Le confesé a mi marido lo que hice con su hermano
Iván tenía la respiración aún agitada bajo la luz anaranjada que se filtraba desde la calle. Yo descansaba la cabeza sobre su hombro, sintiendo el rastro espeso de su semen chorreándome perezosamente entre los muslos, resbalando por el pliegue de la ingle hasta manchar la sábana. Disfrutaba ese silencio pegajoso de después de follar, con el coño todavía palpitando y las tetas coloradas por sus mordiscos. Hasta que él lo rompió.
—No dejo de pensar en Hugo.
Levanté la barbilla buscando sus ojos. Desde la famosa noche de tormentas, el nombre de su hermano había sido un tabú en nuestra cama. Habíamos acordado que aquel trío fue una concesión única, un exorcismo para curar la obsesión que mi cuñado tenía conmigo. En los meses posteriores, Hugo se había comportado como un perfecto caballero.
—Se ha portado bien —murmuré con cautela—. No te ha dado motivos.
—Para el resto del mundo, no. Pero yo soy tu marido. Sé exactamente dónde mirar. He visto cómo te devora cuando cree que nadie le observa. Aquella noche no lo curó. Solo le enseñó a qué sabías.
Su mano descendió por mi espalda hasta atrapar mi cadera con una posesividad nueva, hundiéndome los dedos en la carne del culo.
—Le di mi palabra —le recordé—. Aquella sería la última vez.
—Lo sé. —Guió mi mano hacia abajo, obligándome a envolver su polla con los dedos. La verga, que apenas diez minutos antes se había vaciado dentro de mí, volvía a hincharse a una velocidad pasmosa contra mi palma, todavía resbaladiza por los restos de su corrida anterior—. Pero no sabes cuánto me enciende imaginar lo que haría a solas contigo. Sin mí marcando los límites. Pensar en cómo te suplicaría que le dejaras metértela… me vuelve loco.
Apreté el agarre, cerrando el puño alrededor del tronco y deslizándolo con lentitud calculada, sintiendo cómo cada vena volvía a marcarse bajo mis dedos. Con el pulgar acariciaba el glande empapado, extendiendo la gota gruesa que ya asomaba por el meato. Mi cerebro, mientras tanto, trabajaba a mil por hora.
Iván ardía por una fantasía basada en una suposición. Lo que ignoraba era que yo no tenía que imaginar nada. Sabía exactamente cómo se había rendido Hugo a mis pies aquella tarde frente al ordenador, desnudo y desesperado, escupiéndome chorros de semen sobre los empeines. Sabía el éxtasis que le desfiguró el rostro la mañana de la vasectomía, cuando le hice una felación en la habitación de invitados aprovechando que su hermano había salido al pasillo, solo para dejarlo a medias con la polla babeando pre-semen y las pelotas hinchadas. La excitación palpable de mi marido acababa de entregarme la llave perfecta para soltar aquellos secretos.
Me deslicé bajo las sábanas y le engullí la polla entera de un solo golpe, sintiendo cómo la punta me chocaba contra el fondo del paladar. Comencé a mamársela con una lentitud exasperante, subiendo y bajando la cabeza con la boca completamente abierta, dejando que hilos gordos de saliva se le escurrieran por los cojones y le empaparan el perineo. Le lamí el tronco de arriba abajo, cerrando los labios sobre la corona y succionando con las mejillas hundidas hasta arrancarle un gemido. Le atrapé los testículos con la otra mano, apretándoselos con calculada crueldad, mientras aceleraba el ritmo hasta que noté cómo el escroto se le tensaba y se le encogía contra el cuerpo. Cuando le sentí a punto, ralenticé y volví a la lentitud litúrgica, alargando el suplicio, hasta que por fin le concedí el segundo clímax vaciándoselo directamente en la garganta. Tragué cada chorro sin apartar los ojos de los suyos, saboreando el sabor salado y espeso que me revestía la lengua. Luego me levanté de la cama y deslicé el camisón de seda por mis hombros con parsimonia.
—Eres insaciable. Pero le di mi palabra a Hugo. No voy a romperla porque a mi marido le apetezca jugar a los espías.
Lo dejé exhausto, con la miel en los labios y la semilla del morbo plantada. Cocinarlo a fuego lento era exactamente lo que necesitaba.
