Escalé la reja por el padre de mi mejor amiga
Mientras avanzaba por aquellas calles mojadas mi cabeza no dejaba de torturarme con la misma cantinela venenosa: «¿en qué mundo pensabas que podía fijarse en ti?, ¿de verdad te creíste todas esas fantasías que armaste durante años, como si él esperara intacto a que cumplieras la edad suficiente?, ¿de verdad olvidaste que tú eres la mejor amiga de su hija y que él te lleva casi el doble de años?». Tenía diecinueve años recién cumplidos y un diploma flamante del primer semestre de universidad, pero en ese instante me sentía la ridícula de quince que lo miraba desde el sillón de Julia con el corazón en la boca.
Llevaba miles de pasos recorridos, aferrada a la terquedad que me empujaba hacia él. Una vocecita cobarde me susurraba que me diera la vuelta, que regresara a mi cuarto antes de que me ocurriera algo grave, que todavía me quedaba un gramo de dignidad para salvar. Pero mis pies adoloridos seguían avanzando como si no me pertenecieran.
El borde de los zapatos me había ido agujereando las pantimedias hasta abrirme los talones. La tela se me pegaba a la sangre y cada paso se convertía en una penitencia ardiente. Aun así no frenaba ni cambiaba el rumbo: estaba enceguecida por la necesidad de verlo una última vez, de confirmar con sus propios labios si lo que creí percibir de su parte era real o era solo el delirio de una muchacha demasiado sola. Entretanto, un ramillete de celos obscenos me torturaba imaginándolo entre las piernas abiertas de alguna mujer madura, hundiéndole la polla hasta el fondo del coño, haciéndola gemir como perra en celo con cada embestida seca de sus caderas. Me lo imaginaba mamándole la verga hincada frente a él, tragándole la corrida a chorros mientras él le tironeaba del pelo. Cada imagen me perforaba como una aguja caliente entre las costillas.
A lo lejos oí silbidos en clave, susurros que salían de los callejones oscuros invitándome a entrar. No me detuve. No miré. Solo veía su mandíbula ancha, sus ojos verdes, y seguía caminando.
Mi cabeza funcionaba un segundo por detrás del mundo real. El licor que había robado del mueble de mi madre me tenía las manos dejando estela en el aire y los pensamientos flotando fuera de lugar.
Por fin reconocí la caseta de los vigilantes del condominio donde vivía el señor Alarcón. No tenía excusa razonable para que me dejaran pasar, pero en mi cabeza demente solo cabía llegar a su puerta. Cuando el guardia asomó la cara y me preguntó a qué casa iba, balbuceé algo incomprensible. Se volteó para llamar a la policía y aproveché para alejarme de la luz.
Me arrastré al rincón más oscuro del enrejado. Había un panel de madera para enredaderas, frágil pero sostenible, y me convencí de que era una escalera. Comencé a trepar con torpeza, con el cuerpo pesado y las piernas temblándome. Mi vestido se enganchaba en cada clavo y cada jalón me arrancaba un pedazo. Llegué arriba de milagro.
Cuando descubrí la cámara apuntándome a medio metro de la cara y oí los gritos del vigilante ordenándome bajar, supe que no iba a alcanzar a descender limpiamente por el otro lado. Cerré los ojos y salté hacia un arbusto que parecía mullido. No lo era. Caí de culo sobre un matorral de rosas cubiertas de espinas que se me clavaron en los muslos y en la espalda baja. Sentí un puñal en el coxis, pero me paré y eché a correr antes de que mi cabeza terminara de procesar el dolor.
Los perros empezaron a ladrar, las luces automáticas se encendieron a mi paso, alguien gritaba desde la garita. Salté una valla, esquivé una piscina, me caí dos veces y seguí hasta la puerta del señor Alarcón. Toqué el timbre con insistencia de suicida mientras la sangre me resbalaba por las pantorrillas hasta los zapatos.
Un guardia enorme me tomó del antebrazo con la facilidad con la que uno parte un palito seco y empezó a jalarme hacia atrás.
