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Relatos Ardientes

Aquella noche en el cuarto de mi hijo

3.8(50)

Para que se entienda bien cómo llegamos hasta ahí, tengo que empezar desde el principio.

Matías tiene dieciocho años y desde septiembre estudia Ingeniería en la universidad pública de la otra punta de la ciudad. Hace casi dos horas de transporte ida y vuelta, así que sale temprano cada mañana y no suele llegar antes de las siete de la tarde. Llevamos solos seis años, desde que su padre se fue a vivir a otra ciudad con una mujer más joven que yo. El caso es que nos quedamos solo Matías y yo, y eso nos hizo muy cercanos. O eso creía yo.

Porque a finales de octubre algo cambió en él. No sé si fue gradual y yo no me di cuenta, o si pasó de golpe un día concreto que ya no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que una tarde llegó del campus, cruzó el salón sin saludarme y subió directo a su cuarto. Sin el beso en la mejilla de siempre. Sin el «¿qué hay de comer, má?» de siempre.

Lo dejé pasar. Pensé que sería un mal día.

Pero al día siguiente fue igual. Y al otro.

Después de una semana así, le pregunté directamente mientras cenábamos.

—¿Estás bien? ¿Pasó algo?

—Estoy bien —dijo sin mirarme.

—Matías.

—Que estoy bien, mamá.

Dejé caer el tenedor sobre el plato más fuerte de lo que pretendía y lo miré hasta que levantó los ojos.

—Llevas diez días sin hablarme como si te hubiera hecho algo. Si cometí algún error, dímelo.

Él dudó. Vi cómo apretaba la mandíbula, como hacía su padre cuando buscaba las palabras precisas.

—No hiciste nada —dijo al final—. Es algo mío. Ya se me pasa.

No se le pasó.

***

El viernes de esa semana llegué a casa antes de lo habitual. Había cancelado una reunión y aproveché para salir temprano. La casa estaba en silencio. Subí al segundo piso a cambiarme y al pasar frente a su cuarto vi la puerta entreabierta.

No iba a mirar. No tenía ningún motivo para mirar.

Pero lo hice.

Matías estaba sentado en el borde de la cama con el teléfono en la mano y los pantalones bajados hasta los muslos. Tenía la polla agarrada con la otra mano y se la estaba meneando despacio, mirando algo en la pantalla. Cuando me asomé escuché perfectamente el ruido húmedo de su mano subiendo y bajando por la verga dura. No miraba la pantalla, ya no. Solo estaba ahí sentado, con los codos sobre las rodillas y la espalda curva, con la polla tiesa apuntando hacia arriba, brillante de saliva o de lo que fuera que se hubiera puesto.

Entonces levantó la vista y me vio.

No apartó la mirada. No se tapó. No soltó la polla. Yo tampoco aparté los ojos. Fue solo un segundo, quizás dos, pero los suficientes para que viera con claridad el tamaño de la verga de mi hijo, lo gruesa que era, las venas marcadas en el tronco, el glande hinchado y descubierto. Y para que él viera que yo lo había visto.

Me aparté del marco de la puerta y seguí hacia mi cuarto. Cerré con seguro. Me cambié de ropa despacio, como si el movimiento lento pudiera ordenar lo que tenía revuelto en la cabeza. Me senté en el borde de mi cama y noté que tenía las bragas mojadas. Empapadas. Me llevé los dedos al coño por encima de la tela y casi me corro solo con rozarme.

No fue nada, me dije. Solo una mirada.

Esa noche no pude dormir. Me toqué el coño tres veces seguidas pensando en la polla de Matías y me corrí mordiendo la almohada las tres veces.

***

El domingo siguiente fue él quien buscó la conversación.

Yo estaba en la cocina preparando café cuando escuché sus pasos en la escalera. Entró, se sentó en uno de los taburetes de la barra y me observó mientras yo servía. No dijo nada hasta que puse la taza delante de él.

—Tengo que decirte algo —empezó.