***
Cuatro días después, mientras él revisaba unos correos en el sofá, dejé caer la primera piedra.
—¿Te has dado cuenta de la fecha que es este viernes?
Levantó la vista con esa confusión típica de los maridos ante una pregunta trampa.
—Veinte años desde que me atreví a besarte por primera vez.
Me senté a horcajadas sobre sus muslos.
—He alquilado un apartamento. Apenas a media hora bordeando la costa. Aislado.
—Suena perfecto.
—Lo es —ronroneé, inyectando una gota de veneno dulce a mi voz—. Sobre todo porque el tabique lateral de la estancia no es de ladrillo. Es un espejo espía. Un cristal de una sola cara que oculta una pequeña habitación secreta.
Las manos de Iván se congelaron en mis caderas.
—Vera... —susurró, ronco.
—Tú llegarás primero. Te encerrarás a oscuras. Y desde allí me verás abrir el vino y preparar la cena. Y nos verás a tu hermano y a mí.
El aire pareció abandonarle los pulmones.
—¿Estás hablando en serio?
Asentí, bajé de su regazo, cogí el móvil y marqué el número de Hugo. Activé el altavoz. Iván se inclinó hacia delante, devorando el aparato con la mirada.
—¿Vera? —resonó la voz profunda y tranquila al tercer tono.
Transformé el registro al instante: nervios, prisa, súplica. Le conté que quería darle una sorpresa de aniversario a su hermano, que Marta me había dejado tirada con una urgencia médica. Hubo un par de segundos de silencio. Yo sabía lo que pensaba: era un entorno seguro, una misión familiar, una excusa perfecta para sentirse útil.
—No te preocupes. Pásame la ubicación.
Corté la llamada. Iván tenía los ojos brillantes y la respiración desbocada. El cebo estaba puesto.
***
El apartamento me recibió con olor aséptico de sitio recién limpiado. Dejé la mochila pesada sobre la cama y me planté frente al cristal lateral. Una presencia casi intimidante. Busqué la hendidura disimulada en el marco de madera. El panel se deslizó sobre un riel silencioso.
Iván ya estaba allí, vestido completamente de negro, fundido con las sombras. Me agarró por la cintura y me besó con una urgencia eléctrica.
—Pase lo que pase ahí fuera, no se te ocurra abrir este panel. Ni un solo ruido.
La sonrisa que se dibujó en su rostro fue toda la respuesta que necesitaba. Cerré el espejo con un leve clic metálico y me giré hacia mi propio reflejo. Saberlo a centímetros, escrutándome desde la oscuridad, me provocó un vértigo embriagador que me humedeció las bragas al instante.
Preparé los medallones, encendí la campana extractora, abrí el vino. El timbre sonó justo cuando había terminado de armar el escenario.
Hugo cruzó el umbral con vaqueros oscuros y la camisa remangada. Le serví una copa, le señalé las guirnaldas y, mientras él las colgaba sobre el ventanal, fui tejiendo la red con anécdotas de cuando Iván y yo éramos críos. Sus defensas morales estaban completamente bajas.
—Las luces están listas.
—Perfecto. Voy a darme una ducha rápida. ¿Te importaría darle vueltas a la salsa? A Iván aún le queda hora y media en el tráfico.
Le entregué la cuchara y caminé hasta la cama. Saqué el neceser de la mochila negra con lentitud deliberada, asegurándome de dejar la cremallera abierta de par en par antes de encerrarme en el baño.
Encendí el agua, me desvestí, pero no me metí en la mampara enseguida. Apoyada contra la puerta, dejé pasar el tiempo, imaginando los movimientos de Hugo al otro lado. Su mirada recaería irremediablemente sobre la mochila abierta sobre la cama.
Había organizado el contenido con crueldad milimétrica. Arriba: un conjunto de encaje negro abierto en la entrepierna. Debajo, asomando: la réplica de silicona oscura de treinta centímetros que él ya conocía por las carpetas ocultas de nuestro ordenador. Y al fondo, un masturbador masculino de silicona transparente y un tubo de lubricante con efecto calor.
Me duché con una lentitud litúrgica, perfumándome para él. Para su hermano. Esa consciencia detonó algo profundo en mi interior. Bajo el chorro de agua caliente, no pude evitar deslizarme dos dedos entre los labios del coño y sentir cuánto ya me chorreaba, imaginando la escena que estaba a punto de montar.
