendió como una bombilla. La textura. El peso. La imposibilidad. Aquella maza venosa que casi se me saca un diente de raíz.
Bajé otra vez la vista a sus pantalones. La costura sufría.
—¿Mi padre te ha dicho que vengas para que te la chupe? —pregunté, sin filtros.
Bouba se estremeció.
—Por favor, señora, no usar palabras feas —susurró—. Él decir «atender». Si usted no querer, yo marchar ahora mismo. Perdón.
Hizo amago de retirarse. Y yo, antes de que mi cabeza pudiera hacer nada útil, dije:
—Espera.
Él se quedó quieto, con un pie todavía en el escalón.
—Pasa —le dije, apartándome—. Antes de que algún vecino te vea ahí plantado y se piense lo peor.
***
Cerré la puerta y eché el pestillo. La diferencia de altura entre los dos era de chiste; yo le llegaba al esternón.
—Mi padre es un cerdo, Bouba —le dije—. Y tú eres un caso.
—Don Ramón ser muy bueno. Y usted ser ángel.
—Menos angelitos y más jabón —corté—. Vienes de trabajar y, con todo el respeto, hueles a tigre. Si quieres que te ayude con tu problema, primero te aseas. Yo no me meto en la boca nada que no esté limpio.
Le indiqué el baño del fondo. Le señalé las toallas y la pastilla de jabón bueno, el de glicerina. Bouba asintió como si le acabara de dar una orden militar. Cerró la puerta detrás de él, pero no echó el pestillo. Yo escuché el agua correr y me apoyé en la pared del pasillo. ¿Qué coño estoy haciendo?, pensé. La respuesta me latía entre los muslos sin pedirme permiso.
Empujé la puerta con la punta del dedo. Bouba estaba de espaldas, sin camiseta, con los pantalones y los calzoncillos a media pierna. La espalda era una geografía oscura de músculos que se movían bajo la piel cuando se inclinaba sobre el lavabo. Y entre las piernas, incluso en reposo, le colgaba aquello: pesado, grueso, balanceándose despacio con cada movimiento de sus caderas.
—¿Puedo entrar? —pregunté, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba.
Se giró. No se tapó. Tenía las manos llenas de espuma blanca que le cubrían la entrepierna, y aun así la espuma no era suficiente para esconderlo todo.
—Yo lavarme bien, señora. Para usted.
—Déjame ver si lo haces bien. No me fío de los hombres y su higiene.
Era una excusa miserable. Los dos lo sabíamos. Bajé la tapa del inodoro y me senté allí, con las piernas cruzadas, como si fuera a juzgar un examen. Bouba volvió a su tarea, dándome el perfil. Bajo el agua tibia y con la fricción del jabón, la cosa empezó a despertarse. No fue rápido. Fue como ver una manga de riego llenándose: primero una pesadez nueva, luego la verticalidad, luego el grosor. Una vena gruesa le subía por el lateral como una autopista bajo la piel oscura, y el glande, ancho, brillante, oscuro como una ciruela madura, terminó apuntando al espejo.
—Perdón si crecer —murmuró—. Agua caliente y usted mirando ser difícil para mantener dormido.
—Limpia bien la base. Y las bolas.
Obedeció. Levantó una pierna y la apoyó en el borde del bidé. Se enjabonó el escroto con un cuidado casi religioso, como si lavase una pieza de joyería. Cuando aclaró todo con la ducha del bidé y se secó dando toques suaves, su miembro seguía allí, en pie, ligeramente curvado hacia la izquierda y hacia arriba, palpitando con un ritmo propio.
—Listo, señora. Limpio.
—Al salón. En el sofá vamos a estar más cómodos los dos.
***
Caminó por el pasillo con los pantalones todavía en los tobillos, sosteniéndose la erección con una mano para no golpear nada. Era una imagen ridícula, pero yo no estaba para reírme. Se sentó en el borde del sofá, abrió las piernas y aquella herramienta se quedó apuntando al techo del salón como si fuera un mástil que alguien hubiera olvidado plegar.
