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Relatos Ardientes

Primer trío gay: la noche que no me esperaba

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Hay cosas que uno no dice en voz alta. Las guarda en un compartimento sellado, lejos del trabajo, lejos de la familia, lejos de los amigos que nunca sospecharían nada. Yo tenía ese compartimento muy bien organizado desde hacía años.

De puertas afuera era lo que todos esperaban: serio, presentable, sin escándalos. Tengo un trabajo técnico en una empresa de logística, una vida sin sobresaltos, un historial limpio. Nadie sabía que, cuando el cuerpo me lo pedía de verdad, salía a buscarlo sin disculpas y sin culpa. Que había noches en que necesitaba una boca, una polla, un cuerpo encima del mío, y no me importaba quién, mientras lo hiciera bien.

Lo que no sabía era que esa noche iba a cambiar la escala de lo que creía posible.

Gonzalo me llamó un martes por la tarde. Él y Sebastián organizaban una velada en su apartamento: cervezas, dominó, nada del otro mundo. Los había conocido en el gimnasio del barrio hacía unos meses. Eran pareja, discretos, con esa complicidad callada que tienen las personas que llevan tiempo juntas. Nunca habían dicho nada fuera de lugar conmigo. Así que fui sin esperar nada.

El apartamento era pequeño y cálido. Una mesa de centro, cuatro sillas plegables, una botella de ron abierta y dos de cerveza sobre la mesa. Sebastián abrió la puerta con una camiseta sin mangas y ese gesto relajado de quien está en su casa y no necesita disimular nada.

—Qué bueno que viniste —dijo, dándome un abrazo breve. Sentí su pecho contra el mío más tiempo del estrictamente necesario.

Gonzalo estaba en la cocina terminando de poner hielo en un vaso. Levantó la vista y me saludó con un gesto de la cabeza. La camisa abierta dos botones más de lo normal, los brazos marcados, esa media sonrisa que ya conocía del vestuario del gimnasio.

Nos sentamos a jugar. La primera hora fue exactamente lo que esperaba: fichas sobre la mesa, risas, conversación sin filtro. El ron bajaba fácil. Gonzalo tenía esa manera de contar las cosas que te hacía reír sin querer. Sebastián era más callado pero más observador. Varias veces lo sorprendí mirándome de una forma que no supe cómo catalogar en ese momento, repasándome de la boca al pantalón sin disimular.

Fue Gonzalo quien propuso el cambio.

—Vamos a ponerle algo de emoción a esto. El que pierda una partida se quita una prenda.

Sebastián sonrió sin decir nada. Yo, que ya tenía dos cervezas y un trago encima, acepté sin pensarlo demasiado.

Las primeras rondas las perdí yo. Primero los zapatos, luego las medias. Gonzalo perdió la camisa y quedó con el torso desnudo, los pectorales marcados por las horas de pesas, una línea de vello oscuro bajando hasta la cintura del pantalón. Sebastián se quitó el cinturón con su calma de siempre, sin ningún apuro, mirándome a los ojos mientras lo desabrochaba. La conversación fue metiéndose en territorios más directos: chistes que se volvieron comentarios, comentarios que se volvieron preguntas. Que cuándo había sido la última vez. Que con quién. Que cómo. La temperatura del cuarto subía con cada ficha que caía.

Cuando me quedé en camiseta y pantalón, me di cuenta de que la situación tenía una dirección muy clara. Y también me di cuenta de que no quería desviarla. Tenía la polla durísima debajo de la tela, marcándose sin disimulo, y los dos lo estaban viendo.

Perdí otra partida.

Me quité la camiseta despacio y la puse sobre la silla. Gonzalo me miró de arriba a abajo sin disimulo, deteniéndose en el bulto del pantalón. Sebastián se mordió el labio inferior. El silencio duró exactamente el tiempo justo antes de que todo cambiara.

No sabía bien qué iba a pasar, pero tampoco quería irme.

Gonzalo fue el primero en moverse. Se levantó de su silla y se acercó por detrás de mí. Sin decir una palabra, deslizó una mano lentamente por mi abdomen y la bajó hasta apretarme la polla por encima del pantalón. Su aliento en mi cuello fue suficiente para que se me pusiera la piel de gallina.

—Hace rato que te estoy mirando —me dijo en voz baja, apretándome más fuerte—. La tienes durísima, hijo de puta.

Me giré hacia él y lo besé. No fue una decisión calculada. Fue el cuerpo respondiendo antes que el cerebro. Gonzalo me devolvió el beso con hambre, con las dos manos en mi cara, metiéndome la lengua hasta el fondo, mientras yo le buscaba el bulto del pantalón y se lo apretaba con la palma abierta. Tenía una polla gruesa, dura, que respondió enseguida a mi mano. Sentí que ese compartimento sellado que cargaba desde hacía años se abría de golpe, sin resistencia.