Cuando salí, envuelta apenas en una toalla y un turbante, la cremallera de la mochila estaba perfectamente cerrada. Había picado.
Hugo seguía aferrado a la cuchara como a un salvavidas, con un rubor que le trepaba por el cuello hasta la mandíbula. Disimulaba fatal el bulto que le tensaba la bragueta.
—Me asfixio —comenté caminando al espejo lateral—. El baño se ha vuelto una sauna.
Y sin un ápice de sensualidad fingida, dejé caer la toalla. Deshice el turbante. Totalmente desnuda frente al cristal, fingí naturalidad de amiga íntima.
—Vaya cabeza. Me he dejado el secador.
Crucé el salón sin prisa, balanceándome. Una exposición deliberada para que tanto la sombra de mi marido como los ojos congestionados de mi cuñado pudieran repasar cada curva, las tetas colgando pesadas con los pezones ya endurecidos, la raja del culo abriéndose y cerrándose a cada paso.
Me sequé el pelo con movimientos amplios. A través del reflejo, Hugo había abandonado la salsa. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, él desviaba la vista con pánico. Y yo, de vez en cuando, clavaba mis pupilas en la negrura del cristal, sosteniendo la mirada invisible de Iván.
Apagué el secador y dejé caer la primera estocada con un tono burlón.
—Hugo, si sigues batiendo esa reducción, vas a montarla a punto de nieve.
Dio un respingo. La cuchara chocó contra el metal.
—Yo... eh... perdona.
Me eché a reír.
—No me digas que a estas alturas te va a dar vergüenza verme desnuda.
—No, no es eso, Vera. Me ha pillado por sorpresa.
Fingí preocupación.
—Si te incomoda, cojo mis cosas y me visto en el baño. No le había dado importancia, con la confianza que hay...
—¡No! No, no hace falta. Quédate.
Sonreí con suspiro de alivio y empecé a hidratarme. Doblé la cintura hacia delante para extender la crema por las piernas, empujando las caderas hacia atrás y ofreciéndole una vista completa y sin filtros de mi coño depilado y del ojo del culo enmarcado entre las nalgas. Escuché su respiración cortarse.
—Necesito que me ayudes a salir de dudas sobre unas cositas que he pensado para esta noche.
Caminé desnuda hasta él, le agarré de la mano y tiré con la misma ilusión con la que arrastraría a una amiga hasta su probador. Le di un suave empujón en el pecho para sentarlo en el borde de la cama y me giré hacia la mochila.
—Anda, qué apañado. Yo juraría que la había dejado abierta de par en par.
A través del reflejo del armario lo vi palidecer. Acababa de confirmarle que sabía que había estado husmeando.
Saqué el conjunto de encaje y lo sostuve frente a mi cuerpo desnudo, a la altura exacta donde debían ir.
—¿Qué te parece? Lo compré con prisa, ni siquiera me lo probé.
—Es... muy bonito —logró articular, dos octavas más grave.
—Voy a ver cómo queda puesto.
Me lo enfundé delante de él. El encaje carecía por completo de tela en la entrepierna: dos tirillas enmarcaban los labios de mi coño, dejándolo perfectamente expuesto y ya visiblemente brillante de humedad. Di una vuelta lenta, separando ligeramente las piernas, y me planté frente a él.
—Ahora la segunda duda. La que más me preocupa.
Volví a la mochila. Saqué el inmenso consolador negro por los testículos de silicona y lo dejé caer sobre la colcha con un golpe sordo que hizo botar la tela. Hugo se había girado de espaldas para no ver, pero usaba el cristal como retrovisor. Vi cómo sus ojos se posaban sobre el reflejo del juguete. Un destello de innegable familiaridad cruzó sus pupilas.
—Por cómo te le has quedado mirando, juraría que acabas de reencontrarte con un viejo conocido.
Tragó saliva.
—Es... el de las fotos de las carpetas ocultas de vuestro ordenador. De las que vimos aquella tarde en el despacho.
Bingo. Confesión limpia, directa, servida en bandeja de plata para que la sombra silenciosa al otro lado del cristal la devorara.
