Las noches que quisiera olvidar de mi vida como escort
Nadie te dice cómo es esto en realidad. Nadie que lo haya hecho de verdad te avisa de lo que te espera, de los momentos que no vas a poder quitarte de la cabeza aunque quieras. Hay una versión romantizada del trabajo sexual que circula por internet, llena de encuentros elegantes en hoteles de cinco estrellas y clientes que te tratan como a una persona. Esa versión existe. Pero no es la que yo conocí la mayor parte del tiempo.
Lo que va a seguir son algunas de las experiencias que marcaron ese período de mi vida. Las cuento porque se hablan poco, y porque hay algo que quiero que quede claro desde el principio: al otro lado de cada transacción hay alguien con un cuerpo, con límites y con la capacidad de sentir dolor.
Empecé con veintitrés años. Acababa de dejar una ciudad del norte donde no había manera de pagar el alquiler con lo que ganaba en el sector servicios. Un conocido me explicó cómo funcionaba, me dijo que había mucha demanda y que si uno era discreto no había problema. Era fácil, tenía razón en eso. Pero fácil y sin coste no son lo mismo.
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El primer cliente del que voy a hablar es alguien que tuve durante varios meses. Me contactó a través de una de las plataformas habituales. En su perfil ponía simplemente «hombre maduro, educado, busca discreción». En la foto que me mandó parecía un hombre corpulento pero dentro de lo normal. Nada que me preparara para lo que encontré.
Cuando abrió la puerta del apartamento entendí enseguida que la imagen era antigua. El hombre que tenía delante pesaría más de ciento veinte kilos, se movía con dificultad y llevaba una camiseta que se le pegaba al cuerpo por el sudor aunque el aire acondicionado estaba al máximo.
Tenía por norma pedirle a cualquier cliente que se duchara antes de empezar. Él lo hacía, sin protestar. El problema era que el sudor volvía a los diez minutos, con él, con un olor agrio y denso que se me instalaba en la garganta y no se marchaba.
La primera vez que me arrodillé frente a él me costó mucho más de lo que esperaba. Había que maniobrar entre capas de piel para llegar a donde tenía que llegar, y el olor y el sabor juntos me provocaron arcadas que tuve que contener a duras penas. Me levanté un momento con cualquier excusa, fui al baño, respiré frente a la ventana entreabierta y volví.
Para terminar me monté encima de él. Era la única posición que funcionaba con aquel cuerpo. La sensación de aquella masa caliente y húmeda bajo las manos es algo que todavía me cuesta recordar sin que el estómago me dé un vuelco.
Lo seguí viendo cinco o seis veces más. Pagaba puntualmente y nunca fue maleducado. Pero cada vez que llegaba a casa me duchaba hasta que se me agotaba el agua caliente.
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A los pocos meses me llegó una propuesta diferente. Un intermediario que conocía a gente de la escena me explicó que tenía un cliente que quería organizar una «velada privada con actuación». El precio era el doble de lo habitual.
Le pregunté qué implicaba exactamente. Me lo explicó sin rodeos: habría cuatro hombres participando directamente y entre seis y ocho personas más observando. Un espectáculo, en toda regla, en el salón de un chalet a las afueras.
Fui. Era un sábado por la noche y el lugar tenía todas las señales de pertenecer a alguien con dinero: muebles oscuros y caros, botellas de whisky con etiqueta dorada, sillas dispuestas en semicírculo frente a un espacio despejado en el centro de la sala.
Los cuatro hombres se acercaron uno a uno. Me puse de rodillas en el centro de aquella habitación mientras el resto observaba desde sus sillas con las bebidas en la mano, como si estuvieran en un teatro. Hice a cada uno lo que esperaban. Después vinieron las penetraciones, también de una en una, y en algún momento dos de ellos quisieron hacer algo simultáneo que yo no había pactado pero que dejé pasar porque a esas alturas solo quería que terminara.
El final de la noche no lo había acordado con nadie. Cuatro de ellos, incluidos dos de los espectadores que habían permanecido callados en sus sillas durante todo el rato, se levantaron y me orinaron encima mientras el resto aplaudía como si hubieran visto un número de magia.
Me duché en el baño del chalet antes de salir. El agua tardó mucho en salir limpia.
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Hay clientes que tienen fetiches que, vistos desde fuera, parecen raros pero que no hacen daño a nadie. Con uno de ellos mantuve una relación que duró varios meses y que fue, en términos generales, de lo más tranquilo que viví en ese tiempo.
Era un hombre mayor, tendría unos sesenta y cinco años, que decía haber trabajado durante décadas en la administración pública. Hablaba con una corrección casi anticuada, siempre llegaba a la hora acordada, y su fetiche era exactamente uno: la orina.
La dinámica era siempre la misma. Llenaba la bañera hasta la mitad, se tumbaba dentro y me pedía que me pusiera de pie sobre el borde y lo orinara. Después le tocaba a él. Todo terminaba con una ducha doble y él siempre tenía las toallas dobladas y listas.
No era algo que yo buscaría por iniciativa propia. Pero comparado con el resto, esos encuentros resultaban casi relajantes. Me preguntaba cómo estaba, a veces preparaba café antes de que me marchara, y nunca se pasó de ningún límite que no hubiera acordado. Eso, en ese trabajo, tiene más valor del que parece.