—Te escucho.

Respiró hondo. Lo miré a la cara y vi que estaba nervioso de verdad. Tenía los nudillos blancos alrededor de la taza de café.

—Llevo un tiempo sintiendo algo que no debería sentir —dijo—. Y no sé qué hacer con eso. Por eso estoy raro estas semanas. No es nada que hayas hecho tú.

Esperé.

—¿Algo como qué? —pregunté en voz baja.

Tardó un momento que se hizo largo.

—Que se me pone dura cuando te veo. Que no puedo dejar de imaginarme cogiéndote. Eso. Atracción hacia ti. Atracción de la que se me marca en los pantalones cada vez que entras a la cocina con esa bata corta.

El silencio que siguió duró mucho. Escuché el ruido del vecindario afuera, un coche pasando, un perro ladrando a lo lejos. Todo lo normal del mundo siguiendo su curso mientras el mío se detenía por completo. Y mientras yo notaba cómo el coño se me empezaba a humedecer otra vez con solo escucharlo decirlo.

—Sé que está mal —dijo él rápido—. El otro día me viste haciéndomela pensando en ti. No quiero hacerme el tonto. Estaba pensando en ti, mamá. En tus tetas, en tu culo. Y por la cara que pusiste me parece que tú también te diste cuenta. No tienes que decir nada. Solo quería que lo supieras porque ya no podía seguir callándolo más.

—Matías...

—No tienes que hacer nada con esto. De verdad.

Me apoyé en el fregadero con las manos detrás de mí y lo miré. Tenía dieciocho años. Era mi hijo. Era el mismo niño al que le había enseñado a atarse los cordones y lo había acompañado al médico cuando se rompió el brazo con once años y lo había visto crecer en el cuarto de al lado todos los días de su vida.

Y al mismo tiempo era un hombre. Con los hombros anchos y las manos de su padre y esa polla gorda que le había visto el viernes y que ahora mismo, podía jurarlo, ya estaba marcándose otra vez bajo los pantalones del pijama.

—Dame tiempo —dije—. Para pensar.

Él asintió sin decir nada más. Se levantó, dejó la taza de café sin tocar y subió a su cuarto. Yo me quedé en la cocina con los muslos apretados, sintiendo cómo me chorreaba por dentro.

***

Estuve dos días sin poder pensar en otra cosa.

Me decía que era imposible, que estaba mal, que había una razón muy concreta por la que ese tipo de cosas no se hacen. Me decía que Matías era joven y confuso y que con el tiempo esto se disolvería solo. Me decía que si yo simplemente dejaba pasar el tiempo, todo volvería a la normalidad.

Pero a la vez pensaba en esa polla tiesa apuntando al techo. En la forma en que él la sostenía. En cómo me había mirado mientras hablaba, con una honestidad que hacía mucho tiempo no le veía a nadie. Y me tocaba. Dios, no podía parar de tocarme. En la ducha, antes de dormir, despertándome a las cuatro de la mañana con la mano metida entre las piernas. Me corría imaginándome a mi propio hijo follándome contra la pared de la cocina.

El martes por la noche bajé a su cuarto.

Llamé una vez. Escuché su voz al otro lado diciéndome que pasara.

Estaba en el escritorio con los apuntes abiertos. Se giró cuando entré y se quedó quieto, esperando. No pregunté si podía sentarme. Fui hasta su cama y me senté en el borde. Llevaba puesto un camisón corto, sin nada debajo. Él lo notó. Bajó los ojos por mis muslos y volvió a subirlos.

—¿Sigues pensando lo mismo que me dijiste? —empecé.

—Sí —dijo sin dudar.

Asentí despacio.

—Solo una cosa —dije—. ¿Estás seguro de que sabes lo que estás pidiendo?

—Nunca he estado más seguro de nada. Quiero follarte, mamá. Llevo semanas queriéndolo.