Saqué el masturbador transparente y, con los dedos índice y corazón, separé el borde ondulado de silicona despacio, exactamente con el mismo gesto que usaría para abrir unos labios menores. Sus ojos cayeron como imanes.
—Me han jurado que es el mejor del mercado, pero la entrada la veo súper estrecha. Y tú tienes bastante más envergadura de polla que Iván. ¿Te importaría probarlo? Si a ti te resulta cómodo, sé que a tu hermano le irá perfecto.
Apartó la vista con brusquedad.
—Vera, no. Para. No me puedes hacer esto.
Se pasó las manos por la cara. Cuando volvió a mirarme, sus ojos cargaban una mezcla de desesperación y reproche legítimo.
—Me obligaste a prometer que aquella sería la última vez. Y yo lo he cumplido. Y ahora te paseas medio desnuda y me pides que pruebe ese trozo de silicona para hacerle un control de calidad a un juguete que vas a usar con tu marido. Es exactamente igual que la mañana de la vasectomía. Te aprovechaste de la confianza ciega de Iván, que se quedó tan tranquilo en el salón mientras nos dejaba a solas. Acariciaste mi glande con parsimonia para provocarme una nueva erección, solo para arrodillarte y capturarme con tu boca, tragándote mi polla entera y testando tus límites como si fuera un experimento. Y en cuanto obtuviste tu confirmación, te marchaste relamiéndote los labios y dejándome empalmado, con los cojones a punto de reventar.
Sus palabras resonaron en el salón como una sentencia. Al otro lado del cristal, mi marido acababa de recibir el impacto directo de la verdad.
No me puse a la defensiva. Esbocé una sonrisa suave.
—Tienes razón. Aquel día fui egoísta. Pero los dos sabemos que mi curiosidad venía de antes, de la tarde del despacho. Desde el momento en que terminaste corriéndote entre mis pies, dejándome los empeines pegajosos con tu semen, no pude quitarme de la cabeza cómo tendría que hacer para metérmela en la boca. Te pido perdón.
Di un paso hasta que mis rodillas rozaron la tela de su pantalón.
—Pero te equivocas en una cosa. Yo no te estoy torturando ahora. Eres tú. Te he pedido un favor con un trozo de plástico y, en lugar de negarte con naturalidad, has estallado. Llevas meses fingiendo ser el cuñado intachable, y esa promesa te asfixia. Si de verdad quieres seguirlo siendo, levántate y sal por esa puerta. Pero si no piensas marcharte, coge el juguete y ríndete.
El silencio fue denso. Vi cómo la tormenta de su mirada se apagaba, sustituida por el brillo febril de la rendición. Lentamente, alzó la mano y tomó el masturbador.
***
Lo guié hasta una silla del comedor que orienté de perfil al cristal espía. Aquello era una obra de arte voyeurista: Iván tenía ahora un encuadre limpio del flanco entero de su hermano. Le ordené que se desnudara. Cuando se bajó los vaqueros y los calzoncillos de una sola vez, la polla le saltó hacia arriba con tal violencia que le golpeó el ombligo, tan gorda y tan enrojecida que la piel del glande parecía a punto de rasgarse. Era, de hecho, sensiblemente más grande que la de mi marido: más gruesa, más venosa, con unos cojones pesados y colgantes cubiertos de un vello negro y espeso.
Se me hizo la boca agua contra mi voluntad. Vertí el lubricante de efecto calor en la abertura del juguete y observé cómo el líquido resbalaba por las paredes internas.
—Vera... —me interrumpió con la voz ronca—. Por favor. Quítate el sujetador.
Me lo desabroché sin sensualidad y le entregué el frasco y el juguete con una orden de empezar. Mis tetas quedaron a la altura de sus ojos, oscilando pesadamente cada vez que respiraba.
—Enséñame cómo se usa. Quiero replicarlo luego con tu hermano.
El golpe psicológico chocó de frente con su desesperación. Hugo se entregó. Apretó la mandíbula, se agarró la polla por la base y encajó la punta contra la abertura de silicona. Con un jadeo entre dientes, empujó hacia abajo. La transparencia del material nos permitía observar cómo la silicona devoraba su carne milímetro a milímetro, cómo el borde ondulado se abría para tragarse la cabeza gruesa y cómo el tronco iba desapareciendo entre las paredes lubricadas que se ceñían a él. Cuando llegó al fondo, la base del tubo besó el nido de vello negro y él dejó escapar un gemido gutural.
