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Relatos Ardientes

Cómo me convertí en la amante de mi compañero

4.3 (7)

Tengo veintisiete años, trabajo en el sector de eventos desde que terminé la carrera, y hasta el año pasado nunca había mezclado el trabajo con el placer. No por falta de oportunidades, sino porque siempre creí que ciertas líneas debían mantenerse en su lugar. Era una de esas convicciones que suenan muy bien hasta que aparece alguien capaz de destruirlas con una sola mirada.

Conseguí el puesto en Salón Imperial casi por casualidad. Una amiga me habló del lugar: uno de los espacios para eventos más grandes de la ciudad, con capacidad para dos mil personas y una agenda completa todos los fines de semana. El trabajo era de coordinación y atención al cliente, con código de vestimenta estricto. Faldas o pantalones de corte formal, blusas elegantes, tacones siempre. Me gustaba la idea. Siempre me ha resultado fácil arreglarme bien, y vestir así todos los días era un plus que ninguna de mis amigas entendía pero yo agradecía.

Las primeras semanas las pasé aprendiendo los ritmos del lugar. El personal operativo llegaba antes que nosotros, levantaba el salón, movía mesas, instalaba equipo de sonido y decoración. Era trabajo físico, y se notaba en los cuerpos de quienes lo hacían. Así fue como empecé a fijarme en Marcos.

Tendría cuarenta y tantos, aunque nunca pregunté. Moreno, delgado, con una barba entrecana bien recortada que le daba un aire de hombre que ya vivió lo suficiente como para no necesitar presumirlo. No era el más alto del equipo, pero sí el más tranquilo. Mientras los demás se movían con esa prisa nerviosa que impone la presión de un evento, él trabajaba con una calma que me llamaba la atención. Como si tuviera el tiempo del mundo. Eso, combinado con sus brazos, me distrajo más de una vez cuando debería estar contestando correos. Brazos fuertes, no exageradamente musculosos, sino del tipo que uno nota sin querer y no puede dejar de notar después.

Nos habíamos cruzado en los pasillos varias veces. Intercambiamos saludos cortos, algún comentario sobre el trabajo. Nada más. Hasta la noche del Festival de Otoño.

***

Era un evento privado de una empresa grande, con música en vivo. La banda que iba a tocar llevaba años en mi lista de favoritos, y cuando me enteré de que actuarían en el salón ese viernes, le pedí a mi jefa que me dejara quedarme como apoyo del personal operativo. Técnicamente no pintaba nada ahí. Pero ella me hizo el favor.

Llegué esa noche distinta a como solía llegar. Falda corta, una blusa ligera y zapatillas en lugar de tacones, porque sabía que estaría de pie varias horas y quería disfrutar el concierto sin pensar en los pies. Encontré a Marcos coordinando el montaje del escenario y me acerqué con el pretexto de aprender algo sobre su trabajo.

—¿Sabes algo de cables? —me preguntó sin levantar la vista del suelo.

—Nada —admití.

Se rió. Una risa corta, sin exagerar.

—Entonces camina detrás de mí y no toques nada.

Así pasé las primeras dos horas del evento: siguiéndolo, viendo cómo resolvía imprevistos de última hora, escuchándolo dar instrucciones con ese tono de quien no necesita gritar para que lo obedezcan. Era bueno en lo que hacía. Seguro de cada movimiento. Y yo lo miraba demasiado para que siguiera siendo algo inocente.

Cuando la banda subió al escenario y la gente empezó a llenar la pista, me quedé parada junto a Marcos contra la pared del fondo. Él ya no tenía mucho que hacer en ese momento. Le pregunté en voz baja si creía que me reportarían por tomar algo del bar. Él me miró de lado.

—¿Qué quieres tomar?

—Una cerveza.

—Trae dos.

Compartimos el primer jarro grande apoyados en esa pared, con la música golpeando el pecho. Luego traje otro. Y después de un rato yo traje uno más solo para mí, porque Marcos había dicho que no quería más y yo todavía quería seguir sintiendo ese calor que subía despacio desde el estómago y aflojaba algo que llevaba tiempo tenso.

Para cuando la banda estaba en la mitad del set, yo coreaba las canciones en voz baja y él me miraba con esa sonrisa que no sabía bien si era de ternura o de algo más. Probablemente de algo más.

