La nieta del cliente en los baños termales de Tokio
El aterrizaje en Haneda fue como soltar el freno después de tres días de reuniones en Singapur. Venía destrozado: dos vuelos con escala, seis horas de diferencia horaria y la corbata sin nudo desde el primero. Mi rango Premier en la aerolínea me salvó lo suficiente para acceder a la sala ejecutiva del aeropuerto, darme una ducha larga y tomar algo caliente antes de coger el tren exprés hacia la ciudad. Todo lo que quería era una cama plana y silencio.
Mi empresa había reservado el Kyobashi Hotel, en el corazón del barrio financiero, a diez minutos andando de las reuniones del día siguiente. Era el típico establecimiento japonés que lo hace todo bien sin aspavientos: habitaciones estrechas pero impecables, camas más firmes que las de casa y ese silencio denso y ordenado que tienen los hoteles japoneses buenos, como si el ruido tuviera prohibida la entrada.
Llegué en taxi desde la estación. Cuando abrí la puerta del coche y puse un pie en la acera, fue entonces cuando la vi.
Estaba de pie junto a la entrada, con un bolso pequeño bajo el brazo y la vista fija en la pantalla de una tableta. Cuando levantó los ojos, los dos nos miramos durante un segundo exacto. No sé bien cómo describirlo: fue una de esas miradas que no piden nada pero lo dicen todo. Rompí el contacto primero, pagué el taxi y entré a recepción. Cuando me di la vuelta para buscarla, ya no estaba.
No le di más vueltas. Subí a la habitación, me tomé un vaso de agua fría y me desplomé encima de la colcha, medio vestido todavía.
***
A la mañana siguiente me despertó el teléfono del hotel. Una voz femenina, pausada, me informó en un castellano impecable con acento suave que Tanaka-san no podría recibirme hasta la tarde. Tenía la mañana y parte de la tarde libres. Me duché sin prisa, me puse unos vaqueros y una camisa sin corbata y bajé al lobby.
Y ahí estaba ella.
Sentada en uno de los sillones del área de café, con una chaqueta gris de corte recto y una falda a juego. En cuanto me vio, se levantó y caminó hacia mí con esa seguridad que tienen algunas personas que no necesitan demostrar nada. Me tendió la mano con una ligera inclinación de cabeza.
—Soy Hana. Mi abuelo me pidió que le acompañara hoy.
Era la nieta de Tanaka. Me lo explicó con brevedad mientras salíamos hacia el coche que esperaba en la puerta: su abuelo quería que yo disfrutara de la ciudad antes de la reunión, porque así se hacen las cosas en Japón cuando un cliente llega de lejos y se le considera importante. No era una acompañante turística de agencia; era un gesto de cortesía elevada, y yo lo sabía.
Me senté a su lado en el asiento trasero. El coche olía a cuero limpio y a algo floral, discreto. Era difícil no mirar a Hana. No porque fuera llamativa de forma obvia; era todo lo contrario. Era la clase de mujer cuya belleza se descubre por capas: la piel muy clara, casi traslúcida bajo la luz del interior del vehículo, los ojos ligeramente almendrados, el pelo negro recogido con una horquilla que dejaba escapar un mechón a la altura de la mejilla. Las piernas largas y cruzadas con naturalidad, la falda cayendo justa hasta la rodilla.
Y entonces, cuando el coche tomó una curva cerrada, la falda se le desplazó unos centímetros y vi el ribete de encaje oscuro de una media. Solo un instante. Solo un destello de tela contra piel blanca. Me puse tenso como si me hubieran dado una descarga eléctrica y desvié la vista hacia la ventanilla, donde Tokio desfilaba en silencio.
Cuando levanté los ojos, Hana me estaba mirando. Los dos lo sabíamos. Los dos fingimos que no.
El resto del día fue eso: una tensión que nadie nombraba pero que ocupaba todo el espacio entre los dos. Paseamos por el barrio de Yanaka, que conserva esa calma de otra época entre sus callejuelas de adoquín, sus templos pequeños y sus tiendas de cerámica que huelen a incienso y a madera vieja. Comimos en una barra de diez taburetes frente a un cocinero que no decía nada pero lo hacía todo perfecto: rodajas de pescado sobre arroz templado, sake frío en vasos de cerámica sin asas. Por la tarde cruzamos Shimokitazawa, con sus disquerías apiñadas y su gente joven moviéndose sin prisa entre café y vinilo. Yo le preguntaba por la ciudad; ella me contaba cosas con esa manera pausada y precisa que tienen los japoneses, sin relleno, sin palabras de más.