—¡Solo quiero verlo, déjenme verlo! —grité fuera de mí, clavando las suelas en los adoquines.
La puerta se abrió despacio y una franja de luz cálida se derramó sobre mi cara. Por un segundo la esperanza me llenó el pecho y empecé a susurrar, cada vez más bajo, «solo quiero verlo, una última vez».
Entonces el puñal: no fue él quien abrió. Fue una mujer que yo no conocía, voluptuosa, morena, con un batón de seda corto y una copa de vino en la mano. Me miró como quien encuentra una rata en su cocina.
Verifiqué dos veces el número de la casa. Era la correcta. Dejé de forcejear y me entregué.
El trayecto hasta la patrulla fue la caminata más humillante de mi vida. Vecinos en pijama se asomaban al balcón y me apuñalaban con la mirada. Me metieron en el asiento trasero con las manos atrás y las luces giratorias iluminando mi desastre. Ya me veía esposada frente a mi madre, ya imaginaba la vergüenza infinita que iba a perseguirme durante años.
Entonces lo vi. El señor Alarcón había bajado en pijama y se abría paso entre los vecinos enardecidos, discutiendo con el oficial y gesticulando hacia la patrulla. No oía lo que decía, pero lo veía furioso, defendiéndome de una turba que no me debía más que desprecio. Por la ventana del coche lo miré y se me llenaron los ojos de agua.
Un oficial malhumorado abrió la puerta y se me acercó con el dedo enhiesto.
—¿Conoces a ese hombre?
Asentí.
—¿Venías a ver a su hija?
Volví a asentir, aunque esa no era la razón que me había sacado de la cama.
—¿Tienes idea de la hora que es? ¿Del susto que nos diste a todos?
Mis ojos estaban fijos en Marcelo, que me miraba desde la distancia con una decepción que dolía más que las espinas.
—¿Estás drogada?
Negué.
—Mírame y háblame. Si quieres salvarte de esta, empieza a usar la boca.
—No, señor —respondí intentando que la lengua me obedeciera.
—Bájate. Él se hace cargo. Y lárgate antes de que me arrepienta.
***
Cuando me acerqué a él no me atreví a levantar la mirada. Me tomó del cuello con firmeza, como quien lleva a una perrita que se escapó del patio, y me hizo caminar entre los curiosos devolviéndoles miradas de cuchillo verde. No dijo una sola palabra en todo el trayecto hasta la puerta.
En el recibidor nos esperaba la mujer con la cara más asqueada que he visto. Marcelo cerró la puerta detrás de nosotros y me soltó, seco.
—Siéntate. Ya vuelvo.
Se fueron a la cocina. Desde el sofá alcanzaba a oír los susurros, cada vez más agitados.
—¿Qué hace esa chica acá, Marcelo? ¿Quién es?
—Es la mejor amiga de Julia.
—¿Y qué carajo hace a estas horas, sola, en este estado?
—No lo sé, Renata.
—Dile que se vaya. Que venga su madre a buscarla. Estamos ocupados, ¿te acuerdas? Me tenías la polla en la boca hace diez minutos, ¿o se te olvidó?
—Renata, déjame atenderla y asegurarme de que está bien.
—¿Que está bien? ¡Mírala! Está medio borracha, está sucia, está rota. Llama a sus padres.
—Shh, baja la voz. El tema es complicado, su familia es complicada. Déjame manejarlo.
—¿Y por qué no dejaste que la policía se encargara? ¿En serio la vas a priorizar a ella hoy, justo hoy, cuando me tenías desnuda en tu cama?
—Es una chica joven. Es la mejor amiga de mi hija. Ha pasado más tardes en esta casa que en la suya. Discúlpame.
—Eres un imbécil, Marcelo. Sábelo.
Pasó por delante de mí para recoger su bolso y me barrió con una mirada de odio que me dejó muda. El portazo que dio sacudió los cuadros de la entrada.
***
Marcelo volvió a la sala unos minutos después, con el pelo revuelto y el esfuerzo visible por no estallar. Se quedó de pie frente a mí sin decir nada, midiéndome con esos ojos verdes que me habían robado el sueño durante cuatro años. No me atreví a sostenerle la mirada.