Lo miré. Y él me miró. Y lo que pasó después no fue un impulso ni un accidente ni algo que no supiéramos que íbamos a hacer. Fue una decisión.

Me acerqué y le puse la mano en la mandíbula. Él no se movió. Acerqué mi cara a la suya muy despacio, dándole tiempo para retroceder si quería. No retrocedió.

Lo besé.

Fue un beso suave al principio, casi tentativo. Después él puso la mano en mi nuca y me acercó más, y ya no fue suave. Me metió la lengua en la boca con un hambre que no había sentido nunca en otro hombre. Le mordí el labio inferior y él gimió contra mi boca. Le bajé la mano por el pecho hasta la entrepierna y se la apreté por encima del pantalón. La tenía durísima. Tan dura como el viernes.

—Joder, mamá —jadeó.

—Calla y déjame —le dije al oído.

***

Me bajé de la cama y me arrodillé entre sus piernas mientras él seguía en la silla del escritorio. Le desabroché el pantalón con dedos firmes y le bajé el bóxer de un tirón. La polla le saltó hacia arriba, dura, gruesa, pegada al vientre. Más grande aún de cerca de lo que me había parecido el viernes. Me quedé un segundo mirándola, sintiendo el calor que despedía a un palmo de mi cara.

—Mírame —le dije.

Él bajó la vista. Yo le agarré la polla por la base con la mano y se la apreté. Saqué la lengua y le lamí el glande de abajo arriba, despacio, recogiendo la gota de líquido que tenía en la punta. Lo escuché contener el aire.

—Dime cómo te gusta —le dije.

—Me da igual. Lo que tú quieras. Joder.

Me la metí entera en la boca. O todo lo que pude. Le llegué hasta la mitad del tronco y noté cómo el glande me tocaba el fondo de la garganta. Le agarré los huevos con la otra mano y se los pesé, suaves, calientes. Empecé a mover la cabeza despacio, chupándosela con la boca cerrada apretada alrededor del tronco, dejando que la lengua se le restregara por debajo. Le saqué la polla de la boca con un sonido húmedo y le pasé la lengua por toda la cara inferior, de los huevos al glande, y volví a tragármela.

—Hostia, mamá. Hostia.

Le subí la mirada sin sacarme la polla de la boca. Quería que viera cómo se la mamaba su madre. Quería que se le quedara grabado en la cabeza. Aceleré el ritmo, chupando con fuerza ahora, dejando que se me llenara la boca de saliva y se me escurriera por la barbilla. Le ponía la mano abierta en el bajo vientre y notaba cómo se le contraían los músculos.

Cuando lo sentí ponerse demasiado tenso, cuando supe que estaba a punto de correrse, lo saqué y subí.

—¿Bien? —pregunté con la boca brillante.

—Iba a correrme.

—Lo sé. Por eso paré.

Me besó él esta vez. Con más confianza que antes, con más certeza en los labios. Probó su propio sabor en mi boca y eso lo puso peor. Me agarró por la cintura, me levantó del suelo como si no pesara nada y me tumbó en su cama de espaldas.

Me arrancó el camisón por la cabeza de un tirón. Me quedé desnuda debajo de él. Vi cómo se le iban los ojos a mis tetas y se quedaba quieto un momento mirándolas, como si no se creyera que las tuviera delante.

—Tócalas —le dije.

Me las agarró con las dos manos a la vez. Apretó. Me pellizcó los pezones entre los dedos y yo arqueé la espalda. Bajó la boca y me chupó uno mientras me amasaba el otro. Le agarré la cabeza y se la apreté contra el pecho.

—Más fuerte. Muérdeme.

Me mordió el pezón. Me arrancó un gemido. Pasó al otro y me lo trabajó igual, y yo me retorcía debajo de él notando cómo me chorreaba el coño hasta la sábana.

Bajó por mi cuello, por mi clavícula, más abajo. Pasó por el ombligo, por el vientre, y se quedó arrodillado entre mis piernas mirándome el coño. Me lo abrió con los pulgares. Yo levanté la cabeza para mirarlo y vi cómo se le ponía la cara concentrada, como cuando era niño y estaba intentando montar algo difícil.