Sebastián se levantó de su silla sin apuro y se acercó. Puso una mano abierta en mi espalda y bajó hasta meterla por dentro del pantalón, agarrándome el culo con fuerza.

—¿Estás bien? —preguntó. Solo eso.

—Sí —dije—. Quiero esto. Lo quiero todo.

Era la verdad más simple que había dicho en mucho tiempo.

***

Los tres terminamos en el sofá. Gonzalo me besaba el cuello mientras me pellizcaba los pezones con los dedos, marcándolos hasta endurecerlos. Yo tenía los ojos puestos en Sebastián, que me observaba desde cerca con esa expresión suya de leer las cosas antes de que pasen, mientras se desabrochaba el pantalón y se sacaba la polla por encima del calzoncillo. Era larga, fina, ya con una gota brillante en la punta.

—Ven —le dije—. Métemela en la boca.

Sebastián se arrodilló entre mis piernas y empezó a bajarme el pantalón con calma, pero yo le agarré la cabeza y la dirigí primero hacia su propia polla. Quería verlo. Quería verlo a centímetros de mi cara antes de tenerla adentro. Sebastián entendió y se la frotó contra los labios sin meterla, jugando, hasta que abrí la boca y la chupé entera, hasta la base, y la sentí golpearme la garganta.

—Mira cómo se la mama —murmuró Gonzalo detrás de mí, con la voz ronca—. La toma toda. Mira eso.

Cuando le solté la polla y Sebastián volvió a mi pantalón, me lo bajó del todo de un tirón. El bóxer se quedó pegado por la mancha de líquido preseminal. Me lo arrancó también, y mi verga saltó dura contra el abdomen. Levantó la vista hacia mí con algo parecido a la sorpresa.

—Mira la polla que tiene este cabrón —le dijo a Gonzalo—. No me lo esperaba.

Gonzalo se rió desde atrás y me apretó los hombros. Yo me había pasado años sintiéndome en contradicción conmigo mismo, y ahí, en ese sofá, con un tipo entre mis piernas a punto de mamarme la polla y otro detrás mordiéndome el cuello, la contradicción se disolvía sin esfuerzo.

Sebastián tomó mi polla con la mano, la apretó en la base hasta que se me hinchó la cabeza, y empezó a lamerla de arriba abajo, lento, mirándome a los ojos. Me chupó las pelotas una por una, las metió las dos en la boca al mismo tiempo, y volvió a subir hasta el glande. Cuando finalmente se la tragó entera, hasta la garganta, el sonido que salió de mí no tenía nombre. Era algo entre un gemido y un gruñido. La manera en que lo hacía no se parecía a nada que hubiera sentido antes: sin apuro, con la lengua trabajándome todo el largo, dejando que la baba le cayera por el mentón.

—Así, mámamela así —le dije, agarrándole el pelo y empujándole un poco la cabeza—. Hasta el fondo.

Sebastián gimió con la polla atravesada en la garganta y aceleró el ritmo. Gonzalo me pasaba la lengua por el cuello y me retorcía los pezones con los dedos. Cerré los ojos y me dejé follar la boca por aquel tipo durante varios minutos, sintiendo cómo se me acumulaba la corrida en las pelotas. Cuando empezó a ser demasiado, le agarré la cara y se la levanté.

—Para, para, que me corro.

—Que se corra, mejor —dijo Gonzalo—. Después seguimos.

—No. Quiero más antes.

Me arrodillé en el suelo y se la devolví. Sebastián era más delgado, más fácil de tomar del todo. Le metí toda la polla en la boca de una sola vez y empecé a chupársela con ganas, agarrándole el culo con las dos manos. Aprendí sobre la marcha lo que le gustaba: que le pasara la lengua por la cabeza haciendo círculos, que se la metiera y la dejara ahí, en la garganta, mientras lo miraba desde abajo. Sus dedos en mi cabello me guiaban con suavidad, sin forzar nada. Le mamé las pelotas, le lamí el perineo, le ensalivé toda la polla hasta que le brillaba.

—Carajo, qué bien chupa —le dijo Sebastián a Gonzalo, con la voz quebrada—. Este se ha mamado pollas toda la vida.

