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Relatos Ardientes

Lo que pasó antes de entrar al cuarto esa noche

Eran casi las once y media y yo seguía de pie en el pasillo, descalza, con el pijama de algodón puesto y los ojos cerrados. No tenía sueño. Había sido un día largo —clase de natación, cumpleaños en el parque, un estallido de llanto en el supermercado— y los tres niños habían caído rendidos en nuestra cama como siempre que pasa algo así. Martín estaba cerrando la cocina. Yo me había quedado ahí, frente a la puerta cerrada de nuestra habitación, esperando algo que todavía no sabía nombrar.

Lo escuché subir la escalera. Primero el crujido del tercer escalón, que lleva tres años prometiendo arreglar, y después el silencio del resto del tramo porque ya camina sin apoyar el talón. Me quedé donde estaba, con los brazos cruzados sobre el pecho y la frente pegada a la madera. Si me giro, se rompe algo, pensé. Que venga él.

Vino. Me abrazó por detrás sin decir nada, con los dos brazos cerrados sobre mi abdomen. Me besó debajo de la oreja, en ese punto que él conoce de memoria y que yo finjo que no sabe que me desarma. Yo levanté los brazos, los llevé hacia atrás y le crucé las manos en la nuca, y él aprovechó la postura para seguir bajando la boca por mi cuello.

—¿Todavía despierta? —susurró.

—No me podía dormir.

No preguntó más. Los besos dejaron de ser besos y empezaron a ser otra cosa: abría un poco la boca, me dejaba el aire caliente en la piel, volvía a cerrar. Yo sentía cómo la nuca se me erizaba y cómo el pijama, de pronto, pesaba más. Me costaba respirar despacio.

Las manos le subieron de la cintura al pecho sin pedir permiso. Yo no llevaba sujetador —nunca lo llevo para dormir— y esa camiseta fina de algodón no esconde nada. Tengo los pechos grandes, pesados, y los pezones se me ponen duros enseguida. Él me los tomó desde abajo, como cuando quiere abarcarlos enteros, y apretó. Un apretón firme, sin prisa, con las palmas enteras.

Me mordí el labio. Sentí cómo los pezones se endurecían contra la tela en dos segundos exactos.

—Shhh —me dijo al oído, aunque yo no había hecho ningún ruido.

El aviso me puso peor. Los niños estaban del otro lado de esa puerta, los tres amontonados en nuestra cama, y cualquier ruido los podía despertar. Eso lo sabíamos los dos. Y los dos, en vez de separarnos, nos metimos más adentro del silencio.

Las yemas de sus dedos encontraron mis pezones a través del algodón. Los pellizcó con cuidado al principio, apenas un roce, y después con un poco más de firmeza. Uno de los dos pezones lo estiró hasta que la camiseta se levantó unos centímetros, y yo tuve que apoyar las dos manos contra la puerta para no caerme hacia adelante.

Empecé a notar el calor entre las piernas como algo urgente. Las bragas ya no estaban solo tibias. Estaban mojadas. No había pasado ni cinco minutos.

Metí la mano derecha por debajo de mi propia camiseta. Quería sentirme la piel, el latido, lo que estaba pasando. Él lo interpretó como una invitación —o como un permiso— y siguió con los suyos también por debajo de la tela, sin dejar un centímetro sin pasar. Me rodeó las areolas con los dedos despacio, dando vueltas lentas, como si estuviera dibujando algo. Los pezones reaccionaron a cada círculo. Yo arqueé un poco la espalda y el culo se me fue hacia atrás sin que yo se lo pidiera.

Ahí estaba él. Duro. Contra mí.

Apreté la cadera contra la suya para sentirlo mejor por encima del pantalón de pijama, y él me devolvió el movimiento con un empuje corto. No era la primera vez que hacíamos algo así en el pasillo, pero hacía mucho que no pasaba. Entre los turnos de trabajo, los niños, las cenas con la familia, la lavadora siempre puesta, uno va perdiendo esto. Lo habíamos ido perdiendo sin saber desde cuándo. Y ahí, en tres minutos, había vuelto.

Con una mano él me seguía amasando un pecho. Con la otra, bajó. Me acarició la tripa con la mano abierta, sin apurarse, y siguió bajando hasta la cinturilla del pantalón.

Yo fui más rápida. Yo ya tenía la mano ahí, frotándome por encima de la ropa, buscando el punto exacto del clítoris a través del algodón. Al principio no apretaba, solo rozaba. Después empecé a presionar con los dedos planos, haciendo círculos cortos. El pijama estaba mojado por fuera, se notaba al tacto.

Él se dio cuenta, claro. Soltó un sonido corto, casi una risa ronca contra mi oreja, y me bajó el pantalón de un tirón suave hasta la mitad del muslo. Se quedó ahí, enganchado. Me agarró las bragas por detrás y me las metió por la raja del culo, tirando un poco de ellas hacia arriba. Me cortaba el aliento que me las dejara así, apretadas. Yo sigo depilándome entera desde hace años, no tengo nada de pelo ni en el monte ni en los labios, y él lo sabe, pero cada tanto todavía me recorre con los dedos como para confirmarlo.

Seguí frotándome por encima de las bragas. Estaban tan empapadas que se transparentaba todo, hasta la raja del coño. Apoyé la frente en el brazo izquierdo contra la puerta, cerré los ojos con fuerza y me concentré en no gemir. El clítoris lo tenía hinchado. Lo notaba grande, palpitando, y cada vez que pasaba el dedo por encima me llegaba un latigazo al bajo vientre.

Aparté un poco la tela de las bragas con el índice y el mayor. Mojé los dedos en la entrada —estaba chorreando, literal—, subí la humedad hasta el clítoris y empecé a trazar círculos más firmes, ya con lubricación. Tuve que apretar las piernas para no hacer ruido.