Yo me solté la coleta y me la volví a hacer, ese gesto de «vamos al lío» que cualquier hombre identifica al instante. Bouba gimió suavemente solo con verme.
—Mi padre tenía razón en una cosa —le dije, mientras me arrodillaba entre sus piernas—. Esto debería estar prohibido por ley.
—Es genética, señora. Culpa de mi padre —respondió, con una humildad que me hizo soltar una carcajada.
—Cállate, tonto, que era un cumplido.
El olor era a jabón de glicerina y, debajo, a hombre limpio. Saqué la lengua y le rocé la punta. Bouba echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo y dejó escapar un sonido a medio camino entre el suspiro y el rezo.
—Madre mía, señora… usted tener lengua de terciopelo.
Empecé despacio. Besos por el tronco. Lamidas en el frenillo. Mis manos rodearon la base y me di cuenta de que mis dedos no llegaban a juntarse alrededor: el grosor era absurdo. Bouba me posó las manos sobre la cabeza con una delicadeza increíble para un tipo de su tamaño, sin presionar, casi pidiéndome permiso con cada caricia.
—Voy a intentar metérmela, Bouba. Pero te quedas quieto. Si me das un empujón, me atraviesas la nuca.
—Yo quieto. Yo estatua. Yo piedra —prometió.
Abrí la boca todo lo que pude. La entrada fue lenta. Le costó. Me costó. El glande me estiró los labios hasta dejarlos blancos. Avancé un par de centímetros, tres, los justos para llenarme la boca por completo sin haber pasado siquiera la zona ancha. Hice el vacío con las mejillas y empecé a moverme, arriba y abajo, con un ritmo que era el único posible: el lento.
Bouba respiraba por la nariz, ruidoso, como un toro cansado. Tenía los ojos cerrados, pero los abría cada pocos segundos para mirarme, y cada vez que lo hacía me apretaba un poco más el pelo. Yo lo notaba al borde de algo, aguantando, sin permitirse empujar. Eso era lo más excitante: el peligro controlado. La sensación de que aquel hombre podría destrozarme la garganta si quisiera, y no quería.
—¿Puedo… subir caderas un poco? —me preguntó, con la voz quebrada—. Permiso, por favor.
Asentí con un sonido nasal. Bouba levantó la cadera y la punta me llegó al fondo del paladar. Me lloraron los ojos. Me atraganté un segundo y aguanté.
—¡Señora! ¡Es… gloria bendita! ¡Don Ramón tener razón! —jadeaba.
Me retiré un instante para respirar, dejando un hilo brillante entre el glande y mi labio inferior. Pero entonces, sin que yo me lo esperara, el control se le rompió. Me agarró la cabeza con las dos manos, hundió los dedos en mi pelo y empezó a guiarme con embates rítmicos, marcando él la profundidad. Por unos segundos dejé que lo hiciera, pero el ritmo era demasiado para mí; me entró una arcada, me lloraron los ojos de verdad, y la cara, ya roja, me viró a un tono que prometía desmayo.
Le aparté las manos de un manotazo y me separé.
—Eh, para, para —le dije, tosiendo y limpiándome la boca con el dorso de la mano—. Mejor el ritmo me lo dejas a mí, ¿vale? Que no soy un juguete.
Estuve a punto de añadir que para brutos ya tenía bastante con mi padre y con Lucas, su jefe de almacén, pero me mordí la lengua a tiempo. Bouba parpadeó como si saliera de un trance, y me pidió perdón con los ojos antes de que pudiera hacerlo con la boca.
—Perdón, señora. Perdón mucho. Yo perderme.
—Ya, ya. Tranquilo. Pero ahora me dejas a mí.
Volví a bajar la cabeza con calma. Esta vez sus manos me rozaron el pelo casi sin tocarlo, una guía y no un agarre. Yo combiné chupadas en el glande con bombeos firmes a dos manos en el tronco. Le acaricié el escroto con la otra mano, lo masajeé despacio, y Bouba empezó a temblar de una manera distinta. Se le tensaron los muslos como granito.