—Está empapado, mamá.

—Llevo días así por ti. Lámelo.

Bajó la cara y me lamió de abajo arriba con la lengua plana. Me sacudí entera. No tenía la técnica de alguien con experiencia, pero tenía algo que muchos hombres con experiencia no tienen: atención. Prestaba atención a todo, a cómo reaccionaba mi cuerpo, a qué hacía que yo cerrara los ojos o apretara los dedos en las sábanas. Aprendía mientras lo hacía. Le guié la cabeza con la mano hasta el clítoris.

—Ahí. Chúpame ahí.

Me lo cogió entre los labios y empezó a chupármelo. Le metió un dedo. Después dos. Me los curvó dentro y los movió contra la pared del coño mientras me lamía y yo no tardé en correrme. Fuerte. Cerré los muslos sobre su cabeza y le tiré del pelo y me corrí en su boca apretando los dientes para no gritar tan fuerte que se oyera desde la calle.

Subió hasta mi cara con la barbilla brillante. Lo besé entera.

—Métemela —le dije con la voz rota—. Ahora.

—¿Estás segura?

—Métemela, Matías. Méteme tu polla.

Lo guié con la mano. Le apoyé el glande contra la entrada del coño y noté cómo empujaba. Entró despacio, abriéndome, llenándome poco a poco. La tenía grande de verdad. Me costó tomarla entera. Cuando por fin estuvo del todo dentro de mí escuché su respiración cambiar por completo.

—Joder, mamá. Estás muy estrecha.

—Y tú la tienes muy gorda. Muévete.

Se quedó quieto un momento, como asimilando la sensación. Después empezó a moverse. Fue torpe al principio, como es siempre la primera vez, con ese ritmo irregular de quien todavía no conoce el cuerpo del otro. Pero encontró el ritmo solo, sin que yo le dijera nada. Y cuando lo encontró, todo lo demás se ordenó.

Empezó a embestirme en serio. A clavármela hasta el fondo y a sacarla casi entera y a volver a metérmela de un golpe. La cama crujía contra la pared. Yo le clavé las uñas en la espalda y le abrí más las piernas para que entrara mejor.

—Así. Así. Más fuerte.

—¿Te gusta cómo te folla tu hijo, mamá?

—Me encanta, joder. Más fuerte. Pártemelo.

Me agarró las piernas y me las puso sobre sus hombros. Se inclinó hacia adelante, doblándome casi por la mitad, y empezó a embestirme desde arriba con la polla entrando hasta lo más hondo. Yo gemía abiertamente ya. No me molestaba en disimularlo. Lo miraba a la cara mientras me la metía y veía cómo le brillaban los ojos, cómo apretaba los dientes, cómo se mordía el labio inferior para concentrarse.

En algún momento me giró sin sacármela del todo. Quedé encima de él a horcajadas y tomé el control. Vi su cara desde arriba, los ojos entrecerrados, la expresión concentrada de alguien que está intentando sostenerse. Le apoyé las manos en el pecho y empecé a moverme yo. Subía hasta dejarle solo el glande dentro y volvía a bajar de golpe hasta sentarme entera. Las tetas me rebotaban delante de su cara. Él me agarró una con la mano y se metió el pezón de la otra en la boca.

—Mírame —le dije.

Levantó los ojos hacia los míos sin soltar la teta.

—Soy tu mamá. Y me estás follando.

—Eres mi mamá. Y eres mía.

Me agarró por las caderas y me empujó hacia abajo con cada movimiento, ayudándome a clavármela hasta el fondo. Me incliné hacia adelante y le besé en la boca mientras seguía moviéndome encima de él. Le mordí el labio. Él me dio una palmada en el culo. Me la dio fuerte. Volvió a darme. Yo me reí contra su boca.