Comenzó a bombear con la muñeca. Los sonidos húmedos que producía la silicona al deslizarse sobre la carne empapada eran obscenos, chapoteos rítmicos que llenaban el silencio del apartamento.
Comencé a masajearme los pechos sin disimulo, atrapando los pezones entre índice y pulgar, retorciéndolos y estirándolos hasta ponerlos rígidos bajo su mirada hipnotizada. Los pellizqué hasta hacerme daño, arqueando la espalda, ofreciéndoselos como si fueran fruta madura. Después dejé caer una mano hasta mi coño y comencé a acariciarme el clítoris con la yema del dedo corazón, dibujando círculos lentos que fueron acelerando hasta convertirse en un frotamiento frenético, mientras la otra mano se hundía dos dedos hasta los nudillos, entrando y saliendo con un chapoteo que rivalizaba con el suyo.
Saqué el consolador negro y, recostada sobre el codo con las piernas abiertas de par en par frente a él, le regalé una felación ostentosa al juguete. Abrí la boca al máximo y me clavé la cabeza de silicona hasta la garganta, dejando caer hilos espesos de saliva sobre el tronco oscuro. Retrocedí solo para volver a engullirlo, más profundo esta vez, provocándome arcadas ruidosas que me llenaron los ojos de lágrimas y me hicieron babear sobre las tetas. Sacaba el consolador brillante, lo lamía desde los testículos de silicona hasta la punta con la lengua bien plana, y volvía a metérmelo hasta el fondo, mirándole fijamente. Le mostraba la entrega que él se estaba perdiendo por culpa de aquel aséptico tubo transparente.
Con la otra mano me abrí los labios del coño, exponiéndolo entero, y hundí la punta del consolador entre ellos. Lo empujé hacia dentro con una lentitud lasciva, gimiendo mientras la silicona negra desaparecía centímetro a centímetro entre mi carne rosada. Empecé a follarme con él sin apartar los ojos de Hugo, subiendo y bajando el juguete con violencia, salpicando la colcha con los hilos que me chorreaban por la raja del culo.
—¿De verdad ese cacharro te hace sentir todo esto? —le supliqué, con los ojos llorosos por el esfuerzo y la barbilla brillante de saliva—. ¿Ese trozo de plástico frío te da lo mismo que este coño empapado?
Su rendición fue absoluta. Soltó el juguete —la polla le salió con un chasquido húmedo, tensa y goteando de lubricante— y se lanzó sobre mí, tirándome de espaldas sobre el colchón y hundiendo el rostro entre mis piernas con un cunnilingus atropellado, voraz. Su lengua me recorrió la raja entera, de arriba abajo, con toda la anchura, sin pudor. Me chupó los labios uno por uno, los mordisqueó con delicadeza, y después clavó la lengua directamente sobre el clítoris, azotándolo a golpes rápidos mientras dos de sus dedos gruesos se hundían en mi interior hasta los nudillos y me buscaban el punto exacto. Era un hombre muerto de sed al que por fin le permitían beber, y bebía con la desesperación acumulada de meses. Sus gemidos apagados vibraban directamente contra mi carne. Le agarré del pelo con las dos manos, restregándole la cara contra el coño, cabalgándole la boca. El orgasmo me reventó por dentro como un latigazo, arqueándome la columna, arrancándome un grito ronco mientras mis paredes atrapaban sus dedos en espasmos rítmicos y le empapaba la barbilla con una nueva oleada de flujo.
Me quedé unos segundos temblando, con los muslos aún cerrados sobre sus orejas, y después lo aparté con firmeza. Todavía no había terminado con él.
Lo coloqué de pie frente al espejo y me arrodillé entre sus piernas. Sin perder el ángulo que Iván tenía desde la oscuridad, le rodeé la base de la polla con una mano y le pasé la lengua desde los cojones hasta el frenillo en un lametón lento y meticuloso. Cerré los labios sobre el glande, succioné hasta hundir las mejillas, y comencé a bajar hasta que noté la punta hincharme la garganta. Retrocedí, tragando aire por la nariz, y volví a empalarme con más ganas, hasta que la nariz me chocó contra el vello de su pubis. Se me escaparon las babas por las comisuras, cayendo en hilos gordos sobre sus testículos.