—Te llevo al hospital y después a tu casa —soltó seco.
Me clavé en el sofá sin moverme.
—Mierda —murmuró, y se fue a buscar algo al baño.
Volvió con un botiquín, se sentó a mis pies y se calzó unos guantes estériles sin mirarme.
—Quítate las pantimedias.
Obedecí temblando, intentando con la poca voluntad que me quedaba que el vestido no se me subiera de más. Me tomó la pierna derecha con naturalidad de padre, la apoyó en su muslo y empezó a revisarla a fondo. Fruncía el ceño, chasqueaba la lengua, no le gustaba nada de lo que veía.
—Boca arriba —me ordenó, dando dos palmaditas en el sofá.
Me acosté. Apreté la falda entre los muslos por pudor, consciente del ridículo que estaba haciendo. Él me limpió las laceraciones de las rodillas, las pantorrillas, los tobillos, con una paciencia que contradecía su voz helada.
—¿Ahora sí me vas a contar qué estabas pensando? —preguntó sin levantar la vista.
Balbuceé algo que ni yo misma entendí.
—Date vuelta.
Me di vuelta con cuidado, con el corazón golpeándome las costillas. Las heridas de atrás eran más profundas, sobre todo las que se me clavaron arriba de los muslos, donde la piel se encuentra con los glúteos. Sus manos empezaron por los tobillos y fueron subiendo, centímetro a centímetro, y cada palmo de piel que le entregaba se me humedecía por dentro. Sentí el calzón pegárseme entre los labios del coño, empapado sin permiso.
—¿Tienes más arriba? —preguntó cuando llegó al borde de lo decente.
Sentí una punzada clara en el glúteo derecho, pero no fui capaz de decirlo.
—No estoy segura.
—Tócate y dime si te duele.
Me llevé la mano al trasero con la idea de confirmarle la verdad, pero se me trabó la boca. La sola idea de que él me viera la piel así, en paños menores y cubierta de porquería, me paralizaba más que el dolor.
—No estoy segura —repetí.
Casi me desmayo cuando lo oí responder con una serenidad ensayada.
—A ver, déjame revisarte.
Sus manos me subieron el vestido sin duda ni aspaviento, dejando a la vista la ropa interior blanca que me había puesto sin pensar y el pequeño estrago que la caída y los nervios habían hecho ahí abajo. Una corriente fría me erizó la piel de la espalda.
—Sí, tienes una cerca del pliegue —confirmó con la misma voz de siempre—. Y te caíste feo: el moretón en la zona lumbar es del tamaño de mi mano. ¿En qué carajo estabas pensando?
No podía responderle. El roce del guante, la cercanía de sus dedos, la manera en la que me corrió el borde del calzón para afirmarlo sin jugar con mi pudor, me tenían mordiendo el antebrazo para no gemir. La cara me ardía, el cuerpo entero me hervía a pesar del aire frío que entraba por la ventana. El coño se me contrajo solo, con unas dilataciones desconocidas que me dejaron más asustada que excitada. Sentí un hilo caliente escurrirse desde adentro y humedecerme el algodón. Rogué que él no lo notara, aunque una parte enferma de mí rezaba porque sí.
—¿Y qué tomaste?
—Un licor… de mi mamá.
—Pequeña, por favor. ¿Por qué semejante estupidez?
—Lo siento, señor Alarcón. Me puse triste con algo y…
—«Triste con algo» no justifica cruzar media ciudad a pie, a esta hora, saltando una reja. Te pudo haber pasado cualquier cosa. Cualquier cosa. Y a mí me pudiste haber metido en un problema enorme por tenerte acá, sola, sin que nadie de tu casa sepa dónde estás.
—Necesitaba verlo.
—¿A mí? ¿Por qué?
Se me hizo un nudo tan grande en la garganta que pensé que no iba a poder hablar nunca más.
***
Me ayudó a sentarme. Cuando levanté la vista encontré una preocupación que me destrozó todavía más que su enojo.
—Mírame. Estás temblando. Dime algo, me estás asustando.