Entonces él se arrodilló.

No lo vi. Lo sentí. La respiración cambió de sitio: dejé de notarla en el cuello y empecé a notarla muy abajo, en la curva del culo. Dos manos grandes me abrieron las nalgas con firmeza pero sin brusquedad. Después otras dos me separaron también los labios del coño, abriéndome por completo. Yo no me atreví a moverme.

El primer contacto fue un dedo. Entró sin resistencia, hasta el fondo. No me costó nada porque estaba empapada. Lo sacó despacio, lo deslizó hacia el clítoris con una presión ligerísima —un toque de nada, como un aviso— y volvió a la entrada. La segunda vez entraron dos. Yo abrí más las piernas por instinto, aunque el pantalón me lo impedía a la altura de los muslos.

—Más —susurré. No dije nada más. Ni siquiera sé si me oyó. Creo que sí.

Movió los dedos con calma, curvándolos hacia adelante, tocando exactamente el punto que tenía que tocar. Con la otra mano me apretó una nalga entera y me dio un mordisco suave en la otra, tan suave que fue más un beso con dientes que otra cosa. La mezcla de las dos sensaciones —los dedos dentro, la boca en el culo— me hizo temblar las rodillas.

Subió el ritmo. Entraba y salía más rápido, los dedos brillantes de mí. Yo volví a llevarme la mano al clítoris. Me lubriqué de nuevo con la humedad que había bajado por los labios y empecé a frotarme en serio, sin cuidado, porque ya no podía esperar. Lo que no quería era acabar todavía. Quería estirarlo.

Mi mano y la suya se rozaron. Él paró un segundo, me tomó los dedos y los metió junto a los suyos dentro de mí. Cuatro dedos. Dos míos, dos suyos. Los movimos los dos a la vez, despacio, sincronizados. Nunca habíamos hecho eso. O no lo recordaba. La sensación era rara y era perfecta. Me empezaron a pesar los párpados de puro placer.

—Me voy a correr —dije sin voz.

—Todavía no.

Sacamos los dedos los dos a la vez. Yo me quedé con la mano en el clítoris. Él volvió a abrirme las nalgas y me pasó la lengua, plana, larga, desde el ano hasta donde podía llegar. Me temblaron las piernas de verdad. No me esperaba el lametón ahí, no así. Solté la puerta con la mano izquierda y me tapé la boca con ella, rápido, porque casi se me escapa un ruido.

Volvió a meterme los dedos —dos otra vez— mientras seguía con la lengua recorriendo todo lo que tenía delante. Era un desorden. Estaba todo mojado, la cara de él, mis muslos, mis dedos, la tela del pijama colgando a la altura de los muslos. Yo apreté los ojos. Los niños, del otro lado de la puerta. La puerta, en mi frente. Él, abajo, trabajándome sin piedad.

Se metió por completo entre mis piernas. Hasta donde lo dejaban el pantalón y la postura. Me empezó a lamer el clítoris directamente mientras los dedos seguían dentro, moviéndose con un ritmo más firme, más hondo. Le solté la mano de mi boca y le agarré la cabeza. Lo apreté contra mí. Empujé la cadera hacia su cara.

Aceleró. Succionó, sin dejar los dedos quietos. Yo movía las caderas sola, estaba fuera de mí. Me solté una mano del pelo de él y me pellizqué un pezón con fuerza, con las uñas. El otro también. No podía gritar. No podía gemir. Solo podía apretar los dientes y aguantar.

Las piernas me fallaron dos veces. A la tercera no aguanté más. Levanté la cabeza, busqué el techo con la mirada, solté un gemido ahogado contra mi propio hombro y me corrí. Duró mucho. Mucho más que otras veces. Sentí el orgasmo en oleadas, una tras otra, y él siguió abajo hasta que tuve que apartarle la cabeza porque ya no podía más, porque todo me daba corriente, porque si seguía un segundo me iba a desarmar ahí mismo.

Se puso de pie despacio. Me subió las bragas, me subió el pantalón, me acomodó la camiseta con una ternura que no tenía nada que ver con lo que acababa de pasar. Me dio la vuelta.

Le besé. Lo besé largo, con los ojos cerrados, con sabor a mí en su boca. Le puse las dos manos en la cara.

—Gracias —le dije en voz muy baja.

—Otro día me toca a mí —contestó, con esa sonrisa de medio lado que le sale cuando sabe que ganó.

—Otro día.

Me quedé un segundo más con la frente pegada a la suya. Después abrí la puerta de la habitación despacio, con mucho cuidado, y entramos en silencio. Los tres niños seguían durmiendo amontonados como cachorros en el centro de la cama. Nos metimos cada uno por un lado, sin hacer ruido, con las luces apagadas. Me dormí casi al instante, con el pijama todavía oliendo a él.

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Comentarios (8)

gaston

que bueno!!! me dejo con ganas de mas

CuriosaRosario

La tension desde la primera linea es increible. Por favor que haya segunda parte!!

Miguelin77

Me recordo a algo que me paso hace unos años, esa angustia de no poder hacer ruido... lo describis perfecto. Seguí escribiendo

LunaCordoba

tremendo, muy bien narrado

SofiaKV

Lo leí de corrido y quede con ganas de saber que pasó despues. Tan corto y tan intenso a la vez. Esperando la continuación!

PatricioR7

¿hay segunda parte? quedé re enganchado jaja

alternativo360

La forma en que lo contás te mete directo en la situación. Sin rodeos, sin relleno. Asi me gustan los relatos.

Nati_Rosario

me hize tarde en el laburo leyendo esto jajaja. valió la pena

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