Gonzalo se puso de pie a mi lado y se bajó el pantalón. Lo miré. Era más ancho, más denso, una polla gruesa con las venas marcadas, el glande hinchado y rojo. Mi primer instinto fue dudar. Pero la duda duró poco. Solté a Sebastián, agarré las dos pollas con cada mano un momento, las froté entre sí, y luego abrí la boca para la de Gonzalo. Tuve que abrirla mucho. Apenas me cabía, y aun así me esforcé por tragarla entera, escupiendo, atragantándome, dejando que la saliva me cayera por el mentón hasta el pecho.

—Joder, sí, así —jadeó Gonzalo, agarrándome la nuca con las dos manos—. Cómete esa polla. Toda. Toda.

Me follaba la boca despacio, marcando el ritmo, mientras Sebastián se masturbaba a mi lado mirándonos. Cuando Gonzalo apoyó la mano libre en la pared para sostenerse, supe que estaba aguantándose. Lo solté con un sonido húmedo y miré a Sebastián.

—Vamos al cuarto —dije—. Antes de que se acabe esto.

***

—Pasemos al cuarto —repitió Sebastián, levantándose.

El dormitorio era sencillo: cama doble, una lámpara encendida al mínimo, la ropa de los tres diseminada en el sofá afuera. Sebastián abrió el cajón de la mesa de noche y sacó un tubo de lubricante y dos preservativos. Los puso sobre la sábana sin decir nada.

Me recosté boca abajo sobre la cama y me tomé un segundo para procesar lo que estaba a punto de pasar. Nunca había tenido una polla adentro. Nunca había querido algo con tanta certeza y tanto miedo al mismo tiempo. Levanté el culo en el aire, apoyé el pecho en el colchón y me agarré a las sábanas.

—Tranquilo —dijo Sebastián, colocándose detrás de mí—. Vamos despacio.

Sentí sus manos abrirme las nalgas, y un momento después la lengua. Me lamió el agujero con una calma que me hizo gemir contra la almohada. Me lo abrió con los pulgares, metió la lengua, jugó con la punta hasta que tuve que apretar las sábanas para no salirme de mí mismo. Después fueron los dedos: primero uno, lubricado, entrando con paciencia. Me ardió, pero no como esperaba. Luego dos. Los movió en círculos, abriéndome, tocándome por dentro un punto que me hizo soltar un gemido largo y sucio.

—Mira cómo aprieta —le dijo a Gonzalo—. Está virgen este culo.

—Pues estréname bien —dije yo, con la cara enterrada en la almohada—. Métemela ya.

Sebastián se rió y se puso el preservativo. Sentí el glande presionando contra mi agujero, frío por el lubricante, y después la presión empezó a ser real. Empujó despacio. Cuando entró, dolió. No voy a mentir en eso. Dolió con esa intensidad que corta la respiración y obliga a quedarse quieto, procesando. Pero era un dolor distinto, mezclado con un calor que se expandía hacia adentro.

—Avísame si quieres que pare —dijo Sebastián, agarrado a mis caderas.

—No pares. Métela toda. Toda.

Se quedó quieto un instante y luego empezó a entrar más, milímetro a milímetro, hasta que sentí sus pelotas chocar contra las mías. Estaba enterrada hasta el fondo. El dolor se fue transformando poco a poco, como cuando los ojos se acostumbran a la oscuridad y los objetos empiezan a tomar forma. Para cuando Sebastián encontró su ritmo, una embestida lenta y profunda que me hacía gemir cada vez, yo ya tenía la cara enterrada en la almohada y los dedos apretando la sábana.

—Así, así, dame —le pedí—. Más fuerte. Fóllame.

Sebastián aceleró. Me agarró las caderas con las dos manos y empezó a bombearme con más ganas, con los muslos chocándome el culo, con un ritmo seco y constante. Cada embestida me arrancaba un gemido. Me follaba con autoridad, sin dudar, encontrando ese punto adentro que me hacía ver luces.

Gonzalo se acercó por delante con la polla en la mano. Me puse de rodillas sobre la cama, con el culo todavía empalado en Sebastián, y abrí la boca. Gonzalo me la metió hasta la garganta de una sola vez. Y entonces ocurrió algo que no tenía nombre: estar completamente lleno en los dos extremos al mismo tiempo, una polla en el culo, otra en la boca, moviéndome entre los dos cuerpos, siendo el punto de encuentro de algo que los tres construíamos sin palabras.

—Mira esto, mira esto —jadeaba Gonzalo, follándome la boca—. Lo está disfrutando como un cerdo. Mira cómo se mueve.

—Tiene un culo apretadísimo —respondió Sebastián, dándome una nalgada—. Lo voy a destrozar.

