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Relatos Ardientes

Lo que le hicimos al chico del cine aquella noche

4.4 (5)

Raquel tenía cincuenta y tres años y llevaba con esa certeza tranquila de quien ya no necesita demostrar nada. Pelo castaño con mechones grises que no intentaba disimular, boca grande pintada de rojo oscuro, pecho generoso que se movía visible bajo la tela fina de su vestido negro de punto. Caderas anchas, cintura que guardaba la suavidad de los años, piernas largas en medias oscuras que terminaban en tacones finos. La clase de mujer que llenaba una sala sin necesidad de elevar la voz.

Sergio tenía cuarenta y ocho. Metro ochenta y ocho, espalda ancha, manos grandes con algunas cicatrices en los nudillos de años trabajando con madera. Entradas pronunciadas, barba corta con bastante gris, ojos oscuros y tranquilos. No era un hombre que hablara mucho, pero cuando hablaba, la gente escuchaba.

Llevaban diecisiete años juntos y ninguno de los dos lo cambiaría por nada.

Ese miércoles de octubre entraron en el cine casi de casualidad. La sesión de las siete empezaba en cinco minutos, una película francesa que ninguno de los dos recordaría al día siguiente, y la sala tres estaba medio vacía: dos señoras mayores en la segunda fila, una pareja adolescente pegada en el centro y, en la cuarta fila desde el fondo ligeramente desplazado a la derecha, un chico joven sentado solo con las piernas muy abiertas y el móvil en la mano.

Raquel lo vio antes de sentarse.

Lo calculó en un segundo: veintidós años, quizás veintitrés. Pelo oscuro y rizado, mandíbula todavía con algo de redondez juvenil, camiseta que dejaba adivinar unos brazos que estaba empezando a trabajar pero aún no del todo definidos. Ojos claros que paseaban sin fijarse en nada, esa mirada de quien va al cine un miércoles porque no sabe muy bien qué hacer con su tarde.

—Fila de atrás —dijo Raquel en voz baja.

Sergio miró sin que se notara.

—Ya lo vi —respondió, con esa media sonrisa que era solo de ella.

Se sentaron en la última fila, centro, con un asiento libre a cada lado. Sergio le rodeó los hombros con el brazo. Raquel apoyó la mano en su muslo y esperó a que las luces bajaran del todo.

***

Cuando la pantalla se puso oscura con los créditos iniciales, Raquel se giró hacia Sergio y lo besó. No un beso de cine discreto. Un beso lento y húmedo, con lengua, el sonido suave del rozamiento entre sus labios perfectamente audible en el silencio casi completo de la sala. Sergio deslizó la mano por su muslo, subió por debajo del vestido, encontró el borde de las bragas y las apartó con un dedo. Empezó a frotarla despacio, en círculos, sin apresurarse.

Raquel dejó escapar un sonido. Bajo, apenas perceptible, pero calculado.

El chico giró la cabeza.

Los miró durante un segundo y volvió a la pantalla con las orejas rojas. Raquel esperó tres segundos antes de mirar hacia donde él estaba. Cuando él volvió a girar, como sabía que haría, ella lo estaba mirando directamente. Sonrió despacio. Abrió un poco más las piernas.

El chico tragó saliva.

—Ahí está —murmuró Sergio contra su oreja, sin apartar los dedos de donde estaban.

Raquel se levantó.

Caminó por el pasillo lateral con una calma total, los tacones haciendo un ruido sordo en la moqueta desgastada. Se sentó en la butaca vacía al lado del chico con la naturalidad de quien lleva haciéndolo toda la vida.

—Hola —dijo.

Él se sobresaltó. Soltó el móvil, que casi se le cayó.

—Hola —respondió con la voz un poco más aguda de lo que esperaba que fuera.

—Me llamo Raquel. —Hizo una pausa—. Mi marido y yo nos hemos puesto un poco… cariñosos. Espero que no te moleste.

El chico miró hacia Sergio, que los observaba desde la fila de atrás con los brazos cruzados y una expresión serena.

—No… no pasa nada —dijo.

—¿Cómo te llamas?

—Nicolás.

—Nicolás. —Repitió su nombre como si lo saboreara—. ¿Estás solo?

—Sí.

—Qué lástima. —Le rozó el antebrazo con dos dedos, apenas—. Un miércoles por la noche, en el cine solo. Con esa cara.

Nicolás no respondió. Tenía los ojos puestos en la pantalla pero no veía absolutamente nada. Raquel podía notarlo en la forma en que apretaba el reposabrazos.

Sergio llegó y se sentó al otro lado del chico sin decir nada. Lo cerró entre los dos con una naturalidad que no dejaba espacio para el pánico.

—Tranquilo —dijo Sergio, con esa voz grave—. Nadie te obliga a nada. Pero si quieres ver más de lo que estábamos haciendo, tenemos una propuesta mejor que estas butacas.

Nicolás miró a uno y luego al otro.

—¿Qué propuesta? —dijo, y en su voz había curiosidad mezclada con algo que intentaba que no se notara demasiado.

Raquel se levantó.

—El baño del fondo. Tiene cerrojo.