Cerré los ojos, respiré hondo, me armé de las últimas monedas de coraje que me quedaban.
—Señor Alarcón… yo siento cosas por usted.
No fui capaz de abrir los ojos después de decirlo. El silencio duró una eternidad.
—¿Te refieres a cosas en un contexto romántico?
Asentí, con los ojos todavía cerrados y dos lágrimas escurriéndoseme por las mejillas.
—Pequeña, a veces la cabeza nos engaña. A tu edad es facilísimo confundir…
Negué.
Soltó un suspiro que parecía pesar una casa entera y se presionó el puente de la nariz con el pulgar y el índice.
—No es posible. No lo es.
—Lo sé —mentí con el hilo de voz que me quedaba.
Me tomó la mano y la apoyó sobre mi propia rodilla, como si el contacto lo salvara a él y no a mí.
—Allá afuera está lleno de chicos de tu edad, te lo prometo. Vos tienes que…
No aguanté. Me rompí en un llanto que ni siquiera sabía que cargaba. Me estremecía entera, me faltaba el aire, sentía el pecho partiéndose como una fruta dejada al sol. Él me atrajo contra su pecho y me sostuvo la nuca con una mano mientras la otra me dibujaba círculos en la espalda baja.
—Tranquila, pequeña. Está todo bien.
Pero se le quebraba la voz a él también.
—Yo soy un viejo amargado, ¿entiendes? Estoy muerto por dentro, ya contaminado. Tú estás en la mejor parte de tu vida. Te mereces algo igual de nuevo.
Me recostó contra él en el sofá, con su brazo de almohada y su mano acariciándome la espalda con una ternura que me terminó de deshacer. Yo enterraba la cara en su pecho y repetía bajito, una y otra vez, «lo quiero, lo quiero, lo quiero».
—Pequeña, me vas a hacer llorar a mí. No puedo verte sufrir así.
Levanté la cabeza y me atreví a mirarlo.
—Dígame que no estoy loca. Dígame que siente algo por mí, aunque sea mínimo. Le juro que lo sentí en la cena del cumpleaños de Julia, en cómo me miró cuando le llevé el café, en mil detalles más. Por favor.
—Pequeña…
—Dígame que no me abrió las puertas de esta casa por lástima. Dígame que no lo haría por cualquiera. Dígame que tiene miedo de lastimarme, pero no que no lo siente. Por favor, se lo suplico.
Hubo otro suspiro, más largo, más hondo. Y entonces, con la voz rota, frío y entero al mismo tiempo, me respondió.
—No.
Me quedé sin aire.
—No te equivocas.
La sangre volvió a mis venas en un golpe seco.
—Sí siento cosas por ti también. Pero es imposible, pequeña. Imposible.
Lo apreté contra mí como si fuera la última noche antes del fin del mundo. Mi pulgar subió despacio hasta la comisura de su boca y se quedó ahí, tímido, como si de repente no supiera qué hacer con la realidad. Él cerró los ojos y se dejó tocar.
—No me hagas esto, por favor —susurró.
Pero yo ya no podía frenar. Le pasé el pulgar por el labio inferior, se lo abrí un poco, y él se lo mordió como si le doliera. Le acerqué la cara y le rocé la boca con la mía, apenas, un roce de nada, y él giró la cabeza medio centímetro para escapar. Insistí. Le puse los labios encima con más peso, se los abrí con la lengua y busqué la suya. Él aguantó un segundo, dos, tres, y de golpe se rindió. Me mordió el labio de abajo con hambre atrasada y me hundió la lengua hasta el fondo de la boca. Sentí un gemido salírsele del pecho, ronco, avergonzado, y ese sonido me terminó de romper por dentro.
—Estás loca —murmuró contra mi boca—. Estamos los dos locos.
—No me importa —respondí, y le busqué la mano y me la puse sobre la teta por encima del vestido.
Me la apretó al principio con culpa, sin decidirse, y después con la seguridad de un hombre que ya cruzó la línea. Me pellizcó el pezón por encima de la tela y yo me arqueé como un gato. Se me escapó un jadeo tan agudo que él me tapó la boca con la otra mano.