Gonzalo tenía las manos en mi cabello. Sebastián tenía las manos en mis caderas. Yo no tenía manos libres ni la intención de liberarlas. Solo gemía con la boca llena, mientras los dos me usaban con un ritmo que se iba sincronizando. Cuando Gonzalo embestía hacia adelante, Sebastián salía. Cuando Sebastián entraba a fondo, Gonzalo me llenaba la garganta. Era una mecánica de tres cuerpos que se entendían sin hablar.

***

Sebastián llegó primero. Me avisó con la respiración, con esa forma en que el cuerpo se tensiona justo antes del límite. Empezó a follarme más rápido, casi descontrolado, dándome palmadas en el culo cada dos embestidas.

—Me corro, joder, me corro.

—Sácala —le dije, soltando la polla de Gonzalo—. Sácala y córrete en mi cara.

Sebastián salió, se arrancó el preservativo de un tirón y se subió a la cama por el lado. Apenas tuvo que tocársela un par de veces. Acerqué la cara y abrí la boca, mirándolo desde abajo, y lo que vino fue eso: seis o siete chorros calientes y densos, el primero golpeándome la frente, los siguientes cayéndome en la mejilla, en los labios, en la lengua. Tragué lo que cayó en la boca y dejé que el resto me chorreara por la barbilla.

Me quedé quieto un segundo, con el sabor amargo y salado en la boca, saboreando esa sensación que no me esperaba querer tanto.

Gonzalo me miraba desde el otro lado de la cama con la polla durísima en la mano, esperando turno.

—¿Seguimos? —preguntó.

—Sí —dije, limpiándome la cara con el dorso de la mano—. Ahora quiero la tuya. Pero ven, túmbate. Te la voy a dar yo.

Gonzalo abrió un poco los ojos, sorprendido. Sebastián se rió desde un lado de la cama, todavía recuperando el aire.

—Te la va a meter, Gonza. Mira esa cara.

Gonzalo se recostó de espaldas y abrió las piernas. Yo cogí el otro preservativo, me lo puse, y me embadurné la polla con lubricante hasta que goteaba. Le levanté las piernas y le apoyé los tobillos en mis hombros. Su agujero, depilado y rosado, me quedó justo frente a la polla. Me incliné primero a chuparlo. Le pasé la lengua despacio, lo abrí con los dedos, le metí dos para prepararlo. Gonzalo gemía agarrándose la polla con la mano, masturbándose mientras yo le trabajaba el culo.

—Métemela ya —dijo—. Métela de una.

Empujé. Cuando lo penetré, Gonzalo contuvo el aliento, los músculos del abdomen tensándose. Era diferente estar del otro lado: sentir la resistencia ceder despacio, sentir ese calor envolvente que no te suelta, ese anillo de músculo apretándome la polla como un puño. Me quedé quieto un momento para dejarlo acostumbrarse, mirándolo a la cara. Luego empecé a moverme.

—Sí, así, fóllame —jadeó él—. Más adentro.

Aceleré. Le agarré las pantorrillas y se las abrí más, embistiéndolo más profundo, más rápido. La cama empezó a golpear contra la pared. Las nalgas de Gonzalo rebotaban con cada embestida y sus gemidos subían de tono. Le solté las piernas y me incliné sobre él, apoyé las manos al costado de su cabeza y lo follé con todo el cuerpo, besándole la boca entre embestidas, mordiéndole el labio inferior.

Sebastián se había recostado a un lado y nos miraba. Su mano se movía lentamente sobre sí mismo, despertándose de nuevo. Gonzalo tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Yo tenía la vista fija en su cara porque no había otro lugar donde quería mirar en ese momento.

Gonzalo empezó a masturbarse con más fuerza mientras yo seguía moviéndome con un ritmo que los dos habíamos encontrado sin buscarlo. Sus gemidos iban subiendo de tono. El mío también. Sentía las pelotas pesadas, la corrida acumulándose en la base de la polla.

—Me voy a correr —avisó Gonzalo, con la voz quebrada—. Me corro encima.

—Córrete, córrete —le respondí, follándolo más fuerte.

Llegamos casi al mismo tiempo: él primero, con una corrida que le salpicó el abdomen y el pecho en gruesos chorros blancos, manchándole hasta el cuello. Verlo correrse con mi polla adentro me reventó. Dos o tres embestidas después, me vacié dentro del preservativo mientras le apretaba la cintura con las dos manos, gimiendo entre dientes, dejándolo todo ahí.

Me quedé sobre él unos segundos. Los dos recuperando el aire. Cuando salí, despacio, Gonzalo se quejó. Le di un beso largo, con la lengua, recogiéndole un poco de su propia corrida del pecho con el dedo y pasándoselo por los labios.