—Estás borracha —dijo.

—Un poco —reconocí.

—¿Quieres sentarte?

Asentí. La cabeza me daba vueltas de manera agradable, de esa forma en que todo parece más fácil y las distancias entre las personas se acortan sin que nadie lo decida conscientemente.

***

Me llevó a la recepción de las oficinas, un espacio amplio con sillones grandes y cómodos, alejado del ruido del salón principal. Había cámaras en las esquinas, pero Marcos las conocía bien: nos sentamos en el único sillón que daba la espalda al objetivo más cercano. A un lado, una oficina de ventanales con persianas cerradas proyectaba sombras de personas trabajando adentro. Si alguien miraba, parecería que dos empleados descansaban entre turno y turno.

Me hundí en el sillón con la cabeza hacia atrás y los ojos en el techo. El cansancio de las horas de pie se mezclaba con el efecto de las cervezas y con algo más difícil de nombrar. Un calor que no tenía que ver con la temperatura del lugar.

Marcos estaba pegado a mí. No de manera incómoda. Solo cerca. Muy cerca.

Fue gradual. Tan gradual que no podría decir en qué momento exacto su mano aterrizó en mi pierna. Empezó en la rodilla, trazando círculos lentos, y con cada pasada subía un poco más. Mi falda se corrió hacia arriba casi sola, centímetro a centímetro. Yo no lo detuve. Me quedé con la cabeza apoyada hacia atrás, mirando el techo, dejando que siguiera.

—Tienes unas piernas increíbles —murmuró, casi para él.

Sentía el calor de su mano como si me marcara la piel, y entre las piernas empezaba a crecer una humedad que no tenía nada que ver con el calor del salón. Me giré despacio, dándole la espalda, apoyando el costado contra él. Su mano encontró mis caderas y luego mis glúteos, y los apretó con una seguridad que me cortó la respiración. No era brusco. Era deliberado. Como alguien que sabe exactamente lo que quiere y no necesita pedir permiso dos veces.

—Ven aquí —dijo.

Dudé un segundo. Pensé en las sombras detrás de las persianas, en las cámaras, en la lógica que me decía que esto era una mala idea. Pero la lógica lleva las de perder cuando alguien te habla al oído con esa voz baja y te aprieta las caderas como si ya te conociera de memoria.

Me senté en sus piernas.

Sus manos recorrieron mis muslos de arriba a abajo, despacio, sin prisa. Mi cuerpo respondió antes de que yo pudiera decidir nada. Sentí su erección bajo la tela del pantalón, firme contra mí, y moví la cadera sin pensarlo, buscando más contacto. Él contuvo el aliento. Empezó a besarme el cuello, despacio, siguiendo la línea hasta el hombro, y sus caderas respondieron a las mías con un ritmo suave que hacía que todo lo demás desapareciera.

—Estás deliciosa —susurró contra mi nuca.

Que alguien salga de la oficina. Que alguien nos interrumpa y me devuelva el juicio antes de que sea demasiado tarde. Nadie salió.

***

Después de un rato largo entre roces y susurros, Marcos me tomó de la mano y me llevó hacia el fondo del pasillo. Había unas escaleras de servicio que comunicaban con la parte trasera del edificio, un área que a esas horas no usaba nadie y que no tenía cámaras. Lo supe porque él lo sabía, y porque en ese momento me importaba muy poco.

Me puso contra la pared con una decisión que me quitó el aire. Quedamos frente a frente en la penumbra, con el sonido amortiguado del concierto llegando desde lejos como si perteneciera a otro mundo. Bajó mis bragas de un jalón, sin drama. Yo no protesté. Estaba tan lista que el frío de la pared contra la espalda fue lo único que me ancló a la realidad por un momento.

Sacó su pene y me lo mostró sin ceremonias. Era grande. Ancho. Me sorprendió tanto que creo que se me notó en la cara, porque soltó una risa baja y controlada.

—¿Lo quieres? —preguntó.

En lugar de responder me acerqué y lo besé. Lo besé como hacía mucho tiempo que no besaba a nadie: con hambre, con los dientes, buscando su lengua, mordiéndole el labio inferior hasta que él respondió con la misma intensidad. Sus manos en mi pelo, las mías en su pecho, y afuera el mundo siguiendo su curso sin enterarse de nada.