Pero cada vez que nos sentábamos cerca en alguna barra o en algún banco, cada vez que nuestros hombros casi se rozaban al mirar algo juntos en el teléfono, la atmósfera cambiaba de forma perceptible. Era algo físico, como el olor a lluvia antes de que caiga. Hana lo notaba también. Lo sé porque cada vez que me cogía despierto mirándola, no apartaba la vista de inmediato. La sostenía un momento antes de girar la cabeza, y en ese momento había algo que los dos preferíamos dejar sin decir.
Al caer la tarde, mientras volvíamos al coche por una calle estrecha iluminada con faroles de papel, Hana se detuvo en medio de la acera.
—Hay un sitio al que podríamos ir, si le apetece. Es un konyoku.
No sabía qué era. Ella me lo explicó en pocas palabras: un onsen mixto, un baño termal donde hombres y mujeres comparten el agua en la misma piscina. Tradicional. Podía leerse como se quisiera.
La miré un segundo.
—Vamos —dije.
***
Llegamos por un camino estrecho de losas de piedra, rodeado de bambú bajo una luz que ya era casi nocturna. Un hombre mayor nos recibió sin preguntar nada, nos dio unas toallas pequeñas y nos indicó los vestuarios separados. Me desnudé, me enjuagué bajo el chorro frío según marcaban las instrucciones pintadas en azulejo y crucé la puerta de madera hacia la piscina exterior.
El agua era caliente de verdad, casi incómoda al principio. Había vapor denso por encima de la superficie. Me hundí hasta los hombros, apoyé la cabeza en el borde de piedra y cerré los ojos. El olor era mineral, limpio, con algo de azufre muy suave. Afuera, el bambú crujía apenas.
Unos minutos después oí pasos en la madera, y luego el chapoteo suave del agua al abrirse.
Era Hana. Entró en la piscina sin la toalla, sin prisa, como si no hubiera nada excepcional en lo que estaba haciendo. Y técnicamente no lo había. Pero yo no pude apartar los ojos. Su cuerpo era delgado pero con curvas bien definidas: los hombros estrechos, los pechos medianos y firmes con las aureolas oscuras y amplias, la cintura estrecha que se abría hacia unas caderas redondeadas. El vello liso y oscuro entre las piernas. Me hundí un poco más en el agua y me coloqué la toallita sobre el regazo.
Hana no me miró al entrar. Se sumergió hasta los hombros, apoyó los brazos en el borde de piedra y cerró los ojos. El vapor lo envolvía todo. Nos quedamos así un buen rato: yo con el pulso acelerado, ella inmóvil y serena, los dos fingiendo que aquello era lo más normal del mundo.
Fue ella quien se acercó. Lo hizo despacio, flotando sin ruido, hasta quedar a menos de un metro. Abrió los ojos y me miró directamente, sin rodeos.
—¿Estás bien? —preguntó, con una media sonrisa que no era del todo inocente.
Me incliné hacia ella y la besé. No me rechazó. Me devolvió el beso con una calma que contrastaba con la urgencia que yo sentía. Bajo el agua, su mano encontró la mía, y luego fue subiendo. Al sentir sus dedos rodearme, apoyé la cabeza en su frente y cerré los ojos. Ella entrelazó los dedos con los míos y los presionó contra el borde de piedra, sin prisa, estableciendo quién marcaba el ritmo.
Le recorrí el costado bajo el agua, la curva de la cadera, los labios entre las piernas. Hana abrió la boca apenas y soltó un hilo de aire, un sonido que no era todavía un gemido pero que lo contenía todo.
***
Se levantó del agua y me hizo un gesto con la cabeza. La seguí por un corredor de madera húmeda hasta una habitación pequeña y cálida, iluminada solo por dos velas en un rincón. En el suelo, un futón grueso con sábanas blancas muy limpias.
Me tumbé. Hana tardó un momento en arrodillarse entre mis piernas. No dijo nada. Empezó por el abdomen, con besos que no tenían ninguna prisa, bajando despacio, explorando. Cuando sentí su aliento justo encima del pubis, tensé la espalda sin querer.