***

Sebastián se acercó de nuevo. Ya tenía la polla dura otra vez, brillante de saliva propia. Se arrodilló detrás de mí y puso una mano en mi espalda baja sin decir nada. Me sentí abierto y vacío al mismo tiempo, todavía pulsando.

—¿Más? —preguntó, frotándome la polla contra el agujero.

—Sí. Métemela otra vez.

Esta vez fue diferente. Mi cuerpo ya sabía lo que venía y lo recibió sin tensión, sin la sorpresa de la primera vez. Sebastián entró de una sola embestida, hasta el fondo, y soltó un gruñido satisfecho. Se movió con más confianza, encontró su ritmo más rápido, y yo me dejé llevar del todo. Apoyé la cabeza en los brazos y levanté el culo, ofreciéndome, dejando que me follara como quisiera.

Me dio fuerte. Más fuerte que la primera vez. Las manos clavadas en mis caderas, los muslos chocando contra mis nalgas con un ruido seco y húmedo, su polla entrando y saliendo a un ritmo brutal que me hacía gruñir contra la sábana. Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y me follo como si quisiera dejarme una marca permanente.

—Te gusta así, ¿verdad? Te gusta que te lo den fuerte.

—Sí, sí, así, no pares.

Estuve ahí, completamente presente en cada sensación, sin pensar en ninguna otra cosa, con la cara contra el colchón y el culo en el aire para él. Cuando se vino, lo hizo adentro del preservativo con un gemido largo, las caderas pegadas a mi culo, vaciándose con tres o cuatro empujones finales que sentí latir dentro de mí.

Sebastián se desplomó sobre mi espalda un momento. Sentí su peso, su calor y su respiración acelerada contra mi nuca, su polla todavía adentro, y algo en eso me pareció más íntimo que todo lo que había pasado antes.

Los tres nos quedamos quietos. Gonzalo había vuelto a recostarse y nos miraba con los ojos entrecerrados, con la mano apoyada sobre la polla floja, manchado todavía de su propia corrida seca. La lámpara de noche seguía encendida al mínimo, tiñendo todo de una luz color ámbar.

—¿Estás bien? —preguntó Sebastián, levantándose despacio y sacándose el preservativo lleno.

—Muy bien —dije.

Era la segunda verdad más honesta que había dicho esa noche.

***

Me duché en el baño de ellos. El agua caliente fue un lujo después de todo lo que había pasado. Sentía el culo abierto, las piernas pesadas, los músculos del cuello agarrotados. La corrida de Sebastián se me había secado en la cara y la lavé despacio, casi con cariño. Gonzalo me había dejado una toalla limpia sobre el borde del lavabo sin que yo la pidiera.

Cuando salí, Sebastián me ofreció una cerveza y los tres nos sentamos un rato en el sofá, en silencio cómodo, con la música baja. No había incomodidad. No había necesidad de explicar nada ni de darle un nombre a lo que había sido.

—Te quedas a dormir si quieres —dijo Gonzalo después de un rato.

Me quedé.

Dormí profundo y sin sueños, con el cuerpo exhausto y la cabeza en silencio por primera vez en mucho tiempo. A la mañana siguiente, mientras el café estaba listo, Gonzalo me preguntó cómo había estado. No con ansiedad, no buscando confirmación de nada. Solo preguntando, con esa naturalidad suya que lo hacía todo más sencillo.

—Muy bien —repetí.

Él asintió y sirvió el café. Sebastián entró a la cocina bostezando, descalzo, con el pelo revuelto y una marca de mordida en el cuello que yo no recordaba haberle dejado. Nadie dijo nada más y no hacía falta. A veces las cosas simplemente son lo que son, y lo mejor que puedes hacer es dejarlas serlo.

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Comentarios(8)

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tremendo!!! una segunda parte ya, por favor

Sebastian

La tension que se va armando desde el principio es increible. Muy bien narrado, enhorabuena

RodriMDQ

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace unos años, aunque la mia no termino igual jajaja. Buen relato, sigue asi

Marcos_B

se hizo corto para lo bueno que estaba :(

CastilloBCN

jajaja lo del domino como contexto es un detalle genail, no me lo esperaba. Muy bueno

andrespaz22

Como bien describes esa sensacion de darte cuenta de que la noche va a ser diferente... lo captaste perfecto. Gracias por compartirlo

Kastiliovich

Buenisimo aunque me hubiera gustado que desarrollaras mas el final. En fin, espero que haya continuacion!

Naxo64

Hace tiempo que no leia algo tan bien ambientado en esta categoria. La atmosfera desde el primer parrafo te atrapa. Enhorabuena de verdad

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