Cuando me penetró, el aire que tenía en los pulmones salió de golpe. Lleno. Profundo. Empezó a moverse con una fuerza que no esperaba, sin suavizarlo, sin preguntarme si estaba bien. Como si supiera exactamente lo que necesitaba. Y tenía razón.

—Más fuerte —le pedí.

No necesitó que se lo repitiera. Metía y sacaba hasta el fondo, con las caderas golpeando las mías contra la pared con un ritmo que me hacía subir de a poco hacia algo que no podía controlar. Empecé a gemir y él me tapó la boca con la palma de la mano, sin dejar de moverse, mirándome a los ojos en la oscuridad con esa calma suya que dentro de mí se sentía como una contradicción perfecta.

Eso fue suficiente. Me vine con una fuerza que me dobló las rodillas, mordiéndole la mano para no gritar. Él siguió.

Me dio vuelta. Las manos de Marcos en mis caderas, mi frente apoyada en la pared fría, y él empujando desde atrás con esa misma insistencia, sin pausa. Lo sentía más adentro así. Me tapó la boca de nuevo cuando escuchó mis sonidos ahogados contra el cemento. No me importaba. Quería más de eso.

Volví a llegar. Esta vez me temblaron las piernas de verdad, y él tuvo que sujetarme para que no perdiera el equilibrio. Unos segundos después terminó adentro con un sonido bajo y contenido que fue lo más íntimo de toda la noche.

Nos quedamos quietos un momento. Mi respiración contra la pared, la suya en mi cuello. Afuera, la banda tocaba su último tema.

Nos arreglamos la ropa en silencio. Volvimos al pasillo principal como si nada hubiera pasado, con esa calma extraña que viene después de algo que no debería haber sucedido y que sin embargo te resulta completamente inevitable cuando lo recuerdas.

***

Ya era tarde. El personal comenzaba a recoger el salón, a desmontar el escenario, a barrer el confeti del suelo. Marcos tenía que quedarse a terminar. Yo tenía que irme.

Me acompañó hasta la puerta lateral. Antes de que yo saliera me tomó del brazo con suavidad.

—¿Quieres ser mi amante? —preguntó. Sin rodeos. Como todo lo que hacía.

Era casado. Eso lo sabía desde hacía semanas. Lo había escuchado mencionar a su esposa en conversaciones de pasillo, sin detalles, de esa manera en que la gente menciona una parte de su vida que existe pero no ocupa el centro de ninguna conversación. No era mi problema ni mi responsabilidad. Era su decisión y la de él. La mía ya la había tomado dos horas antes, cuando no lo detuve.

—Con mucho gusto —le dije.

Salí a la noche. La calle estaba fría y el ruido del tráfico me devolvió a la realidad de golpe. Caminé hasta mi auto sintiendo todavía el peso de sus manos en mis caderas, la presión de la pared contra mi frente, el calor que tardó varios minutos en abandonarme del todo.

No me arrepentí esa noche. No me arrepentí la semana siguiente, cuando volvimos a encontrarnos entre turno y turno con la misma facilidad con que lo habíamos hecho la primera vez. Ni la siguiente. Hay cosas que empiezan con cerveza y con una banda tocando de fondo, y que uno termina convirtiendo en hábito sin siquiera darse cuenta del momento exacto en que cruzó la línea.

Esta fue una de esas cosas. Y no la cambiaría.

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4.3 (7)

Comentarios (8)

NocheDeVinos

Increible!!! me quedé con ganas de saber como siguió todo despues

curiosoLector

Muy bien narrado, se siente autentico. Esa tension previa al momento es lo mas rico del relato.

MarcelaRo

Me recordo a una situacion parecida que viví con un compañero de trabajo hace años... tremendo como esas cosas cambian todo. Gracias por compartirlo!

Feli_BA

jajaja la parte del concierto, la conozco bien esa sensacion. muy bueno

Valentina_22

Segunda parte por favor!!! dejo muchas cosas sin contar

Kastiliovich

Que manera de escribir. Se siente que cada palabra la elegiste bien, no es algo que se vea siempre por aca.

Sandra1282

Muy bueno :) me atrapó desde la primera linea

DiegoCba22

Me pregunto si el compañero sabe que escribiste esto jajaja. Buenisimo relato, esperamos mas!

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