—Shh, pequeña. Callate. Callate.
Me bajó el escote de un tirón y me sacó una teta afuera. Se quedó mirándomela un instante, con la mandíbula tensa, como si estuviera decidiendo si dar el último paso o levantarse y huir. Después bajó la cabeza y se metió el pezón en la boca. Me lo chupó despacio primero, envolviéndolo con la lengua, y después con fuerza, tironeando con los dientes. Yo le hundí los dedos en el pelo y le pedí bajito, muerta de vergüenza y de ganas al mismo tiempo, «más, señor, por favor, más».
Sus manos me subieron el vestido hasta la cintura. Me arrancó el calzón blanco de un jalón limpio, sin ceremonia, y lo dejó tirado sobre las manchas de sangre del sofá. Me abrió las piernas con las rodillas y se me quedó mirando el coño con una cara que jamás le había visto: hambre pura, hambre acumulada durante años, la misma hambre que yo cargaba en el pecho desde los quince.
—Dios santo —murmuró—. Mirá cómo estás.
Me pasó dos dedos por la vulva de arriba abajo, despacio, recogiendo la humedad que me chorreaba. Me los mostró, brillantes, y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme. Me los chupó enteros y yo casi me corro solo con eso.
—Sabes a chica buena —dijo, con la voz rasposa—. Y me estás pidiendo que te haga lo peor.
—Sí —respondí sin pensar—. Hágame lo peor.
Se hincó en el piso frente al sofá, me tironeó de las caderas hasta el borde y me hundió la cara entre las piernas. La primera lamida me arrancó un grito ahogado; me tapé la boca yo sola para no despertar al barrio. Me chupaba el clítoris con la punta de la lengua, en círculos, apretando el labio superior contra el hueso, mientras me metía dos dedos gruesos y curvos que encontraron un punto adentro que yo ni sabía que tenía. Empezó a bombearlos despacio, después más rápido, sin dejar de mamarme el clítoris, y sentí la primera corrida subirme desde los pies como una descarga eléctrica. Me convulsioné entera, aplasté los muslos contra su cabeza, le clavé las uñas en el cuero cabelludo. Él no aflojó: me siguió chupando durante todo el orgasmo, tragándose lo que yo le mojaba la barbilla, hasta que le empujé la cabeza porque ya no aguantaba.
Subió por mi cuerpo con la cara brillante y me besó en la boca. Me hice sabor a mí misma en su lengua y me gustó, me gustó tanto que se lo dije mordiéndole el mentón. Él soltó una risita ronca, medio incrédula, medio ida.
—Voy al infierno por esto —murmuró.
—Llévame con usted.
Se paró un segundo para bajarse el pantalón del pijama. La polla le saltó afuera dura, gruesa, con una vena marcada de arriba abajo y la punta ya mojada de líquido preseminal. Me quedé mirándolo con la boca abierta. La imaginé mil veces pero no me alcanzó la imaginación: era más grande, más rojiza, más obscena de lo que había fantaseado.
Sin pensarlo me deslicé del sofá y me arrodillé frente a él. Le agarré la verga con las dos manos, la sentí latir contra las palmas, y me la metí en la boca sin ceremonia. Se la chupé como pude, torpe pero desesperada, tragándomela hasta donde me llegaba y masajeándole los huevos con una mano. Él me sostuvo la nuca sin forzarme, dejándome ir a mi ritmo, jadeando cada vez que le rozaba con los dientes.
—Pequeña, así no —gruñó al rato, tirándome del pelo hacia atrás—. Así me corro en tu boca ya mismo, y quiero cogerte.
Me levantó del piso con una fuerza que me sorprendió, me tumbó de espaldas en el sofá y se me acomodó entre las piernas. Se pasó la punta por los labios del coño una, dos, tres veces, mojándose con lo que yo largaba, y me miró a los ojos.
—¿Estás segura, pequeña? Una vez que entro no hay vuelta.
—Métalo —le supliqué—. Métamela toda, señor Alarcón. Por favor.
