Los gemidos de los vecinos nos encendieron
Los gemidos del otro lado de la pared me dejaron empapada, y decidí despertar a mi hombre de la forma más sucia que conozco.
Los gemidos del otro lado de la pared me dejaron empapada, y decidí despertar a mi hombre de la forma más sucia que conozco.
Entré para avisar que había llegado a clase y la encontré llorando bajo el agua; cuando me miró, su orden fue simple: —Sacate la ropa.
Creí que aquella noche había sido única, hasta que me invitaron a su casa y entendí que todavía querían usarme, mirarme y hacerme correr otra vez.
Llevaba meses saludándome con amabilidad, pero esa mañana de calor descubrí en el reflejo de la nevera que no me miraba a los ojos.
Llegué al motel diciendo que ya no quería, convencida de que iba a frenar todo. Lo que no sabía era cuánto me iba a gustar perder esa discusión conmigo misma.
Siempre que me la imaginaba arrodillada frente a otro hombre algo se encendía en mí. Esa noche, en el motel, dejé de imaginarlo: ella estaba dispuesta a dármelo.
Llevaba años fingiendo con mi novio. Esa noche, al otro lado del bar, estaba el único hombre que de verdad sabía lo que mi cuerpo había estado pidiendo.
Le juré que no podían vernos a la salida de la oficina. Veinte minutos después estaba sobre él, con los cristales empañados y una sombra acercándose por el retrovisor.
Le pedí que manejara despacio, que no tenía prisa por llegar. Él todavía no sabía lo que yo había decidido hacerle apenas dejáramos atrás las luces de la fiesta.
Solo necesitaba un baño esa tarde de calor. Lo que ese viejo del taller hizo con su celular me dejó atrapada y a su merced durante días.
Me senté en el puesto del copiloto solo por curiosidad, pero esa noche entendí que algunas decisiones se toman sin pensarlas demasiado.
Cuando se quedó a practicar unas posturas, noté cómo me miraba. No tenía pareja desde hacía meses y mi cuerpo había decidido por mí mucho antes que mi cabeza.
Tenía el corazón disparado y las piernas tensas. No quería mirar, no quería pensar; solo quería que él siguiera y descubrir, por fin, lo que tantas veces había imaginado.
Durante eones solo conocí el silencio del vacío. Hasta que enganché una señal en un mundo azul y, sin pedir permiso, me colé en el cuerpo de una mujer que ardía.
Mi hermana estaba en el extranjero y me tocó a mí asistir. Cuando mi sobrino me reclamó su regalo frente a sus amigos, supe que esa noche no volvería a casa siendo la misma.
Todos en la facultad sabían cómo era yo, y al vigilante de la entrada le bastó una sonrisa para entender que esa tarde, después del aseo, no me iría tan rápido.
Tecleaba su nombre cada cierto tiempo a ver si la encontraba. Nunca aparecía. Hasta esa madrugada en que el primer resultado fue ella, exacto, sin dudas.
Le tocó el mecánico que había estado mirando desde la cola. Cuando le pasó su teléfono «por si el coche daba problemas», los dos sabían que el coche era lo de menos.
Subí a esa suite dispuesta a todo por el contrato. No imaginé que la prueba real empezaba al día siguiente, en la habitación cerrada del hijo del dueño.
Habíamos intercambiado cientos de fotos, pero nunca había pasado nada en persona. Hasta esa tarde de marzo en que la fui a buscar y ella ya tenía un plan.