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La mayoría de las peticiones difíciles llegaban con aviso previo. Un mensaje donde el cliente explicaba sus preferencias con tiempo suficiente para decir que no. Eso lo agradecía. El problema era cuando la petición en sí ya cruzaba una línea que no tenía nada que ver con lo que yo estaba dispuesto a hacer.
Uno de esos casos fue el de un hombre que tenía una explotación ganadera en las afueras de una ciudad de provincias. El primer mensaje era razonable: buscaba a alguien para juegos de dominación, sumisión, azotes. Nada que no hubiera gestionado antes.
Al final del mismo mensaje, como si fuera una petición más en una lista de la compra, me preguntaba si estaría dispuesto a participar en un encuentro con uno de los animales de su finca.
Le respondí que no. Me mandó otro mensaje explicando que era algo que hacía gente, que era completamente seguro con los animales adecuados, que me pagaría el triple. Le volví a decir que no y bloqueé el número.
Hay dinero que no vale lo que cuesta aceptarlo.
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Esa misma semana, por una de esas coincidencias que hacen pensar que el mundo tiene un sentido del humor muy particular, recibí otras dos peticiones que tampoco acepté.
La primera era de alguien que quería hacerme un corte pequeño durante el encuentro y después chupar la herida. Lo explicaba con mucho cuidado, con todo detalle, como si eso fuera a hacerlo más aceptable.
La segunda era de alguien que quería que yo defecara encima de él mientras manteníamos el contacto.
A ambos dije que no, sin más explicaciones. Ninguno de los dos insistió demasiado. Pero que esas peticiones existan, que alguien las escriba en un mensaje con la misma naturalidad con la que pediría una pizza, te dice algo sobre la gente que preferirías no saber.
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La historia más surrealista de todo ese tiempo fue la de una mujer.
Trabajaba más con hombres, pero no tenía restricciones. Cuando me contactó fue directa: quería un encuentro en un apartamento que ella reservaría, el precio era bueno, y fuera de eso no dio más detalles. Llegué sin saber exactamente qué esperar.
Tendría unos cuarenta y tantos años, iba bien vestida y me abrió la puerta con una copa en la mano y una sonrisa que no era exactamente de deseo. Era otra cosa. Algo calculado y satisfecho a la vez.
Empezamos a hablar mientras me servía una copa. Fue entonces cuando me lo contó, con toda la calma del mundo: su marido la había engañado con una compañera de trabajo. Lo había descubierto cuatro meses antes mirando el teléfono que él había dejado desbloqueado sobre la mesilla. No había pedido el divorcio todavía, pero lo tenía decidido. Lo que quería primero era que él recibiera las mismas imágenes que ella había recibido en su momento.
Cuando vi que sacaba el teléfono le pregunté directamente qué iba a hacer con las fotos.
—Solo para él —dijo—. Sales fuera de plano. Nadie va a saber quién eres.
Terminé el encuentro. Cobré. Salí a la calle sin saber cómo iba a terminar aquella historia de matrimonio ni si el marido en cuestión merecía lo que le llegara.
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El último cliente del que voy a hablar fue el que me hizo dejarlo todo.
Me llegó recomendado por un cliente habitual, lo cual normalmente era señal de que era alguien razonable. Tenía unos cuarenta y cinco años, cuerpo atlético, y desde el primer mensaje dejó claro que tomaba medicación para los encuentros. Me lo dijo como si fuera un dato informativo, como quien avisa del tiempo.
El primer encuentro fue largo pero no pasó de ahí. El segundo fue más intenso. A partir del tercero empecé a entender cuál era el problema real: no era el tiempo en sí, sino la forma en que usaba ese tiempo.
Tenía fuerza y se ponía en un estado en el que dejaba de prestar atención a las señales del otro. Yo le pedía que bajara el ritmo o que cambiara la posición y él lo hacía un momento, pero volvía a lo mismo de forma casi mecánica. La medicación le quitaba la capacidad de leer el cuerpo de quien tenía delante.
Para el cuarto encuentro yo ya llegaba con el cuerpo tenso de antemano. Ese día hubo demasiado tiempo, demasiada fuerza y ningún freno real. Cuando por fin se fue, el dolor que sentía era diferente al cansancio normal. Era algo más dentro, más fijo.
Esperé dos días a que se me pasara. No se me pasó. Terminé en urgencias con un desgarro que tardó semanas en sanar lo suficiente como para poder sentarme sin que me doliera. Las primeras noches no pude dormir del todo.
El médico no preguntó. Yo no expliqué.
Mientras estaba tumbado en aquella cama esperando resultados, tomé una decisión que no necesité pensar demasiado. Esa misma semana desactivé todos los perfiles. No contesté a los mensajes que seguían llegando. Dejé que todo caducara solo.
No lo eché de menos.
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Cuento esto porque existe una idea muy extendida de que el trabajo sexual es una transacción que lo iguala todo, que el dinero limpia cualquier situación. No funciona así.
Hay personas que pagan y creen sinceramente que eso les da derecho sobre el cuerpo de quien tienen delante. Personas que confunden «estar disponible» con «no tener límites». Personas que directamente no ven a alguien cuando miran al trabajador que tienen frente a ellas.
Si alguna vez contratas a alguien para esto, recuérdalo: hay una persona al otro lado. Con un cuerpo que se cansa, que se rompe y que no olvida.