Nicolás se quedó quieto un momento. Miró la pantalla. Luego se puso de pie.

***

El baño adaptado al fondo del pasillo tenía espejo de pared a pared, una bombilla que zumbaba levemente y suficiente espacio. Raquel echó el cerrojo. El sonido metálico del pestillo encajando fue lo último antes de que el silencio se volviera denso.

Se giró hacia Nicolás y lo besó sin previo aviso.

Él tardó dos segundos en reaccionar. Al tercero tenía las manos en su cintura y le devolvía el beso con una torpeza hambrienta, como quien lleva tiempo sin hacerlo o como quien siempre ha tenido miedo de hacerlo así de fuerte. Raquel le enredó los dedos en el pelo y no lo soltó.

Sergio se acercó por detrás de ella. Le subió el vestido hasta las caderas, le bajó las bragas despacio por los muslos hasta que cayeron al suelo. La sujetó por las caderas y entró en ella desde atrás con un empuje lento y sostenido que la hizo arquear la espalda.

Nicolás sintió el gemido de Raquel contra su boca y se quedó paralizado.

—Sigue besándome —susurró ella, con la voz ronca—. No pares.

Él obedeció. Le costó concentrarse con el sonido de las embestidas lentas de Sergio detrás, pero lo intentó. Raquel le mordisqueó el labio inferior, le tomó la mano y la colocó sobre su pecho. Él apretó instintivamente.

—Quítate la camiseta —le dijo Raquel, apartándose apenas.

Nicolás se la sacó por la cabeza. Pecho definido, todavía con esa suavidad joven en la piel, algo de vello oscuro entre los pectorales. Raquel le pasó las manos por el torso, bajó hasta el cinturón.

—¿Puedo? —preguntó, mirándolo a los ojos.

Él asintió.

Le abrió el cinturón, le bajó los vaqueros y el bóxer de un solo movimiento. La erección que tenía era considerable: recta, gruesa, con una leve curva hacia arriba, la punta hinchada y húmeda. Raquel soltó un sonido bajo.

—Qué cosa más bonita —murmuró, con sinceridad.

Se arrodilló frente a él sin dejar de mirarle a los ojos. Empezó por la base con la lengua plana, subiendo despacio por el lateral, tomándose su tiempo en cada centímetro. Nicolás apoyó la mano en el borde del lavabo y soltó el aire que había estado conteniendo desde que Raquel se había sentado a su lado en la sala.

Llegó a la punta y la tomó en la boca con cuidado, succionando suave. Nicolás dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Joder —dijo, en voz baja.

Raquel trabajó en silencio unos minutos, alternando ritmo y presión, leyendo las respuestas del cuerpo del chico sin que él tuviera que decirle nada. Sergio se retiró un momento y se arrodilló a su lado.

Nicolás los miró desde arriba y se tensó de inmediato.

—Espera —dijo—. Yo… no voy con tíos. No es lo mío.

Sergio levantó las manos, igual de calmado que siempre.

—Está bien. Nadie te pide nada que no quieras. Solo dos bocas a la vez. Prueba un momento. Si no te gusta, me aparto.

Raquel se limpió los labios y miró al chico desde abajo.

—Solo es placer, Nicolás. Sin etiquetas. Y te prometo que si en diez segundos no te parece la mejor idea que has tenido en la vida, le digo a Sergio que se retire.

Nicolás miró al techo. Soltó una risa nerviosa que era casi un suspiro.

—Diez segundos —dijo.

Raquel volvió a la punta. Sergio empezó por la base con lengua plana, igual que ella había hecho antes. Sus bocas se encontraron a mitad del trayecto, se rozaron, se besaron con la erección de Nicolás entre ellas. Subieron y bajaron coordinados, como si llevaran haciéndolo toda la vida, porque en cierta medida así era.

Nicolás no dijo nada después de los diez segundos.

Tampoco después de veinte.

Le temblaban las piernas. Tenía los ojos cerrados y la mandíbula apretada, intentando no dejarse ir todavía. Las dos lenguas trabajaban en sincronía, se enredaban, se repartían el territorio con una fluidez que lo dejaba sin referencia para nada de lo que conocía. Raquel se quedó con la punta succionando mientras Sergio atendía el resto con manos y boca.

—No puedo más… me corro… —jadeó Nicolás.

Raquel no se apartó.

Él se corrió con un sonido que intentó ahogar en su garganta, las caderas hacia adelante, las manos aferrándose al borde del lavabo como si necesitara algo sólido a lo que sujetarse. Raquel recibió la primera parte, Sergio llegó para el resto. Se miraron, se besaron despacio con el sabor de Nicolás entre ellos, y tragaron los dos.

Nicolás los miraba desde arriba con los ojos muy abiertos, todavía recuperando el aliento.

—¿Qué… acabáis de hacer? —dijo, incrédulo.

—Exactamente lo que querías que hiciéramos —respondió Raquel, levantándose con calma.

***

Ella señaló el borde del lavabo.

—Siéntate ahí —le dijo a Nicolás—. Ahora te toca mirar.