Lo miré a los ojos cuando llegó al límite. Lo sostuvo todo menos la respiración, que escapó en un largo sonido desde muy adentro.

—Me voy a correr, mamá. Me voy a correr.

—Dentro. Córrete dentro de mí.

—¿Seguro?

—Dentro, Matías. Lléname.

Sentí sus manos aferrarse a mis caderas con fuerza por primera y única vez antes de que descargara. Lo noté palpitar dentro de mí, chorro tras chorro, llenándome el coño de semen caliente. Yo seguí moviéndome despacio sobre él, ordeñándolo hasta la última gota, hasta que él tuvo que pedirme que parara porque ya no aguantaba la sensibilidad.

Me dejé caer sobre su pecho con la polla todavía dentro de mí. Sentí cómo se le iba ablandando dentro y cómo el semen empezaba a escurrírseme por los muslos hasta la sábana.

***

Después estuvimos callados un rato largo.

Yo apoyé la cabeza en su pecho y escuché cómo su corazón volvía a un ritmo normal. Él tenía un brazo rodeándome los hombros, sin decir nada. Su mano libre me recorría la espalda despacio, del cuello al culo, una y otra vez. Afuera, el barrio seguía igual que antes.

—¿Estás bien? —le pregunté al final.

—Sí —dijo—. Muy bien.

—¿Era lo que te imaginabas?

—Era mejor.

Le sonreí contra el pecho. Notaba que se le estaba volviendo a poner dura debajo de mi muslo. A los dieciocho años se recupera rápido. Bajé la mano y se la agarré.

—¿Otra vez? —pregunté.

—Si tú quieres.

—A esta hora no vas a estudiar nada más.

—No pensaba estudiar.

Me coloqué a cuatro patas sobre la cama y giré la cabeza para mirarlo por encima del hombro. Le enseñé el culo abierto, el coño todavía chorreando de su semen. Vi cómo se le ponía dura del todo en cuestión de segundos.

—Entonces ven aquí y termina lo que empezaste —le dije.

Y vino. Se colocó detrás de mí y me la metió de una sola embestida, hasta el fondo, y me agarró del pelo y me embistió como si llevara años queriendo hacerlo. Y a lo mejor era cierto.

No sé qué cambia después de algo así. No sé si algo cambia, o si es que todo cambia de golpe y uno no se da cuenta hasta mucho después. Sé que esa noche dormí en su cuarto, con su polla todavía dentro de mí. Sé que a la mañana siguiente el café me lo preparó él, sin que yo se lo pidiera, y lo dejó en la barra con un gesto tranquilo. Sé que me lo bebí desnuda en uno de los taburetes mientras él me miraba las tetas desde el otro lado de la barra y se le marcaba la polla otra vez bajo el pantalón del pijama.

Me la chupé ahí mismo, en la cocina, antes de que se fuera a la facultad. Y me corrí esa tarde sola pensando en cómo me la iba a meter cuando volviera.

No lo sé explicar de otra manera.

Solo sé que entre nosotros hay algo que no existía antes. Y que los dos sabemos perfectamente qué hacer con eso.

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3.8(50)

Comentarios(8)

MaeraX

increible relato, me dejo sin palabras!!

LucasBsAs

Por favor continua!!! quede con tantas ganas de saber como termina todo esto

PatriZR

Que tension tan bien lograda, lo leia con el corazon acelerado. Muy bueno

TaxiLector

Me recordo a situaciones que uno prefiere no contar jaja pero el relato es muy bueno, bien escrito y con mucha carga emotiva. Gracias por animarte a publicarlo

RaulMx22

como describis ese momento de confusion y atraccion al mismo tiempo... es brillante. esperando la segunda parte!!

NoraLect

Lo prohibido siempre tiene ese peso especial. El relato lo transmite perfecto. Sigue escribiendo!

FedeFG

muy bueno, se hizo cortisimo

CamiloBaires

tremendo. una de las mejores cosas que lei en mucho tiempo por aca

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