Empujó despacio, con cuidado, dejándome sentir cada centímetro. Yo me abrí más, me colgué de sus hombros, aguanté el pinchazo del comienzo y después el estiramiento delicioso mientras me llenaba. Cuando se hundió hasta el fondo se quedó quieto un segundo, con la frente pegada a la mía, respirándome en la boca.
—Dios mío, pequeña. Dios mío.
Empezó a moverse con embestidas lentas, largas, sacándomela casi entera y volviendo a hundírmela hasta el tope. Yo le clavaba los talones en el culo, le pedía «más, más fuerte» al oído, y él obedecía subiendo el ritmo hasta que el sofá empezó a golpear la pared. Me tapaba la boca con la mano cada vez que me escapaba un gemido demasiado agudo.
—Callate, callate —me pedía entre dientes—. Los vecinos, pequeña, los vecinos.
Me dio vuelta boca abajo, me acomodó de rodillas en el borde del sofá con el culo alzado y volvió a metérmela por detrás. Desde ahí me cogió más hondo, más animal. Me agarró de las caderas y me embistió con golpes secos que me sacudían los pechos contra los almohadones. Con la otra mano me apretaba la nuca contra el cuero, doblegándome. Me sentía suya en un sentido que no había entendido nunca antes.
—¿Te gusta así? —me gruñó al oído, mordiéndome el lóbulo—. Decime que te gusta cómo te folla el viejo, decímelo.
—Sí, señor —jadeé—. Me encanta cómo me folla. No pare, no pare por favor.
Me metió el pulgar en la boca y yo se lo chupé. Después me lo sacó mojado y me lo apoyó en el ojete, apretando apenas, sin entrar. Ese pequeño juego me detonó la segunda corrida sin aviso: me apreté entera alrededor de su verga, me sacudí temblando, y hundí la cara en el sofá para ahogar el grito. Él me sostuvo firme, siguió embistiéndome durante todo el orgasmo, alargándomelo hasta que ya no supe ni cómo me llamaba.
—Me voy a correr —me avisó, con la voz partida—. ¿Dónde, pequeña? ¿Dónde?
—Adentro —dije sin pensar, y me arrepentí en el mismo instante—. No, en la boca. En la boca, señor.
Salió de mí a tiempo, me dio vuelta de nuevo y me tiró al piso frente a él. Yo abrí la boca, saqué la lengua, lo miré desde abajo como una perrita agradecida. Se pajeó dos veces rapidísimo y me llenó la lengua con un chorro grueso, después otro más corto en el mentón, otro en los labios. Le tragué todo lo que me alcanzó a entrar y le lamí la punta hasta la última gota, mientras él me miraba desde arriba con los ojos vidriosos, todavía temblándole las piernas.
Se dejó caer sentado sobre los talones, jadeando, y me pasó el pulgar por la comisura de la boca para limpiarme el semen que me chorreaba al cuello. Se llevó el dedo a los labios y lo chupó despacio, sin dejar de mirarme.
—Estamos condenados, pequeña.
—Lo sé —susurré.
Me subió al sofá, me acomodó contra su pecho desnudo y me tapó con la manta del respaldo. El corazón le seguía galopando debajo de mi oreja. Me acariciaba la espalda con la yema de los dedos, en círculos, la misma caricia de antes pero ya con otro sentido. Yo enterraba la cara en su pecho y repetía bajito, una y otra vez, «lo quiero, lo quiero, lo quiero», y ahora no era una plegaria: era un hecho consumado.
—Pequeña, me vas a hacer llorar a mí. No puedo verte sufrir así.
—Ya no sufro —le respondí.
Levanté la cabeza y me atreví a mirarlo. Seguía siendo todo imposible: mañana él iba a arrepentirse, mañana yo iba a tener que salir de esta casa y volver a ser la mejor amiga de Julia. Pero acababa de confirmarme, con la boca y con el cuerpo entero, el único anhelo que me había mantenido viva durante aquellos últimos cuatro años, y por fin tenía un motivo, aunque fuera uno solo, para seguir respirando mañana.