Se quitó el vestido completamente. Pecho generoso y libre, cintura con esa curva suave que tiene la piel cuando ha vivido en un cuerpo durante décadas, liguero negro ajustado a las caderas, medias oscuras. Se puso a cuatro patas en la zona despejada del baño, mirada directamente clavada en los ojos claros del chico.

Sergio se colocó detrás. La sujetó por las caderas con esas manos grandes y la penetró despacio, una embestida larga que la hizo inclinar la cabeza y soltar el aire por la boca.

—Míranos —le dijo Raquel a Nicolás, sin apartar los ojos de él—. Mira cómo me folla mi marido.

Sergio estableció un ritmo firme y constante que hacía que el cuerpo de Raquel se moviera hacia adelante en cada empuje. Ella gemía sin disimular, la voz quebrándose en puntos concretos, los ojos siempre en Nicolás. El sonido de las embestidas llenaba el baño, mezclado con sus gemidos y con la respiración del chico que se volvía progresivamente más difícil de controlar.

—Mira cómo me lo mete hasta el fondo —susurró Raquel, con la voz entrecortada—. Mira cómo se me abre con esa polla tan gruesa.

Nicolás intentó no mirar. Duró aproximadamente cuatro segundos.

Después no podía dejar de hacerlo. La imagen de Raquel a cuatro patas, siendo cogida con fuerza y methodicidad, mirándole directamente a los ojos mientras gemía, era demasiado para cualquier intención de autocontrol. Su cuerpo no esperó permiso: empezó a reaccionar antes de que su cabeza decidiera nada.

Se tocó casi sin darse cuenta.

Raquel sonrió entre dos gemidos.

—Eso es —murmuró—. Así.

Sergio aceleró. Raquel bajó la cabeza, la espalda arqueada, los dedos buscando apoyo en el suelo frío del baño. El vaivén de sus caderas, la forma en que Lucas la agarraba y la clavaba contra él, la voz ronca de ella guiando la mirada del chico hacia cada detalle: era un espectáculo diseñado con precisión para lo que estaba consiguiendo.

Está mirando. Está mirando exactamente lo que quiero que mire.

Nicolás llegó al límite antes de que pudiera evitarlo. Apretó los dientes, intentó contenerse, pero la visión de Raquel mirándolo directamente mientras gemía lo llevó al borde en cuestión de minutos.

—Joder… no puedo… —jadeó.

Raquel sonrió, jadeante.

—Déjalo salir. Córrete para mí.

Él se corrió por segunda vez, la mano acelerada, los ojos clavados en ella. Un sonido ahogado, las caderas hacia adelante, el cuerpo rindiéndose sin resistencia.

Treinta segundos después, Sergio llegó también al límite y se corrió dentro de ella con un gruñido profundo. Salió despacio, y el silencio que vino después tenía una textura completamente diferente a la de cualquier otro silencio.

***

Raquel se incorporó despacio, con una calma que contrastaba con todo lo que acababa de ocurrir. Recogió el vestido del suelo, se lo puso, se miró en el espejo un momento y se arregló el pelo. Sergio se abrochó el cinturón. Ninguno de los dos habló.

Nicolás seguía sentado en el borde del lavabo con la cara roja y ese gesto de quien acaba de experimentar algo para lo que no tenía categoría previa.

Raquel se acercó y le dio un beso suave en la mejilla.

—Gracias por la compañía —le dijo.

Sergio le puso una mano en el hombro un segundo, ese contacto breve que lo dice todo sin decir nada.

Los dos salieron del baño tranquilamente, como si volvieran de buscar palomitas.

***

En la sala, la película francesa seguía. Las señoras de la segunda fila no se habían movido. La pareja adolescente del centro estaba dormida, los dos recostados en el mismo asiento.

Raquel y Sergio se sentaron en su fila para los últimos diez minutos.

Ella le tomó la mano.

Él se la apretó.

Cuatro filas más adelante, Nicolás entró unos minutos después y se sentó en su butaca. Se quedó mirando la pantalla sin ver nada, con esa expresión de quien está rehaciendo en tiempo real el inventario de lo que acaba de ocurrir y descubriendo que no encaja en ninguna casilla conocida.

No los miró hasta que las luces se encendieron.

Cuando lo hizo, Raquel ya lo estaba mirando. Le guiñó un ojo.

Él sonrió, incapaz de evitarlo, y bajó la cabeza.

Salieron los tres por distintas puertas sin decir más.

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4.4 (5)

Comentarios (6)

Sandra_Mdq

tremendo!!! me quede sin palabras. Como que Raquel se levanta y camina hacia el?? que loca jaja

RaulMx22

segunda parte por favor!!! quede con ganas de saber exactamente como termino la noche

Facundo

la cara del pibe me la imagino perfectamente jajaja. Muy buena confesion, se siente autentica

ChelseaLectora

Me encanto como esta narrado, la tension de ese momento cuando el gira la cabeza... tremendo. Ojala hubiera continuacion porque esto se hizo demasiado corto!

Tomas_2k

Increible! lei de corrido. Mas, mas!!!

NocheVieja77

esto es real o fantasia? porque se siente muy autentico y eso lo hace diez veces mejor

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