Alterné mi boca con la silicona, engullendo primero la polla real hasta las lágrimas y después el juguete transparente, comparando con palabras obscenas la calidez húmeda de mi garganta con la frialdad artificial del tubo.
—¿Ves cómo tu polla desaparece en mi boca? —jadeé, con el mentón brillante—. Este trozo de silicona no te va a apretar la garganta así. No te va a chupar los cojones como te los estoy chupando yo. —Le engullí los testículos uno a uno, revoloteándolos con la lengua dentro de mi boca, mientras le masturbaba el tronco resbaladizo con la mano—. Pero tenemos que ser buenos y usar el juguetito, ¿verdad?
Cuando lo sentí al límite, con los muslos temblándole y los cojones encogidos y duros como piedras, le encajé el masturbador hasta el fondo y bombeé sin piedad, con las dos manos, imprimiendo una rotación en la muñeca que le hizo doblarse hacia adelante.
—Ya me has enseñado exactamente la presión que tengo que aplicar para que no se queje —susurré, apretando el cilindro contra la base de su polla, torciéndolo—. Esta noche con tu hermano iré a lo seguro. Le voy a hacer sentir exactamente esto que tú estás sintiendo.
Hugo soltó un rugido ahogado, echó la cabeza hacia atrás y las venas del cuello se le marcaron como cuerdas. Su semen salió disparado en gruesos chorros blancos contra el fondo ciego del tubo, uno tras otro, tantos que perdí la cuenta. La silicona transparente permitía ver perfectamente cómo cada oleada golpeaba el fondo y se acumulaba, densa, con la consistencia de la leche condensada. Seguí bombeando, fascinada, ordeñándolo sin descanso, mientras la fricción convertía aquellos cuajarones en una espuma lechosa que giraba sin derramar ni una gota. Le apreté los cojones vacíos con la otra mano, exprimiéndoselos, hasta que se convulsionó en un espasmo seco de sobrestimulación y me apartó la mano con un jadeo.
Deslicé el juguete con cuidado. Su polla salió aún medio dura, brillante, y el masturbador quedó lleno hasta un tercio con una carga espesa y humeante. Lo dejé sobre la mesa del comedor, en un lugar bien visible, como quien coloca un trofeo.
Lo acompañé a la puerta minutos después, casi desnuda, y le clavé los pechos contra la camisa en un abrazo de despedida demasiado largo. Sentí cómo su polla, todavía sensible bajo el pantalón, volvía a reaccionar contra mi vientre.
***
Cuando giré el mecanismo del espejo, Iván estaba sentado en una banqueta, vestido de cintura para arriba, completamente desnudo abajo. Su polla, enrojecida, tensa y goteando pre-semen por la punta hasta formar un charquito espeso sobre el suelo, delataba que había estado masturbándose durante horas sin permitirse llegar. Los cojones se le veían inflamados, azulados casi, hinchados de retención.
Esperaba encontrar furia. Lo que vi fue vulnerabilidad.
—En el fondo... me lo imaginaba. Atando cabos, había cosas que no me cuadraban. Su distanciamiento desde la vasectomía. La facilidad con la que encontró las carpetas ocultas. Pero me hubiera gustado enterarme de otra manera, Vera.
Me coloqué entre sus piernas hasta encajar su verga hirviendo entre mis muslos empapados. El glande le empujaba directamente contra los labios de mi coño, resbalando por el flujo mezclado con la saliva de su hermano que aún me manchaba la barbilla.
—Te juro que nada estaba planeado aquella tarde —susurré contra sus labios, balanceando suavemente las caderas para restregarle el clítoris contra la longitud de la polla—. Cuando se torció todo, el morbo pudo más que el raciocinio. Quise decírtelo. Pero cuanto más pensaba, más miedo me daba. Tenía pánico de perderte.
—Si hay algo más, este es el momento.
—No hay nada más, mi vida. Te lo prometo.
Lo besé con voracidad, metiéndole la lengua hasta el fondo, hasta que sus dudas se diluyeron en el calor compartido y me devolvió el beso con la misma hambre. Lo senté en el borde de la cama y caminé despacio hasta la mesa del comedor. Mis dedos se cerraron alrededor del tubo transparente cuyo fondo ciego aún custodiaba la densa carga lechosa de su hermano.