—Señora Marisol… yo avisar. Yo estar cerca. No poder parar.
—No pares —le dije, volviendo a engullir el glande con voracidad—. Dámelo todo. Que no se diga que en esta casa no somos hospitalarios.
—¡Hospitalarios! ¡Sí, señora, hospitalarios! —gritó, una frase tan absurda en aquel momento que casi me río con la boca llena.
Se le sacudió todo el cuerpo. Sus caderas dieron un golpe seco que esta vez no pudo retener, y el primer chorro me golpeó el paladar como un disparo de agua a presión. Caliente, espeso, abundante. Tragué una vez. Tragué dos. Pero era demasiado: semanas y semanas en un solo asalto. La boca se me desbordó y empezó a escapar por las comisuras, bajándome por la barbilla, manchándome la camiseta blanca y goteando hasta el sofá.
—¡Perdón, señora, perdón por manchar! ¡Pero qué rico, joder, qué rico! —gritaba él, sin saber muy bien si rezar o disculparse.
***
Cuando terminó, se quedó desplomado contra el respaldo, respirando como si hubiera empujado un camión. Aquello, que aún seguía latiendo dentro de mi boca, empezó a bajar despacio. Me separé y me limpié la cara con el dorso de la mano. Estaba hecha un cuadro.
Bouba abrió un ojo, me vio así, y se llevó las manos a la cabeza, horrorizado.
—¡Ay, señora! ¡Cómo dejarla! ¡Yo limpiar! —intentó levantarse con los pantalones todavía en los tobillos y casi se cae de bruces.
—Quieto ahí, hombre. Esto se lava.
Fui a la cocina y volví con el rollo de papel. Le pasé varias hojas y me limpié yo el escote y el cuello. Bouba se aseó el miembro, que iba descendiendo de las alturas con la melancolía de un globo aerostático aterrizando, y se subió la ropa con prisa, abrochándose el cinturón como si quisiera tapar la prueba del delito antes de que llegara la policía.
—Yo no saber cómo agradecer —dijo, plantado en medio del salón, otra vez tímido—. Usted salvar mi vida. Yo sentir ligero. Como pluma.
—No me des las gracias. Digamos que hemos saldado la deuda del atasco eléctrico.
Asintió varias veces, con vehemencia, y se metió la mano al bolsillo del que sacó un billete de cinco euros arrugado.
—Esto ser para… agua, jabón, papel. Yo querer pagar gasto.
Solté una carcajada de las que duelen en la barriga. Le aparté la mano con una ternura que no me esperaba.
—Guárdate eso, grandullón. Cómprate un bocadillo mañana. Y vete a casa antes de que llegue mi marido y tengamos un disgusto de los gordos.
Bouba guardó el billete. Me lo agradeció con una pequeña reverencia torpe. Antes de salir, ya con la mano en el picaporte, se giró una última vez:
—¿Señora?
—¿Qué?
—Si el mes que viene yo tener problema otra vez, y don Ramón decir… ¿yo poder volver? Yo prometer lavar doble.
Me apoyé en el marco del salón. Sentía aún el sabor de él en el paladar y una humedad persistente que iba a tener que arreglar yo sola en cuanto cerrara la puerta. Sonreí una sonrisa torcida que reconocí enseguida: era la misma de mi padre.
—Si vienes así de educado y así de limpio… ya veremos, Bouba. Ya veremos.
Salió silbando bajito a la noche, con el paso mucho más ligero que cuando había llegado. Cerré la puerta y me quedé contra ella unos segundos. Después fui a buscar el quitamanchas para el sofá antes de que Javier llegara y me preguntara cosas que no podría contestar.
Papá, eres un hijo de puta, pensé, con una mezcla de cariño y de rabia, mientras frotaba la mancha sobre el cuero. Pero qué razón tenías.