Lo que hizo después lo hizo lento y con una atención que me dejó sin pensar. Su boca era cálida y precisa; nada había en ella de mecánico ni de aprendido. La lengua rodeando, los labios apretándose, el ritmo variando justo cuando creía haberlo adivinado. Me miraba desde abajo de vez en cuando con esos ojos oscuros que brillaban con la luz de las velas, y esa mirada era casi más intensa que cualquier otra cosa.
Hundí los dedos en su pelo liso y negro, sedoso como el agua del onsen, y me dejé llevar por completo.
—Hana... —dije en algún momento, sin saber muy bien qué quería decir con eso.
Ella se detuvo un segundo, lamió despacio desde la base hasta el extremo y volvió a sumergirse. Solté el aire que llevaba rato sin soltar. Sentía los dedos de ella entrelazados con los míos, apretándome las manos contra el futón, y el contraste entre esa sujeción suave y lo que hacía su boca me tenía al límite.
Cuando por fin se incorporó, tenía los labios hinchados y una expresión tranquila que no encajaba del todo con lo que acababa de pasar. Se puso de rodillas sobre mí, me miró durante un momento y luego bajó despacio. Sentí cómo me buscaba, cómo ajustaba el ángulo con precisión, cómo al final se sentó del todo con un movimiento lento y completamente decidido.
La sensación fue intensa desde el primer segundo. Estaba muy estrecha y muy caliente, y cada movimiento suyo me envolvía por completo. Hana cerró los ojos y apoyó las manos en mi pecho. Empezó a moverse en círculos lentos, moliendo la pelvis contra la mía con una concentración que tenía algo casi meditativo. Sus caderas subían y bajaban marcando un ritmo constante que yo sentía llegar hasta el fondo.
Mis manos subieron por sus muslos hasta sus caderas. La guié sin forzar, siguiendo su cadencia primero, empujando desde abajo después. El sonido de la habitación era solo nuestra respiración y el roce húmedo de los cuerpos. El olor del onsen lo impregnaba todo: minerales, vapor, piel caliente. Afuera, el bambú crujía contra sí mismo.
Hana se inclinó hacia adelante hasta apoyar la frente en la mía. Su pelo cayó a los lados de mi cara como una cortina. Sus ojos abiertos a centímetros de los míos, la mirada fija, presente, sin ningún sitio donde esconderse. Las uñas encontraron mis hombros y apretaron.
—No pares —dijo en voz baja.
La giré con cuidado hasta dejarla debajo de mí, le levanté las piernas y la miré para asegurarme. Asintió con los ojos. Empujé con fuerza y su boca se abrió sin sonido. Encontré un ritmo que los dos reconocimos en seguida: ella clavando las yemas de los dedos en mi espalda, yo apoyando los antebrazos a los lados de su cabeza para no perder el ángulo. Podía sentir cómo sus piernas me rodeaban la cintura, apretando cada vez más fuerte.
Hana empezó a tensarse de forma perceptible. Su espalda se arqueó ligeramente, sus ojos se cerraron, la respiración se hizo más irregular. El orgasmo le llegó con una contracción larga y profunda que lo abarcó todo: sus paredes apretándose alrededor de mí con una fuerza que no fui capaz de resistir. Solté un gruñido sordo y me corrí dentro de ella, sintiendo los últimos espasmos de los dos confundirse sobre ese futón en el silencio del onsen.
***
Nos quedamos inmóviles un momento largo, respirando. Después me desplacé a su lado y ella se giró hacia mí. Me limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, un gesto tan cotidiano y tan tranquilo que me sorprendió más que todo lo anterior.
La llama de las velas ya era pequeña. El vapor del onsen todavía se colaba por debajo de la puerta, cálido y mineral.
—¿A qué hora tienes la reunión mañana? —preguntó.
—A las diez.
—Entonces tenemos tiempo.
Me reí en voz baja, mirando el techo bajo de madera oscura. Afuera, Tokio seguía a lo suyo: trenes, neones, millones de personas moviéndose en todas direcciones sin saber nada de esta habitación pequeña y caliente al fondo de un camino de piedras. Años después, cuando alguien me pregunta por aquel viaje de trabajo, sigo sin saber cómo contarlo sin que suene a algo distinto de lo que fue: algo real, breve y perfectamente completo en sí mismo.
—Bienvenido a Tokio —me había dicho Hana esa primera noche, cuando todavía éramos dos desconocidos cruzándose en la puerta de un hotel.
Ahora ya sé que lo decía en serio.