—¿Sabes lo más fascinante de este juguete? —ronroneé, arrodillándome entre sus piernas y separándoselas con las manos apoyadas en la cara interna de los muslos—. No vamos a necesitar lubricante. Tu hermano nos lo ha dejado preparado.
Le agarré la polla por la base, sosteniéndosela vertical, y le pasé la lengua desde los cojones hasta la punta en un lametón deliberado y provocador. Después incliné el cilindro bocabajo sobre su corona. El tiempo había transformado el contenido; cayó en dos o tres gruesos cuajarones blancos, pesados, que resbalaron por su tronco hasta enredarse en el vello de su pubis. El frío antinatural sobre la piel ardiente de Iván resultaba obsceno hasta el extremo, y le arrancó un jadeo estrangulado. Esparcí la esencia de su hermano por toda su anatomía con la palma abierta, embadurnándole el glande, los testículos, el perineo, dibujándole círculos alrededor del ano con un dedo resbaladizo hasta lubricarlo a la perfección. La polla le brillaba entera, revestida por la corrida de Hugo.
Encajé el masturbador con lentitud. La cabeza de su verga hendió el borde ondulado y el tubo comenzó a bajar, exprimiendo hacia arriba parte de la semen de su hermano, que rebosó por los bordes y le empapó los cojones. Cuando estuvo hasta el fondo, comencé a bombear con un ritmo firme, con las dos manos.
—Así es exactamente como me ha recomendado tu hermano que mueva la mano —jadeé, imprimiendo la misma rotación que había practicado con Hugo minutos antes—. ¿A ti también te gusta sentir lo mismo que él? ¿Te gusta que la silicona te apriete la polla exactamente donde la exprimí a él? ¿Notas su corrida chapoteándote alrededor?
Con la otra mano le acariciaba los cojones, se los rodaba entre los dedos, y de vez en cuando me inclinaba a lamerle un pezón o a chuparle un dedo, sin dejar de bombear. Iván llevaba demasiado tiempo al borde y no aguantó más de un minuto. Un gemido animal, primitivo, llenó la habitación. Sus caderas se dispararon hacia arriba, embistiendo el tubo. A través de la silicona vi cómo nuevos chorros cálidos salían disparados, mezclándose en un chapoteo caótico con los restos fríos y espumosos de Hugo, creando remolinos blancos y densos que giraban dentro del cilindro transparente como una batidora obscena.
Lo apuré con tirones cortos hasta vaciarlo, hasta que se dobló hacia adelante suplicándome que parara. Me tumbé a su lado, jadeando yo también, y levanté el masturbador inclinado sobre su pecho. La amalgama obscena se derramó en una cascada lenta y pesada sobre su piel, salpicándole los pezones, encharcándosele en el ombligo, escurriéndose por los costados hasta manchar la sábana.
Patiné dos dedos sobre su piel, dibujando ochos invisibles, mezclando la esencia de los dos hermanos en una sola pátina viscosa que le brillaba de las tetillas al bajo vientre. Recogí un buen pegote con el índice y el corazón, dejándolos empapados y chorreantes.
—¿Sabes qué me falta por comprobar? Me pregunto qué sabor tendrá la mezcla exacta de vosotros dos.
Sin apartar la mirada de él, me llevé los dedos a la boca y los chupé con parsimonia, cerrando los labios en torno a los nudillos y sacándolos limpios con un ruido húmedo. Hice rodar la mezcla salada y espesa por la lengua, saboreándola con los ojos entornados, antes de tragarla despacio para que él viera cómo bajaba por mi garganta. Recogí otra porción, la más gruesa, y la retuve en la boca. Iván cerró los ojos, doblegado, mientras yo me deslizaba sobre él para sellarle aquel beso cómplice y depravado en los labios, empujándole la mezcla dentro de la boca con la lengua, obligándolo a saborear a partes iguales su propia corrida y la de su hermano. La tragó sin protestar, con los ojos cerrados y las manos aferradas a mis caderas.
—Por cierto —le susurré al separarme, rozando mi nariz contra la suya—. La cena tiene pinta de estar riquísima. Y hay que reconocer que tu hermano se ha esforzado mucho vigilando el fondo.